sábado, 30 de julio de 2016

Oficio de amor



De la intimidad que ahora nos asusta
Sale el pasado,
Sale la espléndida nostalgia,
Ejercicio callado del ocaso;
De la valuación de Dios en la plegaria,
Para que no estemos uno fuera del otro,
Saldrá la amenaza,
Celosa corrosión de los gestos
Interrumpiendo nuestro abrazo.

¡Oh manoseados sentimientos!
Más y mejor seré yo mismo
Cuando guarde de tu boca la idea
Y aunque ya no pase del existir a la presencia
Igualmente me verás contra tu boca
Vigilando la mudanza de los días
Hasta que, siendo como yo reliquia,
Me ayudes a evitar esta agonía.


viernes, 29 de julio de 2016

El puente



Las hojas secas caen en el aire dormido.
Mira, corazón mío, lo que el otoño le ha hecho a tu isla querida:
¡Qué pálida está! ¡Qué huérfana de corazón tranquilo!
Suenan las campanas, suenan en San Luis de la Isla
Para la fucsia muerta del ama de la barcaza.
Con la cabeza gacha dos viejos caballos muy humildes, soñolientos toman
          su último baño.
Un perrazo negro ladra y amenaza de lejos.
En el puente sólo estamos yo y mi niña:
Vestido desteñido, hombros endebles, rostro blanco,
Un ramo de flores en las manos
¡Oh mi niña! ¡Ese tiempo que viene!
¡Para ellos! ¡Para nosotros! ¡Oh mi niña!
¡Ese tiempo que viene!



jueves, 28 de julio de 2016

Razón de lágrimas



La noche por ser triste carece de fronteras.
Su sombra en rebelión como la espuma,
rompe los muros débiles
avergonzados de blancura;
noche que no puede ser otra cosa sino noche.

Acaso los amantes acuchillan estrellas,
acaso la aventura apague una tristeza.
Mas tú, noche, impulsada por deseos
hasta la palidez del agua,
aguardas siempre en pie quién sabe a cuáles ruiseñores.

Más allá se estremecen los abismos
poblados de serpientes entre pluma,
cabecera de enfermos
no mirando otra cosa que la noche
mientras cierran el aire entre los labios.

La noche, la noche deslumbrante,
que junto a las esquinas retuerce sus caderas,
aguardando, quién sabe,
como yo, como todos.




miércoles, 27 de julio de 2016

Los fantasmas del deseo




Yo no te conocía, tierra;
con los ojos inertes, la mano aleteante,
lloré todo ciego bajo tu verde sonrisa,
aunque, alentar juvenil, sintiera a veces
un tumulto sediento de postrarse,
como huracán henchido aquí en el pecho;
ignorándote, tierra mía,
ignorando tu alentar, huracán o tumulto,
idénticos en esta melancólica burbuja que yo soy
a quien tu voz de acero inspirara un menudo vivir.

Bien sé ahora que tú eres
quien me dicta esta forma y este ansia;
sé al fin que el mar esbelto,
la enamorada luz, los niños sonrientes,
no son sino tú misma;
que los vivos, los muertos,
el placer y la pena,
la soledad, la amistad,
la miseria, el poderoso estúpido,
el hombre enamorado, el canalla,
son tan dignos de mí como de ellos yo lo soy;
mis brazos, tierra, son ya más anchos, ágiles,
para llevar tu afán que nada satisface.

El amor no tiene esta o aquella forma,
no puede detenerse en criatura alguna;
todas son por igual viles y soñadoras.
Placer que nunca muere
beso que nunca muere,
sólo en ti misma encuentro, tierra mía.
Nimbos de juventud, cabellos rubios o sombríos,
rizosos o lánguidos como una primavera,
sobre cuerpos cobrizos, sobre radiantes cuerpos
que tanto he amado inútilmente,
no es en vosotros donde la vida está, sino en la tierra,
en la tierra que aguarda, aguarda siempre
con sus labios tendidos, con sus brazos abiertos.

Dejadme, dejadme abarcar, ver unos instantes
este mundo divino que ahora es mío,
mío como lo soy yo mismo,
como lo fueron otros cuerpos que estrecharon mis brazos,
como la arena, que al besarla los labios
finge otros labios, dúctiles al deseo,
hasta que el viento lleva sus mentirosos átomos.

Como la arena, tierra,
como la arena misma,
la caricia es mentira, el amor es mentira, la amistad es mentira.
Tú sola quedas con el deseo,
con este deseo que aparenta ser mío y ni siquiera es mío,
sino el deseo de todos,
malvados, inocentes,
enamorados o canallas.

Tierra, tierra y deseo.
Una forma perdida.




martes, 26 de julio de 2016

Qué muerte tan larga llevan las flores en tu seno...




¡Qué muerte tan larga llevan las flores en tu seno;
tu soledad no es parecida a la de nadie;
tu soledad tiene la boca quebrada y el acero
de los pechos fríos, con herrumbre.
No es el mundo lo que gira a tu alrededor
sino tu asco eterno
que lo desalienta y lo desprecia,
con una flor sin aire, con un dolor vacío.

Si yo me viera sumergido en el mar, donde la sal
     cubre el átomo y los árboles dan flores
que nadie recoge, y el cielo estrellas
que nadie mira, tal vez encontrara tu sombra
sobre un piso de raíces
y espinas.

