sábado, 19 de marzo de 2016

El abrazo







Los dos cuerpos 
avanzan, después de romper el espejo 
intermedio, cada cuerpo reproduce 
el que está enfrente, comenzando 
a sudar como los espejos. 
Saben que hay un momento 
en que los pellizcará una sombra 
algo como el rocío, indetenible como el humo. 
La respiración desconocida 
de lo otro, del cielo que se inclina 
y parpadea, se rompe 
muy despacio esa cáscara de huevo. 

La mano puesta en el hombro de la mujer. 
Nace en ellos otro temblor, 
el invisible, el intocable, el que está ahí, 
grande como la casa, que es otro cuerpo 
que contiene y luego se precipita 
en un río invisible, intocable. 
Las piernas tiemblan, afanosas de llegar 
a la tierra descifrada, 
están ahora en el cuerpo sellado. 
Comienza apoyándose enteramente, 
un cuerpo oscuro que penetra 
en la otra luz 
que se va volviendo oscura 
y que es ella ahora la que comienza 
a penetrar. 
Lo oscuro húmedo que desciende 
en nuestro cuerpo. 
Tiemblan como la llama 
rodeada de un oscilante cuerpo oscuro. 
La penetración en lo oscuro, 
pero el punto de apoyo es ligeramente incandescente, 
después luminoso 
como los ojos acabados de nacer, 
cuando comienzan su victoriosa aprobación. 

La mano no está ya en el otro hombro. 
Se establece otro puente 
que respaldan los cuerpos penetrantes. 
Ya los dos cuerpos desaparecen, 
es la gran nebulosa oscura 
que apuntala su aspa de molino. 
Los dos cuerpos giran 
en la rueda de volantes chispas. 
Como después de una lenta y larga nadada, 
reaparecen los cabellos llenos de tritones. 
Miramos hacia atrás separando el oleaje 
Y aparece el desierto con alfombras y dátiles. 

Los dos cuerpos desparecen 
en un punto que abre su boca. 
Lo húmedo, lo blando, 
la esponja infinitamente extensiva, 
responden en la puerta, 
abrillantada con ungüentos 
de potros matinales 
y luces de faisanes con los ojos apenas recordados. 

El dolmen que regala los dones 
en la puerta aceitada, 
suena silenciosamente su madera vieja. 
Los dos cuerpos desaparecen 
y se unen en el borde de una nube. 
La manta, la lechuza marina, 
seca el sudor estrellado 
que los cuerpos exhalan en la crucifixión. 
El árbol y el falo 
no conocen la resurrección, 
nacen y decrecen con la media luna 
y el incendio del azufre solar. 
Los dos cuerpos ceñidos, 
el rabo del canguro 
y la serpiente marina, 
se enredan y crujen en el casquete boreal.


CUERPO DESNUDO
Cuerpo desnudo en la barca. 
Pez duerme junto al desnudo 
que huido del cuerpo vierte 
un nuevo punto plateado. 

Entre el boscaje y el punto 
estática barca exhala. 
Tiembla en mi cuello la brisa 
y el ave se evaporaba. 

El imán entre las hojas 
teje una doble corona. 
Sólo una rama caída 

ilesa la barca escoge 
el árbol que rememora 
sueño de sierpe a la sombra.





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