jueves, 20 de diciembre de 2012

Coloquio de los centauros



En la isla en que detiene su esquife el argonauta
del inmortal Ensueño, donde la eterna pauta
de las eternas liras se escucha ?isla de oro
en que el tritón elige su caracol sonoro
y la sirena blanca va a ver el sol? un día
se oye el tropel vibrante de fuerza y de harmonía.

Son los Centauros. Cubren la llanura. Les siente
la montaña. De lejos, forman són de torrente
que cae; su galope al aire que reposa
despierta, y estremece la hoja del laurel-rosa.

Son los Centauros. Unos enormes, rudos; otros
alegres y saltantes como jóvenes potros;
unos con largas barbas como los padres-ríos;
otros imberbes, ágiles y de piafantes bríos,
y robustos músculos, brazos y lomos aptos
para portar las ninfas rosadas en los raptos.

Van en galope rítmico, Junto a un fresco boscaje,
frente al gran Océano, se paran. El paisaje
recibe de la urna matinal luz sagrada
que el vasto azul suaviza con límpida mirada.
Y oyen seres terrestres y habitantes marinos
la voz de los crinados cuadrúpedos divinos.

QUIRÓN

Calladas las bocinas a los tritones gratas,
calladas las sirenas de labios escarlatas,
los carrillos de Eolo desinflados, digamos
junto al laurel ilustre de florecidos ramos
la gloria inmarcesible de las Musas hermosas
y el triunfo del terrible misterio de las cosas.
He aquí que renacen los lauros milenarios;
vuelven a dar su lumbre los viejos lampadarios;
y anímase en mi cuerpo de Centauro inmortal
la sangre del celeste caballo paternal.

RETO

Arquero luminoso, desde el Zodíaco llegas;
aun presas en las crines tienes abejas griegas;
aun del dardo herakleo muestras la roja herida
por do salir no pudo la esencia de tu vida.
¡Padre y Maestro excelso! Eres la fuente sana
de la verdad que busca la triste raza humana:
aun Esculapio sigue la vena de tu ciencia;
siempre el veloz Aquiles sustenta su existencia
con el manjar salvaje que le ofreciste un día,
y Herakles, descuidando su maza, en la harmonía
de los astros, se eleva bajo el cielo nocturno...

QUIRÓN

La ciencia es flor del tiempo: mi padre fue Saturno.

ABANTES

Himnos a la sagrada Naturaleza; al vientre
de la tierra y al germen que entre las rocas y entre
las carnes de los árboles, y dentro humana forma,
es un mismo secreto y es una misma norma,
potente y sutilísimo, universal resumen
de la suprema fuerza, de la virtud del Numen.

QUIRÓN

¡Himnos! Las cosas tienen un ser vital; las cosas
tienen raros aspectos, miradas misteriosas;
toda forma es un gesto, una cifra, un enigma;
en cada átomo existe un incógnito estigma;
cada hoja de cada árbol canta un propio cantar
y hay un alma en cada una de las gotas del mar;
el vate, el sacerdote, suele oír el acento
desconocido; a veces enuncia el vago viento
un misterio; y revela una inicial la espuma
o la flor; y se escuchan palabras de la bruma;
y el hombre favorito del Numen, en la linfa
o la ráfaga encuentra mentor ?demonio o ninfa.

FOLO

El biforme ixionida comprende de la altura,
por la materna gracia, la lumbre que fulgura,
la nube que se anima de luz y que decora
el pavimento en donde rige su carro Aurora,
y la banda de Iris que tiene siete rayos
cual la lira en sus brazos siete cuerdas, los mayos
en la fragante tierra llenos de ramos bellos,
y el Polo coronado de cándidos cabellos.
El ixionida pasa veloz por la montaña
rompiendo con el pecho de la maleza huraña
los erizados brazos, las cárceles hostiles;
escuchan sus orejas los ecos más sutiles:
sus ojos atraviesan las intrincadas hojas
mientras sus manos toman para sus bocas rojas
las frescas bayas altas que el sátiro codicia;
junto a la oculta fuente su mirada acaricia
las curvas de las ninfas del séquito de Diana;
pues en su cuerpo corre también la esencia humana
unida a la corriente de la savia divina
y a la salvaje sangre que hay en la bestia equina.
Tal el hijo robusto de Ixión y de la Nube.

QUIRÓN

Sus cuatro patas bajan; su testa erguida sube.

ORNEO

Yo comprendo el secreto de la bestia. Malignos
seres hay y benignos. Entre ellos se hacen signos
de bien y mal, de odio o de amor, o de pena
o gozo: el cuervo es malo y la torcaz es buena.

QUIRÓN

Ni es la torcaz benigna, ni es el cuervo protervo:
son formas del Enigma la paloma y el cuervo.

ASTILO

El Enigma es el soplo que hace cantar la lira.

NESO

¡El Enigma es el rostro fatal de Deyanira!
MI espalda aun guarda el dulce perfume de la bella;
aun mis pupilas llaman su claridad de estrella.
¡Oh aroma de su sexo! ¡O rosas y alabastros!
¡Oh envidia de las flores y celos de los astros!

QUIRÓN

Cuando del sacro abuelo la sangre luminosa
con la marina espuma formara nieve y rosa,
hecha de rosa y nieve nació la Anadiomena.
Al cielo alzó los brazos la lírica sirena,
los curvos hipocampos sobre las verdes ondas
levaron los hocicos; y caderas redondas,
tritónicas melenas y dorsos de delfines
junto a la Reina nueva se vieron. Los confines
del mar llenó el grandioso clamor; el universo
sintió que un nombre harmónico sonoro como un verso
llenaba el hondo hueco de la altura; ese nombre
hizo gemir la tierra de amor: fue para el hombre
más alto que el de Jove; y los númenes mismos
lo oyeron asombrados; los lóbregos abismos
tuvieron una gracia de luz. ¡VENUS impera!
Ella es entre las reinas celestes la primera,
pues es quien tiene el fuerte poder de la Hermosura.
¡Vaso de miel y mirra brotó de la amargura!
Ella es la más gallarda de las emperatrices;
princesa de los gérmenes, reina de las matrices,
señora de las savias y de las atracciones,
señora de los besos y de los corazones.

EURITO

¡No olvidaré los ojos radiantes de Hipodamia!

HIPEA

Yo sé de la hembra humana la original infamia.
Venus anima artera sus máquinas fatales;
tras sus radiantes ojos ríen traidores males;
de su floral perfume se exhala sutil daño;
su cráneo obscuro alberga bestialidad y engaño.
Tiene las formas puras del ánfora, y la risa
del agua que la brisa riza y el sol irisa;
mas la ponzoña ingénita su máscara pregona:
mejores son el águila, la yegua y la leona.
De su húmeda impureza brota el calor que enerva
los mismos sacros dones de la imperial Minerva;
y entre sus duros pechos, lirios del Aqueronte,
hay un olor que llena la barca de Caronte.

ODITES

Como una miel celeste hay en su lengua fina;
su piel de flor aun húmeda está de agua marina.
Yo he visto de Hipodamia la faz encantadora,
la cabellera espesa, la pierna vencedora;
ella de la hembra humana fuera ejemplar augusto;
ante su rostro olímpico no habría rostro adusto;
las Gracias junto a ella quedarían confusas,
y las ligeras Horas y las sublimes Musas
por ella detuvieran sus giros y su canto.

HIPEA

Ella la causa fuera de inenarrable espanto:
por ella el ixionida dobló su cuello fuerte.
La hembra humana es hermana del Dolor y la Muerte.

QUIRÓN

Por suma ley un día llegará el himeneo
que el soñador aguarda: Cenis será Ceneo;
claro será el origen del femenino arcano:
la Esfinge tal secreto dirá a su soberano.

CLITO

Naturaleza tiende sus brazos y sus pechos
a los humanos seres; la clave de los hechos
conócela el vidente; Homero con su báculo,
en su gruta Deifobe, la lengua del Oráculo.

CAUMANTES

El monstruo expresa un ansia del corazón del Orbe,
en el Centauro el bruto la vida humana absorbe,
el sátiro es la selva sagrada y la lujuria,
une sexuales ímpetus a la harmoniosa furia.
Pan junta la soberbia de la montaña agreste
al ritmo de la inmensa mecánica celeste;
la boca melodiosa que atrae en Sirenusa
es de la fiera alada y es de la suave musa;
con la bicorne bestia Pasifae se ayunta,
Naturaleza sabia formas diversas junta,
y cuando tiende al hombre la gran Naturaleza,
el monstruo, siendo el símbolo, se viste de belleza.

GRINEO

Yo amo lo inanimado que amó el divino Hesiodo.

QUIRÓN

Grineo, sobre el mundo tiene un ánima todo.