Si yo volviera al aire, qué almohada de brazos húmedos
tendría tu sombra,
qué serenidad hallaría tu pie desnudo;
tu canto haría temblar la raíz de las hojas muertas de los valles.

Pero el amor es el amor, y yo agradezco el tuyo
que me llena de lombrices los oídos.
¡Qué alto pino es la memoria del amor! Debajo
de las hojas
está tu cuerpo con su ángel
muerto.

Pero yo quisiera ser distinto: huir,
huir de la ceniza.
Si yo pudiera, qué viento hermoso movería
tu sueño de aire sin cielo
de agua sin peces, de amor sin recuerdo;
de flores que atraviesan una cuenca triste
dormida sobre el polvo.




lunes, 25 de julio de 2016

Último canto de Safo -Canto IX



Plácida noche y pudoroso rayo
de la luna que muere; y tú que naces
sobre la roca, entre la muda selva,
nuncio del día; ¡oh caras, deleitosas
apariencias, mientras desconocía
el hado y la pasión! ; ya no sonríe
dulce visión al desolado afecto.
Sólo se aviva nuestro gozo insólito
cuando en el éter líquido girando
va, y por los campos trepidantes, la ola
polvorienta del noto, y cuando el carro,
grave carro de Júpiter, divide,
sobre nuestra cabeza, el aire oscuro.
Nos place, por barrancos y hondos valles,
nadar entre el turbión, y ver la fuga
de espantados rebaños, y del río
en la insegura orilla
la vencedora ira de la onda.

Bello tu manto es, divino cielo;
bella tú, húmeda tierra. ¡Ay! , de esta inmensa
beldad parte ninguna concedieron
los dioses y la suerte despiadada
a la mísera Safo. En tus soberbios
reinos, Natura, esclavo y grave huésped
y amante despreciada soy, y en vano
en tus graciosas formas, suplicante
fijo los ojos. Para mí no ríen
la abierta playa ni de etérea puerta
el matutino albor; no me saludan
el canto de pintados pajarillos
ni el murmullo del haya; ya la sombra
del inclinado sauce, donde corre
del candoroso arroyo el puro seno,
a mi lúbrico pie la ondeante linfa
esquiva desdeñosa
y huye de las riberas perfumadas-

¿Qué pecado, qué exceso tan nefando
manchó mi nacimiento, que tan torvos
se me mostraron cielos y fortuna?
¿En qué pequé de niña, cuando ignara
de maldad es la vida, que privada
de juventud, y desflorado, el huso
de la inflexible Parca retorcía
mi oscuro hilo vital? Incautas voces
tu labio esparce; el destinado evento
rige arcano poder. Arcano es todo
menos nuestro dolor. Prole olvidada,
para el llanto nacemos, y el motivo
sólo los dioses saben. ¡Oh esperanzas
de la más verde edad! A la apariencia
el Padre dió en el mundo eterno reino;
y por grandes que sean las empresas,
docto el canto o la lira,
no luce la virtud en feo manto.

Moriremos. Caído el velo indigno,
desnuda el alma bajará al Averno,
y el crudo fallo enmendará del ciego
dispensador de eventos. Tú, que hondo
amor y fe me inspiras, por quien vano
furor me oprime de áspero deseo,
vive feliz, si puede en este mundo
feliz alguien vivir. por mí no vierte
el suave licor del vaso avaro
Jove, después que el sueño y los engaños
de mi niñez murieron. Los alegres
días de juventud rápidos pasan.
Quedan los males, la vejez, la sombra
de la gélida muerte. Así, de tantos
gratos errores y esperadas palmas,
resta el Tártaro; y va el osado ingenio
a la tenaria diosa,
la oscura noche y la silente orilla.




domingo, 24 de julio de 2016

El poeta es exacto. La poesía es exactitud...




El poeta es exacto. La poesía es exactitud. Desde Baudelaire, el público ha comprendido, poco a poco, 
que la poesía es uno de los medios más insolentes de decir la verdad. 

No existe arma de mayor precisión; y para defenderse, con una defensa instintiva, de la angustia de la 
exactitud y de las claridades reveladoras, se obstinan las gentes en confundir la poesía con la mentira, 
la viveza de espíritu con la paradoja. 
¿Para qué referir una historia que no lleve en sí el peso inimitable de la verdad? ¿Para qué Memorias 
imaginarias, falsas anécdotas, frases que se equivocan de labios y recuerdos pintorescos? El peso muerto 
de la inexactitud abruma de fatiga. 
Muy distinto es el haz de luz de un proyector, que se pasea por la superficie de esa noche acumulada 
detrás de cada uno de nosotros y que se detiene sobre un rostro, un acto o un lugar significativos, de forma 
que les dé el máximo de fuerza expresiva y de resurrección.[...]

1934-1935. Un telón cae, un telón se levanta. La vida ha muerto, viva la vida! Ha muerto una época, que he 
vivido desde su comienzo intensamente, pero contra toda mi voluntad; mis antenas me anuncian que 
empieza una era nueva en la que entreveo la nobleza cuyos signos me agradan. Aprovecho unos minutos de 
entreacto para levantarme, descansar, volverme y pasear mi anteojo. [...]

