viernes, 9 de diciembre de 2016

Tú y yo






Yo vi un ave 
que süave 
sus cantares 
entonó 
y voló... 

Y a lo lejos, 
los reflejos 
de la luna en alta cumbre 
que, argentando las espumas 
bañaba de luz sus plumas 
de tisú... 
¡y eras tú! 

Y vi un alma 
que, sin calma, 
sus amores 
cantaba en tristes rumores; 
y su ser 
conmover 
a las rocas parecía; 
miró la azul lejanía... 
tendió la vista anhelante, 
suspiró, y cantando amante 
prosiguió... 
¡y era 
yo! 

II 

¿Viste 
triste 
sol? 

Tan triste 
como él, 
¡sufro 
mucho 
yo! 

Yo en una 
doncella 
mi estrella 
miré... 
Y dile, 
amante, 
constante 
fe. 

Pero ingrata 
olvidóme, 
y no sabe 
que padezco 
cual no puede 
nunca, nunca 
comprender... 
¡Que mi pecho 
no suspira, 
ni mi lira 
tiene acordes 
de placer! 

Yo vi en la noche 
plácida luna 
que en la laguna 
se retrató; 
y vi una nube, 
que allá en el cielo, 
con denso velo 
la obscureció. 

Yo vi a la aurora, 
bañada en rosa, 
dorar la hermosa 
faz de la mar... 
Y vi los rayos 
de un sol ardiente 
que rudamente 
borraron luego, 
con rojo fuego, 
su bella faz... 

Así vi que bella 
naciera en un día, 
con dulce alegría, 
la aurora luciente 
de un plácido amor; 

¡mas hoy yo contemplo, 
no más en mi vida, 
de negro vestida, 
la estatua tremenda 
de amargo dolor! 

¡Hoy sólo me complace 
oír la queja amarga, 
que al cielo envía tierna 
la tórtola del monte 
con moribundo son! 
Sentir cómo susurra 
la brisa entre las hojas... 
¡Mirar el arroyuelo 
que al eco de la selva 
confunde su rumor! 
Canto cuando las estrellas 
esparcen su claridad: 
cuando argentan las espumas; 
¡las espumas de la mar! 
Canto cuando el ancho río 
murmurando triste va... 
Cuando el ruiseñor encanta 
¡con su arpegio celestial! 

Y al ronco mugir de las olas; 
la noche con su lobreguez; 
y el trueno que silva en los aires, 
¡me encanta y embriaga a la vez! 
Me place lo triste y lo alegre; 
me gusta la selva y el mar, 
y a todos saludo contento... 
¡Y algunos se ríen al verme!... 
Y, a veces, ¡me pongo a llorar! 

Yo adoré a una mujer con el fuego 
de mi joven y audaz corazón: 
mas ya he dicho que aquélla olvidóme, 
y que vivo en tremendo dolor. 
¿Estoy loco? No sé: lo que siento, 
no lo puedo jamás explicar. 
Es un rudo y feroce tormento... 
Nada más; nada más... ¡nada más! 

¿Qué soy? ¡Gota de agua desprendida 
del raudal turbulento de la vida! 
Soy... algo doloroso cual lamento... 
Arista débil que arrebata el viento! 
Soy ave de los bosques solitaria!... 
Deshojada y marchita pasionaria!... 
Pasionaria, ave, arista, llanto, espuma... 
¡perdido de este mundo entre la bruma! 

¡Felices aquellos que nunca han amado! 
¡Felices!... ¡Felices que no han apurado 
el cáliz terrible de un fiero dolor! 

Y ¿qué es el amor? 
¿Amor?... Germen fecundo de la dolencia humana... 
Origen venturoro de sin igual placer... 
con algo de la tarde y algo de la mañana... 
¡Con algo de la dicha y algo del padecer! 

¿No veis a la luna, que brilla fulgente en el cielo? 
¿No oís del arroyo el süave y callado rumor? 
¡Pues eso que brinda la luna tranquila, es consuelo! 
¡Pues eso que dice el arroyo en el bosque, es amor! 

¡Y amé! Tal vez mi vida no fuera dolorosa 
si hubiera conservado por siempre mi niñez, 
si nunca hubiera visto los ojos de una hermosa, 
lo rojo de sus labios, lo blanco de su tez! 

¡Felices aquellos que nunca han amado! 
¡Felices!... ¡Felices que no han apurado 
el cáliz terrible de un fiero dolor! 

¡Qué amargo es el amor! 
¡Qué amargo es el amor! ¡Así exclamando, 
yo cruzaré el desierto de mi vida, 
mostrando a todos mi profunda herida, 
que lágrimas y sangre está manando! 

Y al compás de canciones sombrías, 
cantaré de mi amor la memoria... 
Y sin gloria, 
llorando siempre, pasaré mis días 
¡entre polvo, entre lodo, entre escoria! 

Y al ronco mugir de las olas; 
la noche con su lobreguez; 
y el trueno que silva en los aires, 
serán mi tormento también. 
Me place lo triste y lo alegre: 
me gusta la selva y el mar... 
Yo siempre estaréme contento; 
y algunos, reirán al mirarme, 
¡y a veces, pondréme a llorar! 

Cantaré si el ancho río 
murmurando triste va; 
si el ruiseñor me encantare 
con su arpegio celestial; 
cuando mire a las estrellas 
esparcir su claridad 
sobre las peñas negruzcas 
y las espumas del mar. 
¿Por qué?... Porque sin amor, 
vuelan dolientes, sin calma, 
las avecillas del alma 
entre el viento del dolor. 

¡Daré dulces canciones 
a los fugaces vientos, 
para que entre sus alas 
las lleven lejos, lejos, 
del mundo hasta el confín! 
Iréme a las montañas... 
iréme a los oteros... 
y allí tal vez, ¡Dios santo!, 
tal vez seré feliz. 

¡Y en las alas del viento, 
oirá mis canciones 
la ingrata!... La ingrata 
a quien adoré. 
Aquélla que rióse 
de ver mi desgracia... 
Aquélla a quien dile 
mi amor y mi fe! 

¡Triste es la noche! 
Triste es la selva... 
Y del arroyo 
lo es el rumor; 
pero es más triste 
que el arroyuelo 
y que la noche, 
mi corazón. 

Mis acentos, 
en los vientos 
cual lamentos 
moribundos 
sonarán, 
como el eco 
que en el hueco 
del árbol seco, 
tiernos forman 
los Favonios 
al pasar. 

¡Aprendan 
los bardos 
mi historia 
de amor; 
y cántela 
todo 
el que es 
Trovador! 

¿Viste 
triste 
sol? 
¡Tan triste 
como él, 
sufro 
mucho 
yo!






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