jueves, 17 de enero de 2013
Carta desde muy lejos
Ella me escribió una carta desde un pequeño
cuarto cerca al Sena.
dijo que iba a asistir a clases de
baile. Se levantaba, dijo
a las 5 en punto de la mañana
y escribía a máquina poemas
o pintaba
y cuando sentía deseos de llorar
tenía una banca especial
junto al río.
Su libro de Cantos
se iría
en la Caída.
No supe qué decirle
pero
le conté
que haría sacar cualquiera de los dientes dañados
y tener cuidado del amante
francés.
Puse su foto junto al radio
cerca del ventilador
y se movió
como algo
vivo.
Me senté y lo observé
hasta cuando ya había fumado
5 o 6
cigarrillos que quedaban.
Entonces me levanté
y me fui a la cama.
miércoles, 16 de enero de 2013
El 45
Te acordás hermana qué tiempos aquellos,
la vida nos daba la misma lección.
En la primavera del cuarenta y cinco
tenias quince años lo mismo que yo.
Te acordás hermana de aquellos cadetes,
del primer bolero y el té en El Galeón
cuando los domingos la lluvia traía
la voz de Bing Crosby y un verso de amor.
Te acordás de la Plaza de Mayo
cuando «el que te dije» salía al balcón.
Tanto cambió todo que el sol de la infancia
de golpe y porrazo se nos alunó.
Te acordás hermana qué tiempos de seca
cuando un pobre peso daba un estirón
y al pagarnos toda una edad de rabonas
valía más vida que un millón de hoy.
Te acordás hermana que desde muy lejos
un olor a espanto nos enloqueció:
era de Hiroshima donde tantas chicas
tenían quince años como vos y yo.
Te acordás que más tarde la vida
vino en tacos altos y nos separó.
Ya no compartimos el mismo tranvía,
sólo nos reúne la buena de Dios.
Sonnet 4
Unthrifty loveliness, why dost thou spend
Upon thyself thy beauty's legacy?
Nature's bequest gives nothing but doth lend,
And being frank she lends to those are free.
Then, beauteous niggard, why dost thou abuse
The bounteous largess given thee to give?
Profitless usurer, why dost thou use
So great a sum of sums, yet canst not live?
For having traffic with thyself alone,
Thou of thyself thy sweet self dost deceive.
Then how, when nature calls thee to be gone,
What acceptable audit canst thou leave?
Thy unused beauty must be tomb'd with thee,
Which, used, lives th' executor to be.
Noches blancas
No hay
nadie aquí,
y el cuerpo dice: todo lo dicho
no debe ser dicho. Pero nadie
es un cuerpo igualmente, y lo que el cuerpo dice
nadie lo oye
excepto tú.
Nevada y noche. La repetición
de un asesinato
entre los árboles. La pluma
se mueve sobre la tierra: qué ocurrirá
lo ignora, y la mano que la sostiene
ha desaparecido.
No obstante, escribe.
Escribe: en el principio,
entre los árboles, un cuerpo vino caminando
desde la noche. Escribe:
la blancura del cuerpo
es del color de la tierra. Es tierra,
y la tierra escribe: todo
es del color del silencio.
y el cuerpo dice: todo lo dicho
no debe ser dicho. Pero nadie
es un cuerpo igualmente, y lo que el cuerpo dice
nadie lo oye
excepto tú.
Nevada y noche. La repetición
de un asesinato
entre los árboles. La pluma
se mueve sobre la tierra: qué ocurrirá
lo ignora, y la mano que la sostiene
ha desaparecido.
No obstante, escribe.
Escribe: en el principio,
entre los árboles, un cuerpo vino caminando
desde la noche. Escribe:
la blancura del cuerpo
es del color de la tierra. Es tierra,
y la tierra escribe: todo
es del color del silencio.