GRINEO

He visto, entonces, raros ojos fijos en mí:
los vivos ojos rojos del alma del rubí;
los ojos luminosos del alma del topacio
y los de la esmeralda que del azul espacio
la maravilla imitan; los ojos de las gemas
de brillos peregrinos y mágicos emblemas.
Amo el granito duro que el arquitecto labra
y el mármol en que duermen la línea y la palabra...

QUIRÓN

A Deucalión y a Pirra, varones y mujeres
las piedras aun intactas dijeron: "¿Qué nos quieres?"

LÍCIDAS

Yo he visto los lemures florar, en los nocturnos
instantes, cuando escuchan los bosques taciturnos
el loco grito de Atis que su dolor revela
o la maravillosa canción de Filomela.
El galope apresuro, si en el boscaje miro
manes que pasan, y oigo su fúnebre suspiro.
Pues de la Muerte el hondo, desconocido Imperio,
guarda el pavor sagrado de su fatal misterio.

ARNEO

La Muerte es de la Vida la inseparable hermana.

QUIRÓN

La Muerte es la victoria de la progenie humana.

MEDÓN

¡La Muerte! Yo la he visto. No es demacrada y mustia
ni ase corva guadaña, ni tiene faz de angustia.
Es semejante a Diana, casta y virgen como ella;
en su rostro hay la gracia de la núbil doncella
y lleva una guirnalda de rosas siderales.
En su siniestra tiene verdes palmas triunfales,
y en su diestra una copa con agua del olvido.
A sus pies, como un perro, yace un amor dormido.

AMICO

Los mismos dioses buscan la dulce paz que vierte.

QUIRÓN

La pena de los dioses es no alcanzar la Muerte.

EURITO

Si el hombre ?Prometeo? pudo robar la vida,
la clave de la muerte serále concedida.

QUIRÓN

La virgen de las vírgenes es inviolable y pura.
Nadie su casto cuerpo tendrá en la alcoba obscura,
ni beberá en sus labios el grito de la victoria,
ni arrancará a su frente las rosas de su gloria...

* * *

Mas he aquí que Apolo se acerca al meridiano.
Sus truenos prolongados repite el Oceano.
Bajo el dorado carro del reluciente Apolo
vuelve a inflar sus carrillos y sus odres Eolo.
A lo lejos, un templo de mármol se divisa
entre laureles-rosa que hace cantar la brisa.
Con sus vibrantes notas de Céfiro desgarra
la veste transparente la helénica cigarra,
y por el llano extenso van en tropel sonoro
los Centauros, y al paso, tiembla la Isla de Oro.




Mañana







La ventana entornada recuadra un rostro
sobre el campo del mar. Los lindos cabellos
acompañan el tierno ritmo del mar.

No hay recuerdos en este rostro.
Sólo una sombra huidiza, como de nubes.
La sombra es húmeda y dulce como la arena
de una intacta caverna, bajo el crepúsculo.
No hay recuerdos. Sólo un susurro
que es la voz del mar convertida en recuerdo.

En el crepúsculo, el agua mullida del alba,
que se impregna de luz, alumbra el rostro.
Cada día es un milagro intemporal,
bajo el sol: lo impregnan una luz salobre
y un sabor a vívido marisco.

No existe recuerdo en este rostro.
No hay palabra que lo contenga
o vincule con cosas pasadas. Ayer,
se desvaneció de la angosta ventana,
tal como se desvanecerá dentro de poco, sin tristeza
ni humanas palabras, sobre el campo del mar.
  


domingo, 9 de diciembre de 2012

El adiós



La sentencia era como esos calcos en que el relieve del amor
                                                                      deja un vacío semejante a sus culpas.
Me arrojaron al mundo en mi ataúd de hielo.
Una tierra sin nombre todavía corrió sobre este rostro
                                                                      con que habito en la desconocida:
era la tierra del castigo.
Era la hora en que comienzo a despertar entre los muertos
                                                                      con la evidencia de un anillo roto,
un vestido de momia desprendido de las vendas del cielo
y un espejo de sal donde puede leerse mi destino.
El porvenir no es nada más que mirar hacia atrás.

Debajo de esas nubes desgarradas
hay una casa en llamas
en donde los amantes trasmutaban en oro de eternidad el resplandor de un día,
o tomaban las apariencias de ladrones de pájaros
aprisionando entre los hilos del ocio las metamorfosis de sus propias imágenes.
Hay una luz dorada que hiere hasta las lágrimas;
hay un lecho también
como una barca invadida por el follaje del deseo
-unas hojas carnosas que exhalan el perfume de los más largos viajes-.

Y había siempre y nunca
como ahora vueltos de pronto boca abajo.
Corazón repudiado,
animal aterido en uno de los dos costados de tu sangre,
ignorabas entonces que tendrías la forma de un retablo de la creación hecho pedazos,
que alguna vez la noche del adiós te nombraría en voz muy baja
como nombra la soledad a sus testigos,
o como llaman aquellos que se van a los que nunca vuelven.

Ahora, de espaldas contra el muro que custodia el guardián de todo nacimiento,
sólo te quedan las apariciones,
el fantasma de un tiempo que gritará contigo en el estanque muerto de algún sueño,
cuando él duerme, tan lejos en su adiós.
Un soborno de plumas para una ley de fuego.

Wash Jones



Sutpen se quedó de pie junto al jergón de paja donde estaban tendidas la madre y el bebé. Por entre las alabeadas tablas de la pared caí el temprano sol mañanero en largas pinceladas, listando sus piernas abiertas y la fusta de cabalgar que llevaba en la mano, y cruzando la silueta inmóvil de la madre, que lo miraba con sus quietos, inescrutables y tristes ojos. A su costado yacía el hijo envuelto en un retazo de tela deshilachada pero limpia. Atrás de ellos, una vieja negra estaba sentada en cuclillas junto a la tosca chimenea donde se consumía una exigua fogata.
-Bueno, Milly -dijo Sutpen-. Lástima que no seas una yegua. Entonces podría darte un pesebre decente en el establo.
La del jergón no se movió. Siguió, sencillamente, mirándolo sin expresión, con su cara joven, triste, inescrutable y pálida todavía por el trance reciente. Sutpen se movió, descubriendo bajo las pinceladas astilladas de sol el rostro de un hombre de sesenta años. Dijo con voz queda a la negra sentada en cuclillas:
-Grisel parió esta mañana.
-¿Potro o potranca? -preguntó la negra..
-Un caballo. Un potro de lo más fino... ¿Qué es esto?
Y, al hablar, señaló con la mano que empuñaba la fusta el jergón de paja..
-Yegua, se me hace..
-Sí -insistió Sutpen-. Un potro de lo más fino. Va a ser el retrato mismo del viejo Rob Roy que monté cuando me fui para el Norte en el año 1861. ¿Recuerdas?
-Sí, amo.
-Escucha -le dijo, echando otra mirada al jergón.
Nadie podía decir si la madre seguía mirándolos o no. Él señaló con la fusta otra vez hacia la cama.
-Usa cuanto tenemos a mano para atender cualquier necesidad de los dos.
Salió, cruzando la puerta desvencijada y metiéndose por el espeso yuyal (contra el rincón del pórtico seguía todavía apoyada y poniéndose roñosa la guadaña que prestara a Wash hacía tres meses, para cortarlo), donde esperaba su caballo, que Wash sujetaba por las riendas.

