sábado, 30 de enero de 2016

Cuando la idea del yo se aleja



De lo que va adelante
y de lo que sigue atrás,
de lo que dura y de lo que cae,
me deshago,
abandonado quedo
del fuerte soplo,
del suave viento,
y quieto, las espaldas
vueltas las manos hacia arriba,
apoyo en el suelo,
corazón
abjurando de armas, faltas,
de oraciones donde borrar las faltas,
blando organismo, entidad
que ignora cómo decir: “Yo soy”
y en la enfermedad y la muerte,
vejez y nacimiento,
ya no encontrarán lugar,
como no lo encontraría el tigre
para meter su garra,
el rinoceronte el cuerno,
la espada su filo.

Antes hacía, ahora comprendo.




viernes, 29 de enero de 2016

Dans un pays d’enfance




Dans un pays d’enfance retrouvée en larmes,
Dans une ville de battements de cœurs morts,
(De battements d’essor tout un berceur vacarme,
De battements d’ailes des oiseaux de la mort,
De clapotis d’ailes noires sur l’eau de mort).
Dans un passé hors du temps, malade de charme,
Les chers yeux de deuil de l’amour brûlent encore
D’un doux feu de minéral roux, d’un triste charme ;
Dans un pays d’enfance retrouvée en larmes…
—Mais le jour pleut sur le vide de tout.
Pourquoi m’as-tu souri dans la vieille lumière
Et pourquoi, et comment m’avez-vous reconnu
Etrange fille aux archangéliques paupières,
Aux riantes, bleuies, soupirantes paupières,
Lierre de nuit d’été sur la lune des pierres ;
Et pourquoi et comment, n’ayant jamais connu
Ni mon visage, ni mon deuil, ni la misère
Des jours, m’as-tu si soudainement reconnu
Tiède, musicale, brumeuse, pâle, chère,
Pour qui mourir dans la nuit grande de tes paupières ?
—Mais le jour pleut sur le vide de tout.
Quels mots, quelles musiques terriblement vieilles
Frissonnent en moi de ta présence irréelle,
Sombre colombe des jours loin, tiède, belle,
Quelles musiques en écho dans le sommeil ?
Sous quels feuillages de solitude très vieille,
Dans quel silence, quelle mélodie ou quelle
Voix d’enfant malade vous retrouver, ô belle,
O chaste, ô musique entendue dans le sommeil ?
—Mais le jour pleut sur le vide de tout.



jueves, 28 de enero de 2016

Todo esto por amor



Derriban gigantes de los bosques para hacer un durmiente,
derriban los instintos como flores,
deseos como estrellas
para hacer sólo un hombre con su estigma de hombre.

Que derriben también imperios de una noche,
monarquías de un beso,
no significa nada;
que derriben los ojos, que derriben las manos como estatuas vacías.

Mas este amor cerrado por ver sólo su forma,
su forma entre las brumas escarlata,
quiere imponer la vida, como otoño ascendiendo tantas hojas
hacia el último cielo,
donde estrellas
sus labios dan otras estrellas,
donde mis ojos, estos ojos,
se despiertan en otro.




miércoles, 27 de enero de 2016

El viento y el alma


Con tal vehemencia el viento
viene del mar, que sus sones
elementales contagian
el silencio de la noche.

Solo en tu cama le escuchas
insistente en los cristales
tocar, llorando y llamando
como perdido sin nadie.

Mas no es él quien en desvelo
te tiene, sino otra fuerza
de que tu cuerpo es hoy cárcel,
fue viento libre, y recuerda.




martes, 26 de enero de 2016

La vida solitaria-Canto XVI




La lluvia matinal, cuando las alas
batiendo, salta alegre la gallina
en la cerrada estancia, y el labriego
sale al balcón, y la naciente aurora
vibra su rayo trémulo, esmaltando
las transparentes gotas, en mi albergue
dulcemente llamando, me despierta.
Salgo, y la leve nubecilla, el canto
primero de las aves, la aura grata
y de las playas la quietud bendigo.
Harto os he conocido, infaustos muros
de la ciudad, en donde el odio sigue
y acompaña al dolor: ¡que en la desgracia
vivo y he de morir, quizás en breve!
Un resto de piedad tienes, Natura,
para mí en estos sitios ¡ay! un tiempo
más compasivos a mi mal. Tú apartas
del triste la mirada, y desdeñando
los dolores y afanes, a la reina
Felicidad te humillas. El que sufre
no halla en cielo ni tierra amiga mano,
ni otro refugio encontrará que el hierro.

Tal vez me asiento en solitaria parte,
sobre una altura que domina un lago
coronado de plantas taciturnas;
allí, cuando al cenit radiante asciende
el sol, refleja su tranquila imagen,
y ni hoja o yerba se conmueve al viento;
no se ve ni se siente a la redonda
encresparse las olas; ni su canto
entonar la cigarra; ni las plumas
el pájaro agitar entre las hojas,
o retozar la mariposa leve.
Calma profunda envuelve aquella orilla,
donde yo, inmóvil, reposando, casi
del mundo odioso y de mi ser me olvido;
y pienso que mis miembros se desatan,
que se extingue el sentir y que mi antigua
calma con la del sitio se confunde.

¡Amor, amor! ha tiempo abandonaste
este mi corazón, que antes ardía
hasta abrasar. Con su aterida mano
oprimióle el pesar, y en duro hielo
en la flor de mis años, convirtióse.
Acuérdome del tiempo en que viniste
a habitar en mi pecho. Era aquel dulce
e irrevocable tiempo, cuando se abre
al ojo juvenil la triste escena
del mundo, cual soñado paraíso.
El tierno corazón ledo palpita
de virgen esperanza y de deseos,
y se lanza a la acción, como pudiera
al juego y a la danza. Mas tan pronto
como pude entreverte, la Fortuna
mi existencia rompió, y a mis pupilas
tocó por suerte sempiterno lloro.
Si alguna vez por los abiertos campos
en la callada aurora, o cuando brillan,
al sol techos, collados y llanuras
miro de hermosa jovenzuela el rostro;
si alguna vez, en la serena calma
de estiva noche, el paso vagabundo,
de la ciudad en derredor guiando,
la hosca tierra contemplo, y de afanosa
niña, que activa nocturnal faena,
oigo sonar en la apartada estancia
el canto melodioso, se conmueve
mi corazón de piedra; pero torna
pronto el férreo sopor, que es ¡ay! extraña
toda suave emoción al pecho mío.

Oh cara luna a cuya luz tranquila
danzan las liebres en el bosque, dando
enojo al cazador, que a la mañana
halla intrincadas las falaces huellas
que del cubil lo alejan: ¡salve, oh reina
benigna de las noches! Importuno
entra tu rayo por selvosos riscos
o en ruinoso edificio, iluminando
el puñal del ladrón, que escucha atento
fragor de ruedas y de cascos duros
y rumor de pisadas en la vía,
y saliendo de pronto, con estruendo
de armas y roncas voces, y el ceñudo
aspecto, hiela al tímido viandante
a quien desnudo y semivivo, deja
entre las piedras. Importuno baja
también tu blanco rayo a las ciudades
sobre el vil corruptor que se desliza
de los muros al pie, y en las espesas
sombras se oculta, y párase y se asusta
de la luz que difunden los abiertos
balcones. Importuno a los malvados,
a mí siempre benigno, tu semblante
aquí será, do sólo me descubres
risueñas cuestas y espaciosos campos.
En otro tiempo, lleno de inocencia,
tus bellos rayos acusar solía,
cuando me denunciaban de los hombres
a la mirada, en la ciudad, o cuando
ver me dejaban el humano aspecto.
Ora celebrarélos, ya te mire
envolverte entre nubes, ya serena
dominadora del etéreo campo,
esta morada mísera contemples.
A menudo verásme, solo y mudo,
errar por bosques y por verdes ribas,
o yacer en la yerba, satisfecho,
si aún el poder de suspirar me queda.