Yo no
estoy aquí. Nunca he dicho
lo que tú dices
que he dicho. Y, cada noche,
desde el silencio de los árboles, sabes
que mi voz
viene caminando hacia ti.
lo que tú dices
que he dicho. Y, cada noche,
desde el silencio de los árboles, sabes
que mi voz
viene caminando hacia ti.
martes, 15 de enero de 2013
Suave, como tener madre y hermanas...
Suave, como tener madre y
hermanas,
la tarde rica desciende...
No llueve ya, y el vasto cielo
es una gran sonrisa imperfecta...
Mi conciencia de tener conciencia de ti
es una prez,
y mi saberte sonriendo
es una flor mustia en mi pecho...
¡Ah, si fuésemos dos figuras
en una lejana vidriera!...
¡Ah, si fuésemos los dos colores
de una bandera de gloria!...
Estatua acéfala retirada a un lado,
polvorienta pila bautismal,
pendón de vencidos que tuviese escrito
en el centro este lema:
¡Victoria!"
la tarde rica desciende...
No llueve ya, y el vasto cielo
es una gran sonrisa imperfecta...
Mi conciencia de tener conciencia de ti
es una prez,
y mi saberte sonriendo
es una flor mustia en mi pecho...
¡Ah, si fuésemos dos figuras
en una lejana vidriera!...
¡Ah, si fuésemos los dos colores
de una bandera de gloria!...
Estatua acéfala retirada a un lado,
polvorienta pila bautismal,
pendón de vencidos que tuviese escrito
en el centro este lema:
¡Victoria!"
lunes, 14 de enero de 2013
Ven, mi ama Zobeida quiere hablarte
-¿Te llevaré a visitar el palacio de El Menobi?
-No.
-¿Y el palacio de Hach Idris ben-Yelul?
-No.
-¿No deseas conocer una joven de ojos de luna y rostro
de diamante?
-No.
-Por Alá -gimió el lameplatos-. ¿No quieres nada
entonces?
Piter se irguió ligeramente ante el mármol de la mesa,
miró indulgente al desarrapado belfudo que, con un fez ladeado sobre la rapada
cabeza hacía un cuarto de hora que estaba allí importunándole, y le respondió:
-Sí, quiero que me dejes en paz.
El guía miró cavernosamente en rededor satisfecho de
que en el Zoco Chico no se encontrara alguien que podía perjudicarle, y confió:
-Pues cuídate de ese hombrecillo que te acompañaba
ayer. Le ha dicho a un mercader de mi amistad que has envenenado a tu mujer.
Piter miró cómo la magra silueta del guía se alejaba,
perdiéndose tras los tumultos de bobalicones que se movían frente a la ochava
del correo inglés.
¿De modo que la historia había corrido? Ahora se
explicaba las significativas miradas de la criada del hotel, y la respetuosa
aprensión del hotelero hacia sus maletas. No había sido suficiente abandonar El
Havre. La absurda novela del envenenamiento de su mujer le había seguido hasta
Tánger. Inútil que le absolvieran de la disparatada acusación. En la ciudad no
creían en su inocencia. La muerte de su mujer volcó sobre su cabeza dificultades
innumerables. Y lo más desdichado del caso es que él estaba seguro de que ella
no había intentado suicidarse, sino componer una farsa dramática que se resolvió
siniestramente por sí misma.
Buscando la paz, el médico dio un salto hasta Tánger.
Sabía que los hombres de la costa no eran hipócritas como sus conciudadanos,
pero a pesar de todo no resultaba agradable llevar a las espaldas semejante
reputación. Y volvió a preguntarse si se quedaría en Tánger o marcharía a
Casablanca o Fez, porque por el momento los señorones del Biti el-Mal no parecía
que tuvieran intención de ocuparle. Sin embargo, algunos lo saludaban. Su
historia debía andar en todas las bocas.
