miércoles, 5 de agosto de 2015

Los ojos sombríos



Después de las primeras semanas de romper con Elena, una noche no pude
evitar asistir a un baile. Hallábame hacía largo rato sentado y
aburrido en exceso, cuando Julio Zapiola, viéndome allí, vino a
saludarme. Es un hombre joven, dotado de rara elegancia y virilidad de
carácter. Lo había estimado muchos años atrás, y entonces volvía de
Europa, después de larga ausencia.

Así nuestra charla, que en otra ocasión no hubiera pasado de ocho o
diez frases, se prolongó esta vez en larga y desahogada sinceridad.
Supe que se había casado; su mujer estaba allí mismo esa noche. Por mi
parte, lo informé de mi noviazgo con Elena--y su reciente ruptura.
Posiblemente me quejé de la amarga situación, pues recuerdo haberle
dicho que creía de todo punto imposible cualquier arreglo.

--No crea en esas sacudidas--me dijo Zapiola con aire tranquilo y
serio.--Casi nunca se sabe al principio lo que pasará o se hará
después. Yo tengo en mi matrimonio una novela infinitamente más
complicada que la suya; lo cual no obsta para que yo sea hoy el marido
más feliz de la tierra. Oigala, porque a usted podrá serle de gran
provecho. Hace cinco años me vi con gran frecuencia con Vezzera, un
amigo del colegio a quien había querido mucho antes, y sobre todo él a
mí. Cuanto prometía el muchacho se realizó plenamente en el hombre;
era como antes inconstante, apasionado, con depresiones y
exaltamientos femeniles. Todas sus ansias y suspicacias eran
enfermizas, y usted no ignora de qué modo se sufre y se hace sufrir
con este modo de ser.

Un día me dijo que estaba enamorado, y que posiblemente se casaría muy
pronto. Aunque me habló con loco entusiasmo de la belleza de su novia,
esta apreciación suya de la hermosura en cuestión no tenía para mí
ningún valor. Vezzera insistió, irritándose con mi orgullo.

--No sé qué tiene que ver el orgullo con esto--le observé.

--¡Si es eso! Yo soy enfermizo, excitable, expuesto a continuos
mirajes y debo equivocarme siempre. ¡Tú, no! ¡Lo que dices es la
ponderación justa de lo que has visto!

--Te juro...

--¡Bah; déjame en paz!--concluyó cada vez más irritado con mi
tranquilidad, que era para él otra manifestación de orgullo.

Cada vez que volví a verlo en los días sucesivos, lo hallé más
exaltado con su amor. Estaba más delgado, y sus ojos cargados de
ojeras brillaban de fiebre.

--¿Quiere hacer una cosa? Vamos esta noche a su casa. Ya le he hablado
de ti. Vas a ver si es o no como te he dicho.

Fuimos. No sé si usted ha sufrido una impresión semejante; pero cuando
ella me extendió la mano y nos miramos, sentí que por ese contacto
tibio, la espléndida belleza de aquellos ojos sombríos y de aquel
cuerpo mudo, se infiltraba en una caliente onda en todo mi ser.

Cuando salimos, Vezzera me dijo:

--¿Y?... ¿es como te he dicho?

--Sí--le respondí.

--¿La gente impresionable puede entonces comunicar una impresión
conforme a la realidad?

--Esta vez, sí--no pude menos de reirme.

Vezzera me miró de reojo y se calló por largo rato.

--¡Parece--me dijo de pronto--que no hicieras sino concederme por suma
gracia su belleza!

--¿Pero estás loco?--le respondí.

Vezzera se encogió de hombros como si yo hubiera esquivado su
respuesta. Siguió sin hablarme, visiblemente disgustado, hasta que al
fin volvió otra vez a mí sus ojos de fiebre.

--De veras, de veras me juras que te parece linda?

--¡Pero claro, idiota! Me parece lindísima; ¿quieres más?

Se calmó entonces, y con la reacción inevitable de sus nervios
femeninos, pasó conmigo una hora de loco entusiasmo, abrasándose al
recuerdo de su novia.

Fuí varias veces más con Vezzera. Una noche, a una nueva invitación,
respondí que no me hallaba bien y que lo dejaríamos para otro momento.
Diez días más tarde respondí lo mismo, y de igual modo en la siguiente
semana. Esta vez Vezzera me miró fijamente a los ojos:

--¿Por qué no quieres ir?

--No es que no quiera ir, sino que me hallo hoy con poco humor para
esas cosas.

--¡No es eso! ¡Es que no quieres ir más!

--¿Yo?

--Sí; y te exijo como a un amigo, o como a ti, que me digas justamente
esto: ¿Por qué no quieres ir más?

--¡No tengo ganas!... ¿Te gusta?

Vezzera me miró como miran los tuberculosos condenados al reposo, a un
hombre fuerte que no se jacta de ello. Y en realidad, creo que ya se
precipitaba su tisis.

Se observó en seguida las manos sudorosas, que le temblaban.