    

lunes, 25 de enero de 2016

Me envejece



Me envejece el traje, se me arruga de repente el gesto.
Quién sabe qué dioses andan por arriba tirándome los dados,
entre noches, escapándole
al tormento del sí, eternamente,
y al goce del no, ahoramente.

Una sombra suele, frágil, subir por las paredes,
unos cóncavos, mordidos sucederes, lo que fue y no se supo,
lo que estuvo a medias hecho en el día que no usé,
en el tiempo que no acaba de ser tiempo
y quiere ser minuto o siglo a toda costa.

Me envejece la pestaña, el ojo, la esperanza,
esta uña al final que no rasga ya ni una,
el botón que no abrocha y el zapato que no calza.

El aire me envejece, la mañana de anteayer,
la curva monda de la fruta,
el mar con su acecho irresistible.
Se me va haciendo tarde,
ya siempre se va siendo nunca.

Pero empiezo,
empiezo de nuevo a creer,
que estoy viviendo:
con toda el alma,
vuelvo a equivocarme.




domingo, 24 de enero de 2016

Trouville




El oceano, como la esmeralda,
tiene imperfecciones,
pero la bañista embelesada
adora las joyas falsas



sábado, 23 de enero de 2016

El fabricante de ataúdes





¿No vemos cada día ataúdes, 
del mundo canas de decrepitud? 
DERZHAVIN 



Los últimos enseres del fabricante de ataúdes Adrián Prójorov se cargaron sobre el coche fúnebre, y la pareja de rocines se arrastró por cuarta vez de la Basmánnaya a la Nikítinskaya, calle a la que el fabricante se trasladaba con todos los suyos. Tras cerrar la tienda, clavó a la puerta un letrero en el que se anunciaba que la casa se vendía o arrendaba, y se dirigió a pie al nuevo domicilio. Cerca ya de la casita amarilla, que desde hacía tanto había tentado su imaginación y que por fin había comprado por una respetable suma, el viejo artesano sintió con sorpresa que no había alegría en su corazón.
Al atravesar el desconocido umbral y ver el alboroto que reinaba en su nueva morada, suspiró recordando su vieja casucha donde a lo largo de dieciocho años todo se había regido por el más estricto orden; comenzó a regañar a sus dos hijas y a la sirvienta por su parsimonia, y él mismo se puso a ayudarlas.
Pronto todo estuvo en su lugar: el rincón de las imágenes con los iconos, el armario con la vajilla; la mesa, el sofá y la cama ocuparon los rincones que él les había destinado en la habitación trasera; en la cocina y el salón se pusieron los artículos del dueño de la casa: ataúdes de todos los colores y tamaños, así como armarios con sombreros, mantones y antorchas funerarias. Sobre el portón se elevó un anuncio que representaba a un corpulento Eros con una antorcha invertida en una mano, con la inscripción: «Aquí se venden y se tapizan ataúdes sencillos y pintados, se alquilan y se reparan los viejos.» Las muchachas se retiraron a su salita. Adrián recorrió su vivienda, se sentó junto a una ventana y mandó que prepararan el "samovar".
 