Piter no experimentó angustia. En aquella ciudadela
amurallada, de calles tortuosas, de sinagogas sombrías de mezquitas con ciegos
en los pórticos y de freiduría de pescado, en cierto modo era ventajosa una mala
reputación. En África, sin honradez, se puede llegar a alguna parte.
Un asno pequeño se detuvo junto a su mesa. Piter le
acercó un terrón de azúcar al hocico. El animalito lo recogió alargando el
belfo. De pronto apareció un campesino que espantó al jumento con grandes
movimientos de brazos. Una muchedumbre cubierta de verticales colores cruzaba el
zoco de ed-Dajel. Mujeres con pantalones y fumando largas boquillas.
Funcionarios con turbante violeta, esclavos de piernas desnudas, aguateros con
un odre suspendido a un costado, niños de tahona cargando una tabla con panes
sobre la cabeza.
Una negra gigantesca como tres barriles encimados se
detuvo brevemente a su lado. Tenía el rostro cubierto con un paño blanco. Le
dijo al tiempo que se inclinaba como recogiendo algo del suelo:
-¿Tú eres el médico? Mi ama Zobeida quiere hablarte.
Sígueme.
La negra se alejaba sin volver la cabeza. Piter
comprendió que tras la invitación de la esclava se ocultaba una aventura de
consecuencias. Dejando un real español en la mesa del bar, se lanzó en
persecución de la mujer. Semejante a una fragata, la negra avanzaba por la
empinada callejuela de los Plateros. Algunos mercaderes, sentados con las
piernas cruzadas sobre cojines a la puerta de sus tenderetes, la saludaban
conceptuosos. Al llegar a una fuente, la negra entró en un corredor enyesado de
celeste. La noche caía rápidamente. La esclava, imperturbable como el destino,
seguía su marcha a través del dédalo de pasadizos y Piter andaba tras ella como
si en esto le fuera la vida.
Finalmente entraron en una callejuela resplandeciente.
En cada portal un desarrapado freía pescado o vendía canela. La callejuela,
techada con gruesos troncos de árboles, estaba cargada de una atmósfera de
especias, de queso y cuero en fermentación.
Hombres de todas las tribus del Magreb se arrimaban a
los mostradorcillos. Las mezquitas mostraban tremendos pórticos donde
hormigueaban los fieles; en una esquina dos juglares se batían con espadas de
madera estimulados por una multitud de desarrapados. La negra desapareció en la
curva de un pasadizo. Nuevamente se encontraba ahora bajo el cielo estrellado.
En aquel corredor solitario se veían inmensas puertas claveteadas como la
poterna de una fortaleza, y la esclava extrajo una llave de dos palmos de largo
de debajo de su manto y se detuvo frente a una puerta. Piter, como si estuviera
soñando, la siguió.
Se encontraban en un jardín. El aire estaba rayado por
los negros troncos de las palmeras. Una gran fragancia de azahares lo llenaba
todo. La esclava desapareció y de pronto, bajo el enyesado abierto al jardín,
apareció Zobeida. La cabeza cubierta por un velo, la estatura sorprendente, el
rostro de cutis oscuro, aniñado.
-¿Tú eres el médico? -susurró la mujer.
-Sí.
-Entra.
Piter se encontró en una habitación esterillada, el
suelo alfombrado cubierto de almohadones. Pequeñas mesitas laqueadas de rojo
ponían al alcance de la mano chucherías de bronce. El aire aromatizaba
simultáneamente a sándalo, a jazmín, a incienso y azahar. Piter se sentía
embriagado de una esencia misteriosa más sutil, que parecía flotar
permanentemente bajo el volumen de los olores inmediatos. Espingardas de cañones
niquelados y culatas con incrustaciones de nácar adornaban las panoplias de los
muros. Zobeida le mostró un cojín y Piter se sentó al mismo tiempo que ella. La
muchacha cogió un estuche de plata y le ofreció un bombón.