Cuando el coronel Sutpen se fue a pelear contra los norteños, Wash no lo acompañó.
-Estoy atendiendo la hacienda y los negros del Coronel -decía a quien se lo preguntara y a algunos que no se lo preguntaban. Era un hombre flaco, castigado por el paludismo, de ojos interrogantes y descoloridos, que aparentaba treinta y cinco años, aunque todo el mundo sabía que no sólo tenía una hija sino también una nieta de ocho años.
Aquello era mentira, como sabían muy bien la mayor parte de las personas a quienes se lo decía... los escasos hombres que quedaban, entre los dieciocho y los cincuenta años de edad. También había algunos que creían que él mismo se lo creía, aunque veían que había tenido el seso suficiente para no poner su dicho a prueba con la señora Sutpen ni con los esclavos de Sutpen. Según murmuraban las malas lenguas, éstos estaban bien enterados, sólo que, acaso, eran demasiado indolentes y apáticos para hacer averiguaciones; ellos sabían que la única relación de Wash con la hacienda de Sutpen era que, durante muchos años, el Coronel le había permitido usar la choza desvencijada que Sutpen construyera en sus tiempos de soltero para cabaña de pesca en un pantano del río que cruzaba la hacienda y que, desde entonces, se había ido deteriorando por falta de uso, y ahora parecía una fiera o vieja que se hubiera arrastrado, derregándose hasta allá, para llenar de agua sus fauces mientras moría.
Los esclavos de Sutpen se habían enterado de lo que andaba diciendo, los hizo reír. No era la primera vez que se reían de él y que a sus espaldas lo llamaban basura blanca... Pero ya se iban atreviendo a preguntarle, cuando iban en grupo y se lo encontraban en la solitaria vereda que llevaba al pantano y al antiguo pescadero:
-¿Por qué no estás en la guerra, hombre blanco?
Él se detenía, miraba el coro de caras negras y blancos ojos y dientes, tras los cuales se adivinaba la burla, y decía:
-Porque tengo una hija y una familia a quien cuidar. ¡Fuera de mi camino, negros!
-¿Negros? -repetían ellos-. ¿Negros? -volvían a decir, riéndose ya descaradamente-. ¿Quién es él para llamarnos negros?
-Sí, yo no tengo negros para que cuiden a los míos si me voy.
-Ni otra cosa que esa cabaña donde el Coronel no nos deja vivir a nosotros.
Él entonces los injuriaba; a veces los perseguía con algún palo que agarraba del suelo poniéndolos en fuga, pero sin lograr que no volvieran a rodearlo de nuevo con aquellas risotadas negras, burlonas, huidizas, inevitables, que lo dejaban jadeante, impotente y furioso.
Cierta vez, ocurrió en el mismo patio trasero de la casona. Fue después de haberse recibido noticias desastrosas de las monatñas de Tenesí y de Vicksburg, cuando Sherman atravesó la plantación y la mayor parte de los negros lo siguieron. Casi todos los demás, se lo llevaron también las tropas federales, y la señora Sutpen mandó decir a Wash que podía comerse los racimos de uva chinche que maduraban en la parra del patio trasero. Ahora se trataba de una sirvienta de la casa, una de las pocas negras que se quedaron. Tuvo que huir por la escalera que subía a la cocina, pero desde ahí ella se dio vuelta:
-Quieto ahí, hombre blanco. No dé un paso más. Nunca ha entrado hasta acá cuando estaba el Coronel, y ahora no lo va a hacer tampoco.
Y era verdad. Pero por su propio orgullo: jamás lo había intentado; aunque estaba convencido de que si lo hubiese hecho, Sutpen se lo habría permitido y lo habría recibido.
“Pero no voy a consentir que una negra inmunda me diga que no puedo pasar donde me da la gana”, pensó. “Ni voy a dar siquiera al Coronel ocasión para tener que maldecir a una negra por algo que yo haga”.
Y eso, a pesar de que él y Sutpen habían pasado más de una tarde juntos, los escasos domingos en que no había gente en la casa. Acaso, en el fondo de su mente, sabía que aquello se debía a que Sutpen no tenía otra cosa que hacer, porque era un hombre que aguantaba siquiera su propia compañía. Sin embargo, seguía en pie el hecho de que los dos se pasaban tardes enteras bajo la parra, Sutpen acostado en la hamaca y Wash en cuclillas contra un poste. Entre ellos había un balde de agua y empinaban la misma damajuana para echarse un trago tras otro. Y, en los días de semana, contemplaba Wash la figura de aquel hombre montado sobre un arrogante potro negro, galopando por la hacienda. Los dos eran de la misma edad, casi exactamente, aunque ninguno de ellos lo creyó nunca, quizás porque Wash tenía un nieto y el hijo de Sutpen era un joven que seguía yendo a la escuela.
Cuando contemplaba aquella escena del galope, se le sosegaba el corazón y se sentía orgulloso. Acaso se le antojaba que aquel mundo de los negros, quienes, según la Biblia, habían sido creados y maldecidos por Dios para ser como bestias y esclavos al servicio de todos los hombres de piel blanca, y que vivían mejor y tenían mejor casa y hasta mejor ropa que él y los suyos; aquel mundo en el que siempre escuchaba el eco de las carcajadas negras burlándose de él, no era más que un sueño y una ilusión, y que el verdadero mundo era éste a través del cual su apoteosis solitaria parecía galopar a lomos de aquel potro pura raza, pensando cómo el Libro decía también que todos los hombres estaban creados a imagen de Dios y, por lo tanto, todos llevaban la misma imagen, a los ojos de Dios por lo menos; de tal manera que podía decir, como si hablara consigo mismo:
-Qué hombre tan arrogante y tan bien plantado. Si el mismo Dios bajase la tierra y cabalgase sobre ella, así es como sería.
Sutpen regresó en 1865, montando el caballo negro. Parecía haber envejecido diez años. Su hijo había perecido en el frente el mismo invierno en que falleciera su esposa. Regresó (después de haber recibido de manos del General Lee un diploma en que se acreditaba su valor) a la arruinada hacienda, donde su hija llevaba ya un año viviendo casi a expensas de la menguada generosidad del hombre a quien quince años antes, diera permiso para habitar la miserable choza del pescadero, de la que ni siquiera se acordaba ya. Allí estaba Wash esperando, con el mismo aspecto de siempre; enjuto todavía, sin que los años pasaran por él, con su mirada descolorida e interrogante, con su aire desconfiado, entre servil y familiar:
-Bueno, Coronel -lo saludó Wash-. Nos mataron pero no nos derrotaron todavía ¿verdad?
A eso, más o menos, se redujeron sus conversaciones durante los cinco años siguientes. El whisky que bebían ahora del mismo jarro de barro era de inferior calidad, y ya no se reunían bajo la parra. Ahora era en los fondos del tenducho que consiguió instalar Sutpen al costado de la carretera: una despensa cuadrada, con anaqueles, donde vendía, ayudado por Wash (que le servía de mozo y empleado), petróleo, productos alimenticios corrientes, golosinas rancias de colores y abalorios baratos y cintas a los negros o los blancos pobres como el mismo Wash, quienes llegaban a pie o en mulas escuálidas y regateaban hasta el aburrimiento una cuantas monedas de diez o de veinticinco centavos con el hombre a quien vieran en otros tiempos galopar (el caballo negro vivía todavía; la caballeriza que ocupaba su celosa cría estaba en mejores condiciones que la casa en que habitaba su mismo amo) más de dieciséis kilómetros sin salir de sus fértiles terrenos, y que había tenido a sus órdenes tropas valerosas en la guerra; hasta que Sutpen, furioso, mandaba salir a todo el mundo del tenducho, cerraba las puertas y las atrancaba por dentro. Entonces se metían los dos en la parte de atrás y empezaban a beber. Pero ya la conversación no era tranquila, como cuando Sutpen se tumbaba en la hamaca, pronunciando un monólogo ampuloso, mientras Wash se mataba de risa sentado en cuclillas contra su poste. Ahora también se sentaban los dos, pero Sutpen ocupaba la única silla mientras Wash echaba mano de cualquier cajón o cacharro, y eso por poco tiempo; porque enseguida empezaba Sutpen a subirse por las paredes en un ataque de furia, impotente, levantándose como un desaforado y volviéndose a sentar, para declarar una vez más que iba a agarrar su pistola y a ensillar su caballo negro y y a salir galopando hasta Washington y matar a Lincoln, que ya entonces estaba muerto, y a Sherman quien entonces era un civil.
-Voy a matarlos -vociferaba-. ¡Voy a acribillarlos a tiros, como a perros, que es lo que son...!
-Sí, Coronel; sí, Coronel -decía entonces Wash, sujetándolo antes de que se cayera.
Después mandaba a parar la primera diligencia que pasara, y si no había ninguna, caminaba mil seiscientos metros hasta la casa más cercana y pedía prestado un carruaje con el que regresaba y se llevaba a Sutpen. Ahora ya entraba en la casa. Lo había venido haciendo desde mucho antes llevándose a Sutpen en el primer carruaje que pudiera conseguir prestado animándolo a que se moviera con murmullos halagadores, como si fuera un caballo o un potro. La hija salía a su encuentro y les abría la puerta sin decir palabra. Cargaba él entonces con su fardo a través de la entrada que en otros tiempos estaba reservada a muy pocos, antes blanca y todavía rematada por un abanico de cristales importados pieza por pieza de Europa, aunque faltaba uno de ellos y se había tapado su hueco con una tabla clavada. Luego seguía adentro, pasando la alfombra de terciopelo, sin peto ninguno ya, y subía la suntuosa escalinata que ahora no era más que un espectro desvencijado y descolorido de tarimas desnudas entre dos franjas de pintura desvaída, hasta llegar a la alcoba. Ya había oscurecido mientras tanto; dejaba su carga despatarrada en la cama, lo desnudaba y se sentaba en silencio a su lado en una silla. Al poco tiempo, se asomaba la hija a la puerta.
-Ya se arregló todo -solía decirle él-. No se preocupe, señorita Judith.
Luego oscurecía y, al cabo de un rato, se tendía en el suelo junto a la cama, aunque no se quedaba dormido, porque no tardaba el de la cama en agitarse -a veces antes de la media noche-, emitir un gruñido y luego preguntar:
-¿Wash?
-Aquí estoy, Coronel. Vuélvase a dormir. Todavía no nos han derrotado, ¿verdad? Con usted y conmigo no hay quien pueda.
Por aquellas fechas, ya había visto Wash la cinta que llevaba su nieta en la cintura. Tenía quince años y era mujer, según ocurría un tanto prematuramente a las muchachas como ella. Sabía la procedencia de aquella cinta; se la había venido viendo con todo lo demás diariamente desde hacía tres años; y de nada le hubiese valido mentirle sobre dónde la había conseguido, cosa que a ella no se le ocurrió, porque se sentía, al mismo tiempo, orgullosa, mohína y temerosa.
-No está mal -le dijo su abuelo-. Si el Coronel quiso regalártela, supongo que le habrás dado las gracias.
No se alarmó ni cuando vio el vestido y observó la expresión misteriosa, desafiante y atemorizada que había en su rostro mientras le decía que la señorita Judith la había ayudado a hacérselo. Pero se puso muy serio al acercarse a Sutpen aquella tarde cuando cerraron la tienda y se fueron al fondo del local.
-Tráete el jarro -le mandó Sutpen.
-Espere -contestole Wash-. Es sólo un momento.
Sutpen no le negó lo del vestido.
-¿Qué tiene de particular? -le preguntó.
Wash resistió su mirada fija y arrogante y le habló quedamente:
-Lo conozco a usted desde hace veinte años. Nunca me he opuesto a hacer lo que usted me ordena. Y ya voy para los sesenta... Y ella es una niña que no pasa de los quince años de edad.
-¿Estás insinuando que le he hecho algún mal? ¿Yo que soy tan viejo como tú?
-Si fuera usted otro hombre, yo diría que estaba tan viejo como yo. Pero, viejo o no viejo, no la dejaría quedarse con ese vestido ni nada que no viniese de la mano de usted. Pero usted es distinto.
-¿En qué consiste la diferencia?
Wash se limitó a clavarle los ojos descoloridos, inquisitivos y sobrios.
-¿Entonces es por eso por lo que me tiene miedo?
Ya la mirada de Wash dejó de ser interrogante. Era tranquila y serena.
-Yo no tengo miedo. Porque usted es valiente. No es porque fue valiente en un minuto o en un día de su vida, y pueda lucir un papel que le dio el general Lee para demostrarlo. No, usted es valiente, lo mismo que vive y respira, en eso consiste la diferencia. No hace falta escritura de nadie que me lo venga a decir. Y me consta que lo que maneje o toque usted, lo mismo un regimiento de hombres que una muchacha ignorante o un perro de presa, usted sabe lo que hace.
Ahora fue Sutpen el que apartó de él la vista, y con un movimiento brusco y repentino le dijo sin más:
-Tráete el jarro.
-Cómo no, Coronel.
Como íbamos diciendo, al amanecer de aquel domingo, dos años más tarde, su corazón siguió tranquilo, aunque preocupado, después de observar a la partera negra, a la que había ido a buscar tras una caminata de cuatro kilómetros, penetrar por la puerta desvencijada, del otro lado de la cual yacía su nieta quejándose. Sabían lo que todos habían venido diciendo... los negros de las cabañas de la hacienda y los blancos que rondaban todo el día por los alrededores de la hacienda, espiando en silencio a los tres, a Sutpen, a él y a su nieta, con aire provocativo y ligeramente retador a medida que su estado se iba haciendo cada día más visible y palmario. Eran como tres actores que entrasen y saliesen de escena.
“Ya sé lo que están chismorreándose al oído”, pensó. “Casi me parece oírlo: Wash Jones se ha amarrado, por fin, al viejo Sutpen... Le ha llevado veinte años, pero por fin se salió con la suya”.
Dentro de poco amanecería, pero todavía no. Desde el interior de la casa, donde la lámpara macilenta brillaba tenuemente más allá del marco torcido de la puerta, salía periódicamente, como al compás de algún reloj, la voz de su hija. Su pensamiento se deslizaba lento y aterrador, con dificultad, como si se mezclase a cierto rumor de cascos galopantes, hasta que, de repente, emergió a galope corto la silueta enhiesta del hombre a lomos de su caballo arrogante; y luego se destacó también con contornos claros lo que estaba perturbando su pensamiento; pero no como justificación ni explicación siquiera, sino como una apoteosis, solitaria, explicable, por encima del contacto grosero de los hombres:
Es más grande que todos esos norteños que mataron a su hijo y a su esposa y se llevaron a sus negros y arruinaron su plantación; más grande que esta maldita tierra en la cual encajaba a la medida y que le ha negado hasta una tienducha en el campo; más grande que la negativa que sintió en los labios tan amarga como la copa del Libro. ¿Cómo podía yo haber vivido tan cerca de él veinte años sin que me hubiese cambiado y tocado? Acaso no sea tan grande como él o no he galopado como él. Pero he sabido llevarle la corriente. Entre él y yo sabemos hacerlo, sólo con que me diga qué es lo que quiere.
Amaneció. De repente distinguió la casa y la vieja negra que lo miraba desde la puerta. Luego notó que la voz de su nieta se había callado.
-Es una niña -le dijo la negra-. Puede ir a contárselo a él si quiere.
Y, con esto, volvió a entrar en la casa.
-Una niña -repetía Wash-. Una niña.
En su estupor, casi no oyó los cascos galopantes, ni la silueta arrogante que volvió a emerger. Se quedó observándola, como si la viese pasar al galope a través de acontecimientos que marcasen la acumulación de los años, del tiempo, hasta el momento sublime en que cabalgaba bajo el sable que blandía y una bandera desgarradora, precipitándose furiosamente contra un cielo del color del azufre explosivo. Era la primera vez en su vida que pensaba que acaso Sutpen fuese un hombre y un viejo como él mismo.
“Ha tenido una niña”, reflexionaba en medio de aquel aturdimiento, con la sorpresa alborozada de un niño: “Sí, señor. Parece mentira pero he llegado a ser bisabuelo”.
Entró en la Casa. Avanzaba a pasos torpes de puntillas, como si ya no viviese allí, como si el bebé que acababa de tomar su primer aliento y de llorar a la luz lo hubiese desposeído, aunque fuese de su misma sangre. Pero, sobre el camastro de paja, apenas divisaba otra cosa que la mancha difusa del rostro demacrado de la nieta. La negra, sentada en cuclillas junto al hogar, habló:
-Será mejor que se lo diga, si va a decírselo... Ya es de día.
Pero no hacía falta. Apenas torció la esquina del pórtico donde estaba apoyada la guadaña que pidió prestada a su amo tres meses antes, para segar las malezas que estaba pisando, cuando se presentó Sutpen a caballo. No se puso a pensar cómo se había enterado. Supuso sin más que era eso lo que había traído al otro a horas tan tempranas de la madrugada del domingo, y se quedó plantado hasta que desmontó, quitándole después las riendas de la mano. En su cara apergaminada había una expresión casi de imbecilidad, mientras le decía con cierto aire cansado de triunfo:
-Es niña, Coronel. Porque... usted es tan viejo como yo...
Sutpen lo dejó con la palabra en la boca, pasó por delante de él y penetró en la casa. Él se quedó con la brida en la mano oyendo los pasos de Sutpen que se acercaban al camastro. Oyó lo que dijo, y algo pareció morir en él antes de hacer el menor movimiento.
Ya había subido el sol, ese sol rápido de las latitudes del Misisipí, y se le ocurrió que estaba bajo un cielo desconocido, ante un escenario extraño, que sólo le resultaba familiar como las cosas que se ven en sueños... como el que sueña que se cae de una altura cuando jamás ha ascendido.
“No es posible que haya oído lo que creo que he oído”, pensó sin abrir la boca. “Sé que no puede ser”.
Sin embargo, la voz, aquella voz familiar que pronunciara las palabras, seguía todavía hablando, contándole a la vieja negra no sé qué de un perro recién parido aquella madrugada.
“Por eso se ha levantado tan temprano”, pensó. “Eso es. Ni por mí ni por mi gente. Ni siquiera lo que es suyo le ha hecho levantarse de la cama”.
Sutpen salió. Se metió por la maleza, andando a pasos lentos y pesados que habrían sido rápidos cuando era más joven. Todavía no había mirado cara a cara a Wash. Pero fue diciéndole:
-Va a quedarse Dicey a atenderla. Será mejor que tú...
Entonces pareció advertir que Wash se le estaba poniendo por delante y se detuvo.
-¿Qué? -inquirió.
-Dijo usted... -El mismo Wash se oía la voz como si sonase a hueco o a graznido, como la de un sordo-. Dijo usted que si fuese una yegua, podría darle un buen pesebre en la cuadra...
-¿Y qué? -le preguntó Sutpen.
Cuando Wash empezó a avanzar hacia él, con los hombros ligeramente caídos, se le abrieron y cerraron los ojos, como puños que se crispan y relajan. Por un momento Sutpen se quedó clavado en el suelo asombrado, observando a aquel hombre a quien, durante veinte años, no había visto hacer movimiento alguno sino a su mando, como el caballo que montaba. De nuevo se entornaron y se abrieron sus ojos. Aunque no se movió, le pareció que empezaba a retroceder de repente.
-¡Atrás! -le dijo brusca y destempladamente-. No me toques.
-Voy a tocarlo a usted, Coronel -le contestó Wash, sin dejar de avanzar, con aquella voz queda, tranquila y casi dulce.
Sutpen levantó la mano en que empuñaba la fusta; la vieja negra espió por la puerta derrengada con su cara de gárgola o de gnomo decrépito.
-Atrás, Wash -repitió Sutpen.
Y sacudió un fustazo. La vieja negra pegó un salto hacia la maleza con la agilidad de una cabra y se perdió de vista. Sutpen zurció de nuevo la cara de Wash con el látigo, haciéndolo caer de rodillas. Cuando se levantó, empuñaba en sus manos la guadaña1 que le prestara Sutpen tres meses antes y que ya no le iba a hacer falta para nada.
Cuando Wash entró en la casa, su nieta se agitó en el jergón y lo llamó con miedo.
-¿Qué fue eso? -le preguntó.
-¿Qué fue qué, hija?
-Ese alboroto ahí fuera.
-No fue nada-contestó él suavemente, arrodillándose a su lado y tocándole la frente con mano torpe-. ¿Quieres alguna cosa?