El lector versado sabe bien que tanto Shakespeare como Walter Scott han mostrado a sus sepultureros como personas alegres y dadas a la broma, para así, con el contraste, sorprender nuestra imaginación. Pero en nuestro caso, por respeto a la verdad, no podemos seguir su ejemplo y nos vemos obligados a reconocer que el carácter de nuestro fabricante de ataúdes casaba por entero con su lúgubre oficio. Adrián Prójorov por lo general tenía un aire sombrío y pensativo. Sólo rompía su silencio para regañar a sus hijas cuando las encontraba de brazos cruzados mirando a los transeúntes por la ventana, o bien para pedir una suma exagerada por sus obras a los que tenían la desgracia (o la suerte, a veces) de necesitarlas.
De modo que Adrián, sentado junto a la ventana y tomándose la séptima taza de té, se hallaba sumido como de costumbre en sus tristes reflexiones. Pensaba en el aguacero que una semana atrás había sorprendido justo a las puertas de la ciudad al entierro de un brigadier retirado. Por culpa de la lluvia muchos mantos se habían encogido, y torcido muchos sombreros. Los gastos se preveían inevitables, pues las viejas reservas de prendas funerarias se le estaban quedando en un estado lamentable. Confiaba en resarcirse de las pérdidas con la vieja comerciante Triújina, que estaba al borde de la muerte desde hacía cerca de un año. Pero Triújina se estaba muriendo en Razguliái, y Prójorov temía que sus herederos, a pesar de su promesa, se ahorraran el esfuerzo de mandar a por él hasta tan lejos y se las arreglaran con la funeraria más cercana.
Estas reflexiones se vieron casualmente interrumpidas por tres golpes francmasones  en la puerta.
-¿Quién hay? -preguntó Adrián.
La puerta se abrió y un hombre en quien a primera vista se podía reconocer a un alemán artesano entró en la habitación y con aspecto alegre se acercó al fabricante de ataúdes.
-Excúseme, amable vecino-dijo aquel con un acento que hasta hoy no podemos oír sin echarnos a reír-, perdone que le moleste... Quería saludarlo cuanto antes. Soy zapatero, me llamo Gotlib Schultz, y vivo al otro lado de la calle, en la casa que está frente a sus ventanas. Mañana celebro mis bodas de plata y le ruego que usted y sus hijas vengan a comer a mi casa como buenos amigos.
La invitación fue aceptada con benevolencia. El dueño de la casa rogó al zapatero que se sentara y tomara con él una taza de té, y gracias al natural abierto de Gotlib Schultz, al poco se pusieron a charlar amistosamente.
-¿Cómo le va el negocio a su merced ?-preguntó Adrián.
-He-he-he-contestó Schultz-, ni mal ni bien. No puedo quejarme. Aunque, claro está, mi mercancía no es como la suya: un vivo puede pasarse sin botas, pero un muerto no puede vivir sin su ataúd.
-Tan cierto como hay Dios-observó Adrián-. Y, sin embargo, si un vivo no tiene con qué comprarse unas botas, mal que le pese, seguirá andando descalzo; en cambio, un difunto pordiosero, aunque sea de balde, se llevará su ataúd.
Así prosiguió cierto rato la charla entre ambos; al fin el zapatero se levantó y antes de despedirse del fabricante de ataúdes, le renovó su invitación.
Al día siguiente, justo a las doce, el fabricante de ataúdes y sus hijas salieron de su casa recién comprada y se dirigieron a la de su vecino. No voy a describir ni el caftán ruso de Adrián Prójorov, ni los atavíos europeos de Akulina y Daria, apartándome en este caso de la costumbre adoptada por los novelistas actuales. No me parece, sin embargo, superfluo señalar que ambas muchachas llevaban sombreritos amarillos y zapatos rojos, algo que sucedía sólo en ocasiones solemnes.
La estrecha vivienda del zapatero estaba repleta de invitados, en su mayoría alemanes artesanos con sus esposas y sus oficiales. Entre los funcionarios rusos se encontraba un guardia de garita, el finés Yurko, que, a pesar de su humilde grado, había sabido ganarse la especial benevolencia del dueño.
Había servido en este cargo de cuerpo y alma durante veinticinco años, como el cartero de Pogorelski. El incendio del año doce que destruyó la primera capital de Rusia, devoró también la garita amarilla del guardia. Pero tan pronto como fue expulsado el enemigo, en el lugar de la garita apareció una nueva, de color grisáceo, con blancas columnillas de estilo dórico, y Yurko volvió a ir y venir junto a ella con «su seguro y su coraza de arpillera». Lo conocían casi todos los alemanes que vivían cerca de la Puerta Nikitínskie , y algunos de ellos incluso habían pasado en la garita de Yurko alguna noche del domingo al lunes.
Adrián en seguida trabó relación con él, pues era persona a la que tarde o temprano podría necesitar, y en cuanto los convidados se dirigieron a la mesa, se sentaron juntos.
El señor y la señora Schultz y su hija Lotchen, una muchacha de diecisiete años, reunidos con los comensales, atendían juntos a los invitados y ayudaban a servir a la cocinera. La cerveza corría sin parar. Yurko comía por cuatro: Adrián no se quedaba atrás; sus hijas hacían remilgos; la conversación en alemán se hacía por momentos más ruidosa. De pronto, el dueño reclamó la atención de los presentes y, tras descorchar una botella lacrada, pronunció en voz alta en ruso:
-¡A la salud de mi buena Luise!
Brotó la espuma del vino achampañado. El anfitrión besó tiernamente la cara fresca de su cuarentona compañera, y los convidados bebieron ruidosamente a la salud de la buena Luise.
-¡A la salud de mis amables invitados! -proclamó el anfitrión descorchando la segunda botella.
Y los convidados se lo agradecieron vaciando de nuevo sus copas. Y uno tras otro siguieron los brindis: bebieron a la salud de cada uno de los invitados por separado, bebieron a la salud de Moscú y de una docena entera de ciudades alemanas, bebieron a la salud de todos los talleres en general y de cada uno en particular, bebieron a la salud de los maestros y de los oficiales. Adrián bebía con tesón, y se animó hasta tal punto que llegó a proponer un brindis ocurrente. De pronto uno de los invitados, un gordo panadero, levantó la copa y exclamó:
-¡A la salud de aquellos para quienes trabajamos, "unserer Kundleute"!  
La propuesta, como todas, fue recibida con alegría y de manera unánime. Los convidados comenzaron a hacerse reverencias los unos a los otros: el sastre al zapatero, el zapatero al sastre, el panadero a ambos, todos al panadero, etcétera. Yurko, en medio de tales reverencias recíprocas, gritó dirigiéndose a su vecino:
-¿Y tú? ¡Hombre, brinda a la salud de tus muertos!
Todos se echaron a reír, pero el fabricante de ataúdes se sintió ofendido y frunció el ceño. Nadie lo había notado, los convidados siguieron bebiendo, y ya tocaban a vísperas cuando empezaron a levantarse de la mesa.
Los convidados se marcharon tarde y la mayoría achispados. El gordo panadero y el encuadernador, cuya cara parecía envuelta en encarnado codobán, llevaron del brazo a Yurko a su garita, observando en esta ocasión el proverbio ruso: «Hoy por tí, mañana por mí.» El fabricante de ataúdes llegó a casa borracho y de mal humor.
-Porque, vamos a ver -reflexionaba en voz alta-; ¿en qué es menos honesto mi oficio que el de los demás? ¡Ni que fuera yo hermano del verdugo! Y ¿de qué se ríen estos herejes? ¿O tengo yo algo de payaso de feria? Tenía ganas de invitarlos para remojar mi nueva casa, de darles un banquete por todo lo alto, ¿pero ahora?, ¡ni pensarlo! En cambio voy a llamar a aquellos para los que trabajo: a mis buenos muertos.
-¿Qué dices, hombre? -preguntó la sirvienta que en aquel momento lo estaba descalzando-. ¡Qué tonterías dices? ¡Santíguate! ¡Convidar a los muertos! ¿A quién se le ocurre?
-¡Como hay Dios que lo hago! -prosiguió Adrián-. Y mañana mismo. Mis buenos muertos, les ruego que mañana por la noche vengan a mi casa a celebrarlo, que he de agasajarles con lo mejor que tenga...
Tras estas palabras el fabricante de ataúdes se dirigió a la cama y no tardó en ponerse a roncar.
En la calle aún estaba oscuro cuando vinieron a despertarlo. La mercadera Triújina había fallecido aquella misma noche y un mensajero de su administrador había llegado a caballo para darle la noticia. El fabricante de ataúdes le dio por ello una moneda de diez kopeks para vodka, se vistió de prisa, tomó un coche y se dirigió a Razguliái.
Junto a la puerta de la casa de la difunta ya estaba la policía y, como los cuervos cuando huelen la carne muerta, deambulaban otros mercaderes. La difunta yacía sobre la mesa, amarilla como la cera, pero aún no deformada por la descomposición. A su alrededor se agolpaban parientes, vecinos y criados. Todas las ventanas estaban abiertas, las velas ardían, los sacerdotes rezaban.
Adrián se acercó al sobrino de Triújina, un joven mercader con una levita a la moda, y le informó que el féretro, las velas, el sudario y demás accesorios fúnebres llegarían al instante y en perfecto estado. El heredero le dio distraído las gracias, le dijo que no iba a regatearle el precio y que se encomendaba en todo a su honesto proceder. El fabricante, como de costumbre, juró que no le cobraría más que lo justo y, tras intercambiar una mirada significativa con el administrador, fue a disponerlo todo.
Se pasó el día entero yendo de Razguliái a la Puerta Nikítinskie y de vuelta: hacia la tarde lo tuvo listo todo y, dejando libre a su cochero, se marchó andando para su casa.
Era una noche de luna. El fabricante de ataúdes llegó felizmente hasta la Puerta Nikítinskie. Junto a la iglesia de la Ascensión le dio el alto nuestro conocido Yurko que, al reconocerlo, le deseó las buenas noches. Era tarde. El fabricante de ataúdes ya se acercaba a su casa, cuando de pronto le pareció que alguien llegaba a su puerta, la abría y desaparecía tras ella.
«¿Qué significará esto?-pensó Adrián-. ¿Quién más me necesitará? ¿No será un ladrón que se ha metido en casa? ¿O es algún amante que viene a ver a las bobas de mis hijas? ¡Lo que faltaba!»
Y el constructor de ataúdes se disponía ya a llamar en su ayuda a su amigo Yurko, cuando alguien que se acercaba a la valla y se disponía a entrar en la casa, al ver al dueño que corría hacia él, se detuvo y se quitó de la cabeza un sombrero de tres picos. A Adrián le pareció reconocer aquella cara, pero con las prisas no tuvo tiempo de observarlo como es debido.
-¿Viene usted a mi casa? -dijo jadeante Adrián-, pase, tenga la bondad.
-¡Nada de cumplidos, hombre! -contestó el otro con voz sorda-. ¡Pasa delante y enseña a los invitados el camino!
Adrián tampoco tuvo tiempo para andarse con cumplidos. La portezuela de la verja estaba abierta, se dirigió hacia la escalera, y el otro le siguió. Le pareció que por las habitaciones andaba gente. «¡¿Qué diablos pasa?!», pensó.
Se dio prisa en entrar... y entonces se le doblaron las rodillas. La sala estaba llena de difuntos. La luna a través de la ventana iluminaba sus rostros amarillentos y azulados, las bocas hundidas, los ojos turbios y entreabiertos y las afiladas narices... Adrián reconoció horrorizado en ellos a las personas enterradas gracias a sus servicios, y en el huésped que había llegado con él, al brigadier enterrado durante aquel aguacero.
Todos, damas y caballeros, rodearon al fabricante de ataúdes entre reverencias y saludos; salvo uno de ellos, un pordiosero al que había dado sepultura de balde hacía poco. El difunto, cohibido y avergonzado de sus harapos, no se acercaba y se mantenía humildemente en un rincón. Todos los demás iban vestidos decorosamente: las difuntas con sus cofias y lazos, los funcionarios fallecidos, con levita, aunque con la barba sin afeitar, y los mercaderes con caftanes de día de fiesta.
-Ya lo ves, Prójorov-dijo el brigadier en nombre de toda la respetable compañía-, todos nos hemos levantado en respuesta a tu invitación; sólo se han quedado en casa los que no podían hacerlo, los que se han desmoronado ya del todo y aquellos a los que no les queda ni la piel, sólo los huesos; pero incluso entre ellos uno no lo ha podido resistir, tantas ganas tenía de venir a verte.
En este momento un pequeño esqueleto se abrió paso entre la muchedumbre y se acercó a Adrián. Su cráneo sonreía dulcemente al fabricante de ataúdes. Jirones de paño verde claro y rojo y de lienzo apolillado colgaban sobre él aquí y allá como sobre una vara, y los huesos de los pies repicaban en unas grandes botas como las manos en los morteros.
-No me has reconocido, Prójorov -dijo el esqueleto-. ¿Recuerdas al sargento retirado de la Guardia Piotr Petróvich Kurilkin, el mismo al que en el año 1799 vendiste tu primer ataúd, y además de pino en lugar del de roble?
Dichas estas palabras, el muerto le abrió sus brazos de hueso, pero Adrián, reuniendo todas sus fuerzas, lanzó un grito y le dio un empujón. Piotr Petróvich se tambaleó, cayó y todo él se derrumbó. Entre los difuntos se levantó un rumor de indignación: todos salieron en defensa del honor de su compañero y se lanzaron sobre Adrián entre insultos y amenazas. El pobre dueño, ensordecido por los gritos y casi aplastado, perdió la presencia de ánimo y, cayendo sobre los huesos del sargento retirado, se desmayó.
El sol hacía horas que iluminaba la cama en la que estaba acostado el fabricante de ataúdes. Éste por fin abrió los ojos y vio delante suyo a la criada que atizaba el fuego del samovar. Adrián recordó lleno de horror los sucesos del día anterior. Triújina, el brigadier y el sargento Kurilkin aparecieron confusos en su mente. Adrián esperaba en silencio que la criada le dirigiera la palabra y le refiriese las consecuencias del episodio nocturno.
-Se te han pegado las sábanas, Adrián Prójorovich-dijo Aksinia acercándole la bata-. Te ha venido a ver tu vecino el sastre, y el de la garita ha pasado para avisarte que es el santo del comisario. Pero tú has tenido a bien seguir durmiendo y no hemos querido despertarte.
-¿Y de la difunta Triújina no ha venido nadie?
-¿Difunta? ¿Es que se ha muerto?
-¡Serás estúpida! ¿O no fuiste tú quien ayer me ayudó a preparar su entierro?
-¿Qué dices, hombre? ¿Te has vuelto loco, o es que aún no se te ha pasado la resaca? ¿Ayer qué entierro hubo? Si te pasaste todo el día de jarana en casa del alemán, volviste borracho, caíste redondo en la cama y has dormido hasta la hora que es, que ya han tocado a misa.
-¡No me digas! -exclamó con alegría el fabricante de ataúdes.
-Como lo oyes-contestó la sirvienta.
-Pues si es así, trae en seguida el té y ve a llamar a mis hijas.



