miércoles, 30 de noviembre de 2016

Pero sólo son pensamientos



Sólo los pensamientos
de quien por haber cedido a la fascinación
de idiotas de las familias, retratarlos
sin la caridad que provoca amistades,
se lo recrimina visualizándose
como algún Tolstoi chino, maestro de almas,
lo cuestionaría y reflejaría,
contrahecho, lisiado,
hombros que se levantan
por encima de su cabeza, mentón
en descenso hacia su ombligo,
dedos de más y de menos,
esforzados inclinarse de adelante atrás
remedando una actitud que propicia
la cavilación:
                           "Estoy en dificultades
porque tengo un cuerpo
y es mísero.
                       Cuando me falte,
¿qué dificultades podría tener?"

Pero sólo pensamientos
como tantos, un irse anticipando
al morir y la muerte,
a la sorpresa del miedo
de morir y la muerte,
                       como los tanteos
que en el pensamiento de Ivan Ilich
detectaba Tolstoi.




martes, 29 de noviembre de 2016

Sonnet 9




Is it for fear to wet a widow's eye
That thou consumest thyself in single life?
Ah! if thou issueless shalt hap to die.
The world will wail thee, like a makeless wife;
The world will be thy widow and still weep
That thou no form of thee hast left behind,
When every private widow well may keep
By children's eyes her husband's shape in mind.
Look, what an unthrift in the world doth spend
Shifts but his place, for still the world enjoys it;
But beauty's waste hath in the world an end,
And kept unused, the user so destroys it.
No love toward others in that bosom sits
That on himself such murderous shame commits.




lunes, 28 de noviembre de 2016

No quiero, triste espíritu, volver




No quiero, triste espíritu, volver
por los lugares que cruzó mi llanto,
latir secreto entre los cuerpos vivos
como yo también fui.

No quiero recordar
un instante feliz entre tormentos;
goce o pena es igual,
todo es triste al volver.

Aún va conmigo como una luz ajena
aquel destino niño,
aquellos dulces ojos juveniles,
aquella antigua herida.
No, no quisiera volver,
sino morir aún más,
arrancar una sombra,
olvidar un olvido.


domingo, 27 de noviembre de 2016

No es el amor quien muere




No es el amor quien muere,
somos nosotros mismos.

Inocencia primera
Abolida en deseo,
Olvido de sí mismo en otro olvido,
Ramas entrelazadas,
¿Por qué vivir si desaparecéis un día?

Sólo vive quien mira
Siempre ante sí los ojos de su aurora,
Sólo vive quien besa
Aquel cuerpo de ángel que el amor levantara.

Fantasmas de la pena,
A lo lejos, los otros,
Los que ese amor perdieron,
Como un recuerdo en sueños,
Recorriendo las tumbas
Otro vacío estrechan.

Por allá van y gimen,
Muertos en pie, vidas tras de la piedra,
Golpeando la impotencia,
Arañando la sombra
Con inútil ternura.
No, no es el amor quien muere.



sábado, 26 de noviembre de 2016

Si yo pudiera verte rama ardida




Si yo pudiera verte rama ardida,
prometida de espejos -flor de celo-
quebrando el aire dulce sin consuelo,
en ámbitos de lumbre despedida.

Espacio estéril, cielo sin salida.
¡Ay, qué gozosa muerte es tu anhelo
de agua y tierra apretada, de tu cielo
sin ángeles! Tu cielo sin huída,

allí, donde mi voz está callada,
con el borde deshecho, con la frente
sin tarde: ¡clavel!; rosa desolada.

Sueño de sueño, luna de gemido,
-claridad despoblada- impaciente;
sí, campo, mar, estío, aire querido.




viernes, 25 de noviembre de 2016

Los recuerdos-Canto XXII



No pensé, bellas luces de la Osa,
aún volver, cual solía, a contemplaros
sobre el jardín paterno titilantes,
y a hablaros acodado en la ventana
de esta morada en que habité de niño,
y donde vi el final de mi alegría.
¡Cuántas quimeras, cuántas fantasías
creó antaño en mi mente vuestra vista
y los astros vecinos! Por entonces,
taciturno, sentado sobre el césped,
me pasaba gran parte de la noche
mirando el cielo, y escuchando el canto
de la rana remota en la campiña.
Y erraba la luciérnaga en los setos
y en el parterre, al viento susurrando
las sendas perfumadas, los cipreses,
en el bosque; y oía alternas voces
bajo el techo paterno, y el tranquilo
quehacer de los criados, ¡y qué sueños,
qué pensamientos me inspiró la vista
de aquel lejano mar, de los azules
montes que veo, y que cruzar un día
pensaba, arcanos mundos, dicha arcana
fingiendo a mi vivir! De mi destino
ignorante, y de todas cuantas veces
esta vida desnuda y dolorosa
trocado a gusto hubiera con la muerte.

No supo el corazón que condenado
sería a consumir el verde tiempo
en mi pueblo salvaje, entre una gente
zafia y vil, a la cual extraños nombres,
si no causa de risas y de mofa,
son doctrina y saber; que me odia y huye,
no por envidia, pues que no me tiene
por superior a ella, pero piensa
que así me considero, aunque por fuera
no doy a nadie nunca muestras de ello.
Aquí paso los años, solo, oculto,
sin vida y sin amor; y entre malévolos,
en huraño a la fuerza me convierto,
de piedad y virtudes me despojo,
y con desprecio a los humanos miro,
por la grey que me cerca; y mientras, vuela
el tiempo juvenil, aún más querido
que el laurel y la fama, que la pura
luz matinal, y el respirar: te pierdo
sin una dicha, inútilmente, en este
inhumano lugar, entre las cuitas,
¡oh, única flor en esta vida yerma!

Viene el viento trayendo el son de la hora
de la torre del pueblo. Sosegaba
este son, lo recuerdo, siendo niño,
mis noches, cuando en vela me tenían
mis asiduos terrores en lo oscuro,
y deseaba el alba. Aquí no hay nada
que vea o sienta, donde alguna imagen
no vuelva, o brote algún recuerdo dulce.
Dulce por sí; mas con dolor se infiltra
la idea del presente, un vano anhelo
del pasado, aunque triste, y el decirme:
"yo fui". La galería vuelta al último
rayo del día; los pintados muros,
los fingidos rebaños, y el naciente
sol sobre el campo a solas, en mis ojos
mil deleites pusieron, cuando al lado
mi error me hablaba poderoso, siempre,
doquier me hallase. En estas viejas salas,
al claror de la nieve, en torno a estas
amplias ventanas al silbar del viento,
resonaron los gozos, y mis voces
joviales, cuando el agrio y el indigno
misterio de las cosas de dulzura
lleno se muestra; entera, sin mancilla
el mozo, cual amante aún inexperto,
va a su engañosa vida cortejando,
y celeste beldad fingiendo admira.