--Hace días que las noto más flacas... ¿Sabes por qué no quieres ir
más? ¿Quieres que te lo diga?

Tenía las ventanas de la nariz contraídas, y su respiración acelerada
le cerraba los labios.

--¡Vamos! No seas... cálmate, que es lo mejor.

--¡Es que te lo voy a decir!

--¿Pero no ves que estás delirando, que estás muerto de fiebre?--le
interrumpí. Por dicha, un violento acceso de tos lo detuvo. Lo empujé
cariñosamente.

--Acuéstate un momento... estás mal.

Vezzera se recostó en mi cama y cruzó sus dos manos sobre la frente.

Pasó un largo rato en silencio. De pronto me llegó su voz, lenta:

--¿Sabes lo que te iba a decir?... Que no querías que María se
enamorara de ti... Por eso no ibas.

--¡Qué estúpido!--me sonreí.

--Sí, estúpido! ¡Todo, todo lo que quieras!

Quedamos mudos otra vez. Al fin me acerqué a él.

--Esta noche vamos--le dije.--¿Quieres?

--Sí, quiero.

Cuatro horas más tarde llegábamos allá. María me saludó como si
hubiera dejado de verme el día anterior, sin parecer en lo más mínimo
preocupada de mi larga ausencia.

--Pregúntale siquiera--se rió Vezzera con visible afectación--por qué
ha pasado tanto tiempo sin venir.

María arrugó imperceptiblemente el ceño, y se volvió a mí con risueña
sorpresa:

--¡Pero supongo que no tendría deseo de visitarnos!

Aunque el tono de la exclamción no pedía respuesta, María quedó un
instante en suspenso, como si la esperara. Vi que Vezzera me devoraba
con los ojos.

--Aunque deba avergonzarme eternamente--repuse--confieso que hay algo
de verdad...

--¿No es verdad?--se rió ella.

Pero ya en el movimiento de los pies y en la dilatación de las narices
de Vezzera, conocí su tensión de nervios.

--Dile que te diga--se dirigió a María--por qué realmente no quería
venir.

Era tan perverso y cobarde el ataque, que lo miré con verdadera rabia.
Vezzera afectó no darse cuenta, y sostuvo la tirante expectativa con
el convulsivo golpeteo del pie, mientras María tornaba a contraer
las cejas.

--¿Hay otra cosa?--se sonrió con esfuerzo.

--Sí, Zapiola te va a decir...

--¡Vezzera!--exclamé.

--... Es decir, no el motivo suyo, sino el que yo le atribuía para no
venir más aquí... ¿sabes por qué?

--Porque él cree que usted se va a enamorar de mí--me adelanté,
dirigiéndome a María.

Ya antes de decir esto, vi bien claro la ridiculez en que iba a caer;
pero tuve que hacerlo. María soltó la risa, notándose así mucho más el
cansancio de sus ojos.

--¿Sí? ¿Pensabas eso, Antenor?

--No, supondrás... era una broma--se rió él también.

La madre entró de nuevo en la sala, y la conversación cambió de rumbo.

--Eres un canalla--me apresuré a decirle en los ojos a Vezzera, cuando
salimos.

--Sí--me respondió mirándome claramente.--Lo hice a propósito.

--¿Querías ridiculizarme?

--Sí... quería.

--¿Y no te da vergüenza? ¿Pero qué diablos te pasa? ¿Qué tienes contra
mí?

No me contestó, encogiéndose de hombros.

--¡Anda al demonio!--murmuré. Pero un momento después, al separarme,
sentí su mirada cruel y desconfiada fija en la mía.

--¿Me juras por lo que más quieras, por lo que quieras más, que no
sabes lo que pienso?

--No--le respondí secamente.

--¡No mientes, no estás mintiendo?

--No miento.

Y mentía profundamente.

--Bueno, me alegro... Dejemos esto. Hasta mañana. ¿Cuándo quieres que
volvamos allá?

--¡Nunca! Se acabó.

Vi que verdadera angustia le dilataba los ojos.

--¿No quieres ir más?--me dijo con voz ronca y extraña.

--No, nunca más.

--Como quieras, mejor... No estás enojado, ¿verdad?

--¡Oh, no seas criatura!--me reí.

Y estaba verdaderamente irritado contra Vezzera, contra mí...

Al día siguiente Vezzera entró al anochecer en mi cuarto. Llovía desde
la mañana, con fuerte temporal, y la humedad y el frío me agobiaban.
Desde el primer momento noté que Vezzera ardía en fiebre.

--Vengo a pedirte una cosa--comenzó.

--¡Déjate de cosas!--interrumpí.--¿Por qué has salido con esta noche?
¿No ves que estás jugando tu vida con esto?

--La vida no me importa... dentro de unos meses esto se acaba...
mejor. Lo que quiero es que vayas otra vez allá.

--¡No! ya te dije.