Un señor, cuya papel de cartas se embellece con profusión de lugares comunes grabados: Legión de Honor..., 
Palmas Académicas... , teléfono... , telégrafo... , me censura el empleo de lugares comunes que ruedan por 

todas partes. Yo enrojecería de vergüenza si el periodismo no me diera el ejemplo y el estilo frívolo que 
exige no comportase el uso de tales términos; unos, sin excusa; otros, magníficos, firmes en sus pedestales 
de mármol puro, verdaderas obras maestras de los siglos. ¿Nacieron alguna, vez? ¿Salieron, sin padre, del 
fondo de las excavaciones? 
Un agricultor encuentra los brazos de la Venus de Milo. ¿A quién pertenecen? ¿A la Venus de Milo o al 
agricultor? Pertenecen al mito. Se abrazan al cuello de la poesía. Son serpientes blancas que tienen vida propia. 
¡Qué delicia emplear los: «No obstante », "En resumen », «Por lo demás... », «Aparte de », «En una palabra » 
que se ensamblan ellos solos como fragmentos de un puzzle! 
Perdóname, lector. Compréndeme. Ayúdame. Juega conmigo. No te quedes en pie delante de mi mesa. 
Conviene escribir y leer juntos esta prosa con plantilla y por retazos.



   

sábado, 23 de julio de 2016

Georgie Porgie





Georgie Porgie, pastel y budín
besaba a las niñas, llorar las hacía.
Y cuando los muchachos a jugar salían
Georgie Porgie muy veloz huía.