viernes, 22 de enero de 2016

Si soy en vano ahora lo que fui...




Si soy en vano ahora lo que fui,
como la blanda y persistente arena
donde se borra el paso que la ordena,
no he sufrido bastante, amor, por ti.

Ah, si me hubieras dado sólo pena
y no la infiel intrépida alegría
tu crueldad no me lastimaría,
no podría apresarme tu cadena.

Quiero amarte y no amarte como te amo;
ser tan impersonal como las rosas;
como el árbol con ramas luminosas

no exigir nunca dichas que hoy reclamo;
alejarme, perderme, abandonarte,
con mi infidelidad recuperarte.




Por el hombre que está en la pista





-¡Échalo de una vez!
-Óyeme, Kid. Esto va a resultar demasiado fuerte. La mezcla del whisky y el alcohol ya es bastante explosiva. Y si además le añades coñac, pimienta y...
-¡Te digo que lo eches! ¿No soy yo el autor de este ponche? ¡Pues obedece!
Dicho esto, Malemute Kid sonrió bondadosamente en la atmósfera saturada de vapores y añadió:
-Cuando lleves tanto tiempo como yo en este país, hijito, y hayas tenido que seguir los rastros de los conejos, y que comer tripas de salmón para no morirte de hambre, sabrás que la Navidad sólo se celebra una vez al año, y que una Navidad sin ponche es algo tan triste como abrir un pozo en la roca viva sin encontrar un filón que recompense el duro trabajo.
-Haz lo que te dicen -intervino Big Jim Belden, que había llegado de Mazy May, su propiedad ya denunciada, para pasar con Malemute Kid las Navidades.
Todos sabían que Big se había alimentado de carne de alce durante los dos últimos meses.
-¿Te acuerdas -preguntó- del ponche que preparamos en el Tanana?
-¡Claro que me acuerdo! No se pueden imaginar, muchachos, la pítima que cogieron los tananas. Total, por un simple fermento de azúcar y levadura. Esto fue antes de que tú vinieses -continuó Malemute Kid, dirigiéndose a Stanley Prince, un joven que llevaba dos años en el país y era experto en cuestiones mineras-. En aquel entonces aún no había mujeres blancas en la región, y Mason quería casarse. El padre de Ruth, jefe de los tananas, se oponía a la boda, como los restantes miembros de la tribu... ¿Que era fuerte el brebaje? Pues le eché la última libra de azúcar que me quedaba; es de lo mejorcito que he hecho en mi vida... Fue cosa de ver la persecución río abajo y por los trechos en que había que pasar las canoas a hombros.
-¿Pero, y la squaw? -preguntó Louis Savoy, un francocanadiense de gran estatura, al que aquello interesaba, pues había oído hablar de la loca aventura cuando se hallaba en Forty Mile el invierno anterior.
Entonces, Malemute Kid, que era un narrador nato, refirió simplemente la historia del Lochinvar de las tierras del Norte. Más de un curtido aventurero de aquellas regiones sintió vibrar las cuerdas de su corazón y experimentó una vaga añoranza de los soleados pastos de las tierras del Sur, donde la vida prometía algo más que una estéril lucha con el frío y la muerte.
-Llegamos al Yukon pisando los talones a los primeros hielos que bajaban por sus aguas -concluyó-, y con los tatanas a nuestra espalda sólo a un cuarto de hora de camino. Pero nos salvamos, porque la segunda avenida de hielos obturó el río y contuvo a nuestros perseguidores. Cuando, finalmente, consiguieron llegar a Nuklukyeto, todas las fuerzas del puesto los esperaban. En cuanto a la ceremonia, pregunten al padre Roubeau, aquí presente, pues corrió a su cargo.
El jesuita se quitó la pipa de los labios, pero sólo pudo manifestar su complacencia con sonrisas patriarcales, mientras protestantes y católicos le aplaudían con el mismo entusiasmo.
-¡Vaya, vaya! -exclamó Louis Savoy, impresionado al parecer por aquel hecho novelesco-. La petite squaw; mon Mason brave . ¡Vaya, vaya!
Entonces empezaron a pasar de mano en mano las tazas de latón llenas de ponche, y Bettles, el «Insaciable», se puso en pie de un salto para entonar su canción báquica favorita:


Henry Ward Beecher allí está 
y el maestro con él se va, 
todos beben raíz del sasafrás; 
pero puedes apostar, 
si su nombre le has de dar, 
que es el fruto prohibido y nada más.

El coro de alegres bebedores rugió:

Pero puedes apostar, 
si su nombre le has de dar, 
que es el fruto prohibido y nada más.


