lunes, 30 de marzo de 2015

Amazona como lírica



Femineidad cobrando
entonación masculina,
                                     gracia donde resuena
la voz virago,
                             carne con todo
lo que insinúa de caballo,
                                                 vientre recogido,
redonda grupa, ancho pecho,
orejas en punta, cerviz levantada,
crines densas,
                             la tibia piel y el belfo
en sucesivo mudar, del reflejo
castaño al ceniciento, bayo,
dorado, a manchas...

                   ¡Y la vitanda conclusión
en tu deleite,
                            un abrazo
que por imprevista alquimia
se agrega también dones histriónicos,
                                        un caballo que además finge
no admitir en su dorso a nadie
que no sea su dueño,
                                       y además la prevención
de perder mansedumbre toda vez
que se lo ceda a otro dueño!




domingo, 29 de marzo de 2015

Los pasos



Pasos nacidos de un silencio
tenue, sagradamente dados,
hacia el recinto de mis sueños
vienen tranquilos, apagados.

Rumores puros y divinos,
todos los dones que descubro
-¡oh blandos pasos reprimidos!-
llegan desde tus pies desnudos.

Si en el convite de tus labios
recoge para su sosiego
mi pensamiento -huésped ávido-
el vivo manjar de tu beso.

Avanza con dulzura lenta,
con ternura de ritmos vagos:
como ha vivido de tu espera,
mi corazón marcha en tus pasos.




sábado, 28 de marzo de 2015

La paloma




Se equivocó la paloma,
se equivocaba.
Por ir al norte fue al sur,
creyó que el trigo era el agua.
Creyó que el mar era el cielo
que la noche la mañana.
Que las estrellas rocío,
que la calor la nevada.
Que tu falda era tu blusa,
que tu corazón su casa.
(Ella se durmió en la orilla,
tú en la cumbre de una rama.)




Oscuridad completa



No sé por qué, si la luz entra,
Los hombres andan bien dormidos,
Recogiendo la vida su apariencia
Joven de nuevo, bella entre sonrisas,

No sé por qué he de cantar
o verter de mis labios vagamente palabras;
Palabras de mis ojos,
Palabras de mis sueños perdidos en la nieve.

De mis sueños copiando los colores de nubes,
De mis sueños copiando nubes sobre la pampa.




viernes, 27 de marzo de 2015

Yo quisiera ser feliz como un pie desnudo en una playa


                                                                                          A Victoria y Enrique

Yo quisiera ser feliz como un pie desnudo en una playa;
como un reno frente al mar;
como la cinta llena de muerte de la gorra de los marineros;
como la hoja de ciprés que guarda el horizonte de las estatuas;
como duerme el Condestable de Castilla en la Catedral de Burgos;
como la hoja y la corona del laurel;
como tu sombra de plomo, dormida entre columnas y peces;
como el aire desierto.

¡Pero yo estoy con tu muerte sin pronto!
Con un cielo que se cansa de mirar los pastos;
con un cielo que vuelve hacia sí la mirada
de piedra y nieve
que llevo colgada de los dientes. Yo sé que él consuela a algunos,
pero a mí me destemp!a el corazón, de flor apretada,
de espuma sin raíz, de gemido impedido.

Pero tu muerte es tu muerte: sin murallas, con todo el tiempo
     distante en la boca.
¡Como el aire desnudo!




Pequeñez




Es cosa tan pequeña nuestro llanto;
son tan pequeña cosa los suspiros...
Sin embargo, por cosas tan pequeñas
vosotros y nosotras nos morirnos.




jueves, 26 de marzo de 2015

XLVIII





Dos amantes dichosos hacen un solo pan, 
una sola gota de luna en la hierba,
dejan andando dos sombras que se reúnen,
dejan un solo sol vacío en una cama.

De todas las verdades escogieron el día:
no se ataron con hilos sino con un aroma,
y no despedazaron la paz ni las palabras.
La dicha es una torre transparente.

El aire, el vino van con los dos amantes,
la noche les regala sus pétalos dichosos,
tienen derecho a todos los claveles.

Dos amantes dichosos no tienen fin ni muerte,
nacen y mueren muchas veces mientras viven,
tienen la eternidad de la naturaleza.




El sábado en la aldea-Canto XXV



A la puesta del sol, la alegre niña
torna de la campiña
con su haz de yerba y el florido ramo
en que lucen al par violeta y rosa,
y que, inocente, apresta
para adornar gozosa
pecho y cabellos al llegar la fiesta.
A par con la vecina
siéntase a hilar en el umbral la anciana
volviendo el rostro al astro que declina,
y se transporta a la estación lejana
cuando, aún fresca doncella,
danzaba al terminarse la semana,
con sus amigas de la edad más bella.
El aire se obscurece,
se matizan de azul los horizontes,
y descienden las sombras de los montes
cuando la luna cándida aparece.
La torre de la villa
la fiesta anuncia, y sus alegres sones
bajan a confortar los corazones.
Sobre la plaza la vivaz cuadrilla
de rapaces gritando
y aquí y allí saltando,
alza rumor que anima y alboroza;
mientras silbando el labrador regresa
y sentado a su mesa
con el descanso que prevé, se goza.

Cuando el silencio con la sombra crece
y toda luz fenece,
oigo el martillo que tenaz golpea
en el taller, do el oficial se afana
por dejar terminada la tarea
antes de que despunte la mañana.

Este es de la semana
el más hermoso y el postrero día.
Mañana tornarán fastidio y pena,
y a la habitual faena
cada cual volverá como solía.

