lunes, 18 de julio de 2016

De Más allá del bien y del mal





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La causa sui es la mejor autocontradicción imaginada hasta ahora, una especie de estupro y monstruosidad lógicos: pero el desenfrenado orgullo del hombre le a llevado a enredarse de manera profunda y horrible justo en este sin sentido. La aspiración a la “libertad de la voluntad", entendida en aquel sentido metafísico y superlativo que, por desgracia, continúa dominando en las cabezas de los semiinstruidos, la aspiración a cargar uno mismo con la responsabilidad total y última de sus propias acciones, y a descargar de ella a Dios, al mundo, a los antepasados, al azar, a la sociedad, equivale, en efecto, nada menos que a ser precisamente aquella causa sui y a sacarse a si mismo de la ciénaga de la nada y a salir a la existencia a base de tirarse de los cabellos, con una temeridad mayor aún que la de Münchaunsen. Suponiendo que alguien llegue así a darse cuenta de la rústica simpleza de ese famoso concepto “voluntad libre” y se lo borre de la cabeza, yo le ruego entonces que dé un paso más en su “ilustración” y se borre también de la cabeza lo contrario de aquel monstruoso concepto “voluntad libre”; me refiero a la “voluntad no libre”, que aboca a un uso erróneo de causa y efecto. No debemos cosificar equivocadamente “causa” y “efecto”, como hacen los investigadores de la naturaleza (y quien, como ellos, naturaleza hoy en el pensar -) en conformidad con el domínate cretinismo mecanicista, el cual deja que la causa presione y empuje hasta que “produce el efecto”; debemos servirnos precisamente de la “causa” y del “efecto” nada más que como de conceptos puros, es decir, ficciones convencionales, con fines de designación, de entendimiento pero no de aclaración. En lo “en-si” no hay “lazos causales”, ni “necesidad”, ni “no libertad psicológica”, allí no sigue “el efecto a la causa”, allí no gobierna “ley” ninguna. Nosotros somos los únicos que hemos inventado las causas, la sucesión, la reciprocidad, la relatividad, la coacción, el número, la ley, la libertad, el motivo, la finalidad; y siempre que a este mundo de signos lo introducimos ficticiamente y lo entremezclamos, como si fuera un “en sí” en las cosas, continuamos actuando de igual manera que hemos actuado siempre, a saber, de manera mitológica. La “voluntad no libre” es mitología: en la vida real no hay más que voluntad fuerte y voluntad débil. Constituye ya casi siempre un síntoma de lo que a un pensador le falta el hecho de que éste, en toda “conexión causal” y en toda “necesidad psicológica”, tenga el sentimiento de algo de coacción de necesidad, de sucesión obligada, de presión, de falta de libertad: el tener precisamente ese sentimiento resulta delator, -la persona se delata a sí misma. Y en general si mis observaciones son correctas, la “no libertad de la voluntad” se concibe como problema desde dos lados completamente opuestos, pero siempre de una manera hondamente personal: los unos no quieren renunciar a ningún precio a su “responsabilidad”, a la fe en sí mismos, al derecho personal a su mérito (las razas vanidosas se encuentran en este lado -); los otros, a la inversa, no quieren salir responsables de nada, tener culpa de nada, y aspiran, desde un autodesprecio íntimo, a poder quitarse de en medio a sí mismos, yéndose a cualquier parte. Estos últimos, cuando escriben libros, suelen asumir hoy la defensa de los criminales; una especie de compasión socialista es su disfraz más agradable. Y de hecho el fatalismo de los débiles de voluntad se embellece de modo sorprendente cuando sabe presentarse a sí mismo como la religión de la souffrance humaine: ese es su “buen gusto”.



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