Si cree usted que un hombre no tiene derecho a entrar en el salón a primera hora de la mañana, cuando la criada está ordenando las cosas y quitando el polvo, estará de acuerdo en que la gente civilizada que come en platos de porcelana y posee tarjeteros no tiene derecho a opinar sobre lo que está bien o mal en una región sin colonizar. Sólo cuando los hombres encargados de dicha misión han preparado esas tierras para su llegada, pueden aparecer con sus baúles, su sociedad, el Decálogo y toda la parafernalia que los acompaña. Allí donde no llega la Ley de la Reina, es irracional esperar que se acaten otras normas menos imperiosas. Los hombres que corren por delante de los carruajes de la Decencia y del Decoro, y que abren caminos en medio de la selva, no se pueden juzgar con el mismo patrón que las personas apacibles y hogareñas que integran las filas del tchin corriente y moliente.
No hace muchos meses, la Ley de la Reina se detuvo a escasas millas al norte de Thayetmyo, a orillas del Erawadi. No existía una Opinión Pública muy desarrollada en esos límites, pero sí lo bastante respetable para mantener el orden. Cuando el gobierno sugirió que la Ley de la Reina debía extenderse hasta Bharno y la frontera china, se dio la orden, y algunos hombres cuyo deseo era ir siempre por delante de la corriente de Respetabilidad avanzaron desordenadamente con las tropas. Eran esa clase de individuos incapaces de aprobar exámenes, y demasiado osados e independientes para convertirse en funcionarios de provincias. El gobierno supremo intervino tan pronto como pudo, con sus códigos y reglamentos, y puso a la nueva Birmania exactamente al mismo nivel que la India; pero hubo un breve período de tiempo en el que se necesitaron hombres fuertes que araran la tierra para sí.
Entre los precursores de la Civilización se hallaba Georgie Porgie, al que todos sus conocidos consideraban un hombre de gran fortaleza. Ocupaba un puesto en el sur de Birmania cuando llegó la orden de rebasar la frontera, y sus amigos lo llamaban así por su modo de entonar una canción birmana que empezaba con unas palabras muy parecidas. La mayoría de los hombres que han estado allí conocen la melodía, y su letra significa: «¡Puff puff, puff, puff, enorme barco de vapor!». Georgie la cantaba acompañado de su banjo mientras sus compañeros vociferaban con entusiasmo; y cualquiera podía oírlos a lo lejos, en los bosques de teca.
Cuando se marchó al norte del país, no tenía en gran estima ni a Dios ni al Hombre, pero sabía cómo hacerse respetar, y cómo llevar a cabo las tareas militares y civiles que, en aquellos meses, recaían en casi todo el mundo. Hacía su trabajo de oficina e invitaba a su casa, de vez en cuando, a los destacamentos de soldados sacudidos por la fiebre que avanzaban a ciegas por la región, en busca de algún grupo de bandidos fugitivos de la justicia. En ocasiones, salía de casa y perseguía a malhechores por su cuenta; pues el fuego no se había extinguido en el país y, en el momento más inesperado, cualquier chispa podía avivar las llamas de nuevo. Disfrutaba de aquellos tiroteos, aunque no fueran tan divertidos para los bandidos. Todos los oficiales que lo trataban, se despedían de él convencidos de que Georgie Porgie era una persona de gran valía, muy capaz de cuidar de sí mismo, y, en virtud de esta opinión, lo dejaban hacer su voluntad.
Al cabo de unos pocos meses, se cansó de su soledad y empezó a buscar compañía y un poco de refinamiento. La Ley de la Reina se aplicaba sólo de manera incipiente en la región, y la Opinión pública, más poderosa que la Ley de la Reina, todavía brillaba por su ausencia. Además, existía una costumbre en el país que permitía a los hombres blancos casarse con una de las Hijas de la Tierra después de pagar cierta cantidad. No era una ceremonia de boda tan vinculante como la nikkah de los mahometanos, pero las esposas eran encantadoras.
Cuando nuestras tropas regresen de Birmania, brotará de sus labios un refrán: «Tan ahorrativa como una mujer birmana», y las bellas damas inglesas desearán saber qué demonios significa esto.
El cacique de la aldea más cercana al puesto de Georgie Porgie tenía una hermosa hija que había visto al joven y lo amaba a distancia. Cuando corrió la noticia de que el inglés de manos fuertes que vivía en la empalizada estaba buscando a alguien que se ocupara de su casa, el cacique fue a decirle que, por quinientas rupias, le confiaría el cuidado de su hija, para que la honrara, la respetara y le proporcionase toda clase de comodidades y de vestidos bonitos, conforme a la costumbre del país. Así se hizo, y Georgie Porgie nunca se arrepintió.
Vio cómo su hogar se convertía en un lugar ordenado y confortable, y cómo sus gastos, hasta entonces desmedidos, se reducían a la mitad; y sintió cómo le mimaba y adoraba su nueva adquisición, que se sentaba en la cabecera de su mesa, le cantaba canciones y se encargaba de dar órdenes a los criados madrasíes. Y era una joven todo lo dulce, alegre, honrada y adorable que habría podido desear el más exigente de los solteros. Ninguna raza, según los expertos, produce esposas y amas de casa tan buenas como los birmanos. Cuando llegó el siguiente destacamento que marchaba esforzadamente camino de la guerra, el alférez al mando encontró en la mesa de Georgie Porgie una anfitriona a la que respetar, una mujer a la que tratar en todos los sentidos como alguien que ocupara una sólida posición. Cuando reunió a sus hombres al día siguiente al amanecer, y volvió a internarse en la selva, recordó con nostalgia la sencilla y agradable cena y el hermoso rostro, y envidió a Georgie Porgie desde el fondo de su corazón. Y eso que él tenía una novia en Inglaterra, pero así es como han sido hechos algunos hombres.
La joven birmana no tenía un nombre bonito, pero Georgie Porgie se apresuró a bautizarla con el de Georgina, y el defecto se subsanó. Georgie Porgie estaba encantado de que lo mimasen y de que lo colmaran de comodidades, y juraba que nunca había gastado quinientas libras con un fin mejor.