¡Jovencillo gracioso!
Tu dulce edad florida
es como un día de alborozo lleno,
día claro y sereno,
que precede a la fiesta de tu vida.
¡Goza, gózalo pues! Edad de flores,
suave estación es esta:
nada más te diré; pero no llores
si se retarda tu anhelada fiesta.




miércoles, 25 de marzo de 2015

XXXVI. Continuidad





Hay en algunas cosas antiguas una huella
De una esencia vaga... más que un peso o una forma,
Un éter sutil, indeterminado,
Pero ligado a todas las leyes del tiempo y el espacio.
Un signo tenue y velado de continuidades
Que los ojos exteriores no llegan a descubrir;
De dimensiones encerradas que albergan los años idos,
Y fuera del alcance, salvo para llaves ocultas.
Me conmueve sobre todo cuando los rayos oblicuos del sol poniente
Iluminan viejas granjas en la ladera de una colina,
Y pintan de vida las formas que permanecen inmóviles
Desde hace siglos, menos quiméricas que todo esto que conocemos.
Bajo esa luz extraña siento que no estoy lejos
De la masa inmutable cuyos lados son las edades.




martes, 24 de marzo de 2015

La hierba mortal





Ahora usted, señora B -dijo don Henry Clithering. La señora Bantry, su anfitriona, lo miró con aire de reproche.
-Le he dicho muchas veces que no me gusta que me llame señora B. Es una falta de respeto.
-Scherezade, entonces...
-¡Y menos aún Sch... cómo se llame! Nunca fui capaz de contar una historia con propiedad. Pregúntele a Arthur si no me cree.
-Eres bastante buena relatando los hechos, Dolly -exclamó el coronel Bantry-, pero no sabes adornarlos.
-Eso es -respondió la señora Bantry, hojeando el catálogo de bulbos que tenía ante ella-. Les he estado escuchando a todos y no sé cómo lo hacen. "Él dijo, ella dijo, yo me pregunté, ellos pensaron, todos supieron..." Bueno, pues ¡yo no sé! Y además no tengo ninguna historia interesante que contar.
-No podemos creerlo, señora Bantry -dijo el doctor Lloyd meneando su cabeza de grises cabellos con incredulidad.
La anciana señorita Marple dijo con su dulce voz:
-Seguramente, querida...
La señora Bantry continuó insistiendo obstinadamente.
-Ustedes no saben lo monótona que es mi vida. Entre las dificultades del servicio, ir a la ciudad de compras, al dentista y a Ascot (lo que por cierto odia Arthur), y luego el jardín...
-¡Ah! -dijo el doctor Lloyd-. El jardín. Ya sabemos todos dónde tiene usted puesto su corazón, señora Bantry.
-Debe de ser muy bonito tener un jardín -dijo Jane Helier, la hermosa y joven actriz-. Es decir, cuando no hay que cavar y ensuciarse las manos. ¡Me gustan tanto las flores!
-El jardín -exclamó don Henry-. ¿No podríamos tomarlo como punto de partida? Vamos, señora. ¡El bulbo envenenado, los narcisos de la muerte, la hierba mortal!
-Es curioso que haya dicho eso -observó la señora Bantry-. Acabo de recordar una cosa. Arthur, ¿te acuerdas de aquel caso que se presentó ante el juzgado de Clodderham? Ya sabes. El del viejo don Ambrose Bercy. ¿Recuerdas que lo considerábamos un anciano cortés y encantador?
-Vaya, pues es verdad. Sí, fue un caso extraño. Adelante, Dolly.
-Sería mejor que lo contaras tú, querido.
-Tonterías, adelante. Eres muy capaz de dirigir tu propio barco. Yo ya he cumplido con mi parte.
La señora Bantry inhaló profundamente y, entrelazando las manos y con rostro angustiado, empezó a hablar muy deprisa.
-Bueno, en realidad no hay mucho que contar. La hierba mortal es lo que me lo ha hecho recordar, aunque yo lo llamo salvia y dedalera.
-¿Salvia y dedalera? -preguntó el doctor Lloyd.
La señora Bantry asintió.
-Así es como sucedió. Arthur y yo estábamos en casa de don Ambrose Bercy, en Clodderham Court, y un día, por error (un error que siempre consideré muy estúpido), cogieron un montón de hojas de dedalera entre la salvia. Aquella noche cenamos pato relleno con salvia y todos se sintieron mal, y una pobre muchacha, la pupila de don Ambrose, murió.
Se detuvo.
-Vaya, vaya -dijo la señorita Marple-, qué tragedia.
-¿Verdad?
-Bien -replicó don Henry-, ¿y qué pasó luego?
-Pues nada más -contestó la señora Bantry-, eso es todo.
Todos se quedaron sorprendidos. Aunque ya habían sido advertidos, no esperaban una brevedad semejante.
-Pero, mi querida señora -insistió don Henry-, tiene que haber algo más. Lo que usted acaba de contarnos es un caso trágico, pero no tiene nada de problema.
-Bueno, claro que hay algo más -dijo la señora Bantry-. Pero si se lo dijera, ya sabrían de qué se trata.
Y mirando desafiadoramente a los reunidos les dijo con sencillez:
-Ya les dije que yo no sabía adornar las cosas y convertirlas en una verdadera historia.
-¡Aja! -exclamó don Henry ajustándose las gafas-. ¿Sabe, Scherezade, que es muy ingenioso su modo de desafiar nuestro ingenio? No estoy seguro de que no lo haya hecho a propósito para estimular nuestra curiosidad. Propongo una ronda de preguntas. Señorita Marple, ¿quiere usted empezar?
-Me gustaría saber algo de la cocinera -dijo la señorita Marple-. Debía de ser una mujer muy tonta o muy inexperta.
-Era muy tonta -replicó la señora Bantry-. Después se lamentaba un montón y decía que le habían llevado las hojas como si fueran de salvia, ¿y cómo iba ella a saber que no lo eran?
-Cualquiera lo hubiera visto -dijo la señorita Marple.
-¿Probablemente era una mujer mayor y buena cocinera?
-Excelente -contestó la señora Bantry.
-Ahora le toca a usted, señorita Helier -dijo don Henry.
-¡Oh! ¿Se refiere a que me toca preguntar? -hubo una pausa mientras Jane reflexionaba y al fin dijo-: La verdad es que no sé qué preguntar.
Sus hermosos ojos miraron suplicantes a don Henry.
-¿Por qué no pregunta por los personajes del drama? -le sugirió con una sonrisa.
Jane seguía mirándolo desorientada.
-Que haga la presentación de los personajes por orden de aparición -continuó don Henry en tono amable.
-¡Ah, sí! -exclamó Jane-. Es una buena idea.
La señora Bantry empezó a contarlos con los dedos.