-Un trago de agua- murmuró ella con voz quejumbrosa-. Llevo ya mucho tiempo con ganas de tomar un trago de agua, pero no hay nadie que me haga caso ni a quien yo le importe nada.
-Ahora mismo -le dijo él cariñosamente.
Se levantó con movimiento tiesos, le trajo el cubo de agua, le levantó la cabeza para que pudiese beber y luego se la apoyó otra vez en el camastro, observando cómo se daba vuelta con cara de piedra hacia su criatura. Pero un momento después vio que estaba llorando en silencio.
-Vaya, vaya -le dijo, aplacándola-. No debes hacer eso. La vieja dice y asegura que es una nena muy bonita. Ya pasó todo. Ya pasó todo. No hay por qué llorar ahora.
Pero ella siguió vertiendo lágrimas silenciosas, melancólicamente, y él se levantó de nuevo y estuvo junto al camastro, inquieto, algún tiempo, posando lo mismo que cuando pasara por aquel trance su esposa primero y luego su hija:
“Estas mujeres... Son un misterio para mí. Parece que los quieren tener, pero cuando los tienen, se ponen a llorar. Son un misterio para mí. Para cualquier hombre”.
Se apartó del camastro, arrimó una silla a la ventana y se sentó.
Estuvo así toda aquella larga, luminosa y soleada mañana, esperando junto a la ventana. De cuando en cuando, se levantaba y se aproximaba de puntas de pie al jergón. Pero ya su nieta se había quedado dormida, con la cara triste, tranquila y cansada, y la nena en el hueco de sus brazos. Luego volvió a la silla, se sentó una vez más, esperó y se extrañó de cómo tardaban tanto, hasta que recordó que era domingo. Estaba tan tranquilo, en la misma postura, a media tarde, cuando dio la vuelta a la esquina de la casa un muchacho blanco y, al toparse con el cadáver, lanzó un grito ahogado, levantó los ojos y miró como hipnotizado, un momento, a Wash, quien seguía en la ventana, terminando por volverse y escapar a toda carrera. Luego Wash se levantó y se acercó de puntas de pie, como antes, al jergón.
Su nieta se había despertado, acaso al oír el pequeño grito del muchacho.
-Milly -le preguntó el abuelo-, ¿tienes hambre?
Ella no contestó y volvió la cara para otro lado.
Wash encendió una fogata en el hogar y se puso a preparar la comida que había llevado el día anterior: era un pedazo de mantequilla y pan frío de borona; echó agua en el pote rancio del café y la calentó. Pero ella no quiso probar nada cuando le llevó su ración; así que él comió solo y en silencio, dejando los platos como estaban, después de lo cual se volvió a la ventana.
Ahora le pareció sentir, casi tocar, a los hombres que deberían estarse reuniendo con caballos, escopetas y perros... Aquel grupo de curiosos y vengativos hombres de la calaña de Sutpen, quienes se sentaran con él a la mesa en aquellos tiempos en que Wash no podía acercarse a la casa más que hasta la parra, hombres que además habían enseñado a los inferiores cómo había que jugarse la vida en la batalla y tenían, acaso, también papeles firmados por los generales, atestiguando que estaban entre los valientes de primera fila, que galoparon arrogantes y ufanos, como Sutpen, en aquellos viejos tiempos, por las feraces plantaciones a lomos de caballos finos... símbolos, por lo tanto, de admiración y de esperanza, al mismo tiempo que instrumentos de desesperación y luto.
Ellos esperaban que huyera. Pero a él le parecía que tenía más de qué huir en relación a otras cosas que huir de esta gente. Si emprendía la fuga, todo se limitaría a volver la espalda a una gavilla de desalmados y fanfarrones para toparse con otros iguales a ellos, pero todos los de esa ralea eran de la misma clase, por lo menos en la tierra que él conocía... Y era viejo, demasiado viejo hasta para huir, si es que lo fuera a hacer. Jamás lograría escapar, por mucho que corriera y por muy lejos que fuera: un hombre con cerca de sesenta años de edad no podía ir muy lejos. No lo suficientemente lejos para rebasar las fronteras de la tierra en que vivían hombres como aquellos, que imponían el orden a su antojo y dictaban las normas de vida. Le pareció comprender ahora por primera vez, al cabo de cinco años, cómo fue que los norteños o cualquier otro tipo de ejército viviente había logrado derrotarlos: a ellos, los valientes, los pundonorosos, los bravos, los que tenían acreditado su honor, su nobleza y su hidalguía, y los escogidos como dechados de todos. Acaso si él hubiese ido a la guerra con ellos, lo hubiese descubierto antes. Pero si los hubiese descubierto antes, ¿qué habría sido de su vida después?, ¿cómo habría podido recordar durar cinco años su vida anterior?
Ya estaba acercándose el sol hacia su ocaso. La criatura había estado llorando; cuando se aproximó al camastro, vio a su nieta amamantándola con su misma cara amada, inescrutable.
-¿No tienes hambre todavía? -le dijo.
-No quiero nada.
-Tienes que comer.
Ella ya no contestó y miró a su bebé. Wash volvió a su silla y vio que se había puesto el sol.
“Ya no pueden tardar mucho”, pensó.
Le parecía sentirlos ya muy cerca, al grupo de los curiosos y vengativos. Hasta se imaginaba que los estaba oyendo, que entendía lo que decían de él, lo que pensaban después de haberse sobrepuesto al primer arrebato de furia: “Ese viejo Wash Jones ha dado por fin un tropezón. Creyó tener atrapado a Sutpen, pero éste lo engañó. Creyó haber comprometido al Coronel a casarse con la muchacha o a pagar. Y el Coronel rehusó”.
-¡Pero si yo nunca pensé en eso, Coronel! -exclamó en voz alta, sorprendiéndole el eco de su propia voz y volviendo enseguida la cabeza para encontrarse con los ojos de su nieta que lo miraba.
-¿Con quién estabas hablando? -le preguntó ella.
-No era nada. Pensaba, por lo visto, y se me escapó alguna palabra sin querer.
De nuevo su cara se fue desdibujando... ya él no la veía más que como una mancha lívida a la luz del crepúsculo.
-Ya decía yo... me parece que tienes que gritar más fuerte para que él te oiga, para que te oiga desde afuera de la casa. Y creo que vas a tener que hacer algo más que gritar para que él se presente aquí.
-Claro, claro -replicó Wash-. Pero no te apures ya. -Le costaba trabajo pensar, pero fue expresándose poco a poco-: Ya sabes que yo nunca... Ya sabes que yo nunca he esperado, ni pedido nada a nadie, sino lo que he esperado de ti... Y nunca le pedí tal cosa... No creí que fuese a hacer falta. Yo dije: “No hace falta. ¿Qué necesidad tiene un hombre como Wash Jones de sospechar o dudar de otro a quien el general Lee en persona da fe en un papel escrito de su puño y letra de que es un valiente?” Valiente -se quedó pensando-. Mejor sería que ninguno de ellos hubiese vuelto a casa en 1865. -Pero en realidad, pensaba:
“Mejor sería que ni él ni yo, ni los suyos ni los míos hubiésemos nacido en esta tierra. Mejor sería que cuantos quedamos de nosotros fuésemos arrojados a tiros de la faz de la tierra, antes que otro Wash Jones vea su vida entera arrancada a tiras, arrugándose y retorciéndose como un manojo seco arrojado al fuego”.
Dejó de pensar y se quedó inmóvil. Oyó los caballos, de repente, sin lugar a dudas; poco después vio el reflejo de la linterna y las siluetas de hombres que se movían y percibió los relucientes caños de las escopetas, su inquieto fulgor. Pero no se movió Ya era casi noche cerrada. Oyó las voces y el rumor de los arbustos, según iban rodeando la casa. Apareció de lleno la linterna; sus reflejos iluminaron el cuerpo inerte que yacía entre los matorrales y se detuvo, proyectando altas sombras de caballos y jinetes. Un hombre desmontó y se agachó a la luz del farol sobre el cadáver. Empuñaba una pistola. Cuando se incorporó miró a la casa.
-Jones -dijo.
-Aquí estoy -contestó tranquilamente Wash desde la ventana-. ¿Es usted, mayor?
-Salga.
-Ahora mismo -contestó sin levantar la voz-. Espere que atienda primero a mi nieta.
-Nosotros la atenderemos. Salga, vamos.
-Ahora mismo, mayor. Un momento.
-Háganos una señal con la luz. Encienda su lámpara.
-Ahora mismo. En un momento.
Oyeron cómo se perdía su voz en el interior de la casa, aunque no pudieron ver cómo se acercaba rápidamente a la grieta de la chimenea donde guardaba su cuchillo de caza: lo único de valor que había en su vida y en su hogar.
Se enorgullecía de él por lo agudo de su filo. Se fue hacia el camastro, desde el cual salió la voz de su nieta:
-¿Quién es? Enciende la lámpara, abuelo.
-No va a hacer falta luz, hija. Sólo me va a llevar un momento -le contestó, arrodillándose, andando a tientas hacia el lugar desde donde saliera su voz y preguntándole en un susuro-. ¿Dónde estás?
-Aquí mismo -contestó ella con voz medrosa-. ¿Dónde quieres que esté? ¿Qué es lo que...? -la mano de él le tocó la cara-. ¿Qué es...? ¡Abuelo! ¡Abue...!
-Jones -repitió el otro-. ¡Salga afuera!
-Un momento nada más, mayor -replicó él.
Entonces se levantó y empezó a moverse rápidamente. Sabía a oscuras dónde estaba la lata de petróleo, y le constaba que estaba llena puesto que, no hacía dos días, la había llenado en la tienda y la tuvo guardada allí hasta que se la llevó a caballo a casa, porque pesaban mucho diecinueve litros. Todavía quedaban algunas brasas en el hogar; además, la destartalada casucha era como yesca: las brasas, la chimenea y las paredes explotaron en una sola llamarada azul.
Recortándose contra ella, los hombres que esperaban lo vieron abalanzarse hacia afuera, en un instante frenético, guadaña en mano, mientras los caballos retrocedían y corcoveaban aterrados. Los frenaron y lograron volverlos hacia el resplandor. La magra figura seguía destacándose fiera y serenamente, avanzando contra ellos y blandiendo la guadaña.
- iJones! -le gritó el jefe-. ¡Alto! ¡Alto o disparo! iJones! iJones!
La espectral y furiosa figura continuaba proyectándose contra el fondo encendido de las llamaradas crepitantes. Con la guadaña en alto arremetió contra ellos, contra los ojos desorbitados y empavorecidos de los caballos y los relampagueantes caños de las escopetas, sin un grito, sin una palabra.