El espantoso brebaje preparado por Malemute Kid surtió su efecto. Los hombres de los campamentos y de las pistas sintieron que se les ensanchaba el alma a su calor, y en torno a la mesa surgieron chanzas, canciones y relatos de antiguas aventuras. A pesar de que había allí extranjeros procedentes de una docena de naciones distintas, todos levantaban la copa para brindar sucesivamente por cada uno de ellos y por todos. Fue Prince, el inglés, quien propuso un brindis por el «Tío Sam, el niño precoz del Nuevo Mundo»; a cambio, el yanqui Bettles bebió en honor de «la Reina, que Dios bendiga»; y Savoy chocó su copa con la de Meyers, el comerciante alemán, para brindar por Alsacia y Lorena.
Entonces se levantó Malemute Kid con la copa en la mano y su mirada se posó en la ventana de papel encerado, cubierta de más de siete centímetros de hielo.
-Por aquel que esta noche se halla en la pista... Que no le falte la comida, que no flaqueen las patas de sus perros, que sus cerillas no fallen...
En esto oyeron el familiar restallado del látigo canino, el quejumbroso ulular de los malemutes y los crujidos de un trineo que se acercaba a la cabaña. La conversación languideció. Todos estaban a la expectativa.
-Es un veterano: se cuida antes de sus perros que de sí mismo -susurró Malemute Kid al oído de Prince, mientras captaban los chasquidos de mandíbulas, los gruñidos de lobo y los aullidos de dolor que indicaban a sus diestros oídos que el forastero apartaba a golpes a los otros perros mientras echaba de comer a los suyos.
Entonces oyeron que unos nudillos golpeaban la puerta enérgica y confiadamente, y el forastero entró. Deslumbrado por la luz, vaciló y permaneció un momento en el umbral, lo cual permitió que todos lo examinasen a placer. Era un hombre de aspecto singular y pintoresco, vestido con un traje ártico de lana y pieles. Su estatura, sencillamente impresionante, pues rayaba en los dos metros, estaba en proporción con la anchura de su pecho y de sus hombros. Iba perfectamente rasurado, y su tez aparecía tersa y sonrosada a causa del frío. Sus largas pestañas y sus tupidas cejas estaban blancas de escarcha, y llevaba levantadas las orejeras de su gran gorro de piel de lobo, que alcanzaban a cubrirle también el cuello. Parecía algo así como un rey de los hielos que acabase de surgir de las sombras de la noche. Llevaba un chaquetón de Mackinaw ceñido por un cinturón guarnecido de cuentas y del que pendían dos grandes revólveres Colt y un cuchillo de caza. Además de empuñar el látigo especial para perros, iba armado con un rifle, del mayor calibre y del tipo más reciente, de los que disparan sin producir humo. A pesar de su paso firme y elástico, todos advirtieron, al verle de cerca, que estaba rendido de fatiga.
Reinaba un embarazoso silencio que el recién llegado no tardó en romper con un cordial saludo.
-Nos divertimos, ¿eh, muchachos?
Estas palabras rompieron el hielo. Malemute Kid se levantó y fue a estrecharle la mano. Aunque no se conocían más que de oídas, los dos supieron inmediatamente quién era el otro. Kid le presentó a todos sus amigos con un amplio ademán y le obligó a tomar una copa de ponche antes de explicar lo que allí le llevaba.
-¿Cuánto tiempo hace que ha pasado un gran trineo con tres hombres y ocho perros? -preguntó.
-Te lleva dos días de ventaja. ¿Lo persigues?
-Sí. Es mío. Se lo llevaron ante mis propias narices, los muy canallas. He conseguido ganar dos días de los cuatro que me llevaban de ventaja al principio. Los alcanzaré en la próxima etapa.
-¿Crees que te harán frente? -preguntó Belden para que no decayera la conversación, pues Malemute Kid ya había puesto la cafetera en la mesa y estaba muy atareado friendo tocino y carne de alce.
El forastero se palpó los revólveres con ademán significativo.
-¿A qué hora has salido de Dawson? -volvió a preguntar Belden.
-A las doce.
-¿De la noche, por supuesto?
-No, del mediodía.
Se oyó un murmullo general de admiración. La sorpresa no era inmotivada, pues acababan de dar las doce de la noche, y cubrir una etapa de ciento veinte kilómetros por el lecho helado de un río en sólo doce horas era algo que imponía respeto.
La conversación no tardó en generalizarse, y se volvió a hablar del pasado.
Mientras el joven recién llegado engullía la fuerte bazofia preparada por Malemute Kid, éste le observó con atención. No tardó en llegar a la conclusión de que aquella cara le era simpática, una cara noble, franca, hermosa. Aunque aquella fisonomía era todavía joven, en ella se percibían las huellas del trabajo rudo y de las penalidades. Durante la conversación, su semblante se animaba y mostraba una ingenua alegría, pero durante los silencios sus ojos azules anunciaban el duro, el acerado brillo que debía de percibirse en ellos cuando llegaba el momento de entrar en acción y especialmente en circunstancias adversas. La poderosa mandíbula y el cuadrado mentón hablaban de un carácter indómito y férreamente tenaz. Poseía las cualidades del león, pero no estaba desprovisto de cierta blandura casi femenina que revelaba una fina sensibilidad.
-Y así fue como la vieja y yo nos unimos -dijo Belden, concluyendo el emocionante relato de su galanteo-. «Aquí estamos, padre», dijo ella. «Vete al cuerno», le contestó su padre, y luego me dijo a mí: «Jim, vamos a ver de lo que eres capaz. Quiero que antes de cenar ares una buena parte de esos cuarenta acres.» Y luego se volvió hacía ella y le dijo: «Y tú, Sal, vete a fregar los platos.» Y entonces dio un respingo y la besó. Y yo no cabía en mí de gozo. Pero él, al darse cuenta, me gritó: «¡Andando, Jim!» Y yo salí como un rayo hacia el establo.
-¿Has dejado a algún niño esperándote en los Estados Unidos? -le preguntó el forastero.
-No; Sal murió antes de darme ninguno. Por eso estoy aquí.
Belden, pensativo, trató de encender la pipa, que no se había apagado, y, animándose de pronto, preguntó:
-¿Y tú, forastero, eres casado?
Por toda respuesta, el joven abrió su reloj, le quitó la correa que hacía las veces de cadena y lo entregó a los reunidos. Belden lo acercó a la lámpara de sebo, examinó el interior de la caja con ojo crítico y, después de expresar su admiración en voz baja, lo entregó a Louis Savoy. Éste murmuró repetidamente: «¡Vaya, vaya!» Y lo pasó a Prince. Todos observaron que sus manos temblaban y que un brillo de ternura aparecía en sus ojos. Así fue pasando por todas aquellas manos callosas el reloj del forastero, en cuyo interior había una fotografía de mujer de dulce rostro y que tenía un niño en brazos. Era una mujer como la que anhela la mayoría de los hombres. Los que no la habían visto aún, estaban impacientes; los que ya la habían visto, quedaban sumidos en un silencio nostálgico. Todos eran capaces de enfrentarse con el hambre, con el escorbuto y con la muerte en el campo o en el agua; pero la imagen de aquella joven desconocida con su hijo en los brazos los convertía a todos en mujeres o niños.
-Yo aún no conozco al niño. Es chico y ya tiene dos años -dijo el forastero cuando le devolvieron el tesoro. Él le dirigió una rápida mirada. Luego cerró de golpe la tapa y se volvió, pero no lo hizo a tiempo para ocultar las lágrimas que asomaban a sus ojos.
Malemute Kid lo acompañó a una litera y le dijo que se acostase.
-Llámenme a las cuatro en punto. No olviden hacerlo -fueron sus últimas palabras. Y un momento después respiraba pesadamente, sumido en el sueño profundo del hombre rendido de cansancio.
-¡Por Jove! Este tipo tiene agallas -comentó Prince-. Un sueño de sólo tres horas después de recorrer ciento veinte kilómetros con los perros, y luego, de nuevo a la pista. ¿Quién es, Kid?
-Es Jack Westondale. Lleva aquí tres años. Según se dice, trabaja como un negro y tiene toda la mala suerte que se puedan imaginar. Yo no lo conocía personalmente, pero Sitka Charley me había hablado de él.
-Es extraño que un hombre que tiene una mujercita tan encantadora esté malgastando el tiempo en este rincón olvidado de Dios, donde cada año de vida pesa como dos vividos en cualquier otra parte.