¡Oh esperanzas aquellas; tierno engaño
de mi primera edad! Siempre, al hablar,
vuelvo a vosotras; que, aunque pase el tiempo,
y aunque cambie de afectos y de ideas,
no sé olvidaros. Sé que son fantasmas
la gloria y el honor; placer y bienes
mero deseo; estéril es la vida,
miseria inútil. Y si bien vacíos
están mis años, si desierto, oscuro
es mi estado mortal, poco me quita,
bien veo, la fortuna. Mas, a veces,
os recuerdo, mis viejas esperanzas,
y aquel querido imaginar primero;
luego contemplo mi vivir tan mísero
y tan doliente, y que la muerte es eso
que con tanta esperanza hoy se me acerca;
siento el pecho oprimido, que no sé
de mi destino en nada consolarme,
y cuando al fin esta invocada muerte
esté a mi lado, y ya se acerque el fin
de mi desdicha; cuando en valle extraño
se convierta la tierra, y de mis ojos
el futuro se escape, estad seguras
de que os recordaré: y que suspirar
me hará esta imagen, y el haber vivido
en vano será amargo, y la dulzura
del fatal día aliviará mis cuitas.

Ya en el primer tumulto juvenil
de contentos, de angustias y deseos,
llamé a la muerte en muchas ocasiones,
y largo rato me senté en la fuente
pensando en acabar dentro de su agua
mi esperanza y dolor. Luego, por ciega
enfermedad mi vida peligrando,
lloré mi juventud, y de mis pobres
días la flor caída antes de tiempo,
y sentado a altas horas en mi lecho
consciente, muchas veces, dolorido,
bajo la débil lámpara rimando,
lamenté, con la noche y el silencio,
mi alma fugitiva, y a mí mismo
exhausto me canté fúnebres cantos.

¿Quién puede recordaros sin suspiros,
juventud que llegabas nueva, días
hermosos, inefables, cuando al hombre
extasiado sonríen las doncellas
por vez primera; toda cosa en torno
pugna por sonreír; calla la envidia,
aún dormida o tal vez benigna; y casi
(inusitada maravilla) el mundo
su diestra mano tiende generosa,
excusa sus errores, y festeja
su entrar nuevo en la vida, y se le inclina
mostrando que por amo lo recibe?
¡Días fugaces que como el relámpago
se desvanecen! ¿y un mortal ajeno
habrá de desventura, si pasada
esta hermosa estación, si el tiempo bueno,
su mocedad, ay mocedad, se extingue?

¡Oh Nerina! ¿y de ti no escucho acaso
hablar a estos lugares? ¿De mi mente
acaso te caíste? ¿Dónde has ido,
que aquí de ti tan sólo la memoria,
dulzura mía, encuentro? No te ve
esta tierra natal: esta ventana
en que hablarme solías, y que ahora
triste luce a la luz de las estrellas,
está desierta. ¿Dónde estás? ¿No escucho
sonar tu voz, igual que en aquel día
cuando me hacía algún lejano acento
de tu labio, al llegarme, emblanquecer
el rostro? En otros tiempos. Ya se fueron
tus días, dulce amor. Pasaste. A otros
hoy les toca pasar por esta tierra
y habitar estas lomas perfumadas.
Mas rápida pasaste; y como un sueño
fue tu vida. Danzabas; en la frente
te lucía la dicha, y en los ojos
el confiado imaginar, el brillo
de juventud, cuando sopló el destino,
y yaciste. ¡Ay, Nerina! El viejo amor
reina en mi pecho. Si es que a una tertulia
o a alguna fiesta voy, para mí mismo
digo: ¡oh Nerina!, ya no te aderezas,
ya no acudes a fiestas ni a tertulias.
Si vuelve mayo, y ramos y cantares
los novios les van dando a las muchachas,
digo: Nerina, para ti no vuelve
nunca la primavera, amor no vuelve.
Cada día sereno o florecido
prado que miro, o gozo que yo siento
digo: Nerina ya no goza; el aire
y los campos no ve. ¡Pasaste, eterno
mi suspirar! ¡Pasaste! Y compañera
será ya de mis sueños, de mi tierno
sentir, de las queridas y las tristes
emociones, la amarga remembranza.




jueves, 24 de noviembre de 2016

A las parcas



Dadme un estío más, oh poderosas,
y un otoño, que avive mis canciones,
y así, mi corazón, del dulce juego
saciado, morirá gustosamente.

El alma, que en el mundo vuestra ley
divina no gozó, pene en el Orco;
mas si la gracia que ambiciono logra
mi corazón, si vives, poesía,

¡sé bien venido, mundo de las sombras!
Feliz estoy, así no me acompañen
los sones de mi lira, pues por fin
como los dioses vivo, y más no anhelo.