Tenía olor de almizcle, sabor de grasa, frialdad de
menta. La muchacha se quedó mirándolo largamente, como si aquilatara sus malas
virtudes. Luego:
-¿Tú eres el médico que envenenó a su mujer?
-¿Quién te ha dicho esa mentira? -replicó con suavidad
Piter.
Zobeida sonrió. Lo examinaba con tremenda confianza.
-Eres hermoso como la buena suerte. ¿Te gustan las
piedras preciosas?
Tomó un cofrecillo de marfil, hizo girar la llavecita,
levantó la tapa. En un fondo aterciopelado centelleaban pequeños cristales
azules, gemas de biseles amarillos, poliedros de agua.
Piter, completamente desinteresado del cofrecillo, pues
no entendía de piedras preciosas, lo apartó suavemente.
-¿En qué puedo servirte?
Zobeida dejó la arqueta y con aquella inmensa intimidad
que emanaba de su modo de ser, como si hiciera mucho tiempo que lo conociera a
Piter y no dudara de su discreción en los tratos, dijo:
-Necesito un veneno bondadoso como una enfermedad.
-¿Qué harás con él?
-Dárselo a beber a mi marido.
-¿No te agrada tu marido?
-No.
-Yo no puedo darte veneno. Las leyes me lo prohíben.
Además te descubrirían y te llevarían a la cárcel. O tu padre, para lavarse de
la deshonra, se vería obligado a cortarte la cabeza.
Zobeida se rió.
-En Tánger ya no se corta la cabeza a las mujeres. Te
daré un gran puñado de piedras.
-No me interesan las piedras. ¿Quién es tu marido?
-Sidi Fodil, el cambista del Zoco Chico.
-No le conozco.
-Es un mal hombre, de genio vivo. Tiene una joroba en
la espalda y un turbante más grande que una piedra de molino en la cabeza.
-No le conozco.
-Ayúdame, tú que tienes la sabiduría. ¿No te soy
agradable?
-Es inútil que me insistas, Zobeida.
Ella no se resignaba a no cumplir su deseo. Tomando una
rodilla entre sus manos, buscó otro rumbo.
-Embrújale, entonces.
-¿Que le embruje?
-Sí.
Piter iba a negarle la existencia del embrujo, pero
pensó que su pretensión iba desencaminada. Ella no entendería sus razones.
Fingió.
-¿Qué me darás si lo embrujo?
-Me casaré contigo. Tú me llevarás a Francia, y me
enseñarás a leer y escribir como saben todas las francesas. Entonces podré salir
a la calle sin cubrirme el rostro.
-¿Cómo sabes que soy médico?
-Se lo dijeron a Aischa en el ed-Dajel cuando tú
pasaste la otra noche. Que te escapaste de tu país porque envenenaste a tu
mujer.
Piter trató de mirar al fondo de aquellos ojos
verdosos.
-¿Te gustaría casarte conmigo?
-Sí.
La negra entró en la habitación. Zobeida le dijo al
médico:
-Aischa ha sido mi nodriza.
La esclava habló algunas palabras en árabe con su ama.
Zobeida se puso de pie.
-Tienes que irte. ¿Es cierto que embrujarás a Sidi
Fodil?
-Sí. Mañana mismo.
-Bueno; ahora vete. Mañana, Aischa pasará por ed-Dajel
a la hora de hoy. Síguela. No le hables.
Y extendiendo sus brazos se colgó de su cuello y le
besó las mejillas.
Cuando Piter escuchó que la puerta se cerraba tras él
tuvo la impresión de que acababa de despertar de un sueño. Echó a caminar como
si anduviera sobre un suelo de algodón. De pronto, de debajo de un arco se
desprendió el guía que lo había importunado en el zoco. Como siempre, comenzó:
-¿Quieres visitar el palacio de Hach Idris ben-Yelul?
-No. Llévame al Zoco Chico.
Al día siguiente marchó hasta el zoco para conocer a
Sidi Fodil. En el ed-Dajel no podían traficar simultáneamente dos mercaderes
jorobados.