Después de tres meses de vida hogareña, se le ocurrió una gran idea. El matrimonio -el matrimonio inglés- no podía ser algo tan malo, después de todo. Si se sentía tan bien en el quinto infierno con aquella muchacha birmana que fumaba cigarros, ¡cuánto más agradable sería estar con una joven inglesa que no los fumara y que tocase el piano en lugar del banjo! Además, deseaba regresar con los suyos, oír de nuevo una banda de música, y volver a experimentar la sensación de llevar un traje de etiqueta. Decididamente, el matrimonio sería algo muy bueno. Reflexionó largo y tendido sobre el asunto al anochecer, mientras Georgina le cantaba, o le preguntaba por qué estaba tan silencioso, y si lo había ofendido en algo. Al tiempo que meditaba, firmaba y observaba a Georgina, su imaginación la convertía en una joven inglesa rubia, ahorrativa, divertida y alegre, con el cabello cayéndole en la frente, y tal vez un cigarrillo en los labios. De ningún modo un cigarro birmano, grande, grueso, de esos que fumaba Georgina Se casaría con una muchacha con los ojos de Georgina y muy parecida a ella. Pero no exactamente igual. Podía mejorarse. Dos anchas espirales de humo salieron por sus orificios nasales y se desperezó. Probaría el matrimonio. Georgina lo había ayudado a ahorrar dinero, y le debían seis meses de permiso.
-Verás, mujercita -dijo-, tenemos que gastar menos durante los próximos tres meses. Necesito dinero.
Aquello era una verdadera infamia contra el gobierno de la casa de Georgina, pues ella estaba orgullosa de sus economías; pero, si su Dios quería dinero, ella pondría todo de su parte.
-¿Necesitas dinero? -preguntó riendo-. Pues yo lo tengo. ¡Mira!
Corrió a su cuarto y trajo una pequeña bolsa de rupias.
-Ahorro algo de lo que me das. ¿Ves? Ciento siete rupias. ¿Acaso puedes necesitar más dinero? Cógelo. Será un placer para mí que lo uses.
La joven esparció las monedas sobre la mesa y, con sus dedos ágiles, pequeños y de un amarillo muy pálido, las empujó hacia él. Georgie Porgie no volvió a hablar de economías en el hogar. Tres meses más tarde, después de enviar y recibir varias cartas misteriosas que Georgina fue incapaz de entender, y que aborreció por ese motivo, Georgie Porgie le anunció su marcha y le dijo que debía regresar a casa de su padre y quedarse allí.
Georgina se echó a llorar. Ella acompañaría a su Dios hasta el fin del mundo. ¿Por qué tenía que abandonarlo? Estaba enamorada de él.
-Únicamente voy a Rangún -dijo Georgie Porgie-. Volveré dentro de un mes, pero estarás más segura con tu padre. Te dejaré doscientas rupias.
-Si sólo te vas un mes, ¿para qué necesito doscientas rupias? Me basta y me sobra con cincuenta. Aquí hay algo que no encaja. No te marches, o al menos deja que te acompañe.
A Georgie Porgie no le gusta recordar aquella escena ni siquiera hoy en día. Al final se deshizo de Georgina por una cantidad intermedia de setenta y cinco rupias, pues la joven se negó a aceptar más dinero. Entonces se dirigió en un pequeño vapor y en tren hasta Rangún.
Las cartas misteriosas le habían concedido seis meses de permiso. Tanto su huida como la sensación de que quizá se había comportado de un modo desleal lo atormentaron en aquel entonces, pero tan pronto el gigantesco buque se encontró en alta mar todo resultó más fácil; y el rostro de Georgina, y la curiosa casita de la empalizada, y las carreras y los gritos nocturnos de los bandidos, y el alarido y los forcejeos del primer hombre que mató con sus manos, y tantas otras cosas que guardaba en su interior, perdieron intensidad y desaparecieron del corazón de Georgie Porgie. Y todos esos recuerdos fueron reemplazados por la imagen de una Inglaterra cada vez más cercana. El barco estaba lleno de hombres de permiso, espíritus tremendamente joviales que se habían sacudido el polvo y el sudor del norte de Birmania, y que ahora se sentían felices como colegiales. Ellos ayudaron a olvidar a Georgie Porgie.
Entonces llegó Inglaterra con sus lujos, buenas costumbres y comodidades, y Georgie Porgie caminó como en un hermoso sueño mientras sus pisadas resonaban en el empedrado, un sonido que casi había olvidado; y se asombró de que un hombre en su sano juicio pudiera abandonar la ciudad. Aceptó la enorme satisfacción que le producía su permiso como una recompensa por los servicios prestados. Y el destino le deparó otro placer aún mayor: todo el encanto de un apacible idilio inglés (muy diferente de los descarados acuerdos comerciales del oriente), en el que media comunidad se aleja a cierta distancia y hace apuestas sobre el resultado, mientras la otra mitad se pregunta qué opinará la señora Fulana o Mengana al respecto.
La joven era adorable y el verano, perfecto; la enorme casa de campo se hallaba cerca de Petworth, donde hay acres y más acres de brezales color púrpura y de vegas con la hierba muy alta donde pasear. Georgie Porgie tuvo la sensación de que al fin había encontrado algo por lo que merecía la pena vivir y como es natural, dio por sentado que lo primero que debía hacer era pedir a la joven que compartiera su existencia en la India. Ella, en su ignorancia, estuvo dispuesta a ir. En aquella ocasión, no hubo trueques ni negociaciones con el cacique de la aldea. Se celebró una bonita boda de clase media en el campo, con un Papá corpulento y una Mamá llorosa, y un padrino con una chaqueta carmesí y una elegante camisa blanca, y seis muchachas de narices respingonas de la Escuela Dominical, que lanzaban rosas al camino entre las lápidas del cementerio y la puerta de la iglesia. El periódico local describió largamente el evento, incluso publicó el texto íntegro de los himnos; pero ello se debió a que la dirección estaba desesperada por la escasez de material.
Y después vino la luna de miel en Arundel, y la Mamá lloró copiosamente antes de permitir que su única hija se embarcara hacia la India al cuidado de Georgie Porgie, el novio. No hay duda de que Georgie Porgie estaba muy enamorado de su mujer, y de que ella lo consideraba el mejor y mas brillante de los hombres. Cuando se presentó en Bombay ante sus superiores, creyó justo pedir un buen destino pensando en su esposa; y, como había dejado cierta huella en Birmania y empezaba a ser apreciado, accedieron a casi todas sus peticiones y le enviaron a un lugar que llamaremos Sutrain. Ocupaba la cima de varias colinas y se le llamaba, oficialmente, El Sanatorio, por la sencilla razón de que su sistema de alcantarillado estaba completamente abandonado. Georgie Porgie se estableció allí, con la sensación de que el matrimonio era algo muy natural. No vibraba de entusiasmo, como otros recién casados, ante el hecho novedoso y placentero de que su amada desayunase con él todas las mañanas como si fuera lo más normal del mundo.