miércoles, 23 de noviembre de 2016

La huella del pulgar de san Pedro





Ahora, tía Jane, te toca a ti -dijo Raymond West.
-Sí, tía Jane, esperamos algo verdaderamente sabroso -exclamó en tono festivo Joyce Lempriére.
-Vamos, vamos, no se burlen de mí, queridos -replicó la señorita Marple plácidamente-. Creen que por haber vivido toda mi vida en este apartado rincón del mundo probablemente no he tenido ninguna experiencia interesante.
-Dios no permita que considere la vida de un pueblo como apacible y monótona -replicó Raymond acaloradamente-. ¡Nunca más después de las horribles revelaciones que acabamos de oír de tus labios! El mundo cosmopolita parece tranquilo y pacífico comparado con St. Mary Mead.
-Bueno, querido -dijo la señorita Marple-, la naturaleza humana es la misma en todas partes y, claro está, en un pueblecito se tienen más ocasiones de observarla de cerca.
-Es usted realmente única, tía Jane –exclamó Joyce-. Espero que no le importará que la llame tía Jane -agregó-. No sé por qué lo hago.
-¿Seguro que no, querida? -replicó la señorita Marple.
Y la contempló con una mirada tan burlona por unos instantes, que las mejillas de la muchacha se arrebolaran. Raymond carraspeó para aclararse la garganta de un modo algo embarazoso.
La señorita Marple volvió a contemplarlos sonriente y luego dedicó de nuevo su atención a su labor de punto.
-Es cierto que he llevado lo que se llama una vida tranquila, pero he tenido muchas experiencias resolviendo pequeños problemas que han ido surgiendo a mi alrededor. Algunos verdaderamente ingeniosos, pero de nada serviría contárselos, ya que son cosas de poca importancia y no les interesarían, como por ejemplo: "¿Quién cortó las mallas de la bolsa de la señora Jones?" y "¿Por qué la señora Simons sólo se puso una vez su abrigo de pieles nuevo?" Cosas realmente interesantes para cualquiera que guste de estudiar la naturaleza humana. No, la única experiencia que recuerdo que pueda tener interés para ustedes es la de mi pobre sobrina Mabel y su esposo. Ocurrió hace diez o quince años y, por fortuna, todo acabó y nadie lo recuerda. La memoria de las gentes es muy mala, afortunadamente.
La señorita Marple hizo una pausa mientras murmuraba para sí:
-Tengo que contar esta vuelta. El menguado es un poco difícil. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, y luego se menguan tres. Eso es. ¿Qué estaba diciendo? Oh, sí, hablaba de la pobre Mabel. Mabel era mi sobrina. Una muchacha simpática y muy agradable, sólo que lo que podríamos decir un poco tonta. Le gusta armar un drama por cualquier cosa, siempre que se enfada, y dice muchas más cosas de las que piensa. Se casó con un tal señor Denman cuando tenía veintidós años y me temo que no fue muy feliz en su matrimonio. Yo había esperado que aquella boda no llegara a celebrarse, ya que el tal señor Denman parecía un hombre de temperamento violento y no la clase de persona que hubiera sabido tener paciencia con las debilidades de Mabel. Y también porque supe que en su familia había habido algunos casos de locura. No obstante, entonces las muchachas eran tan obstinadas como ahora y como lo serán siempre, y Mabel se casó con él.
"Después de su matrimonio no la vi muy a menudo. Vino a pasar unos días a mi casa un par de veces y me invitaron a la suya en varias ocasiones, pero, a decir verdad, no me gusta mucho estar en casas ajenas y siempre me las arreglé para excusarme. Llevaban diez años casados cuando el señor Denman falleció repentinamente. No habían tenido hijos y dejaba todo su dinero a Mabel. Yo le escribí, como es natural, ofreciéndome a hacerle compañía si me necesitaba, pero me contestó con una carta muy sensata y yo imaginé que no estaba demasiado abatida por la pena. Lo juzgué natural sabiendo que desde hacía algún tiempo hacían vidas separadas. No fue hasta unos tres meses después cuando recibí una carta de lo más histérica de mi sobrina, en la que me pedía que acudiera a su lado, que las cosas iban de mal en peor y que no sería capaz de soportarlo por mucho más tiempo.
"Así que, por supuesto, recogí mis cosas, llevé la vajilla de plata al banco y acudí en seguida. Encontré a Mabel muy nerviosa. La casa, Myrtle Dene, era muy grande y estaba magníficamente amueblada. Tenían cocinera, doncella, así como una enfermera que cuidaba del anciano señor Denman, padre del esposo de Mabel, quien estaba lo que se dice "un poco mal de la cabeza". Era un hombre tranquilo y se portaba bien, aunque a veces era algo raro. Como ya he dicho, había habido casos de locura en la familia.
"Me sorprendí realmente al ver el cambio sufrido por Mabel. Era un manojo de nervios y me resultó difícil que me contara el problema. Lo conseguí, como siempre se consiguen estas cosas, indirectamente. Le pregunté por unos amigos suyos a quienes siempre mencionaba en sus cartas, los Callagher. Ante mi sorpresa, me respondió que apenas los veía ya. Y lo mismo me contestó al preguntarle por otros. Le hablé de lo tonto que era encerrarse en casa y renunciar al trato social, y entonces me contó la verdad.
"-No es cosa mía, sino suya. Ahora no hay una sola persona aquí que quiera dirigirme la palabra. Cuando paso por High Street todos se apartan para no tener que saludarme. Soy una especie de leprosa. Es horrible y no podré soportarlo por mucho tiempo. Tendré que vender la casa y marcharme al extranjero. Y, sin embargo, ¿por qué tienen que hacerme abandonar una casa como ésta? Yo no he hecho nada.
"Me inquieté más de lo que puedan ustedes imaginar. Estaba tejiendo una bufanda para la anciana señora Hay y, en mi tribulación, dejé escapar unos puntos y no lo descubrí hasta mucho después.
"-Mi querida Mabel -le dije-, me sorprendes. ¿Cuál es la causa de todo esto?
"Incluso de niña Mabel fue siempre difícil y me costó muchísimo sacarle la verdad. Sólo sabía hablar con vaguedad de las personas ociosas y maliciosas que no tienen nada mejor que hacer que chismorrear y lanzar insidias a las mentes de los demás.
"-Lo veo muy claro -le dije-. Evidentemente debe de circular algún rumor referente a ti. Tú debes saber muy bien cuál es esa historia, de modo que vas a contármela.
"-¡Es algo tan malicioso! -gimió Mabel.
