lunes, 19 de septiembre de 2016

Fábula de Apolo y Narciso






Narciso aparta juncos.
Está lejos y helado.
Bebe juncos en el sueño,
como llamada de azúcar
y lengua que se estira
acariciando galgos.
Quieto, sudado cristal,
líneas empaña en las lúnulas
torcidas en plumón soplado.
Vienen o se apresuran dolidos
venéreos planetas, juncos
quemados ya en el sueño sudoroso.
Suenan planetas zumbantes.
Juncos se estiran y el cuello
entra en un hálito helado.
Júpiter, mesa de hierro
y un barco que si marea
hirientes barcos salpica,
trenzando su flor mordida.
Narciso, de los espejos hastiados,
fabricante de mil espejos,
hila tres mil espejos demás.
Jacinto, insecto muerde azucenas.
Júpiter olvida
el carmín de los delfines,
improvisando las flautas
pechazo de caracoles.
Flauta sembrada en mis sienes
resucita en las arenas
de los labios, llamando al amor
errante, asustado marinero
pidiendo agua y azúcar
y cola azul de delfín.
Narciso, fósforo y raya de nieve.
Jacinto, diminuto río en la alcoba,
jardín con flecha enterrada,
jardín sin hojas ni manos, jardín en blanco.
Blando chisme se apresura,
rueda el insecto por mantas tibias
y piel de azucena charolada.
Teje una red en el aire
y en el aire saltan peces.
Del oído nace la plata
y baila el agua entre las ramas.
¡Estatuas corren buscando
nubes enjutas y caracol ablandado,
y en el jardín no dormitan,
ni el agua verde en oro,
oro muerto, las protege.¿
Muele el oro, tasa el vidrio.
Vidrio, ojo de la destreza.
Cortan los dedos el fuego
cantando en la torre muerta.
Júpiter, una sandalia de hierro.
Jacinto, algodón mojado
en glacial saliva.
Jacinto, el planeta entre los juncos
se incendia de amor
tan breve, geométrico en errante
luna, busca a Hermes Trimegisto.
Caracol o caderas errantes
por el aire que entra por los labios
de los juncos, por el cuello cerrado
del pez que solloza junto al junco
de mármol.


Servido el mantel que es una nube rectísima, tiesa para impresionar fuertemente y hacer pensar que el cristianismo no está cercano, Júpiter habla, un poco distraído, con Minerva, Diana, Venus, Urania. Entre las risas ha saltado una frase cruel acerca de la conducta y el fiel espejo de Narciso.

Pocos días después Júpiter le cuenta a Narciso lo oído de sobremesa en el mantel de una nube, atribuyéndoselo falsamente a Minerva. Jacinto hace escueta referencia a la traición de Minerva, pues si ésta tiene sus claros ojos es gracias a Jacinto, que tenía que peinarse, y mientras tanto le prestó su espejo a la diosa durante una sola noche, ésta fue acercando a sus oídos el espejo de Narciso a quien pertenecía en realidad y al ponerse en contacto con el espejo mayor de Selene, surgió el secreto de Hermatenea, diosa de los gimnasion. Narciso le recomienda a Júpiter que convierta la nieve en artículo de lujo y luego se vuelve a pasear entre los juncos.

Van paseando por los juncos,
pasean sus manos tiesas
por el cristal que acomete
y embiste entre dos olvidos,
cien lenguas sin pies ligeros.
Si el junco no se apartaba
se alejaba su cintura,
pertenencia fiel del aire,
del castillo y remadores.
¿Quién pregunta al cristal
que se enterró, malogrando
testa y verano crecido?
¿Quién es el manjar salobre
que en subterráneo asciende
como un lebrel que en el cielo
adelgaza sus recuerdos?
Aparta juncos de juncos
muertos, en el borde de la tierra
recostados, ya se inclina
mandando que se doblegue
al primer vuelo cansado.
Al insecto de tres franjas
resbalando al respirar,
manda que se doblegue,
y manda también enterrar
testas por el oblicuo ruido
y por la palpitación capaz
de colocar a los chopos,
tersos y mal dirigidos,
a resbalar entre crudas
rocas y diminutos relámpagos.
¿Quién pregunta por los labios,
por las bandurrias que acuestan
cuchillos y niñas ciegas y por la gangrena
en la cola que se fugó
a las estatuas y a la risa enamorada?
¿Quién pasa entre mi mano y las chispas
del vuelo que se posaba
en las agrestes cenizas y en las jarras
doblegadas por un insulto extendido,
por un río de coronas?
¿Quién persiste por los labios
y entre giróvagos mapas,
en apuntalar a la sombra
del cuerpo que se perdía
entre pisadas y sirenas
que van doblando hilanderas
muertas y sus delgadas
hojas sin otoño, sin donaire,
en vuelo recto, manso y frío?
Un junco roza los labios.
Entreabiertos los latidos
en la almendra y en la abeja,
penetrando en el espejo
los cabellos encendidos.
Negado ya paso al río,
se extiende raíz del agua
creciendo en una playa de niños,
en un olvido desnudo.
Mustios gusanos fabrican
frío borde de las hojas.
Entre chopo y oído, entre lebrel
y cabellera partida
sin zócalo o río herido.
¿Quién devuelve en la marea
una palabra escondida
y un rumor que se apresura
a no saltar su perfil,
a no destrozar las torres
o agitar sus preferencias?
La tarde se inclina
ya enrollada en la marea,
prefijado su perfil.
Narciso aparta juncos.
Está lejos y helado,
muchachillo que chilla
entre los juncos, hundiéndose
en la yerba que mira,
en la arena del tacto.




No hay comentarios:

Publicar un comentario