-Don Ambrose, Sylvia Keene (la joven que murió), una amiga suya que pasaba unos días allí llamada Maud Wye, una de esas muchachas morenas y feas que no sé cómo se las arreglan para resultar atractivas, nunca he sabido cómo lo consiguen. Luego un tal señor Curie, que había ido a discutir acerca de algunos libros con don Ambrose, libros raros con títulos en latín, todos ellos mohosos pergaminos. Jerry Lorimer, una especie de vecino. Su finca, Firlies, lindaba con la de don Ambrose. Y una tal señora Carpenter, una de esas gatas de mediana edad que siempre se las arreglan para instalarse cómodamente en cualquier parte. Supongo que en cierto modo hacía de dame de compagnie de Sylvia.
-Ahora me toca a mí -dijo don Henry-, puesto que estoy sentado junto a la señorita Helier. Y quiero saber muchas cosas. Quiero que nos haga una breve descripción, señora Bantry, de todos los personajes.
-¡Oh! -la señora Bantry vacilaba.
-Empiece por don Ambrose -continuó don Henry-. ¿Qué tal era?
-¡Oh! Era un anciano de aspecto distinguido y en realidad no muy viejo, supongo que no tendría más de sesenta años. Pero estaba muy delicado, tenía el corazón muy débil y no podía subir la escalera. Tuvieron que ponerle ascensor y por eso parecía mayor de lo que era en realidad. De modales refinados... cortés, sí, creo que ésa es la palabra que mejor lo definiría. Nunca se enfadaba o se mostraba molesto. Tenía unos hermosos cabellos blancos y una voz particularmente agradable.
-Bien -dijo don Henry-. Ya conozco a don Ambrose. Ahora pasemos a Sylvia. ¿Cómo dijo que se llamaba?
-Sylvia Keene. Era muy bonita, mucho. Rubia y con un cutis precioso. Tal vez no muy inteligente, mejor dicho, bastante estúpida.
-¡Oh, vamos, Dolly! -protestó su esposo.
-Es natural que Arthur no piense así -dijo la señora Bantry en tono seco-. Pero era estúpida. En realidad nunca decía nada que valiera la pena escuchar.
-Era una de las criaturas más agraciadas que he visto nunca -dijo el coronel Bantry acaloradamente-. Si la hubiesen visto jugando al tenis: encantadora, realmente encantadora. Y rebosaba simpatía. Era divertidísima y muy bonita. Apuesto a que todos los jóvenes pensaban así.
-Ahí es donde te equivocas -dijo la señora Bantry-. Las jóvenes así no tienen encanto para los muchachos de hoy en día. Sólo a los viejos chapados a la antigua como tú, Arthur, les gustan las chicas jóvenes.
-Ser joven no lo es todo -intervino Jane-. Hay que tener C.S.
-¿Qué es C.S.? -quiso saber exactamente la señorita Marple.
-Carisma sexual -replicó Jane.
-¡Ah, sí! -dijo la señorita Marple-. Lo que en mis tiempos se llamaba "encanto".
-No es mala descripción -comentó don Henry-. Creo haber entendido que ha descrito usted a la dama de compañía como una gata, señora Bantry.
-No me refería a una gata, sino a algo muy distinto -exclamó la señora Bantry-. Adelaida Carpenter era una persona muy dulce.
-¿Qué edad tendría?
-¡Oh! Yo diría que unos cuarenta años. Llevaba algún tiempo en la casa, creo que desde que Sylvia tenía once años. Era una persona de mucho tacto. Una de esas viudas que quedan en una situación económica delicada, con muchos parientes aristócratas, pero sin dinero. A mí no me gustaba mucho, pues nunca me han gustado las personas de manos blancas y largas, ni tampoco los gatos.
-¿Y el señor Curie?
-¡Oh! Era uno de esos ancianos encorvados. Hay tantos como él, que apenas se distinguen unos de otros. Demostraba gran entusiasmo cuando se hablaba de sus librejos, pero ninguno por otras cosas. No creo que don Ambrose lo conociera muy bien.
-¿Y Jerry, el vecino?
-Era un muchacho realmente encantador y estaba prometido a Sylvia. Por eso fue tan triste.
-Quisiera saber... -empezó a decir la señorita Marple, y luego se calló.
-¿Qué?
-Nada, querida.
Don Henry contempló a la anciana con curiosidad y al cabo dijo pensativo:
-De modo que esa joven pareja estaba prometida. ¿Hacía mucho tiempo que eran novios?
-Cosa de un año. Don Ambrose se había opuesto a su noviazgo pretextando que Sylvia era demasiado joven. Pero tras un año de relaciones se prometieron y la boda debía haberse celebrado muy pronto.
-¡Ah! ¿Tenía alguna propiedad esa joven?
-Casi nada, sólo unas cien o doscientas libras al año.
-Ahí no hay gato encerrado, Clithering -dijo el coronel Bantry riendo.
-Ahora le toca preguntar al doctor -dijo don Henry-. Yo me reservo por ahora.
-Mi curiosidad es principalmente profesional -dijo el doctor Lloyd-. Quisiera saber el informe médico que se presentó en la encuesta oficial, es decir, si nuestra anfitriona lo recuerda o lo sabe.
-Creo que lo recuerdo, más o menos -replicó la señora Bantry-. Dijeron que la muerte fue debida a envenenamiento por digitalina. ¿Lo digo bien?
El doctor Lloyd asintió.
-El principio activo de la dedalera, la digitalina, actúa sobre el corazón. Por cierto, que es una droga muy valiosa para ciertas afecciones cardíacas. Es un caso muy curioso. Nunca hubiera pensado que tomar una infusión de hojas de dedalera pudiera resultar fatal. Se han exagerado mucho los daños producidos por comer hojas venenosas y bayas. Muy pocas personas comprenden que el principio vital o alcaloide ha de ser extraído con mucho cuidado y elaboración.
-La señora McArthur envió el otro día unos bulbos especiales a la señora Toomie -explicó la señorita Marple-. La cocinera los tomó por cebollas y, al comerlos, toda la familia se puso enferma.
-Pero no murió nadie -dijo convencido el doctor Lloyd
-No, no se murió nadie -admitió la señorita Marple.
-Una amiga mía murió envenenada por alimentos en mal estado -dijo Jane Helier.
-Debemos continuar con nuestro crimen -intervino don Henry.
-¿Crimen? -exclamó Jane sobresaltada-. Creía que se trataba de un accidente.