"-Claro que es malicioso -repliqué-. No hay nada que puedas contarme acerca de la mentalidad humana que me sorprenda. Y ahora, Mabel, ¿quieres decirme lisa y llanamente lo que la gente anda diciendo de ti?
"Entonces salió todo.
"Al parecer, la repentina e inesperada muerte de Geoffrey Denman había suscitado varios rumores. En resumen, la gente pensaba que ella había envenenado a su esposo.
"Ahora bien, como supongo que ustedes ya saben, no hay nada más cruel ni más difícil de combatir que los rumores. Cuando la gente habla a nuestras espaldas nada hay que pueda uno rebatir o negar, y las habladurías van creciendo sin que nadie pueda detenerlas. Yo estaba completamente segura de una cosa: Mabel era incapaz de envenenar a nadie y no comprendía por qué iban a arruinarle la vida haciéndole insoportable la estancia en aquella casa sólo porque, con toda probabilidad, había hecho alguna estupidez.
"-No hay humo sin fuego -le dije-, Mabel. Ahora vas a decirme el motivo de que la gente comenzara a rumorear. Debió ser por algo.
"Mabel se mostró muy incoherente, declarando que no había sido por nada, por nada en absoluto, como no fuese, naturalmente, por lo repentino del fallecimiento de Geoffrey. A la hora de cenar parecía encontrarse perfectamente y por la noche se puso muy enfermo. Naturalmente habían enviado a buscar al médico, pero el pobre Geoffrey falleció a los pocos minutos de su llegada. Su muerte fue atribuida a envenenamiento por haber comido setas venenosas.
"-Bueno -le dije-, supongo que una muerte repentina de esa clase puede desatar las lenguas, pero sin duda no sin algunos hechos adicionales. ¿Te peleaste con Geoffrey o algo por el estilo?
"Admitió que había sostenido una discusión con él la mañana anterior, a la hora del desayuno.
"-Supongo que la oirían los criados... -comenté.
"-No estaban en la habitación.
"-No, querida, pero probablemente estaban al otro lado de la puerta -le contesté.
"Yo sabía muy bien lo histérica que podía llegar a ponerse Mabel cuando se enfadaba. Geoffrey Denman también era un hombre dado a elevar la voz cuando se enfadaba.
"-¿Por qué pelearon? -quise saber.
"-Oh, por las tonterías de siempre. Siempre ocurría lo mismo. Cualquier cosa nos enzarzaba en una discusión. Geoffrey se ponía imposible y decía cosas abominables, y yo le contestaba a todo lo que pensaba de él.
"-Entonces, ¿discutían a menudo? -pregunté.
"-No era culpa mía.
"-Mi querida niña -le dije-, no importa de quién fuera la culpa. Eso no es lo que estamos discutiendo ahora. En un sitio como éste, los asuntos privados de todo el mundo son poco más o menos del dominio público. Tú y tu marido estaban siempre discutiendo. Una mañana tienen una pelea mayor de lo normal y aquella noche tu marido muere repentina y misteriosamente. ¿Es eso todo o hay algo más?
"-No sé qué quieres decir -afirmó Mabel apesadumbrada.
"-Pues lo que he dicho, querida. Si has cometido alguna tontería, no lo ocultes. Yo sólo quiero ayudarte.
"-Nadie ni nada puede ayudarme, excepto la muerte -declaró Mabel con desesperación.
"-Ten un poco más de fe en la Providencia, querida -le dije-. Ahora sé perfectamente que hay algo más que tratas de ocultar.
"Siempre supe, incluso cuando era una niña, cuándo no me decía la verdad. Tardó mucho tiempo, pero al fin lo dijo. Aquella misma mañana fue a la farmacia a comprar arsénico. Por supuesto firmó en el registro y, naturalmente, el farmacéutico lo había contado.
"-¿Quién es tu médico? -le pregunté.
"-El doctor Rawlinson.
"Yo lo conocía de vista. Mabel me lo había señalado el día anterior y era lo que vulgarmente se llama un viejo decrépito. Además, yo tenía demasiada experiencia de la vida para creer en la infalibilidad de los médicos. Algunos son inteligentes y otros no, y la mayor parte de las veces no saben lo que le ocurre a uno. Yo no confío ni en los médicos ni en las medicinas.
"Después de reflexionar sobre lo que había averiguado, me puse el sombrero y me fui a visitar al doctor Rawlinson. Era precisamente lo que yo había supuesto, un anciano amable y tan corto de vista que daba lástima, ligeramente sordo, y al mismo tiempo susceptible y quisquilloso en grado extremo. En cuanto mencioné la muerte de Geoffrey Denman se puso a la defensiva, y me habló largo rato de las setas, las comestibles y las que no. Había interrogado a la cocinera, quien admitió que una o dos setas de las que preparó le parecieron "un poco extrañas", pero pensó que debían ser buenas, puesto que se las habían enviado de la tienda. Cuanto más pensaba en ello desde aquél día, más convencida estaba de que su aspecto no era normal.
"-Y no es extraño -dije yo-. Debieron empezar por ser semejantes a las demás en apariencia y terminar adquiriendo un color naranja con manchas rojas. No hay nada que esa gente no recuerde si se esfuerza.
"Averigüé que Denman ya no podía hablar cuando llegó el doctor. No podía tragar y falleció a los pocos minutos. El médico parecía completamente satisfecho de su dictamen, pero yo no estaba segura de si era debido a un firme convencimiento o a su testarudez.
"Me fui directa a casa y pregunté a Mabel por qué había comprado arsénico.
"-Debiste hacerlo con algún propósito -le dije.
"Mabel se echó a llorar.
"-Quería suicidarme -gimió-. Me sentía tan desgraciada... y pensé que así terminaría todo.
"-¿Tienes aún el arsénico? -le pregunté.
"-No, lo tiré.
"Estuve durante unos momentos dando vueltas en mi mente al problema.
"-¿Qué ocurrió cuando se sintió mal? ¿Te llamó?
"-No -meneó la cabeza-. Hizo sonar el timbre con violencia. Debió llamar varias veces y al fin Dorothy, la doncella, lo oyó y, tras despertar a la cocinera, bajó con ella. Cuando Dorothy lo vio se asustó mucho. Estaba inquieto y delirando. Dejó allí a la cocinera y vino corriendo a buscarme. Yo me levanté y al verlo comprendí en el acto que estaba muy grave. Por desgracia Brewster, que cuida del anciano señor Denman, tenía la noche libre, de modo que no había nadie en la casa que supiera lo que se debía hacer. Mandé a Dorothy a buscar al médico, y la cocinera y yo nos quedamos con él, pero al cabo de unos minutos no pude soportarlo más, era demasiado horrible, y regresé a mi habitación para encerrarme en ella.