--¡No, vamos! ¡No quiero que no quieras ir! ¡Me mata esto! ¿Por qué no
quieres ir?

--Ya te he dicho: ¡no-qui-e-ro! Ni una palabra más sobre esto, ¿oyes?

La angustia de la noche anterior tornó a desmesurarle los ojos.

--Entonces--articuló con voz profundamente tomada--es lo que pienso,
lo que tú sabes que yo pensaba cuando mentiste anoche. De modo...
Bueno, dejemos, no es nada. Hasta mañana.

Lo detuve del hombro y se dejó caer en seguida en la silla, con la
cabeza sobre sus brazos en la mesa.

--Quédate--le dije.--Vas a dormir aquí conmigo. No estés solo.

Durante un rato nos quedamos en profundo silencio. Al fin articuló sin
entonación alguna:

--Es que me dan unas ganas locas de matarme...

--¡Por eso! ¡Quédate aquí!... No estés solo.

Pero no pude contenerlo, y pasé toda la noche inquieto.

Usted sabe qué terrible fuerza de atracción tiene el suicidio, cuando
la idea fija se ha enredado en una madeja de nervios enfermos. Habría
sido menester que a toda costa Vezzera no estuviera solo en su cuarto.
Y aún así, persistía siempre el motivo.

Pasó lo que temía. A las siete de la mañana me trajeron una carta de
Vezzera, muerto ya desde cuatro horas atrás. Me decía en ella que era
demasiado claro que yo estaba enamorado de su novia, y ella de mí. Que
en cuanto a María, tenía la más completa certidumbre y que yo no había
hecho sino confirmarle mi amor con mi negativa a ir más allá. Que
estuviera yo lejos de creer que se mataba de dolor, absolutamente no.
Pero él no era hombre capaz de sacrificar a nadie a su egoísta
felicidad, y por eso nos dejaba libre a mí y a ella. Además, sus
pulmones no daban más... era cuestión de tiempo. Que hiciera feliz a
María, como él hubiera deseado..., etc.

Y dos o tres frases más. Inútil que le cuente en detalle mi turbación
de esos días. Pero lo que resaltaba claro para mí en su carta--para mí
que lo conocía--era la desesperación de celos que lo llevó al
suicidio. Ese era el único motivo; lo demás: sacrificio y conciencia
tranquila, no tenía ningún valor.

En medio de todo quedaba vivísima, radiante de brusca felicidad, la
imagen de María. Yo sé el esfuerzo que debí hacer, cuando era de
Vezzera, para dejar de ir a verla. Y había creído adivinar también que
algo semejante pasaba en ella. Y ahora, ¡libres! sí, solos los dos,
pero con un cadáver entre nosotros.

Después de quince días fuí a su casa. Hablamos vagamente, evitando la
menor alusión. Apenas me respondía; y aunque se esforzaba en ello, no
podía sostener mi mirada un solo momento.

--Entonces,--le dije al fin levantándome--creo que lo más discreto es
que no vuelva más a verla.

--Creo lo mismo--me respondió.

Pero no me moví.

--¿Nunca más?--añadí.

--No, nunca... como usted quiera--rompió en un sollozo, mientras dos
lágrimas vencidas rodaban por sus mejillas.

Al acercarme se llevó las manos a la cara, y apenas sintió mi contacto
se estremeció violentamente y rompió en sollozos. Me incliné detrás de
ella y le abracé la cabeza.

--Sí, mi alma querida...¿quieres? Podremos ser muy felices. Eso no
importa nada...¿quieres?

--¡No, no!--me respondió--no podríamos... no, ¡imposible!

--¡Después, sí, mi amor!... ¿Sí, después?

--¡No, no, no!--redobló aún sus sollozos.

Entonces salí desesperado, y pensando con rabiosa amargura que aquel
imbécil, al matarse, nos había muerto también a nosotros dos.

Aquí termina mi novela. Ahora, ¿quiere verla?

--¡María!--se dirigió a una joven que pasaba del brazo.--Es hora ya;
son las tres.

--¿Ya? ¿las tres?--se volvió ella.--No hubiera creído. Bueno, vamos.
Un momentito.

Zapiola me dijo entonces:

--Ya ve, amigo mío, como se puede ser feliz después de lo que le he
contado. Y su caso... Espere un segundo.

Y mientras me presentaba a su mujer:

--Le contaba a X cómo estuvimos nosotros a punto de no ser felices.

La joven sonrió a su marido, y reconocí aquellos ojos sombríos de que
él me había hablado, y que como todos los de ese carácter, al reir
destellan felicidad.

--Sí,--repuso sencillamente--sufrimos un poco...

--¡Ya ve!--se rió Zapiola despidiéndose.--Yo en lugar suyo volvería al
salón.

Me quedé solo. El pensamiento de Elena volvió otra vez; pero en medio
de mi disgusto me acordaba a cada instante de la impresión que recibió
Zapiola al ver por primera vez los ojos  de María.

Y yo no hacía sino recordarlos.



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