-Si fuera un accidente -respondió don Henry en tono amable-, no creo que la señora Bantry nos hubiera contado esta historia. No, por lo que deduzco, fue accidente sólo en apariencia, detrás se escondía algo más siniestro. Recuerdo un caso: varios invitados a una fiesta charlaban después de cenar. Las paredes estaban adornadas con toda clase de armas antiguas. Bromeando, uno de los reunidos cogió una vieja pistola y apuntó a otro simulando disparar. La pistola estaba cargada, se disparó y mató al otro hombre. Tuvimos que averiguar primero quién había preparado secretamente la pistola y, segundo, quién había dirigido la conversación para obtener el resultado final, pues el hombre que había disparado el arma era completamente inocente.
"Me parece que en este caso se nos presenta el mismo problema. Esas hojas de dedalera fueron mezcladas deliberadamente con las de salvia sabiendo cuál sería el resultado. Puesto que descartamos a la cocinera... la descartamos, ¿verdad...?, la pregunta es: '¿Quién cogió las hojas y las llevó a la cocina?'."
-Eso es fácil de responder -dijo la señora Bantry-. Por lo menos la última parte de la pregunta. Fue la propia Sylvia quien las llevó a la cocina. Formaba parte de sus ocupaciones diarias recoger la ensalada, las hierbas, los manojos de zanahorias, todas esas cosas que los jardineros nunca escogen bien. No les gusta coger nada tierno, esperan hasta que maduran demasiado. Sylvia y la señora Carpenter solían ir a buscarlas ellas mismas, y había una mata de dedalera entre las de salvia en una esquina y por ello la equivocación era bastante natural.
-Pero ¿las cogió la propia Sylvia?
-Eso nadie lo sabe, se dio por supuesto.
-Las suposiciones son siempre muy peligrosas -comentó don Henry.
-Pero sé que no fue la señora Carpenter -replicó la señora Bantry-, porque dio la casualidad de que estuvo toda la mañana paseando conmigo por la terraza. Salimos después de desayunar. Hacía un día extraordinariamente cálido y espléndido para estar tan a principios de primavera. Sylvia bajó sola al jardín, pero más tarde la vi paseando del brazo de Maud Wye.
-De modo que eran grandes amigas, ¿verdad? -preguntó la señorita Marple.
-Sí -contestó la señora Bantry y pareció querer añadir algo más, pero no lo hizo.
-¿Llevaba muchos días en la casa? -quiso saber la señorita Marple.
-Unos quince días -dijo la señora Bantry con voz preocupada.
-¿No le gustaba la señorita Wye? -insinuó don Henry.
-Sí, eso es lo malo, que sí.
La preocupación de su voz se trocó en disgusto.
-Usted nos oculta algo, señora Bantry -dijo don Henry en tono acusador.
-Sí, hace un momento también yo he querido preguntarle algo -dijo la señorita Marple-, pero he preferido callar.
-¿El qué?
-Cuando usted dijo que esa joven pareja se había prometido y que por eso resultaba tan triste. Su voz no me sonó del todo convencida cuando lo dijo, no sé si me comprende.
-Qué temible es usted -replicó la señora Bantry-. Parece que siempre sabe las cosas. Sí, pensaba en algo, pero en realidad no sé si debo decirlo o no.
-Tiene que decirlo, déjese de escrúpulos de una vez -intervino don Henry.
-Bien, pues era sólo esto -continuó la señora Bantry-. Una noche, precisamente la anterior a la tragedia, salí a la terraza antes de cenar. La ventana del salón estaba abierta y por casualidad vi a Jerry Lorimer y a Maud Wye. Él... bueno, la estaba besando. Claro que yo ignoraba si se trataba de un flirteo sin importancia, o si... bueno, quiero decir que nunca se sabe. Yo sabía que a don Ambrose nunca le había gustado Jerry Lorimer, tal vez porque sabía que era de ese estilo. Pero de una cosa estoy segura: esa chica, Maud Wye, estaba realmente interesada por él. Sólo había que ver cómo lo miraba cuando no se creía observada. Y, además, hacían mejor pareja que él y Sylvia.
-Voy a hacerle rápidamente una pregunta antes de que se me adelante la señorita Marple -dijo don Henry-. Quiero saber si, después de la tragedia, Jerry Lorimer se casó con Maud Wye.
-Sí -dijo la señora Bantry-, seis meses después.
-¡Oh! Scherezade, Scherezade -dijo don Henry-. ¡Y pensar en cómo nos presentó su historia al principio! Nos dio los huesos pelados y hay que ver la carne que vamos encontrando ahora en ellos.
-No hable usted así, no sea tan macabro -dijo la señora Bantry-. Y no emplee la palabra carne. Los vegetarianos siempre lo hacen. Dicen "yo nunca como carne" de un modo que le quitan a uno las ganas de comerse la chuleta que tiene delante. El señor Curie era vegetariano y solía desayunar una especie de mejunje parecido al salvado. Los ancianos encorvados que llevan barba suelen tener muchas manías y llevan ropa interior muy particular.
-¿Qué sabes tú de la ropa interior que llevaba el señor Curie? -preguntó su marido.
-Nada -replicó la señora Bantry muy digna-. Sólo lo imagino.
-Voy a rectificar mi declaración -dijo don Henry-. Debo reconocer que los personajes de este drama son muy interesantes. Empiezo a conocerlos a todos. ¿Verdad, señorita Marple?
-La naturaleza humana es siempre interesante, don Henry. Y es curioso ver cómo cierto tipo de personas tiende a actuar siempre del mismo modo.
-Dos mujeres y un hombre -dijo don Henry-. El eterno triángulo. ¿Es ésa la base de nuestro problema? Yo creo que sí.
El doctor Lloyd se aclaró la garganta.
-He estado pensando -empezó con bastante dificultad-. ¿Dice usted, señora Bantry, que usted también se sintió indispuesta?
-¡Por supuesto! ¡Y Arthur! ¡Y todos!
-Eso es, todos -dijo el médico-. ¿Comprenden lo que quiero decir? En la historia que don Henry acaba de contarnos, un hombre disparó contra otro, pero no contra todos los que se encontraban reunidos en la habitación.
-No comprendo -replicó Jane-. ¿Quién disparó contra quién?
-Lo que quiero decir es que quienquiera que planease el crimen lo hizo de un modo muy particular. O bien con una fe ciega en la casualidad o con un desprecio absoluto de la vida humana. Apenas puedo creer que exista un hombre capaz de envenenar deliberadamente a ocho personas con el objeto de suprimir a una de ellas.