"-Fuiste muy egoísta y cruel -le dije-, y no hay duda de que tu comportamiento no te habrá ayudado precisamente, ya puedes estar segura. La cocinera lo habrá repetido por todas partes. Vaya, vaya, es un mal asunto.
"Luego hablé con el servicio. La cocinera quería contarme lo de las setas, pero la contuve: estaba harta de aquellas setas. En vez de eso, la interrogué detalladamente acerca del estado de su amo en aquella trágica noche. Las dos estuvieron de acuerdo en que parecía agonizante, que apenas podía tragar, sólo hablaba con voz apagada y delirante, y que no dijo nada que tuviera sentido.
"-¿Qué dijo cuando deliraba? -pregunté con curiosidad.
"-Algo acerca de un pescado, ¿no? -dijo volviéndose a la otra.
"Dorothy asintió.
"-Un montón de pescado -dijo-, o alguna tontería por el estilo. En seguida comprendí que el pobre señor había perdido la cabeza.
"No era posible sacar nada en claro de aquello. Como último recurso, fui a ver a Brewster, que era una mujer delgada de unos cincuenta años.
"-Es una lástima que no estuviera yo aquella noche -dijo-. Al parecer nadie intentó hacer nada por él hasta que llegó el médico.
"-Supongo que deliraba -dije pensativa-, pero eso no es síntoma de envenenamiento producido por alimentos en mal estado, ¿o sí?
"-Eso depende -replicó Brewster.
"Le pregunté por el estado de su paciente.
"Meneó la cabeza.
"-Está bastante mal -replicó.
"-¿Débil?
"-Oh, no. Físicamente está bastante bien, aparte de la vista, que le empieza a fallar. Puede que nos sobreviva a todos nosotros, pero su mente se está perdiendo muy deprisa. Les dije al señor y a la señora Denman que debían internarlo en un sanatorio, pero la señora Denman no quiere oír hablar de ello siquiera.
"Debo decir que Mabel siempre ha tenido un corazón generoso.
"Bien, así estaban las cosas. Consideré cuidadosamente todos los aspectos y finalmente decidí que sólo quedaba una cosa por hacer. En vista de los rumores que circulaban, debíamos solicitar un permiso para exhumar el cadáver, practicarle la debida autopsia y hacer que las lenguas se callaran para siempre. Desde luego, Mabel armó un gran alboroto diciendo que no se debía molestar a un muerto en su tumba, etc... pero yo me mantuve firme.
"No me alargaré en esta parte de mi historia. Conseguimos el permiso y se llevó a cabo la autopsia, o como se llame eso, mas el resultado no fue lo satisfactorio que debiera haber sido. No se encontró el menor rastro de arsénico, cosa favorable, pero las palabras exactas del informe forense fueron "que no había nada que demostrase la causa de la muerte".
"De modo que aquello no solucionó nada. La gente continuó hablando de venenos raros que no dejan rastro y tonterías por el estilo. Yo visité al patólogo que efectuó la autopsia, al que hice varias preguntas, aunque se esforzó cuanto le fue posible para no responder a la mayoría de ellas. Pero logré sonsacarle que consideraba altamente improbable que las setas venenosas hubieran sido la causa del fallecimiento. Una idea tomaba forma en mi mente y le pregunté qué veneno, si es que existía alguno, podía haber sido empleado para lograr aquellos efectos. Me dio una extensísima explicación, que en su mayor parte, debo admitirlo, no entendí, pero que puede resumirse así: la muerte pudo ser producida por algún fuerte alcaloide vegetal.
"La idea que tuve era ésta. Suponiendo que Geoffrey Denman llevara también en la sangre la tara de la locura, ¿no pudo haberse suicidado? Durante un período de su vida estudió medicina y debía tener un buen conocimiento de los venenos y sus efectos.
"No me parecía muy probable, pero fue lo único que se me ocurrió y puedo asegurarles que estuve a punto de volverme loca. Ahora, aunque ustedes los jóvenes lo tomen a risa, les confesaré que, cuando me encuentro en un verdadero apuro, siempre rezo para mis adentros, en cualquier parte donde me encuentre, caminando por la calle o en el interior de una tienda, y siempre obtengo una respuesta a mi plegaria. Tal vez parezca una cosa sin importancia y sin relación aparente con este asunto, pero la tiene. Cuando era niña tenía este lema escrito sobre mi cama: "Pide y recibirás". La mañana a la que me refiero yo estaba paseando por High Street y rezaba intensamente. Cerré los ojos y, al abrirlos, ¿qué creen ustedes que fue lo primero que vi?"
Cinco rostros se volvieron hacia la señorita Marple, demostrando diversos grados de interés. Sin embargo, podía afirmarse con seguridad que ninguno había adivinado la respuesta a la pregunta.
-Vi -dijo la señorita Marple con aire misterioso- el escaparate de la pescadería. Y sólo había una cosa en él: un ródalo fresco.
Miró a su alrededor con aire triunfante.
-¡Oh, cielos! -exclamó Raymond West-. La respuesta a tu plegaria fue... un ródalo fresco.
-Sí, Raymond -contestó la señorita Marple con aire severo-. Y no hace falta que seas tan escéptico. La mano de Dios está en todas partes. Lo primero que vi fueron las manchas negras de ese pescado, las huellas del pulgar de san Pedro, según cuenta la leyenda, ya sabes. Y eso me hizo recordar cosas: que necesitaba fe, la verdadera fe de san Pedro, y relacioné las dos cosas, la fe y el pescado.
Henry se sonó con bastante apresuramiento y Joyce se mordió el labio.
-¿Qué es lo que trajo esto a mi memoria? Pues que la doncella y la cocinera mencionaran que el pescado había sido una de las palabras pronunciadas por el difunto. Eso me convenció, con un convencimiento absoluto, de que la solución del misterio había de encontrarse en aquellas palabras. Volví a casa resuelta a llegar al fondo del asunto.
Hizo una pausa.
-¿Se les ha ocurrido pensar -continuó la anciana- cuántas veces nos dejamos llevar por lo que creo se ha dado en llamar el contexto de las cosas? Hay un lugar en Dartmoor llamado Tiempo Gris. Si uno habla con un granjero de allí y menciona las palabras Tiempo Gris, sin duda deducirá que se refiere a aquellas rocas, aunque es posible que usted le esté hablando del día que hace. Del mismo modo, si uno hace referencia a ese lugar ante un extraño que sólo oiga un fragmento de la conversación, puede pensar que le hablan del tiempo. De modo que, al repetir una conversación, por lo general no empleamos las palabras exactas, sino otras que para nosotros tienen el mismo significado.