-Lo que le pasa es que es un hombre muy entero y obstinado. Ha estado dos veces a punto de retirarse con una buena tajada, pero ambas veces lo perdió todo.
En este momento la conversación fue interrumpida por las estruendosas carcajadas de Bettles, pues el efecto producido por la llegada del forastero había comenzado a disiparse. Y pronto los tristes años de comida monótona y trabajo abrumador cayeron en el olvido en medio de la algazara general. Solamente Malemute Kid parecía incapaz de participar en aquel regocijo y, de vez en cuando, consultaba ansiosamente su reloj. Al fin, se puso los guantes y el gorro de piel de castor, salió de la cabaña y empezó a revolver los víveres en el oculto depósito.
También fue incapaz de esperar a la hora indicada para despertar a su huésped: lo hizo quince minutos antes. El joven gigante tenía los miembros tan entumecidos, que fue necesario administrarle enérgicas fricciones para que pudiese ponerse en pie. Salió de la cabaña tambaleándose penosamente y vio que sus perros estaban enganchados al trineo y todo a punto para partir. La concurrencia le deseó buena suerte y una corta persecución.
Después de bendecirlo a toda prisa, el padre Roubeau fue el primero en volver corriendo a la cabaña. Esto no era extraño, pues a nadie le gusta aguantar una temperatura de casi sesenta grados centígrados bajo cero con las manos y las orejas descubiertas.
Malemute Kid lo acompañó hasta la pista principal, y una vez allí, después de estrecharle la mano efusivamente, le dio varios consejos.
-Encontrarás cuarenta y cinco kilos de huevos de salmón en el trineo -le dijo-. Los perros irán tan lejos con esto como si llevases sesenta kilos de pescado. No encontrarás comida para los perros en Pelly, cosa que sin duda ya tenías prevista-. El forastero dio un respingo y sus ojos centellearon, pero no le interrumpió-. No encontrarás ni una onza de comida para animales ni hombres hasta que llegues a Cinco Dedos, que está a más de trescientos veinte kilómetros de aquí. Ten cuidado no vayas a caerte en algún agujero cuando vayas por el río de las Treinta Millas, y cerciórate de que tomas el atajo principal al salir de Le Barge.
-¿Cómo sabes todo esto? Es imposible que mis planes hayan llegado aquí antes que yo.
-No quiero hablar de esto. Sólo te diré que ese trineo que persigues nunca fue tuyo. Sitka Charley lo vendió a esos hombres la primavera pasada. Pero una vez me dijo que tú eras un hombre cabal, y yo le creo. He visto tu cara y me parece noble. Y he visto... pues todo lo que has hecho, y esa mujer que tienes y...
Kid se quitó los guantes y sacó una pequeña bolsa que llevaba en un bolsillo.
-No; no lo necesito -dijo el forastero.
Y las lágrimas se le helaron en las mejillas mientras estrechaba convulsivamente la mano de Malemute Kid.
-No tengas miramientos con los perros; cuando caigan, corta las correas y déjalos; compra los que te hagan falta y piensa que te salen baratos a diez dólares la libra. Encontrarás perros en Cinco Dedos, Pequeño Salmón y Hootalincua. Y procura no mojarte los pies.
Y todavía le dio un último consejo antes de que se separaran.
-Sigue viajando mientras la temperatura no sea inferior a los treinta y dos grados, pero si baja más, enciende fuego y cámbiate los calcetines.
Apenas habían transcurrido quince minutos, un tintineo de campanillas anunció nuevas llegadas. La puerta se abrió y entró en la choza un hombre de la policía montada del Noroeste, seguido por dos mestizos con aspecto de conductores de perros. Como Westondale, iban armados hasta los dientes y daban muestras de fatiga. Los mestizos habían nacido en la pista y soportaban bien el cansancio; pero el joven policía estaba extenuado. Sin embargo, la ceñuda tenacidad de su raza le obligaba a ajustarse a la marcha que él mismo se había impuesto y que seguiría manteniendo hasta caer rendido de fatiga.
-¿Cuándo salió de aquí Westondale? -preguntó-. Se detuvo aquí, ¿verdad?
La pregunta era innecesaria, pues se veían claramente las huellas que el trineo había dejado en la nieve.
Malemute Kid cruzó una mirada con Belden y éste, dándose cuenta de la situación, replicó evasivamente:
-Hace ya bastante rato.
-¡Vamos, habla! -exclamó el policía.
-Parece tener usted grandes deseos de alcanzarlo. ¿Es que ha armado camorra allá abajo, en Dawson?
-Atracó a Harry McFarland y se llevó cuarenta mil dólares; luego los cambió en el almacén del alguacil por un cheque contra un Banco de Seattle. ¿Quién le impedirá que lo haga efectivo si no lo alcanzamos? ¿Hace mucho que se fue?
Todos procuraron disimular su excitación, pues Malemute Kid los había puesto ya sobre aviso, y el policía sólo vio a su alrededor rostros impasibles.
Entonces se acercó a Prince y le hizo la misma pregunta que había hecho a Belden. Prince le respondió con una evasiva y acto seguido se puso a hablar del estado de la pista, aunque le fue violento proceder de este modo con aquél compatriota de semblante franco y noble.
En esto, el policía descubrió al padre Roubeau, que no podía mentir, debido a su sagrado ministerio.
-Hace un cuarto de hora -dijo el sacerdote, respondiendo a su pregunta-. Y antes de partir han descansado durante cuatro horas él y los perros.
-¡Santo Dios! Nos lleva quince minutos de ventaja y va descansado.
El pobre muchacho se tambaleó; poco faltó para que se desmayase, tal era su agotamiento y tal fue su desencanto, mientras decía algo entre dientes acerca de la etapa de Dawson allí, cubierta en diez horas, haciendo echar el bofe a los perros.
Malemute Kid lo obligó a tomar una taza de ponche. Luego, el policía se dirigió a la puerta, ordenando a los dos mestizos que lo siguiesen. Pero el calorcito de que se gozaba en la cabaña y la perspectiva de un buen descanso eran demasiado tentadores, y ellos se negaron a obedecer.
Hablaban en un argot francés que Kid entendía. Así, pudo seguir atentamente -y no sin cierta ansiedad- la conversación de los mestizos.
Ambos juraban y perjuraban que los perros estaban agotados, que tendrían que matar a tiros a Siwash y Babette antes de que hubieran recorrido un kilómetro, que los demás perros estaban también exhaustos, y que lo más prudente sería que todos se quedasen a descansar.
-¿Me presta cinco perros? -preguntó el policía a Malemute Kid.
Kid movió la cabeza negativamente.
-Le firmaré un cheque de cinco mil dólares, que pagará el capitán Constantine... Aquí tiene mis documentos. Como puede ver, estoy autorizado para disponer de fondos.
De nuevo obtuvo una negativa silenciosa.
-Entonces, los requisare en nombre de la Reina.
Kid sonrió incrédulamente mientras dirigía una mirada a su bien provisto arsenal, y el inglés, convencido de su impotencia, se encaminó a la puerta. Al ver que los dos mestizos seguían murmurando, se volvió encolerizado hacia ellos y los llamó mujeres y perros callejeros. El atezado rostro del mestizo de más edad enrojeció de ira. El conductor de perros se levantó y afirmó en términos rotundos y enérgicos que viajarían hasta que su jefe se desplomara, y entonces ellos le dejarían abandonado en la nieve sin ningún remordimiento.
El joven policía, haciendo un desesperado esfuerzo, se dirigió a la puerta con paso firme y aparentando un vigor y una ligereza que estaba muy lejos de poseer. Aunque todos los presentes admiraron su resolución y su arrogancia, él no podía evitar que, a veces, apareciera en su rostro una mueca de extenuación.
Los perros estaban cubiertos de escarcha y hechos un ovillo en la nieve. Resultó casi imposible obligarlos a ponerse en pie. Los pobres animales gemían a cada latigazo, pues los mestizos, llevados de su irritación, manejaban el látigo sin contemplaciones. No fue posible poner el trineo en marcha hasta que cortaron las correas de Babette, la perra que iba en cabeza y que tuvieron que abandonar.
-¡Ha resultado un miserable y un embustero!
-¡Y tanto!
-Un ladrón.
-Peor que un indio.