-Ya veo por dónde va -dijo don Henry pensativo-. Confieso que debiera haber pensado en esto.
-¿Y no pudo haberse envenenado él también? -preguntó Jane.
-¿Faltó alguien a la mesa aquella noche? -quiso saber la señorita Marple.
La señora Bantry meneó la cabeza.
-Excepto el señor Lorimer, supongo, querida. Él no vivía en la casa, ¿no es cierto?
-No, pero aquella noche cenaba con nosotros -respondió la señora Bantry.
-¡Oh! -exclamó la señorita Marple-. Eso cambia mucho las cosas.
Y agregó frunciendo el entrecejo y como para sus adentros:
-He sido una tonta.
-Confieso que sus palabras me han desconcertado, Lloyd -dijo don Henry-. ¿Cómo asegurarse de que la muchacha y sólo ella tomase la dosis fatal?
-No era posible -replicó el doctor-. Eso nos plantea otra cuestión. Supongamos que la joven no fuera la víctima pretendida.
-¿Qué?
-En todos los casos de envenenamiento por vía oral el resultado es muy incierto. Varias personas se sirven del mismo plato, ¿y qué ocurre? Una o dos enferman ligeramente, otras dos, digamos, de gravedad, y otra fallece. Así es como ocurre siempre, no es posible tener plena seguridad. Pero hay casos en los que puede intervenir otro factor. La digitalina es una droga que afecta directamente al corazón, y como les he dicho se receta en ciertos casos. Ahora bien, en la casa había una persona que sufría del corazón. Supongamos que fuese la víctima escogida. Lo que no sería fatal para el resto, lo iba a ser para él, o eso es lo que pudo suponer el asesino. Que todo resultara distinto es sólo una prueba de lo que acabo de decirles: la incertidumbre y relatividad de los efectos de las drogas en los seres humanos.
-¿Cree usted que la víctima tenía que haber sido don Ambrose? -preguntó don Henry.
-Sí, sí, y la muerte de la joven fue un error.
-¿Quién heredó su dinero después de su muerte? -preguntó Jane.
-Una pregunta muy sensata, señorita Helier. Una de las primeras que hacía siempre en mi antigua profesión -dijo don Henry.
-Don Ambrose tenía un hijo -replicó lentamente la señora Bantry-. Se había peleado con él durante muchos años anteriormente. Creo que era muy rebelde. No obstante, no estaba en manos de don Ambrose poder desheredarlo ya que Clodderham Court pasaba de padres a hijos. Martin Bercy heredó el título y la hacienda. Sin embargo, don Ambrose tenía bastantes propiedades más que podía dejar a quien quisiera y que dejó a su pupila Sylvia. Sé que don Ambrose falleció al cabo de medio año de haber sucedido lo que les estoy contando y no se tomó la molestia de hacer nuevo testamento después de la muerte de Sylvia. Creo que el dinero pasó a la Corona, o tal vez a su hijo como pariente más cercano, no lo recuerdo exactamente.
-De modo que los únicos que podían realmente beneficiarse de la muerte de don Ambrose eran un hijo que no estaba allí y la muchacha que falleció -resumió don Henry, pensativo-. No resulta muy prometedor.
-¿La otra mujer no heredó nada? -preguntó Jane-. Ésa que la señora Bantry califica de "gata".
-En el testamento no constaba su nombre -dijo la señora Bantry.
-Señorita Marple, no nos escucha usted -le dijo don Henry-, parece estar muy lejos.
-Estaba pensando en el anciano señor Badger, el farmacéutico -contestó la aludida-. Tenía un ama de llaves muy joven, lo suficiente no sólo para ser su hija, sino para ser su nieta. No dijo una palabra a nadie, y su familia y un montón de sobrinos abrigaban la esperanza de heredarlo. Y cuando falleció, ¿quieren ustedes creerlo?, llevaba dos años casado con ella en secreto. Claro que el señor Badger era farmacéutico y también un hombre muy rudo y vulgar, y don Ambrose Bercy un caballero muy fino, según dice la señora Bantry, pero en conjunto la naturaleza humana es la misma en todas partes.
Hubo una pausa, durante la cual don Henry miró fijamente a la señorita Marple, quien no apartó sus ojos azules e inteligentes hasta que Jane Helier rompió el silencio con una pregunta.
-¿La señora Carpenter era bien parecida? -preguntó.
-Sí, pero sencilla, nada llamativa.
-Tenía una voz muy agradable -dijo el coronel Bantry.
-Ronroneante, así es como yo la llamo -intervino la señora Bantry-. ¡Ronroneante!
-A ti también van a llamarte "gata" cualquier día de estos, Dolly.
-Me gusta serlo en mi casa -replicó ella-. De todas formas, ya sabes que no me gustan mucho las mujeres. Sólo los hombres y las flores.
-Un gusto excelente -exclamó don Henry-. Especialmente por haber nombrado a los hombres en primer lugar.
-Eso fue por delicadeza -respondió la señora Bantry-. Bueno, ¿qué me dicen de mi problemita? Me parece que he jugado limpio, Arthur. ¿No crees que he jugado muy limpio?
-Sí, querida. Pero no creo que haya una investigación sobre la limpieza de la carrera por los comisarios del Jockey Club.
-Usted primero -dijo la señora Bantry señalando a don Henry.
-Tal vez me extienda excesivamente en mis deducciones, ya que no tengo ninguna seguridad en este caso. Primero consideremos a don Ambrose. No creo que empleara un método tan original para suicidarse, y por otro lado no ganaba nada con la muerte de su pupila. Descartado don Ambrose. Ahora el señor Curie. No tenía motivos para matar a la joven. De haber sido don Ambrose su presunta víctima, posiblemente hubiera robado un par de manuscritos raros que nadie hubiera echado de menos. Es una teoría muy cogida por los pelos y poco probable. De modo que considero que, a pesar de las sospechas de la señora Bantry en cuanto a su ropa interior, el señor Curie queda eliminado. La señorita Wye. ¿Motivos para matar a don Ambrose? Ninguno. ¿Motivos para matar a Sylvia? Poderosos. Ella quería al prometido de Sylvia con locura, según dice la señora Bantry. Aquella mañana estuvo en el jardín con Sylvia, de modo que tuvo oportunidad de coger las hojas. No, no podemos descartar