El cazador de orquídeas


Djamil entró en mi camarote y me dijo: Señor, ya están apareciendo las primeras montañas.
Abandoné precipitadamente mi encierro y fui a apoyarme de codos en la borda. Las aguas estaban bravías y azules mientras que en el confín la línea de montañas de Madagascar parecía comunicarle al agua la frialdad de su sombra. Poco me imaginaba que dos días después me iba a encontrar en Tananarivo con mi primo Guillermo Emilio, y que desde ese encuentro me naciera la repugnancia que me estremece cada vez que oigo hablar de las orquídeas.
Efectivamente, dudo que en el reino vegetal exista un monstruo más hermoso y repelente que esta flor histérica, y tan caprichosa, que la veréis bajo la forma de un andrajo gris permanecer muerta durante meses y meses en el fondo de una caja, hasta que un día, bruscamente, se despierta, se despereza y comienza a reflorecer, coloreándose las tintas más vivas.
Yo ignoraba todas estas particularidades de la flor, hasta que tropecé con Guillermo Emilio, precisamente en Madagascar.
Creo haber dicho que Guillermo Emilio era cazador de orquídeas. Durante mucho tiempo se dedicó a esta cacería en el sur del Brasil; pero luego, habiendo la justicia pedido su extradición por no sé qué delito de estafa, de un gran salto compuesto de numerosos y misteriosos zigzags se trasladó a Colombia. En Colombia formó parte de una expedición inglesa que en el espacio de pocos meses cazó dos mil ejemplares de orquídeas en las boscosas montañas de Nueva Granada. La expedición estaba costosamente equipada, y cuando los ingleses llegaron a Bogotá, de los dos mil ejemplares les quedaban vivos únicamente dos. El resto, malignamente, se había marchitado, y el financiador de la empresa, un lustrabotas enriquecido, enloqueció de furor.
Completamente empobrecido, y además mal mirado por la policía, Guillermo Emilio emigró a México, donde pretende que él fue el primero que descubrió la especie que conocemos bajo el nombre de "orquídea del azafrán". No sé qué incidentes tuvo con un nativo -los mexicanos son gente violenta-, que Guillermo Emilio desapareció de México con la misma presteza que anteriormente salió de Río Grande, después de Natal, luego de Bogotá y, finalmente, de Tampico. Algunos maldicientes susurraban que el primo Guillermo Emilio combinaba el robo con la caza, y yo no diré que sí ni que no, porque bien claro lo dicen las Sagradas Escrituras: "No juzguéis si no quieres ser juzgado".
Era él un hombre alto como un poste, de piernas largas, brazos largos, cara larga y fina y mucha alegría que gastar. Se le encontraba casi siempre vestido con un traje caqui, polainas y casco de explorador y un cuaderno bajo el brazo. En este cuaderno estaban pegados varios recortes de periódicos de provincia, donde se le veía junto a una planta de orquídeas acompañado de un grupo de indígenas sonrientes. Tal publicidad le permitió robar en muchas partes.
Este es el genio que yo me encontré una mañana de agosto en Tananarivo cuando semejante a un babieca abría los ojos como platos frente al disparatado palacio que ocupó la ex reina indígena Ranavalo. Este palacio lo construyó un francés aventurero que recaló en Madagascar huyendo de sus crueles deudores, y de quien me contaron extraordinarias anécdotas; pero dejémoslas para otro día.
Estaba, como digo, de pie, abriendo los ojos frente al palacio y rodeado de un grupo de cobrizas chiquillas con motas trenzadas y desparramadas, como los flecos de una alfombra, sobre su frente de chocolate. Por momentos miraba el palacio de la pobre Ranavalo, y si le volvía la espalda tropezaba con una multitud de robustos malgaches, que con la cabeza cargada de cestos de cañas pasaban hacia el mercado transportando sus plátanos. También pasaban rechinantes carros arrastrados por pequeños cebúes despojados de su rabo por una infección que permite salvar al buey sacrificando su cola. Yo conocía un chiste muy divertido respecto al buey y su cola, pero ahora no lo recuerdo. Adelante.
Mis proyectos eran variados. Uno consistía en marcharme a los arrozales de Ambohidratrimo, otro -y éste me seducía muy particularmente- en cruzar oblicuamente la isla partiendo de Tananarivo para el puerto de Majunga, y embarcarme allí para el archipiélago de las Comores. Ninguno de estos proyectos estaba determinado por la necesidad de los negocios, sino por el placer. De pronto escuché una gritería y vi a un viejo con casco de corcho que salió maldiciendo y riéndose a la puerta de su almacén, y al tiempo que maldecía y se reía, amenazaba con el puño la copa de un cocotero. Entonces, fijándome en donde señalaba el viejo, vi un mono con un gran cigarro encendido que se lo había robado. En el almacén ladero, un chino, con un blusón azul que le llegaba a los talones y una gran coleta, miraba al mono, que fumaba haciéndole amenazadoras señales.
-¡Tony! ¡Tú aquí, Tony!
¿Quién diablos me llamaba?
Me volví, y allí, para mi desgracia, estaba el primo Guillermo, con su traje caqui y el cuaderno debajo del brazo. Mientras cambiábamos las primeras preguntas yo pensaba en echarle escrupuloso candado a mi cartera. Sin embargo, me dejé persuadir, y Guillermo, tomándome de un brazo, exclamó en voz alta, tan alta, que creo que la pudo escuchar el chino del "fondak" frontero:
-Nunca entres al restaurante de un chino. Será un misterio para ti lo que te dé de comer.
Terminó mi primo de pronunciar estas palabras, se corrió una cortinilla de abalorios, y corpulento, con una barba despejada sobre su pecho y un turbante del razonable diámetro de una piedra de molino, apareció Taman. Arrastrando sus amarillas babuchas por el piso de madera, se aproximó a nuestra mesa, y Guillermo Emilio le dijo:
-Honorable Taman: te presentaré a un primo mío, perteneciente a una muy noble familia de América.
Taman me saludó al modo oriental; luego estrechó calurosamente mi mano y yo pensé si no había caído en una emboscada. Luego un chico tuerto, con una lamentable chilaba colgando de sus hombros y un fez rojo, depositó tres vasos de café sobre la mesa y el primo Guillermo me lo presentó:
-Es sabio y virtuoso como el ojo de Alá.
El pequeño tuerto me saludó lo mismo que su amo, y el primo Guillermo continuó:
-A ti puedo confiarme -miró en derredor cautelosamente-. Este prodigioso niño llamado Agib, ha descubierto la orquídea negra. Dice que de pétalo a pétalo la flor mide cerca de cuarenta centimetros.
-¿Y dónde descubrió ese prodigio?
-A ti puedo confiártelo. Es en el oeste del lago Itasy, sobre una falda del Tananarivo.
-¿Y por qué no la cazó él?
El tuerto, a quien su tío Taman encontraba sabio y virtuoso como el ojo de Alá, me respondió:
-Te diré, señor. He oído decir en ese paraje que en el tronco mismo de la orquídea se oculta una venenosísima serpiente negra...
- El primo Guillermo masculló:
-¡Supersticiones! ¿No sabes acaso, que el perfume de las orquídeas ahuyenta a las serpientes?
-¿Y qué piensas hacer tú? -intervine yo, que a mi pesar comenzaba a sentirme interesado en la aventura.
-Contrataré a dos indígenas. Cargaremos el tronco en una angarilla y traeremos la orquídea aquí.
Taman, el dueño del tabuco, que bebía su café silenciosamente, remató el diálogo con estas palabras, al tiempo que acariciaba la nuca de su sobrino:
-Este precioso niño no se equivoca nunca. Le aconseja un djim.
Finalmente, después de muchas conferencias, tratos y disputas, como se acostumbra en Oriente, Taman le alquiló al primo Guillermo Emilio su sobrino con las siguientes condiciones, de cuya puntual enumeración fui testigo:
TAMAN. - Convenimos tú y yo en que no le pegarás al niño con el puño ni con un bastón.
GUILLERMO. - Únicamente le pegaré cuando haga falta.
TAMAN. - Pero ni con el puño ni con el bastón.
GUILLERMo. - Pero sí podré utilizar una vara flexible.
TAMAN. - Sí; podrás. Le darás, además, de comer suficientemente.
GUILLERMO. - Sí.
TAMAN. - Le dejarás dormir donde quiera, sin forzar su voluntad.
GUILLERMO. - Sí; menos cuando esté de guardia.
TAMAN. - No serás con él cruel ni autoritario.
GUILLERMO. (impaciente). - ¡No pretenderás que le trate como si fuera mi esposa preferida!
TAMAN. - Bueno, bueno; te recomiendo a la alegría de mi vida, al hijo de mi hermana y a la preferencia de mis ojos.
Finalmente, una semana después, guiados por el tuerto Agib, salimos de Tananarivo en dirección al Norte. Dos malgaches, de pelo tan rizado que le formaba en torno de la cabeza una corona de flecos de alfombra, nos acompañaban como cargueros.
Primero cruzamos los arrabales y las aldeas vecinas, donde encontramos por todas partes, frente a sus cabañas de bambú y rafia, verdaderas colectividades de poltrones malgaches jugando al karatva, un juego muy parecido al nuestro que se conoce bajo el nombre de las damas, con la diferencia que ellos, en vez de tener trazado su tablero en una tabla, lo han pintado en un tronco de árbol.