"Me entrevisté por separado con la cocinera y Dorothy. Pregunté a la primera si estaba segura de que su amo había hablado de un montón de pescado y respondió afirmativamente.
"-¿Fueron entonces ésas sus palabras exactas -pregunté- o nombró alguna clase especial de pescado?
"-Eso es -replicó la cocinera-, una clase especial que ahora no puedo recordar. Un montón de... ¿qué era lo que dijo? No es ninguno de los que se sirven en la mesa. ¿Diría sollo o perca? No, no empezaba con P.
"Dorothy también recordaba que su amo había mencionado una clase determinada de pescado.
"-Era un nombre poco corriente -dijo-. Una pila de... ¿qué es lo que dijo?
"-¿Dijo montón o pila? -pregunté.
"-Creo que dijo pila. Pero no estoy segura, es tan difícil recordar las palabras exactas, ¿no es cierto, señorita?, especialmente cuando no tienen sentido. Pero ahora que lo pienso, estoy casi segura de que dijo pila, algo que me sonó muy extraño, y luego pronunció el nombre de un pescado que empieza con C, pero no era el congrio ni cangrejo."
-Lo que sigue a continuación me enorgullece –dijo la señorita Marple-, porque, desde luego, nada sé de drogas, que considero desagradables y peligrosas. Tengo una receta de mi abuela para hacer infusión de tanaceto que vale más que todas las medicinas. Pero yo sabía que en la casa había varios libros de medicina y que uno de ellos era un índice de drogas. ¿Comprenden? Mi idea fue que Geoffrey había tomado alguna dosis de veneno e intentó decirlo. Bien, primero miré las que empezaban por R, sin encontrar nada que me pareciese probable. Luego seguí con la letra P y casi en seguida di con ella... ¿qué creen ustedes que era?
Miró a su alrededor saboreando su triunfo.
-Pilocarpina. ¿No adivinan cómo sonaría en labios de un hombre que apenas pudiera hablar? ¿Y cómo sonaría a oídos de una cocinera que nunca lo hubiera oído? ¿No debió de darle la impresión de que decía algo así como "pila de carpas"?
-¡Por Júpiter! -exclamó Henry.
-Nunca se me hubiera ocurrido -confesó el doctor Pender.
-Es muy interesante -dijo la señora Petherick-. Interesantísimo.
-Busqué apresuradamente la página que señalaba el índice y leí los efectos que la pilocarpina produce en los ojos y otras cosas que no hacen al caso, y al fin llegué a una frase muy significativa. Ha sido empleada con éxito como antídoto contra el envenenamiento producido por la atropina. Entonces lo vi todo con claridad. Nunca consideré muy probable que Geoffrey Denman se hubiera suicidado. No, esta nueva solución no sólo era posible, sino que estaba segura de que era la verdadera ya que todas las piezas del rompecabezas encajaban.
-No voy a tratar de adivinarlo -dijo Raymond-. Continúa, tía Jane, y dinos lo que estaba tan claro para ti.
-Yo no sé nada de medicina, por supuesto -replicó la señorita Marple-, pero lo que sí sabía era que, cuando mi vista empezó a fallar, el médico me recetó unas gotas de sulfato de atropina. Fui directamente a la habitación del anciano señor Denman y no me anduve por las ramas.
"-Señor Denman -le dije-. Lo sé todo. ¿Por qué envenenó usted a su hijo?
"Me miró durante un par de segundos, era un hombre bastante atractivo a su manera, y luego se echó a reír. Fue una de las risas más malvadas que he oído en mi vida y les aseguro que se me puso la piel de gallina. Sólo en una ocasión oí algo parecido, cuando la pobre señora Jones se volvió loca.
"-Sí -me contestó-, yo maté a Geoffrey. Yo era demasiado listo para él y él quería quitarme de en medio ¿no es cierto? Encerrarme en un asilo. Lo oí hablar con Mabel. Mabel es una buena chica, se puso de mi parte, pero yo sabía que no iba a poder impedirlo indefinidamente. Al fin se habría salido con la suya, como siempre. Pero yo acabé con él, con mi hijo amable y cariñoso. ¡Ja, ja! Bajé durante la noche. Fue muy sencillo. Brewster había salido y mi querido hijo estaba durmiendo. Tenía un vaso de agua en la mesilla de noche, siempre bebía cuando se despertaba a medianoche. Lo vacié, ¡ja, ja!, y luego vertí en él mi botella de gotas para los ojos. Cuando se despertase se lo bebería antes de saber qué era. Sólo me quedaba una cucharada, pero fue suficiente, fue suficiente. ¡Así fue cómo lo hice! A la mañana siguiente me dieron la noticia con mucha delicadeza. Temían que me afectara, ¡ja, ja, ja!
"Bien, éste es el final de mi historia. Desde luego el pobre viejo fue internado en un sanatorio. En realidad no era responsable de lo que había hecho, se supo la verdad y todo el mundo se compadeció de Mabel y no sabían qué hacer para compensarla de sus injustas sospechas. Pero de no haber sido porque Geoffrey se dio cuenta de lo que había tomado e intentó pedir que le trajeran el antídoto sin demora, es posible que nunca se hubiera descubierto. Creo que la atropina produce ciertos síntomas muy evidentes, dilatación de las pupilas y demás, pero desde luego y como ya les he dicho, el doctor Rawlinson era muy corto de vista, pobre viejo. Y en el mismo libro de medicina, que continué leyendo porque era muy interesante, se daban los síntomas del envenenamiento producido por la ingestión de alimentos en mal estado y por la atropina, y no se diferencian gran cosa. Pero les aseguro que no he vuelto a ver un ródalo fresco sin acordarme de la huella del pulgar de san Pedro."
Hubo una larga pausa.
-Mi querida amiga -dijo el señor Petherick-, es usted realmente maravillosa.
-Recomendaré a Scotland Yard que vengan a pedirle consejo -intervino Henry.
-Bueno, de todas formas hay una cosa que ignoras, tía Jane -dijo Raymond.
-Oh, sí que lo sé, querido -replicó la señorita Marple-. Ha ocurrido precisamente antes de cenar ¿no es cierto? Cuando llevaste a Joyce a contemplar la puesta de sol. Es un lugar muy adecuado, junto a los jazmines. Allí es donde el lechero le preguntó a Annie si quería casarse con él.
-Vaya, tía Jane -replicó el joven-, no estropees todo el romanticismo. Joyce y yo no somos como el lechero y Annie.
-En eso te equivocas, querido -dijo la señorita Marple-. En realidad todos somos iguales, aunque afortunadamente tal vez no nos demos cuenta.