a la señorita Wye así como así y tampoco al joven Lorimer. Existen motivos en ambos casos. Si se deshace de su novia puede casarse con la otra. No obstante, me parece excesivo asesinarla. ¿Qué significa hoy en día la ruptura de un compromiso? Si muere don Ambrose, se casará con una mujer rica en vez de con una pobre. Eso puede tener importancia o no, depende de su situación económica. Si descubro que sus propiedades estaban hipotecadas y la señora Bantry nos ha ocultado deliberadamente este detalle, no habrá sido juego limpio. Ahora la señora Carpenter. Sospecho de la señora Carpenter. Esas manos tan blancas y su magnífica coartada en el momento en que fueron cogidas las hojas. Siempre desconfío de las coartadas. Y tengo otra razón para sospechar de ella, que me reservo. No obstante, a grosso modo, si tuviera que acusar a alguien sería a la señorita Maud Wye ya que tenemos más pruebas contra ella que contra nadie.
-Ahora usted -dijo la señora Bantry señalando al doctor Lloyd.
-Creo que se equivoca usted, Clithering, al aferrarse a la teoría de que la muerte de la joven fuese intencionada. Estoy convencido de que el asesino intentaba deshacerse de don Ambrose. No creo que el joven Lorimer tuviera los conocimientos necesarios y me siento inclinado a creer que la culpa fue de la señora Carpenter. Llevaba mucho tiempo en la casa, conocía el estado de salud de don Ambrose y pudo disponer con facilidad que esa joven Sylvia (que usted misma dice que era bastante estúpida) cogiera las hojas adecuadas. Confieso que no veo qué motivos pudo tener, pero me aventuro a suponer que, en otro tiempo, don Ambrose hizo un testamento en que era mencionada. Es lo mejor que se me ocurre.
La señora Bantry pasó a señalar a Jane Helier.
-Yo no sé qué decir -dijo Jane-, excepto esto: ¿Por qué no pudo haberlo hecho la propia muchacha? Después de todo, ella llevó las hojas a la cocina. Y usted dice que don Ambrose se había opuesto al noviazgo. Al morir él, conseguiría el dinero para poder casarse en seguida. Debía conocer el estado de salud de don Ambrose tan bien como la señora Carpenter.
El índice de la señora Bantry señaló a la señorita Marple.
-Ahora usted, la profesora -le dijo.
-Don Henry lo ha expresado todo claramente, muy claramente -dijo la señorita Marple-. Y el doctor Lloyd también tuvo razón en lo que dijo. Entre los dos lo han dejado todo bien claro. Sólo que no creo que el doctor Lloyd haya comprendido lo que implica algo que él mismo ha dicho. Veamos, al no ser el médico habitual de don Ambrose, no podía saber exactamente qué clase de afección cardiaca padecía, ¿no les parece?
-No acabo de comprender lo que quiere usted decir, señorita Marple -dijo el doctor Lloyd.
-Usted supone que don Ambrose tenía un corazón al que le afectaría la digitalina, pero no hay nada que lo pruebe. Pudo ser todo lo contrario.
-¿Lo contrario?
-Sí, usted dijo que a menudo se receta digitalina para ciertas afecciones del corazón.
-Aunque así sea, señorita Marple, no veo adónde quiere usted ir a parar.
-Pues significaría que podía tener digitalina en su poder con toda naturalidad, sin dar explicaciones. Lo que trato de decir (siempre me expreso tan mal), es esto: Supongamos que usted deseara envenenar a alguien con una dosis mortal de digitalina. ¿No sería lo más sencillo y el medio más fácil procurar que todos sufrieran un envenenamiento producido por hojas de dedalera, que contienen digitalina? No sería fatal para ninguno de los otros, pero nadie se sorprendería de que hubiera una víctima ya que, como ha dicho el doctor Lloyd, estas cosas son muy imprecisas. Nadie se molestaría en averiguar si la joven había tomado ya previamente una dosis fatal de digitalina. Pudo ponérsela en un combinado, en el café o incluso hacérselo beber simplemente como un tónico.
-¿Quiere usted decir que don Ambrose envenenó a su pupila, la encantadora joven a la que tanto apreciaba?
-Exactamente -replicó la señorita Marple-. Igual que el señor Badge y su joven ama de llaves. No me digan que es absurdo que un hombre de sesenta años se enamore de una joven de veinte. Sucede cada día, y me atrevo a decir que un autócrata como don Ambrose pudo tomárselo muy a pecho. Esas cosas a veces se convierten en una obsesión. No podía soportar la idea de verla casada. Hizo cuanto pudo por evitarlo y fracasó. Sus celos crecieron de tal modo que prefirió matarla antes de dejar que se casara con el joven Lorimer. Debía haberlo planeado bastante antes, ya que las semillas de dedalera tuvieron que ser sembradas entre la salvia. Cuando llegó la ocasión, él mismo las cogió y envió a Sylvia con ellas a la cocina. Es horrible pensarlo, pero supongo que debemos juzgarle con toda la benevolencia que podamos. Los hombres de edad son algunas veces muy suyos en lo que se refiere a las chicas jovencitas. Nuestro último organista... pero no hablemos más de los escándalos.
-Señora Bantry -preguntó don Henry-. ¿Fue así?
La señora Bantry asintió.
-Sí, yo no tenía la menor idea, nunca pensé que pudiera tratarse de otra cosa más que de un accidente. Luego, después de la muerte de don Ambrose, recibí una carta. Había dejado instrucciones para que me fuera enviada y en ella me contaba la verdad. No sé por qué, pero él y yo siempre nos habíamos llevado muy bien.
Durante el momentáneo silencio percibió una crítica callada y se apresuró a agregar:
-Ustedes creen que estoy traicionando una confidencia, pero no es así. He cambiado todos los nombres. En realidad, no se llamaba don Ambrose Bercy. ¿No se dieron cuenta de la extrañeza con que me miró Arthur cuando dije el nombre por primera vez? Al principio no me entendía. Lo he cambiado todo. Como dicen en las revistas y al principio de las novelas: "Todos los personajes que aparecen en esta historia son puramente imaginarios". Nunca sabrán ustedes quiénes fueron en realidad.