Después dejamos detrás una larga caravana de cargadores de carbón, semidesnudos, andrajosos, algunos ya completamente ciegos, otros con larga barba blanca caída sobre el pecho desnudo rayado de costillas. Algunos se ayudaban para caminar con un báculo, y entre ellos venían jovencitas, y todos, sin distinción de edad, cargaban hasta cinco cestas redondas, puestas una encima de la otra, sobre la cabeza.
Cantaban una canción tristísima, y aunque el sol se extendía sobre los próximos mambúes, aquella caravana de espectros negruzcos me sobrecogió, y la consideré de mal augurio para nuestra aventura.
Al caer la tarde alcanzamos los primeros bosques de ravenalas, plantas de bananos de hasta treinta metros de altura, con anchas hojas abiertas como abanicos. Indescriptibles gritos de monos acompañaban nuestra marcha. Nunca me imaginé que los monos pudieran conectar tan variadísimas sinfonías de chillidos, rugidos, lamentaciones, gritos, ronquidos, rebuznos y aullidos como los que estas bestias peludas, negruzcas, rojas y amarillentas componían desde sus alturas.
El "Ojo de Alá", como irreverentemente llamaba Taman a su sobrino Agib, se había humanizado. De tanto en tanto volvía la cabeza y le dirigía una sonrisa de señorita tímida a mi primo, que, implacable como un beduino, seguía adelante sin mirar a derecha ni izquierda, a no ser para lanzar una de esas malas palabras que hasta a las bestias de la selva las obligan a enmudecer. ¡Pobre Guillermo Emilio! ¡Si sabía él para qué se apresuraba!...
Al día siguiente ya cruzamos un bosque de ébanos; luego descendimos a un valle y al cruzar un río cenagoso un cocodrilo, que tenía la misma cabeza conformada que una corneta, atrapó por una pantorrilla a un carguero y se lo llevó aguas adentro, y pudimos ver cuando otro cocodrilo, precipitándose sobre él, le llevó un brazo. El agua se tiñó de rojo, y nosotros nos alejamos consternados. Quedaba ahora un solo cargador malgache, con cara de gato de cobre, y cuyas motas las mantenía constantemente peinadas en trencitas, que le caían sobre la frente como los flecos de una gualdrapa.
El tercer día de nuestra expedición subimos a la altura de unos montes, cuya planicie parecía de cristalización vidriada, piedra negra, resbaladiza como canto de botella. Abajo se veía el mar de la selva, y allá, muy lejos, el confín aguanoso del océano Índico. A pesar de que estábamos en verano, arriba hacía frío. Después de caminar trabajosamente durante dos horas por esta planicie cristalina oscura, pelada de toda vegetación, comenzamos el descenso hacia un valle arborescente, verde como si estuviera recortado en grandes paños de terciopelo verde cotorra. Un gran pájaro azul cruzó delante de nosotros chillando ásperamente, y comenzamos a bajar, pero pronto nos envolvió una nube de estaño; mascábamos agua, y cuando quisimos acordar, casi sin tiempo para refugiarnos debajo de un peñasco, estalló una tempestad terrible.
Verticales centellas conectaban el cielo y la tierra, torbellinos de agua rodaban en el espacio sus trombas de lluvia, y los truenos y la noche nos mantenían acurrucados bajo una roca. De pronto, aquel monstruoso techo de tinieblas se resquebrajó, y nuevamente apareció el cielo azul, con un sol centelleante de alegría. Eran las dos de la tarde. Nos desnudamos y pusimos a secar nuestra ropa al sol, y por primera vez desde la salida de Tananarivo oímos, el rugido corto, parecido al ladrido de un perro afónico. Era una pareja de panteras que andaba cazando cerca de nosotros. Cenamos varios puñados de arroz hervido en agua con un poco de aceite y bebimos abundantes cuencos de cacao.
Luego nos echamos a dormir. Al día siguiente alcanzaríamos el paraje donde florecía la orquídea negra.
Aborrezco los detalles superfluos. Aquel viernes, a las diez de la mañana estábamos a un paso de la orquídea negra. Ismaíl nos había guiado hasta un pequeño sendero rayado de troncos podridos de ravanalas y acacias. Este sendero estaba cerrado al fondo por un murallón de roca, pero cubierto también de una alfombra de musgo, y allí, al fondo, derribado sobre el roquedal, se veía un tronco podrido, tan deshecho, que no podía precisarse a qué especie vegetal pertenecía. Y de este tronco arrancaba un tallo, y al extremo de este tallo..., ¡jamás he visto nada tan maravilloso, ni aun pintado!
Era una estrella de picos fruncidos, tallada en un tejido de terciopelo negro bordeado de un festón de oro. Del centro de este cáliz lánguido, inmenso como una sombrilla de geisha, surgía un bastón de plata espolvoreado de carbón y rosa.
Todos lanzamos un grito de admiración. Guillermo Emilio se aproximó, estudió el tronco, lo removió con una palanca muy fácilmente, sacó del bolsillo un puñado de monedas de plata, las repartió entre Agib y el carguero malgache y les dijo:
-Retírenla cuidadosamente. Si llegamos a Tananarivo con la flor completa, les daré el doble.
Armados de hachas y palancas Agib y el malgache comenzaron a separar el tronco de su base musgosa. Guillermo y yo dimos principio a la construcción de una angarilla de bambú provista de su correspondiente techo.
-Este ejemplar nos reportará veinte mil dólares, por lo menos -cuchicheaba Guillermo, mientras ataba las cañas.
Nunca escuché un grito de terror semejante. Salté hacia la orquídea, y allí, arriba del murallón, vi al niño musulmán con la cara cruzada por un látigo de aceite negro; de pronto este látigo de aceite negro cruzó el espacio, y ya no le vimos más. Un doble hilo de sangre corría por la mejilla de Agib.
Fue inútil cuanto hicimos. Cubierto de sudor sanguinolento, estremeciéndose continuamente, pocos minutos después moría Agib. Tenía razón. Una serpiente negra se ocultaba bajo el tronco de la orquídea.
Yo mentiría si dijera que la muerte del Ojo de Alá, como le llamábamos un poco burlonamente, nos importó. Estábamos envenenados de codicia.
Veinte mil dólares danzaban ahora en nuestra mente. El mismo malgache había salido de su apatía oriental, y dos horas después, no sin matar previamente una araña venenosa, gorda como un sapo, cargamos en la angarilla el tronco de la orquídea.
Y con esta preciosa carga, una semana después entrábamos al tabuco de Taman.
-Déjame a mí; yo le hablaré -dijo el primo Guillermo Emilio.
Recuerdo que Taman salió a nuestro encuentro sumamente pálido. Tenía ya noticia de la muerte del hijo de su hermana.
Pero me llamó la atención que no se dignó dirigir una sola mirada a la preciosa flor, cuyos festones de terciopelo y oro llenaban la mísera habitación revestida de tapices baratos y alfombras, mezquinas, de un monstruoso prestigio de sueño chino. Nos miramos todos en silencio: luego Taman dijo:
-¿Dónde han dejado al hijo de mi hermana?
Creo que el primo Guillermo empleó cinco mil palabras para explicarle a Taman el final del Ojo de Alá. Mesándose la barba, lo cual es signo peligroso en un musulmán robusto, Taman escuchaba a Guillermo, y cuanto más profundo era el silencio de Taman, más impaciente y voluble era la cháchara de Guillermo. Y de pronto Taman, cuya exquisita educación no hacía esperar esta reacción de su parte, agarró un garrote, y levantándolo sobre la cabeza de Guillermo, dijo:
-¡Perro maldito! ¡Cómete esa orquídea!
-¡Taman -suplicó el primo Guillermo-, Taman, entiéndeme: ni tú, ni yo, ni él tuvo la culpa! En cuanto a comerme esa orquídea, no digas disparates. ¿Te comerías veinte mil dólares?
-¿Cómete esa orquídea, he dicho!
-Entendámonos, Taman: tu querido sobrino...
-¡Vas a comerte esa orquídea, perro!
El tono que esta vez empleó Taman para amenazar fue terrorífico. Que el primo Guillermo se percató de ello lo demuestra el hecho que sin ningún pudor se arrodilló delante de Taman, y tomándole la chilaba, le dijo:
-Escúchame, honorable hermano mío...
Una sombra de ferocidad cruzo el rostro de Taman. Guillermo Emilio vio esa sombra, y con infinita melancolía se dirigió a la angarilla donde la orquídea negra dejaba caer su picudo cáliz de terciopelo y oro.
-Taman, piensa...
-¡Come! -ladró Taman.
Entonces por primera y probablemente por última vez en mi vida he visto a un hombre comerse veinte mil dólares. El primo Guillermo desgarró la orquídea de su tronco, y con la misma desesperación de quien devora sus propias entrañas comenzó a morder y tragarse el suntuoso tejido de la flor.
Cuando Guillermo terminó de comerse el último pedacito de terciopelo y oro, Taman salió del tabuco en silencio, y Guillermo se desmayó.
Estuvo dos meses enfermo del estómago, y cuando creyeron que se había curado una peste curiosísima, manchas negras con borde bronceado, le comenzó a cubrir la piel en todas partes del cuerpo, y aunque varios médicos sospechan que es una afección nerviosa, ninguna autoridad sanitaria le permite al primo Guillermo abandonar la isla donde "se comió su fortuna".