Todos estaban furiosos, primero porque se consideraban engañados, y segundo, por el ultraje inferido a la ética del Norte, donde en tanto aprecio se tenía a la honradez.
-¡Y nosotros ayudando a ese sinvergüenza después de saber lo que hizo!
Todas las miradas se volvieron acusadoramente hacia Malemute Kid, que dejó el rincón donde había instalado cómodamente a Babette y empezó a vaciar en silencio el recipiente del ponche para ofrecer la última ronda.
-Hace frío esta noche, muchachos, un frío que se clava en la carne -fue el incongruente comienzo de su defensa-. Todos ustedes han viajado por la pista y saben lo que es este frío... No se arrojen sobre un perro caído. Sólo han oído una versión de los hechos. Jamás ha compartido nuestra mesa ni nuestra manta un hombre más honrado e intachable que Jack Westondale... El otoño pasado dio todos sus ahorros, que ascendían a cuarenta mil dólares, a Joe Castrell para que los invirtiese en el Dominio. De haberse cumplido sus deseos, hoy sería millonario. Pero mientras él se hallaba en Circle City cuidando a su socio, que había pescado el escorbuto, Castrell apareció muerto en la nieve, después de pasar la frontera. Antes había estado en casa de McFarland y el dinero había desaparecido... Y el pobre Jack, entre tanto, haciendo planes para regresar este invierno al lado de su esposa y de su hijo, ese niño que no ha visto todavía... Observen que sólo se se apropió de la cantidad que había perdido: cuarenta mil dólares... Además, ahora ya está lejos y nada podemos hacer.
Paseó su mirada por el círculo de semblantes atentos y vio cómo se suavizaban las expresiones de aquellos rostros. Entonces alzó el brazo.
-Por eso -dijo- propongo un brindis por el hombre que esta noche va por la pista. Que no le falte comida, que no flaqueen las patas de sus perros, que no le falle ninguna cerilla. En fin, que Dios le ayude y...
-¡Que fracase la policía montada! -exclamó Bettles, mientras todos chocaban las tazas de latón.
Se oyó un murmullo general de admiración. La sorpresa no era inmotivada, pues acababan de dar las doce de la noche, y cubrir una etapa de ciento veinte kilómetros por el lecho helado de un río en sólo doce horas era algo que imponía respeto.
La conversación no tardó en generalizarse, y se volvió a hablar del pasado.
Mientras el joven recién llegado engullía la fuerte bazofia preparada por Malemute Kid, éste le observó con atención. No tardó en llegar a la conclusión de que aquella cara le era simpática, una cara noble, franca, hermosa. Aunque aquella fisonomía era todavía joven, en ella se percibían las huellas del trabajo rudo y de las penalidades. Durante la conversación, su semblante se animaba y mostraba una ingenua alegría, pero durante los silencios sus ojos azules anunciaban el duro, el acerado brillo que debía de percibirse en ellos cuando llegaba el momento de entrar en acción y especialmente en circunstancias adversas. La poderosa mandíbula y el cuadrado mentón hablaban de un carácter indómito y férreamente tenaz. Poseía las cualidades del león, pero no estaba desprovisto de cierta blandura casi femenina que revelaba una fina sensibilidad.
-Y así fue como la vieja y yo nos unimos -dijo Belden, concluyendo el emocionante relato de su galanteo-. «Aquí estamos, padre», dijo ella. «Vete al cuerno», le contestó su padre, y luego me dijo a mí: «Jim, vamos a ver de lo que eres capaz. Quiero que antes de cenar ares una buena parte de esos cuarenta acres.» Y luego se volvió hacía ella y le dijo: «Y tú, Sal, vete a fregar los platos.» Y entonces dio un respingo y la besó. Y yo no cabía en mí de gozo. Pero él, al darse cuenta, me gritó: «¡Andando, Jim!» Y yo salí como un rayo hacia el establo.
-¿Has dejado a algún niño esperándote en los Estados Unidos? -le preguntó el forastero.
-No; Sal murió antes de darme ninguno. Por eso estoy aquí.
Belden, pensativo, trató de encender la pipa, que no se había apagado, y, animándose de pronto, preguntó:
-¿Y tú, forastero, eres casado?
Por toda respuesta, el joven abrió su reloj, le quitó la correa que hacía las veces de cadena y lo entregó a los reunidos. Belden lo acercó a la lámpara de sebo, examinó el interior de la caja con ojo crítico y, después de expresar su admiración en voz baja, lo entregó a Louis Savoy. Éste murmuró repetidamente: «¡Vaya, vaya!» Y lo pasó a Prince. Todos observaron que sus manos temblaban y que un brillo de ternura aparecía en sus ojos. Así fue pasando por todas aquellas manos callosas el reloj del forastero, en cuyo interior había una fotografía de mujer de dulce rostro y que tenía un niño en brazos. Era una mujer como la que anhela la mayoría de los hombres. Los que no la habían visto aún, estaban impacientes; los que ya la habían visto, quedaban sumidos en un silencio nostálgico. Todos eran capaces de enfrentarse con el hambre, con el escorbuto y con la muerte en el campo o en el agua; pero la imagen de aquella joven desconocida con su hijo en los brazos los convertía a todos en mujeres o niños.
-Yo aún no conozco al niño. Es chico y ya tiene dos años -dijo el forastero cuando le devolvieron el tesoro. Él le dirigió una rápida mirada. Luego cerró de golpe la tapa y se volvió, pero no lo hizo a tiempo para ocultar las lágrimas que asomaban a sus ojos.
Malemute Kid lo acompañó a una litera y le dijo que se acostase.
-Llámenme a las cuatro en punto. No olviden hacerlo -fueron sus últimas palabras. Y un momento después respiraba pesadamente, sumido en el sueño profundo del hombre rendido de cansancio.
-¡Por Jo ve! Este tipo tiene agallas -comentó Prince-. Un sueño de sólo tres horas después de recorrer ciento veinte kilómetros con los perros, y luego, de nuevo a la pista. ¿Quién es, Kid?
-Es Jack Westondale. Lleva aquí tres años. Según se dice, trabaja como un negro y tiene toda la mala suerte que se puedan imaginar. Yo no lo conocía personalmente, pero Sitka Charley me había hablado de él.
-Es extraño que un hombre que tiene una mujercita tan encantadora esté malgastando el tiempo en este rincón olvidado de Dios, donde cada año de vida pesa como dos vividos en cualquier otra parte.
-Lo que le pasa es que es un hombre muy entero y obstinado. Ha estado dos veces a punto de retirarse con una buena tajada, pero ambas veces lo perdió todo.
En este momento la conversación fue interrumpida por las estruendosas carcajadas de Bettles, pues el efecto producido por la llegada del forastero había comenzado a disiparse. Y pronto los tristes años de comida monótona y trabajo abrumador cayeron en el olvido en medio de la algazara general. Solamente Malemute Kid parecía incapaz de participar en aquel regocijo y, de vez en cuando, consultaba ansiosamente su reloj. Al fin, se puso los guantes y el gorro de piel de castor, salió de la cabaña y empezó a revolver los víveres en el oculto depósito.
También fue incapaz de esperar a la hora indicada para despertar a su huésped: lo hizo quince minutos antes. El joven gigante tenía los miembros tan entumecidos, que fue necesario administrarle enérgicas fricciones para que pudiese ponerse en pie. Salió de la cabaña tambaleándose penosamente y vio que sus perros estaban enganchados al trineo y todo a punto para partir. La concurrencia le deseó buena suerte y una corta persecución.
Después de bendecirlo a toda prisa, el padre Roubeau fue el primero en volver corriendo a la cabaña. Esto no era extraño, pues a nadie le gusta aguantar una temperatura de casi sesenta grados centígrados bajo cero con las manos y las orejas descubiertas.
Malemute Kid lo acompañó hasta la pista principal, y una vez allí, después de estrecharle la mano efusivamente, le dio varios consejos.
-Encontrarás cuarenta y cinco kilos de huevos de salmón en el trineo -le dijo-. Los perros irán tan lejos con esto como si llevases sesenta kilos de pescado. No encontrarás comida para los perros en Pelly, cosa que sin duda ya tenías prevista-. El forastero dio un respingo y sus ojos centellearon, pero no le interrumpió-. No encontrarás ni una onza de comida para animales ni hombres hasta que llegues a Cinco Dedos, que está a más de trescientos veinte kilómetros de aquí. Ten cuidado no vayas a caerte en algún agujero cuando vayas por el río de las Treinta Millas, y cerciórate de que tomas el atajo principal al salir de Le Barge.