Diotima (Después de 1800)



Callas y sufres, no te comprenden,
¡oh noble espíritu! Miras abajo y callas
al claro día, pues vanamente,
bajo el sol buscas los tuyos, hijos

de reyes, que antes como hermanos,
como en los bosques las cimas gemelas,
de amor y patria jubilosos
gozaban al recuerdo de su origen

bajo el abrazo infinito del cielo;
fieles y gratos llevaron sin duda
aun a la sima del Tártaro la alegría,
libres criaturas, hijos de los dioses,

almas henchidas de gracia, y ya extintas;
a ellas en estos años luctuosos
y al cotidiano clamor de estrellas
que fueron, llora nuestro corazón,

y este fúnebre trueno nunca fin habrá.
Mas el tiempo sana. Los seres divinos son fuertes
y raudos. Recobra la naturaleza
su antiguo y alegre dominio

¡Mira, amor! Aun antes de que nuestra colina
se hunda, un canto mortal ha de ver
el día, oh Diotima, que en pos de los dioses
y en pos de los héroes te nombre su igual.




lunes, 23 de marzo de 2015

La estación de los amores



Por el camino de las pendientes
En la sombra triédrica de un sueño agitado
Yo voy hacia ti la doble la múltiple
Hacia ti semejante a la era de los deltas.
Tu cabeza es más pequeña que la mía
El mar cercano reina con la primavera
Sobre los veranos de tus formas frágiles
Y de pronto allí queman haces de armiños.

En la transparencia vagabunda
De tu altísimo rostro
Esos animales flotantes son admirables
Envidio su candor su inexperiencia
Tu inexperiencia sobre el jergón del agua
Encuentra sin inclinarse el camino de amor.

Por el camino de las pendientes
Y sin el talismán que denuncie
Tus risas a la multitud de las mujeres
Y tus lágrimas a quien no las quiere.