«Había pasado antes por ello», como dicen los norteamericanos, y, cuando comparaba los méritos de Grace, su actual esposa, con los de Georgina, se sentía cada vez más convencido de que había obrado bien.
Pero no había paz ni consuelo al otro lado de la bahía de Bengala, bajo los árboles de teca donde Georgina vivía con su padre, esperando el regreso de Georgie Porgie. El cacique era viejo y recordaba la guerra de 1851. Había estado en Rangún y sabía algo de las costumbres de los kullahs. Sentado delante de su puerta por las noches, inculcaba a Georgina una adusta filosofía que no ofrecía el menor consuelo a la joven.
El problema era que ella amaba tanto a Georgie Porgie como la muchacha francesa de los libros de historia inglesa al sacerdote cuya cabeza destrozaron los matones del rey. Y un buen día desapareció de la aldea con todas las rupias que le había dado Georgie Porgie, y unas nociones mínimas de inglés... que también debía a éste.
El cacique se enfureció al principio, pero luego encendió un cigarro de hojas recién cogidas y dijo algo muy poco halagüeño sobre el sexo en general. Georgina había emprendido la búsqueda de Georgie Porgie, que, por lo que ella sabía, podía estar en Rangún, o al otro lado del Agua Negra, o muerto. Un viejo policía sij le contó que Georgie Porgie había atravesado el Agua Negra. Sacó un billete de tercera clase en Rangún y se dirigió a Calcuta, sin confesar a nadie su secreto.
En la India se perdió cualquier rastro de ella durante seis semanas, y nadie sabe cuán amargos debieron de ser sus sufrimientos. Volvió a aparecer cuatrocientas millas al norte de Calcuta, y siguió avanzando ininterrumpidamente hacia el norte, cansada y ojerosa, pero muy firme en su determinación de encontrar a Georgie Porgie. No entendía la lengua que hablaba la gente, pero la India es un país infinitamente caritativo, y las mujeres que encontró a lo largo del Grand Trunk le dieron comida.
Algo le hizo creer que hallaría a Georgie Porgie al final de aquella carretera despiadada. Es posible que viera a algún cipayo que lo hubiera conocido en Birmania, pero nadie lo sabe a ciencia cierta. Finalmente, dio con un regimiento que marchaba en formación y encontró en él a uno de los numerosos alféreces que Georgie Porgie había invitado a cenar aquellos lejanos días en que salían a cazar bandidos. Hubo ciertas bromas en el campamento cuando Georgina se arrojó a los pies del hombre y rompió a llorar. Pero la diversión se acabó en cuanto se enteraron de su historia; hicieron una colecta, y eso fue lo más importante. Uno de los alféreces conocía el paradero de Georgie Porgie, aunque no sabía nada de su matrimonio. De modo que se lo comunicó a Georgina y ésta prosiguió alegremente su camino hacia el norte, en un vagón de tren donde encontró reposo para sus pies fatigados y sombra para su cabecita cubierta de polvo. Los senderos que ascendían por las colinas desde la estación hasta Sutrain no eran fáciles, pero Georgina tenía dinero y las familias que viajaban en carros de bueyes le prestaron ayuda. Fue un viaje casi milagroso, y Georgina tuvo la seguridad de que los buenos espíritus birmanos velaban por ella. En el último trecho del camino que sube hasta Sutrain hace un frío glacial y Georgina cogió un fuerte resfriado. Pero Georgie Porgie se hallaba al final de todas aquellas dificultades para cogerla en sus brazos y acariciarla como hacía en los viejos tiempos cuando cerraban la empalizada por la noche y a él le había gustado la cena. Georgina siguió avanzando tan rápido como pudo; y sus buenos espíritus le concedieron un último favor.
Un inglés la detuvo, al anochecer, justo antes de entrar en Sutrain.
-¡Santo Cielo! -exclamó-. ¿Qué haces aquí?
Se trataba de Gillis, el ayudante de Georgie Porgie en el norte de Birmania, que ahora era su segundo en la jungla. Georgie Porgie había pedido que lo destinaran a Sutrain porque le tenía cariño.
-He venido -respondió Georgina sencillamente-. El camino era tan largo que he tardado meses en llegar. ¿Dónde está su casa?
Gillis carraspeó. Había convivido lo suficiente con Georgina en los viejos tiempos para saber que las explicaciones carecían de sentido. No puedes explicar las cosas a los orientales. Tienes que mostrárselas.
-Yo te llevaré -dijo Gillis.
Y condujo a Georgina por una pequeña cuesta junto al acantilado, hasta la parte trasera de una casa asentada en una plataforma en la ladera de la montaña.
Acababan de encender las lámparas, pero no habían corrido las cortinas.
-Y ahora, mira -exclamó Gillis, deteniéndose frente a la ventana del salón.
Georgina miró y vio a Georgie Porgie y a la Novia.
Se llevó la mano al cabello, que caía en desorden sobre su rostro, pues su moño se había deshecho. Intentó arreglarse el vestido harapiento, pero éste era imposible de alisar; y tosió de un modo extraño, pues lo cierto es que había cogido un catarro muy severo. Gillis también miró, pero, mientras Georgina apenas había contemplado a la Novia, y sólo parecía tener ojos para Georgie Porgie, Gillis era incapaz de apartar su mirada de la Novia.
-¿Qué vas a hacer? -preguntó Gillis, sujetando a Georgina por la muñeca para que no corriera inesperadamente hacia las luces-. ¿Entrarás en la casa para decirle a esa mujer inglesa que vivías con su marido?
-No -repuso Georgina débilmente-. Suéltame. Me marcho. Te juro que me marcho.
La joven logró soltarse y desapareció en la oscuridad.
-¡Pobre fierecilla! -murmuró Gillis, volviendo al camino principal-. Le habría dado algo para pudiera regresar a Birmania. ¡Georgie Porgie se ha librado de una buena! Y ese ángel no se lo habría perdonado jamás...
Esto parece probar que la devoción de Gillis no era sólo el reflejo de su cariño por Georgie Porgie.
Los Novios salieron a la veranda después de cenar, a fin de que el humo de los cigarros de Georgie Porgie no impregnara las cortinas nuevas del salón.
-¿Qué es ese ruido, allá abajo? -quiso saber la Novia
Los dos se detuvieron a escuchar.
-¡Oh! -exclamó Georgie Porgie-. Supongo que algún brutal nativo de las colinas ha estado pegando a su mujer.
-¿Pegando a... su... mujer? ¡Qué horrible! -dijo la Novia-. ¿Te imaginas? ¡Pegarme!
Pasó un brazo por la cintura de su marido y, apoyando la cabeza en su hombro, contempló el valle cubierto de nubes con una profunda sensación de alegría y seguridad.
Pero era Georgina quien lloraba, completamente sola, al pie de la ladera, entre las piedras del arroyo donde los hombres lavan la ropa.