martes, 22 de noviembre de 2016

La mosca





-Pues sí que está usted cómodo aquí -dijo el viejo señor Woodifield con su voz de flauta. Miraba desde el fondo del gran butacón de cuero verde, junto a la mesa de su amigo el jefe, como lo haría un bebé desde su cochecito. Su conversación había terminado; ya era hora de marchar. Pero no quería irse. Desde que se había retirado, desde su... apoplejía, la mujer y las chicas lo tenían encerrado en casa todos los días de la semana excepto los martes. El martes lo vestían y lo cepillaban, y lo dejaban volver a la ciudad a pasar el día. Aunque, la verdad, la mujer y las hijas no podían imaginarse qué hacía allí. Suponían que incordiar a los amigos... Bueno, es posible. Sin embargo, nos aferramos a nuestros últimos placeres como se aferra el árbol a sus últimas hojas. De manera que ahí estaba el viejo Woodifield, fumándose un puro y observando casi con avidez al jefe, que se arrellanaba en su sillón, corpulento, rosado, cinco años mayor que él y todavía en plena forma, todavía llevando el timón. Daba gusto verlo.
Con melancolía, con admiración, la vieja voz añadió:
-Se está cómodo aquí, ¡palabra que sí!
-Sí, es bastante cómodo -asintió el jefe mientras pasaba las hojas del Financial Times con un abrecartas. De hecho estaba orgulloso de su despacho; le gustaba que se lo admiraran, sobre todo si el admirador era el viejo Woodifield. Le infundía un sentimiento de satisfacción sólida y profunda estar plantado ahí en medio, bien a la vista de aquella figura frágil, de aquel anciano envuelto en una bufanda.
-Lo he renovado hace poco -explicó, como lo había explicado durante las últimas, ¿cuántas?, semanas-. Alfombra nueva -y señaló la alfombra de un rojo vivo con un dibujo de grandes aros blancos-. Muebles nuevos -y apuntaba con la cabeza hacia la sólida estantería y la mesa con patas como de caramelo retorcido-. ¡Calefacción eléctrica! -con ademanes casi eufóricos indicó las cinco salchichas transparentes y anacaradas que tan suavemente refulgían en la placa inclinada de cobre.
Pero no señaló al viejo Woodifield la fotografía que había sobre la mesa. Era el retrato de un muchacho serio, vestido de uniforme, que estaba de pie en uno de esos parques espectrales de estudio fotográfico, con un fondo de nubarrones tormentosos. No era nueva. Estaba ahí desde hacía más de seis anos.
-Había algo que quería decirle -dijo el viejo Woodifield, y los ojos se le nublaban al recordar-. ¿Qué era? Lo tenía en la cabeza cuando salí de casa esta mañana. -Las manos le empezaron a temblar y unas manchas rojizas aparecieron por encima de su barba.
Pobre hombre, está en las últimas, pensó el jefe. Y sintiéndose bondadoso, le guiñó el ojo al viejo y dijo bromeando:
-Ya sé. Tengo aquí unas gotas de algo que le sentará bien antes de salir otra vez al frío. Es una maravilla. No le haría daño ni a un niño.
Extrajo una llave de la cadena de su reloj, abrió un armario en la parte baja de su escritorio y sacó una botella oscura y rechoncha.
-Ésta es la medicina -exclamó-. Y el hombre de quien la adquirí me dijo en el más estricto secreto que procedía directamente de las bodegas del castillo de Windsor.
Al viejo Woodifield se le abrió la boca cuando lo vio. Su cara no hubiese expresado mayor asombro si el jefe hubiera sacado un conejo.
-¿Es whisky, no? -dijo débilmente.
El jefe giró la botella y cariñosamente le enseñó la etiqueta. En efecto, era whisky.
-Sabe -dijo el viejo, mirando al jefe con admiración- en casa no me dejan ni tocarlo-. Y parecía que iba a echarse a llorar.
-Ah, ahí es donde nosotros sabemos un poco más que las señoras -dijo el jefe, doblándose como un junco sobre la mesa para alcanzar dos vasos que estaban junto a la botella del agua, y sirviendo un generoso dedo en cada uno-. Bébaselo, le sentará bien. Y no le ponga agua. Sería un sacrilegio estropear algo así. ¡Ah! -Se tomó el suyo de un trago; luego se sacó el pañuelo, se secó apresuradamente los bigotes y le hizo un guiño al viejo Woodifield, que aún saboreaba el suyo.
El viejo tragó, permaneció silencioso un momento, y luego dijo débilmente:
-¡Qué fuerte!
Pero lo reconfortó; subió poco a poco hasta su entumecido cerebro... y recordó.
-Eso era -dijo, levantándose con esfuerzo de la butaca-. Supuse que le gustaría saberlo. Las chicas estuvieron en Bélgica la semana pasada para ver la tumba del pobre Reggie, y dio la casualidad que pasaron por delante de la de su chico. Por lo visto quedan bastante cerca la una de la otra.
El viejo Woodifield hizo una pausa, pero el jefe no contestó. Sólo un ligero temblor en el párpado demostró que estaba escuchando.
-Las chicas estaban encantadas de lo bien cuidado que está todo aquello -dijo la vieja voz-. Lo tienen muy bonito. No estaría mejor si estuvieran en casa. ¿Usted no ha estado nunca, verdad?
-¡No, no! -Por varias razones el jefe no había ido.
-Hay kilómetros enteros de tumbas -dijo con voz trémula el viejo Woodifield- y todo está tan bien cuidado que parece un jardín. Todas las tumbas tienen flores. Y los caminos son muy anchos. -Por su voz se notaba cuánto le gustaban los caminos anchos.
Hubo otro silencio. Luego el anciano se animó sobremanera.
-¿Sabe usted lo que les hicieron pagar a las chicas en el hotel por un bote de confitura? -dijo-. ¡Diez francos! A eso yo le llamo un robo. Dice Gertrude que era un bote pequeño, no más grande que una moneda de media corona. No había tomado más que una cucharada y le cobraron diez francos. Gertrude se llevó el bote para darles una lección. Hizo bien; eso es querer hacer negocio con nuestros sentimientos. Piensan que porque hemos ido allí a echar una ojeada estamos dispuestos a pagar cualquier precio por las cosas. Eso es. -Y se volvió, dirigiéndose hacia la puerta.
-¡Tiene razón, tiene razón! -dijo el jefe. aunque en realidad no tenía idea de sobre qué tenía razón. Dio la vuelta a su escritorio y siguiendo los pasos lentos del viejo lo acompañó hasta la puerta y se despidió de él. Woodifield se había marchado.
Durante un largo momento el jefe permaneció allí, con la mirada perdida, mientras el ordenanza de pelo canoso, que lo estaba observando, entraba y salía de su garita como un perro que espera que lo saquen a pasear.
De pronto:
-No veré a nadie durante media hora, Macey -dijo el jefe-. ¿Ha entendido? A nadie en absoluto.
-Bien, señor.