domingo, 2 de diciembre de 2012

Avión




Guillaume Apollinaire asume La defensa de la palabra «avión» empleada
por el precursor Ader (1897), pero que había sido olvidada en favor del
término culto: aeroplano. El uso le ha dado la razón.

¿Qué habéis hecho, franceses, con Ader el aéreo?
Una palabra era suya, ahora ya nada.

Aparejó los miembros de la ascesis,
en la lengua francesa entonces sin nombre,
y luego Ader se torna poeta y los llama avión.

Oh pueblo de París, vosotros, Marsella y Lyon;
todos vosotros, ríos y montañas francesas,
habitantes de ciudades y vosotros, gentes del campo...
el instrumento para volar se llama avión.

Dulce palabra que habría encantado a Villon;
los poetas venideros la pondrán en sus rimas.

No, tus alas, Ader, no eran anónimas
cuando llegó el gramático a dominarlas,
a fraguar una palabra erudita sin nada de aéreo
donde el pesado hiato y el asno que le acompaña (aeropl -ane)
componen una palabra larga, como un vocablo de Alemania.

Se requería el murmullo y la voz de Ariel
para denominar el instrumento que nos lleva al cielo.
El quejido de la brisa, un pájaro en el espacio,
y es una palabra francesa que pasa por nuestras bocas.

¡El avión! Que suba el avión por los aires,
que planee sobre los montes, que atraviese los mares
y aún más lejos se pierda.

Que trace en el éter un eterno surco,
pero guardémosle el nombre suave de avión,
pues de ese mágico mote sus cinco letras hábiles
tuvieron la fuerza de abrir los cielos móviles.

¿Qué habéis hecho, franceses, con Ader el aéreo?
Una palabra era suya, ahora ya nada.

(Extraído de un grupo de cinco poemas inéditos
publicados en el volumen Apollinaire, Colección
«Les poétes d'aujourd'hui», Ed. Pierre Seghers).

Mundo en un beso...




Mundo en un beso
El músico con baquetas de avellano cosidas en las mangas
Apacigua a un enjambre de jóvenes monos-leones
Que descendieron con gran estrépito de la cornisa
Todo se vuelve opaco veo pasar la carroza de la noche
Arrastrada por los ajolotes de zapatos azules
Que penetra resplandeciente por la violencia que conduce a la tumba
Pavimentada de párpados con sus pestañas
La ley del talión utiliza un pueblo de estrellas
Y tú te matizas para mí de un negro rocío
Mientras los horribles bornes mentales
Se hienden en el sentido de la longitud
Dando paso a unos penachos
Que miran al lago próximo
Los barrotes del espectáculo están maravillosamente retorcidos
Un largo huso de aire atestigua sólo la huida del hombre
De madrugada entre la ilustre alfalfa
La hora
Sólo es lo que hacen sonar las piezas de oro de la bohemia
En las aspas de coriaria
Una amazona de pie sobre un caballo tordo anaranjado al galope
Desde lejos los brazos están siempre en extensi6n lateral
El rombo polvoriento del forro me recuerda
La tienda decorada de bisontes azules
Por los indios de la almohada
Afuera el aire se prueba los guantes de muérdago
Sobre un mostrador de agua pura
Mundo en un beso limpio
Para mí las escamas
Las escamas de la gran tortuga celeste con vientre de hidrófilo
Que se debate cada noche en el amor
Con la gran tortuga negra la gigantesca escolopendra de raíces.