viernes, 22 de julio de 2016

Los asesinos





La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.
-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.
-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?
-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.
Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.
-Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero.
-Todavía no está listo.
-¿Entonces para qué carajo lo pones en la carta?
-Esa es la cena -le explicó George-. Puede pedirse a partir de las seis.
George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador.
-Son las cinco.
-El reloj marca las cinco y veinte -dijo el segundo hombre.
-Adelanta veinte minutos.
-Bah, a la mierda con el reloj -exclamó el primero-. ¿Qué tienes para comer?
-Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches -dijo George-, jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado y tocineta, o un bisté.
-A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas.
-Esa es la cena.
-¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena?
-Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado...
-Jamón con huevos -dijo el que se llamaba Al. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.
-Dame tocineta con huevos -dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.
-¿Hay algo para tomar? -preguntó Al.
-Gaseosa de jengibre, cerveza sin alcohol y otras bebidas gaseosas -enumeró George.
-Dije si tienes algo para tomar.
-Sólo lo que nombré.
-Es un pueblo caluroso este, ¿no? -dijo el otro- ¿Cómo se llama?
-Summit.
-¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo.
-No -le contestó éste.
-¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al.
-Cenan -dijo su amigo-. Vienen acá y cenan de lo lindo.
-Así es -dijo George.
-¿Así que crees que así es? -Al le preguntó a George.
-Seguro.
-Así que eres un chico vivo, ¿no?
-Seguro -respondió George.
-Pues no lo eres -dijo el otro hombrecito-. ¿No es cierto, Al?
-Se quedó mudo -dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó-: ¿Cómo te llamas?
-Adams.
-Otro chico vivo -dijo Al-. ¿No es vivo, Max?
-El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max.
George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocineta con huevos, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina.
-¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al.
-¿No te acuerdas?
-Jamón con huevos.
-Todo un chico vivo -dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos. Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba.
-¿Qué miras? -dijo Max mirando a George.
-Nada.
-Cómo que nada. Me estabas mirando a mí.
-En una de esas lo hacía en broma, Max -intervino Al.
George se rió.
- no te rías -lo cortó Max-. No tienes nada de qué reírte, ¿entiendes?
-Está bien -dijo George.
-Así que piensas que está bien -Max miró a Al-. Piensa que está bien. Esa sí que está buena.
-Ah, piensa -dijo Al. Siguieron comiendo.
-¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max.
-Ey, chico vivo -llamó Max a Nick-, anda con tu amigo del otro lado del mostrador.
-¿Por? -preguntó Nick.
-Porque sí.
-Mejor pasa del otro lado, chico vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador.
-¿Qué se proponen? -preguntó George.
-Nada que te importe -respondió Al-. ¿Quién está en la cocina?
-El negro.
-¿El negro? ¿Cómo el negro?
-El negro que cocina.
-Dile que venga.
-¿Qué se proponen?
-Dile que venga.
-¿Dónde se creen que están?
-Sabemos muy bien dónde estamos -dijo el que se llamaba Max-. ¿Parecemos tontos acaso?
-Por lo que dices, parecería que sí -le dijo Al-. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George-: Escucha, dile al negro que venga acá.
-¿Qué le van a hacer?
-Nada. Piensa un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro?
George abrió la portezuela de la cocina y llamó:
-Sam, ven un minutito.
El negro abrió la puerta de la cocina y salió.
-¿Qué pasa? -preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador.
-Muy bien, negro -dijo Al-. Quédate ahí.
El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador:
-Sí, señor -dijo. Al bajó de su taburete.
-Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-. Vuelve a la cocina, negro. Tú también, chico vivo.
El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, el lugar había sido una taberna.
-Bueno, chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. ¿Por qué no dices algo?
-¿De qué se trata todo esto?
-Ey, Al -gritó Max-. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto.
-¿Por qué no le cuentas? -se oyó la voz de Al desde la cocina.
-¿De qué crees que se trata?
-No sé.
-¿Qué piensas?
Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo.
-No lo diría.
-Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa.
-Está bien, puedo oírte -dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos-. Escúchame, chico vivo -le dijo a George desde la cocina-, aléjate de la barra. Tú, Max, córrete un poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal.
-Dime, chico vivo -dijo Max-. ¿Qué piensas que va a pasar?
George no respondió.
-Yo te voy a contar -siguió Max-. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?
-Sí.
-Viene a comer todas las noches, ¿no?
-A veces.
-A las seis en punto, ¿no?
-Si viene.
-Ya sabemos, chico vivo -dijo Max-. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine?
-De vez en cuando.
-Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan vivo como tú, está bueno ir al cine.
-¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?
-Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio.
-Y nos va a ver una sola vez -dijo Al desde la cocina.
-¿Entonces por qué lo van a matar? -preguntó George.
-Lo hacemos para un amigo. Es un favor, chico vivo.
-Cállate -dijo Al desde la cocina-. Hablas demasiado.
-Bueno, tengo que divertir al chico vivo, ¿no, chico vivo?
-Hablas demasiado -dijo Al-. El negro y mi chico vivo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento.
-¿Tengo que suponer que estuviste en un convento?
-Uno nunca sabe.
-En un convento judío. Ahí estuviste tú.
George miró el reloj.
-Si viene alguien, dile que el cocinero salió. Si después de eso se queda, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, chico vivo?
-Sí -dijo George-. ¿Qué nos harán después?
-Depende -respondió Max-. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento.