La puerta se cerró, los pasos pesados y firmes volvieron a cruzar la alfombra chillona, el fornido cuerpo se dejó caer en el sillón de muelles y echándose hacia delante, el jefe se cubrió la cara con las manos. Quería, se había propuesto, había dispuesto que iba a llorar...
Le había causado una tremenda conmoción el comentario del viejo Woodifield sobre la sepultura del muchacho. Fue exactamente como si la tierra se hubiera abierto y lo hubiera visto allí tumbado, con las chicas de Woodifield mirándolo. Porque era extraño. Aunque habían pasado más de seis años, el jefe nunca había pensado en el muchacho excepto como un cuerpo que yacía sin cambio, sin mancha, uniformado, dormido para siempre. «¡Mi hijo!», gimió el jefe. Pero las lágrimas todavía no acudían. Antes, durante los primeros meses, incluso durante los primeros años después de su muerte, bastaba con pronunciar esas palabras para que lo invadiera una pena inmensa que sólo un violento episodio de llanto podía aliviar. El paso del tiempo, había afirmado entonces, y así lo había asegurado a todo el mundo, nunca cambiaría nada. Puede que otros hombres se recuperaran, puede que otros lograran aceptar su pérdida, pero él no. ¿Cómo iba a ser posible? Su muchacho era hijo único. Desde su nacimiento el jefe se había dedicado a levantar este negocio para él; no tenía sentido alguno si no era para el muchacho. La vida misma había llegado a no tener ningún otro sentido. ¿Cómo diablos hubiera podido trabajar como un esclavo, sacrificarse y seguir adelante durante todos aquellos años sin tener siempre presente la promesa de ver a su hijo ocupando su sillón y continuando donde él había abandonado?
Y esa promesa había estado tan cerca de cumplirse. El chico había estado en la oficina aprendiendo el oficio durante un año antes de la guerra. Cada mañana habían salido de casa juntos; habían regresado en el mismo tren. ¡Y qué felicitaciones había recibido por ser su padre! No era de extrañar; se desenvolvía maravillosamente. En cuanto a su popularidad con el personal, todos los empleados, hasta el viejo Macey, no se cansaban de alabarlo. Y no era en absoluto un mimado. No, él siempre con su carácter despierto y natural, con la palabra adecuada para cada persona, con aquel aire juvenil y su costumbre de decir: «¡Sencillamente espléndido!».
Pero todo eso había terminado, como si nunca hubiera existido. Había llegado el día en que Macey le había entregado el telegrama con el que todo su mundo se había venido abajo. «Sentimos profundamente informarle que...» Y había abandonado la oficina destrozado, con su vida en ruinas.
Hacía seis años, seis años... ¡Qué rápido pasaba el tiempo! Parecía que había sido ayer. El jefe retiró las manos de la cara; se sentía confuso. Algo parecía que no funcionaba. No estaba sintiéndose como quería sentirse. Decidió levantarse y mirar la foto del chico. Pero no era una de sus fotografías favoritas; la expresión no era natural. Era fría, casi severa. El chico nunca había sido así.
En aquel momento el jefe se dio cuenta de que una mosca se había caído en el gran tintero y estaba intentando infructuosamente, pero con desesperación, salir de él. ¡Socorro, socorro!, decían aquellas patas mientras forcejeaban. Pero los lados del tintero estaban mojados y resbaladizos; volvió a caerse y empezó a nadar. El jefe tomó una pluma, extrajo la mosca de la tinta y la depositó con una sacudida en un pedazo de papel secante. Durante una fracción de segundo se quedó quieta sobre la mancha oscura que rezumaba a su alrededor. Después las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, levantando su cuerpecillo empapado, empezó la inmensa tarea de limpiarse la tinta de las alas. Por encima y por debajo, por encima y por debajo pasaba la pata por el ala, como lo hace la piedra de afilar por la guadaña. Luego hubo una pausa mientras la mosca, aparentemente de puntillas, intentaba abrir primero un ala y luego la otra. Por fin lo consiguió, se sentó y empezó, como un diminuto gato, a limpiarse la cara. Ahora uno podía imaginarse que las patitas delanteras se restregaban con facilidad, alegremente. El horrible peligro había pasado; había escapado; estaba preparada de nuevo para la vida.
Pero justo entonces el jefe tuvo una idea. Hundió otra vez la pluma en el tintero, apoyó su gruesa muñeca en el secante y mientras la mosca probaba sus alas, una enorme gota cayó sobre ella. ¿Cómo reaccionaría? ¡Buena pregunta! La pobre criatura parecía estar absolutamente acobardada, paralizada, temiendo moverse por lo que pudiera acontecer después. Pero entonces, como dolorida, se arrastró hacia delante. Las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, esta vez más lentamente, reanudó la tarea desde el principio.
Es un diablillo valiente -pensó el jefe- y sintió verdadera admiración por el coraje de la mosca. Así era como se debían de acometer los asuntos; ésa era la actitud. Nunca te dejes vencer; sólo era cuestión de... Pero una vez más la mosca había terminado su laboriosa tarea y al jefe casi le faltó tiempo para recargar la pluma, y descargar otra vez la gota oscura de lleno sobre el recién aseado cuerpo. ¿Qué pasaría esta vez? Siguió un doloroso instante de incertidumbre. Pero ¡atención!, las patitas delanteras volvían a moverse; el jefe sintió una oleada de alivio. Se inclinó sobre la mosca y le dijo con ternura: «Ah, astuta cabroncita». Incluso se le ocurrió la brillante idea de soplar sobre ella para ayudarla en el proceso de secado. Pero a pesar de todo, ahora había algo de tímido y débil en sus esfuerzos, y el jefe decidió que ésta tendría que ser la última vez, mientras hundía la pluma hasta lo más profundo del tintero.
Lo fue. La última gota cayó en el empapado secante y la extenuada mosca quedó tendida en ella y no se movió. Las patas traseras estaban pegadas al cuerpo; las delanteras no se veían.
-Vamos -dijo el jefe-. ¡Espabila! -Y la removió con la pluma, pero en vano. No pasó nada, ni pasaría. La mosca estaba muerta.
El jefe levantó el cadáver con la punta del abrecartas y lo arrojó a la papelera. Pero lo invadió un sentimiento de desdicha tan agobiante que verdaderamente se asustó. Se inclinó hacia delante y tocó el timbre para llamar a Macey.
-Tráigame un secante limpio -dijo con severidad- y dese prisa. -Y mientras el viejo perro se alejaba con un paso silencioso, empezó a preguntarse en qué había estado pensando antes. ¿Qué era? Era... Sacó el pañuelo y se lo pasó por delante del cuello de la camisa. Aunque le fuera la vida en ello no se podía acordar.