-¿Cómo sabes todo esto? Es imposible que mis planes hayan llegado aquí antes que yo.
-No quiero hablar de esto. Sólo te diré que ese trineo que persigues nunca fue tuyo. Sitka Charley lo vendió a esos hombres la primavera pasada. Pero una vez me dijo que tú eras un hombre cabal, y yo le creo. He visto tu cara y me parece noble. Y he visto... pues todo lo que has hecho, y esa mujer que tienes y...
Kid se quitó los guantes y sacó una pequeña bolsa que llevaba en un bolsillo.
-No; no lo necesito -dijo el forastero.
Y las lágrimas se le helaron en las mejillas mientras estrechaba convulsivamente la mano de Malemute Kid.
-No tengas miramientos con los perros; cuando caigan, corta las correas y déjalos; compra los que te hagan falta y piensa que te salen baratos a diez dólares la libra. Encontrarás perros en Cinco Dedos, Pequeño Salmón y Hootalincua. Y procura no mojarte los pies.
Y todavía le dio un último consejo antes de que se separaran.
-Sigue viajando mientras la temperatura no sea inferior a los treinta y dos grados, pero si baja más, enciende fuego y cámbiate los calcetines.
Apenas habían transcurrido quince minutos, un tintineo de campanillas anunció nuevas llegadas. La puerta se abrió y entró en la choza un hombre de la policía montada del Noroeste, seguido por dos mestizos con aspecto de conductores de perros. Como Westondale, iban armados hasta los dientes y daban muestras de fatiga. Los mestizos habían nacido en la pista y soportaban bien el cansancio; pero el joven policía estaba extenuado. Sin embargo, la ceñuda tenacidad de su raza le obligaba a ajustarse a la marcha que él mismo se había impuesto y que seguiría manteniendo hasta caer rendido de fatiga.
-¿Cuándo salió de aquí Westondale? -preguntó-. Se detuvo aquí, ¿verdad?
La pregunta era innecesaria, pues se veían claramente las huellas que el trineo había dejado en la nieve.
Malemute Kid cruzó una mirada con Belden y éste, dándose cuenta de la situación, replicó evasivamente:
-Hace ya bastante rato.
-¡Vamos, habla! -exclamó el policía.
-Parece tener usted grandes deseos de alcanzarlo. ¿Es que ha armado camorra allá abajo, en Dawson?
-Atracó a Harry McFarland y se llevó cuarenta mil dólares; luego los cambió en el almacén del alguacil por un cheque contra un Banco de Seattle. ¿Quién le impedirá que lo haga efectivo si no lo alcanzamos? ¿Hace mucho que se fue?
Todos procuraron disimular su excitación, pues Malemute Kid los había puesto ya sobre aviso, y el policía sólo vio a su alrededor rostros impasibles.
Entonces se acercó a Prince y le hizo la misma pregunta que había hecho a Belden. Prince le respondió con una evasiva y acto seguido se puso a hablar del estado de la pista, aunque le fue violento proceder de este modo con aquél compatriota de semblante franco y noble.
En esto, el policía descubrió al padre Roubeau, que no podía mentir, debido a su sagrado ministerio.
-Hace un cuarto de hora -dijo el sacerdote, respondiendo a su pregunta-. Y antes de partir han descansado durante cuatro horas él y los perros.
-¡Santo Dios! Nos lleva quince minutos de ventaja y va descansado.
El pobre muchacho se tambaleó; poco faltó para que se desmayase, tal era su agotamiento y tal fue su desencanto, mientras decía algo entre dientes acerca de la etapa de Dawson allí, cubierta en diez horas, haciendo echar el bofe a los perros.
Malemute Kid lo obligó a tomar una taza de ponche. Luego, el policía se dirigió a la puerta, ordenando a los dos mestizos que lo siguiesen. Pero el calorcito de que se gozaba en la cabaña y la perspectiva de un buen descanso eran demasiado tentadores, y ellos se negaron a obedecer.
Hablaban en un argot francés que Kid entendía. Así, pudo seguir atentamente -y no sin cierta ansiedad- la conversación de los mestizos.
Ambos juraban y perjuraban que los perros estaban agotados, que tendrían que matar a tiros a Siwash y Babette antes de que hubieran recorrido un kilómetro, que los demás perros estaban también exhaustos, y que lo más prudente sería que todos se quedasen a descansar.
-¿Me presta cinco perros? -preguntó el policía a Malemute Kid.
Kid movió la cabeza negativamente.
-Le firmaré un cheque de cinco mil dólares, que pagará el capitán Constantine... Aquí tiene mis documentos. Como puede ver, estoy autorizado para disponer de fondos.
De nuevo obtuvo una negativa silenciosa.
-Entonces, los requisare en nombre de la Reina.
Kid sonrió incrédulamente mientras dirigía una mirada a su bien provisto arsenal, y el inglés, convencido de su impotencia, se encaminó a la puerta. Al ver que los dos mestizos seguían murmurando, se volvió encolerizado hacia ellos y los llamó mujeres y perros callejeros. El atezado rostro del mestizo de más edad enrojeció de ira. El conductor de perros se levantó y afirmó en términos rotundos y enérgicos que viajarían hasta que su jefe se desplomara, y entonces ellos le dejarían abandonado en la nieve sin ningún remordimiento.
El joven policía, haciendo un desesperado esfuerzo, se dirigió a la puerta con paso firme y aparentando un vigor y una ligereza que estaba muy lejos de poseer. Aunque todos los presentes admiraron su resolución y su arrogancia, él no podía evitar que, a veces, apareciera en su rostro una mueca de extenuación.
Los perros estaban cubiertos de escarcha y hechos un ovillo en la nieve. Resultó casi imposible obligarlos a ponerse en pie. Los pobres animales gemían a cada latigazo, pues los mestizos, llevados de su irritación, manejaban el látigo sin contemplaciones. No fue posible poner el trineo en marcha hasta que cortaron las correas de Babette, la perra que iba en cabeza y que tuvieron que abandonar.
-¡Ha resultado un miserable y un embustero!
-¡Y tanto!
-Un ladrón.
-Peor que un indio.
Todos estaban furiosos, primero porque se consideraban engañados, y segundo, por el ultraje inferido a la ética del Norte, donde en tanto aprecio se tenía a la honradez.
-¡Y nosotros ayudando a ese sinvergüenza después de saber lo que hizo!
Todas las miradas se volvieron acusadoramente hacia Malemute Kid, que dejó el rincón donde había instalado cómodamente a Babette y empezó a vaciar en silencio el recipiente del ponche para ofrecer la última ronda.
-Hace frío esta noche, muchachos, un frío que se clava en la carne -fue el incongruente comienzo de su defensa-. Todos ustedes han viajado por la pista y saben lo que es este frío... No se arrojen sobre un perro caído. Sólo han oído una versión de los hechos. Jamás ha compartido nuestra mesa ni nuestra manta un hombre más honrado e intachable que Jack Westondale... El otoño pasado dio todos sus ahorros, que ascendían a cuarenta mil dólares, a Jo e Castrell para que los invirtiese en el Dominio. De haberse cumplido sus deseos, hoy sería millonario. Pero mientras él se hallaba en Circle City cuidando a su socio, que había pescado el escorbuto, Castrell apareció muerto en la nieve, después de pasar la frontera. Antes había estado en casa de McFarland y el dinero había desaparecido... Y el pobre Jack, entre tanto, haciendo planes para regresar este invierno al lado de su esposa y de su hijo, ese niño que no ha visto todavía... Observen que sólo se se apropió de la cantidad que había perdido: cuarenta mil dólares... Además, ahora ya está lejos y nada podemos hacer.
Paseó su mirada por el círculo de semblantes atentos y vio cómo se suavizaban las expresiones de aquellos rostros. Entonces alzó el brazo.
-Por eso -dijo- propongo un brindis por el hombre que esta noche va por la pista. Que no le falte comida, que no flaqueen las patas de sus perros, que no le falle ninguna cerilla. En fin, que Dios le ayude y...
-¡Que fracase la policía montada! -exclamó Bettles, mientras todos chocaban las tazas de latón.