Comenzó a pasearse lentamente, cuando descubrió que un
jorobadito, sumamente tieso en la puerta de su comercio, lo observaba. Gastaba,
como le había dicho Zobeida, un turbante ridículo.
Piter continuó paseándose por la ancha calle que
conducía a las murallas; luego, sin ningún propósito deliberado, volvió sobre
sus pasos y se detuvo frente al comercio del prestamista; pero, al entornar
disimuladamente los ojos, se encontró con que el jorobadito lo estaba mirando.
Entonces, rápidamente, le mostró la lengua. El prestamista desencajó los ojos;
pero Piter, divertido, volvió la cabeza con gravedad hacia otro lado, y el
jorobadito se quedó mirando de reojo como si dudara de lo que realmente había
visto. Así pasaron algunos minutos. Piter parecía estar aguardando a alguien. De
pronto volvió la vista; el jorobadito estaba allí observándolo, y entonces otra
vez le mostró un palmo de lengua.
El prestamista enrojeció de furor hasta la raíz de los
cabellos, se enderezó hasta empinarse sobre la punta de los pies, pero luego,
pensándolo mejor, resolvió no darse por aludido, y mientras gruesas gotas de
sudor le bajaban por las sienes, aparentó mirar a su alrededor, como si no
reparara en la existencia de Piter. Este, nuevamente grave, permaneció en la
esquina. Sin embargo, la indignada curiosidad de Sidi Fodil llegó a ser más
patente que su afán de indiferencia y antes que transcurriera un minuto estaba
otra vez clavando la mirada en el médico, que llevándose rápidamente el dedo
pulgar a la nariz movió los otros cuatro con el apicarado gesto del "pito
catalán".
Una ráfaga de ira envolvió en su torbellino la
jactanciosa alma del jorobadito. Olvidó su comercio y también la exigua estatura
de su cuerpo. Rechinando los dientes, se lanzó a través de la calle, y en aquel
mismo momento un gran grito de horror se escapó de los labios de Piter. Un
automóvil cargado de turistas acababa de arrollar bajo sus ruedas al infeliz
mercader.
Ven a sentarte conmigo, Lidia, a la orilla del río...
a la orilla del río.
Con sosiego miremos su curso
y aprendamos que la vida pasa,
y no estamos cogidos de la mano.
(Enlacemos las manos.)
Pensemos después, niños adultos,
que la vida pasa y no se queda,
nada deja y nunca regresa,
va hacia un mar muy lejano,
hacia el pie del Hado,
más lejos que los dioses.
Desenlacemos las manos,
que no vale la pena cansarnos.
Ya gocemos, ya no gocemos,
pasamos como el río.
Más vale que sepamos pasar
silenciosamente y sin desasosiegos.
Sin amores, ni odios, ni pasiones
que levanten la voz,
ni envidias que hagan a los ojos
moverse demasiado,
ni cuidados, porque si los tuviese
el río también correría,
y siempre acabaría en el mar.
Amémonos tranquilamente,
pensando que podríamos,
si quisiéramos,
cambiar besos y abrazos y caricias,
mas que más vale estar sentados
el uno junto al otro
oyendo correr al río y viéndolo. Cojamos flores, cógelas tú y déjalas
en tu regazo, y que su perfume suavice
este momento en que sosegadamente
no creemos en nada,
paganos inocentes de la decadencia.
Por lo menos, si yo fuera sombra antes,
te acordarás de mí
sin que mi recuerdo te queme
o te hiera o te mueva,
porque nunca enlazamos las manos,
ni nos besamos
ni fuimos más que niños.
Y si antes que yo llevases el óbolo
al barquero sombrío,
no sufriré cuando de ti me acuerde,
a mi memoria has de ser suave
recordándote así, a la orilla del río,
pagana triste y con flores en el regazo.
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