Sopla el viento





Repentinamente... horriblemente... ella se despierta. ¿Qué ha ocurrido? Ha ocurrido algo horrible. No, no ha ocurrido nada. Es sólo el viento que estremece la casa, sacudiendo las ventanas, golpeando un hierro del techo y haciendo temblar su cama. Las hojas pasan aleteando frente a su ventana, alejándose hacia arriba; en la avenida un periódico completo se agita en el aire como una cometa perdida y cae clavándose en un pino. Hace frío. El verano ha terminado... es otoño, todo es feo. Los carros pasan ruidosamente, balanceándose de lado a lado; dos chinos avanzan a pasitos cargados con un balancín de madera del que penden los cestos cargados de verduras... sus coletas y sus blusas azules volando al viento. Un perro blanco de tres patas pasa aullando frente a la cerca. ¡Todo ha terminado! ¿Qué ha terminado? ¡Oh, todo! Y ella empieza a recogerse el pelo con dedos temblorosos, sin atreverse a mirar en el espejo. En el vestíbulo, mamá habla con la abuela.
-¡Una perfecta idiota! Imagínate, dejar todo en la cuerda con un tiempo como éste... Ahora mi mejor mantel de Tenerife está hecho jirones. ¿Qué es ese olor tan raro? ¡Se quema el guisado! ¡Oh, cielos, este viento!
A las diez tiene lección de música. Ante esta idea, empieza a sonar en su cabeza el movimiento en tono menor de Beethoven, con sus trinos largos y terribles como el redoble de pequeños tambores... Marie Swanson corre por el jardín de la casa de al lado para recoger los crisantemos antes de que se destrocen. La falda se le vuela por encima de la cintura, ella trata de bajársela, de metérsela entre las piernas mientras se agacha, pero de nada sirve... el viento se la levanta. Todos los árboles y arbustos se agitan a su alrededor. Ella arranca las flores tan rápido como puede, pero está muy aturdida. No sabe lo que hace: arranca las plantas de raíz y dobla y retuerce los tallos, patalea y maldice.
-¡Por el amor de Dios, dejen cerrada la puerta del frente! ¡Entren por atrás! -grita alguien. Y después la voz de Bogey:
-Mamá, te llaman por teléfono. Teléfono, mamá. Es el carnicero.
¡Qué horrible es la vida... un asco, simplemente un asco! Y ahora, para colmo, se le ha roto el elástico del sombrero. Por supuesto. Se pondrá su vieja boina y se escabullirá por atrás. Pero mamá la ha visto.
-¡Matilde! ¡Matilde! ¡Regresa de inmediato! ¿Qué diablos te has puesto en la cabeza? Parece un cubretetera. ¿Y por qué tienes esa melena cubriéndote la frente?
-No puedo demorarme, mamá. Llegaré tarde a mi clase.
-¡Regresa de inmediato!
No lo hará. No lo hará. Odia a su madre.
-¡Vete al infierno! -grita, y corre calle abajo.
En olas, en nubes, en grandes remolinos el polvo golpea, trayendo con él briznas de paja y pedregullo y abono. Los árboles de los jardines rugen y, desde el fondo de la calle donde vive el señor Bullen, llega el lamento del mar: “¡Ah... ah... !”
Pero la sala del señor Bullen está silenciosa como una caverna. Las ventanas están cerradas; entrecerrados los postigos, y ella no ha llegado tarde. La chica-que-está-antes ha comenzado a tocar “A un iceberg”, de MacDoweIl. El señor Bullen le lanza una mirada y esboza una sonrisa.
-Siéntate -le dice. Siéntate en un rincón del sofá, damita.
Qué divertido es. No es que se ríe de uno, exactamente... pero hay algo... ¡Oh, qué tranquilo está todo aquí!
Le gusta esta habitación. Huele a sarga, a humo rancio y a crisantemos... hay un gran jarrón lleno de crisantemos sobre la chimenea, junto a la desteñida fotografía de Rubinstein... a mon ami Robert Bullen... Sobre el negro y reluciente piano está colgado “Soledad”, un cuadro que representa a una mujer morena y trágica vestida de blanco, sentada sobre una roca con las piernas cruzadas y el mentón apoyado en las manos.
-¡No, no! -dice el señor Bullen, y se inclina sobre la otra chica y toca ese pasaje en el piano, pasando sus manos por encima de los hombros de la otra. ¡La muy estúpida... se sonroja! ¡Qué ridícula!
Ahora la chica-que-está-antes se ha ido, la puerta del frente se cierra de un portazo. El señor Bullen regresa y camina de arriba abajo muy suavemente, esperándola. ¡Qué extraordinario! Sus dedos tiemblan tanto que no puede deshacer el nudo de su carpeta de música. Es el viento... Y su corazón late con tanta violencia que le parece que le levanta y le baja la blusa con cada latido. El señor Bullen no dice una palabra. En el ajado y rojo taburete del piano entran dos personas. El señor Bullen se sienta junto a ella.
-¿Empiezo con las escalas? -pregunta ella, retorciéndose las manos-. También tenía unos arpegios.
Pero él no responde. Ella cree que ni siquiera la ha oído... y entonces, de repente, su fresca mano, la que tiene el anillo, se extiende y abre el tomo de Beethoven.
-Vamos a hacer algo del viejo maestro -dice.
Pero por qué le habla con tanta amabilidad... con tantísima amabilidad... y como si se conocieran desde muchísimo tiempo atrás, y lo supieran todo uno de otro.
Lentamente, él vuelve la página. Ella observa su mano... es una mano hermosa y siempre parece recién lavada.
-Estamos aquí -dice el señor Bullen.
Oh, esa voz amable. Oh, ese movimiento: en tono menor. Aquí vienen los pequeños tambores...
-¿Hago la repetición?
-Sí, pequeña.
Su voz es demasiado, demasiado amable, las corcheas y los trinos bailan de arriba abajo en el pentagrama como negritos sobre una cerca. Por qué es tan... Ella no llorará... no tiene por qué llorar...
-¿Qué te pasa, pequeña?
El señor Bullen le toma las manos. Su hombro está justo junto a su cabeza. Se apoya un poquitito en él, pone su mejilla contra la áspera tela.
-La vida es tan horrible -murmura, pero no siente en absoluto que sea horrible. Él dice algo acerca de “esperar” y “marcar el tiempo” y “ese raro ser que es una mujer”, pero ella no lo escucha. Es tan cómodo esto... para siempre...
De repente la puerta se abre y aparece Marie Swanson que ha llegado horas antes de su clase.
-Toca el alegretto un poco más rápido -dice el señor Bullen, y se levanta y empieza a caminar de arriba abajo una vez más.
-Siéntate en el rincón del sofá, damita -le dice a Marie.
*
El viento, el viento. Es aterrador estar aquí sola en su cuarto. La cama, el espejo, el jarro y la jofaina blancos relucen como el cielo. La cama es lo más aterrador. Allí está, profundamente dormida... ¿Acaso mamá se imagina por un momento que ella zurcirá todos esos zoquetes anudados sobre la colcha que parecen serpientes? No lo hará. No, mamá. No veo por qué debo hacerlo... ¡El viento... el viento! Hay un raro olor a hollín que se cuela por la chimenea ¿Alguien le ha escrito poemas al viento...? “Traigo flores frescas a las hojas y lluvia”... ¡Qué tontería!
-¿Eres tú, Bogey?
-Vamos a caminar por la explanada, Matilde. No aguanto más.
-Ahora mismo. Me pondré el impermeable. ¡Qué día espantoso!
El impermeable de Bogey es igual al de ella. Abrochándose el cuello, se mira en el espejo. Tiene el rostro pálido, los dos tienen los mismos ojos excitados y los labios calientes. ¡Ah, qué bien conoce a esos dos del espejo! Hasta luego, querido, regresaremos pronto.
-Esto es mejor, ¿no es cierto?
-Agárrate de mi brazo -dice Bogey.
No pueden caminar tan rápido como quisieran. Con las cabezas gachas, apenas rozándose las piernas, dan zancadas como una sola y ansiosa persona a través de la ciudad, por el asfalto que zigzaguea y junto al que crece salvaje el hinojo, hasta llegar a la explanada. Oscurece... empieza a oscurecer. El viento es tan fuerte que tienen que esforzarse por avanzar, tambaleándose como dos borrachos. Todas las pobres plantitas de pohutukawa de la explanada se doblan hasta el suelo.
-¡Vamos! ¡Vamos! ¡Acerquémonos más!
El mar está muy alto por encima de la escollera. Se quitan los sombreros y el pelo se les vuela hasta la boca, con gusto a sal. El mar está tan revuelto que las olas no rompen sino que golpean contra el áspero muro de piedra, absorbiendo las algas de los goteantes peldaños. Una fina llovizna de agua de mar azota la explanada. Bogey y ella están cubiertos de gotas, en la boca siente un sabor frío y húmedo.
A Bogey le está cambiando la voz. Cuando habla recorre todos los extremos de la escala. Es divertido... hace reír... y de algún modo está de acuerdo con el día. El viento se lleva sus voces... lejos vuelan sus frases como delgadas saetas.
-¡Más rápido! ¡Más rápido!
Ya está muy oscuro. En el puerto, las barcazas carboneras tienen dos luces: una en el mástil y otra en la popa.
-Mira, Bogey. Mira allí.
Un gran vapor negro que deja escapar una larga columna de humo, con las escotillas iluminadas, con luces en todas partes, está saliendo al mar. El viento no lo detiene, corta las olas en dirección al paso que se abre entre las rocas puntiagudas, en camino a... Es la luz lo que lo hace parecer tan bello y misterioso... Ellos están a bordo, con los brazos entrelazados y apoyados en la barandilla.
-... ¿Quiénes son?
-... Son hermanos.
-Mira, Bogey, allí está la ciudad. ¿No parece pequeña? Allí está el reloj del correo dando la hora por última vez. Allí está la explanada por la que caminamos aquel día ventoso. ¿Te acuerdas? Aquel día lloré en mi clase de música... ¡Cuántos años atrás! Adiós, islita, adiós...
Ahora la oscuridad extiende un manto sobre las aguas revueltas. Ya no se ven las siluetas de esos dos. Adiós, adiós. ¡No nos olviden!... Pero, ahora el barco se ha ido.
El viento... el viento.