George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de la calle se abrió y entró un conductor de tranvías.
-Hola, George -saludó-. ¿Me sirves la cena?
-Sam salió -dijo George-. Volverá en alrededor de una hora y media.
-Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte.
-Estuviste bien, chico vivo -le dijo Max-. Eres un verdadero caballero.
-Sabía que le volaría la cabeza -dijo Al desde la cocina.
-No -dijo Max-, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el chico vivo.
A las siete menos cinco George habló:
-Ya no viene.
Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón con huevos "para llevar", como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en las bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó. El cliente pagó y salió.
-El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico vivo.
-¿Sí? -dijo George- Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.
-Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max.
Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco.
-Vamos, Al -dijo Max-. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene.
-Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina.
En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.
-¿Por qué carajo no consigues otro cocinero? -lo increpó el hombre- ¿Acaso no es un restaurante esto? -luego se marchó.
-Vamos, Al -insistió Max.
-¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro?
-No va a haber problemas con ellos.
-¿Estás seguro?
-Sí, ya no tenemos nada que hacer acá.
-No me gusta nada -dijo Al-. Es imprudente, tú hablas demasiado.
-Uh, qué te pasa -replicó Max-. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?
-Igual hablas demasiado -insistió Al. Éste salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas.
-Adiós, chico vivo -le dijo a George-. La verdad es que tuviste suerte.
-Cierto -agregó Max-, deberías apostar en las carreras, chico vivo.
Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.
-No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-. No quiero que vuelva a pasarme.
Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en la boca.
-¿Qué carajo...? -dijo pretendiendo seguridad.
-Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer.
-¿A Ole Andreson?
-Sí, a él.
El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.
-¿Ya se fueron? -preguntó.
-Sí -respondió George-, ya se fueron.
-No me gusta -dijo el cocinero-. No me gusta para nada.
-Escucha -George se dirigió a Nick-. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson.
-Está bien.
-Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam, el cocinero-. No te conviene meterte.
-Si no quieres no vayas -dijo George.
-No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. Mantente al margen.
-Voy a ir a verlo -dijo Nick-. ¿Dónde vive?
El cocinero se alejó.
-Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer -dijo.
-Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick.
-Voy para allá.
Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada.
-¿Está Ole Andreson?
-¿Quieres verlo?
-Sí, si está.
Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta.
-¿Quién es?
-Alguien que viene a verlo, señor Andreson -respondió la mujer.
-Soy Nick Adams.
-Pasa.
Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick.
-¿Qué pasa? -preguntó.
-Estaba en el negocio de Henry -comenzó Nick-, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo.
Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.
-Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar.
Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.
-George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase.
-No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente.
-Le voy a decir cómo eran.
-No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme.
-No es nada.
Nick miró al grandote que yacía en la cama.
-¿No quiere que vaya a la policía?
-No -dijo Ole Andreson-. No sería buena idea.
-¿No hay nada que yo pueda hacer?
-No. No hay nada que hacer.
-Tal vez no lo dijeron en serio.
-No. Lo decían en serio.
Ole Andreson volteó hacia la pared.
-Lo que pasa -dijo hablándole a la pared- es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá.
-¿No podría escapar de la ciudad?
-No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto de escapar.
Seguía mirando a la pared.
-Ya no hay nada que hacer.
-¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?
-No. Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir.
-Mejor vuelvo adonde George -dijo Nick.
-Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Gracias por venir.
Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared.
-Estuvo todo el día en su cuarto -le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras-. No debe sentirse bien. Yo le dije: "Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este", pero no tenía ganas.
-No quiere salir.
-Qué pena que se sienta mal -dijo la mujer-. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías?
-Sí, ya sabía.
-Uno no se daría cuenta salvo por su cara -dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal-. Es tan amable.
-Bueno, buenas noches, señora Hirsch -saludó Nick.
-Yo no soy la señora Hirsch -dijo la mujer-. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la señora Bell.
-Bueno, buenas noches, señora Bell -dijo Nick.
-Buenas noches -dijo la mujer.
Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador.
-¿Viste a Ole?
-Sí -respondió Nick-. Está en su cuarto y no va a salir.
El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina.
-No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina.
-¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George.
-Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata.
-¿Qué va a hacer?
-Nada.
-Lo van a matar.
-Supongo que sí.
-Debe haberse metido en algún lío en Chicago.
-Supongo -dijo Nick.
-Es terrible.
-Horrible -dijo Nick.
Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador.
-Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick.
-Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan.
-Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick.
-Sí -dijo George-. Es lo mejor que puedes hacer.
-No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Es realmente horrible.
-Bueno -dijo George-. Mejor deja de pensar en eso.