jueves, 27 de febrero de 2014

Poema 63 (Time and Eternity")





Haz amplia esta cama,
haz esta cama con prudencia;
espera en ella el postrer juicio,
sereno y excelente.

Que sea recto su colchón
y redonda sea su almohada,
que ningún rayo dorado de sol
llegue jamás, a perturbarla.




miércoles, 26 de febrero de 2014

La llama





     Asisitida por mi alma antigua, por mi alma primera al fin recobrada, y por tanto tiempo perdida. Ella, la perdidiza, al fin volvió por mí. Yentonces comprendí que ella había sido la enamorada. Y yo había pasado por la vida tan sólo de paso, lejana de mí misma .Y de ella venían las palabras sin dueño que todos bebían sin dejarme apenas nada a cambio. Yo era la voz de esa antigua alma. Y ella, a medida que consumaba su amor, allá, donde yo no podía verla; me iba iniciando a través del dolor del abandono. Por eso nadie podía amarme mientras yo iba sabiendo del amor. Y yo misma tampoco amaba. Sólo una noche hasta el alba. Y allí quedé esperando. Me despertaba con la aurora, si es que había dormido. Y creía que ya había llegado, yo, ella, él... Salía el Sol y el día caía como una condena sobre mí. No, no todavía.




martes, 25 de febrero de 2014

Sordo, mudo y ciego







Poco después del mediodía del 28 de junio de 1924, el doctor Morchouse detuvo su automóvil ante la finca Tanner y cuatro hombres descendieron. La pétrea construcción, en perfecto estado de conservación, se alzaba cerca del camino, y, de no ser por el pantano en su parte trasera, carecería de cualquier sugestión siniestra. El blanco e inmaculado portal era visible más allá del pulcro césped, desde alguna distancia camino abajo; y mientras el grupo del doctor se acercaba, pudieron distinguir la pesada puerta abierta de par en par. Tan sólo la mosquitero estaba cerrada. La proximidad de la casa había impuesto una especie de nervioso silencio a los cuatro hombres, ya que lo que acechaba en su interior sólo podía imaginarse con difuso terror. Un terror que se vio sumamente reducido cuando los exploradores escucharon claramente el sonido de la máquina de escribir de Richitrd Blake.

Menos de una hora antes, un hombre adulto había huido de esta casa, destacado, sin chaqueta y vociferando, para desplomarse ante la puerta de su vecino más próximo, como a un kilometro, balbuciendo incoherencias sobre «casa>,, «oscuro,, ,pantano,, y «alcoba,,, El doctor Morehouse, oyendo que una criatura babeante y enloquecida había escapado de la casa del viejo Tanner por el límite del pantano, no necesitó mayores acicates para entrar en acción. Supo que algo podía suceder desde el momento en que los dos hombres ocuparon la maldita casa de piedra... el hombre que había huido y su patrón, Richard Blake, el poeta de Boston, el genio que había ido a la guerra con cada nervio y sentido alertas, para regresar en su estado actual: aún gallardo, pero medio paralítico; todavía paseando con canciones entre las visiones y sonidos de la viva fantasía, a pesar de estar cerrado para siempre al mundo físico: ¡Sordo, mudo y ciego!

Blake se había deleitado con las extrañas historias y estremecedoras insinuaciones acerca de la casa y sus primeros inquilinos. Tales espantosas tradiciones eran una posesión mental cuyo goce no podía impedir su estado físico. Había sonreído ante el augurio de los supersticiosos pueblerinos. Ahora, con su único acompañante en fuga presa del pánico, y él mismo inerme ante lo que hubiera causado tal espanto, ¡Blake tendría menor ocasión de divertirse y sonreír! Éstas, en fin, eran las reflexiones del doctor Morehouse mientras encaraba el problema del fugitivo y solicitaba al desconcertado granjero ayuda para desvelar el misterio. Los Morehouse eran una vieja familia de Fenham, y el abuelo del doctor había sido uno de los que quemaron el cuerpo del misántropo Simeón Tanner en 1819. A pesar del tiempo transcurrido, el avezado doctor no podía evitar un escalofrío pensando en tal acto... y en las cándidas conclusiones sacadas por los ignorantes paisanos a partir de una ligera e insignificante malformación del difunto. Sabia que aquel estremecimiento era estúpido, ya que unas minúsculas protuberancias óseas en la parte delantera (¡el cráneo no significan nada, e incluso pueden observarse en algunos calvos.

Entre los cuatro hombres que finalmente decidieron partir hacia esa aborrecida casa en el coche del doctor, hubo un temeroso y singular intercambio de vagas leyendas y medio furtivos fragmentos de habladurías murmuradas por chismosas abuelas... leyendas e insinuaciones pocas veces repetidas y casi nunca cotejadas, Se remontaban tan atrás como 1692, cuando un Tanner fue ajusticiado en Gallows Hill, Salem, tras un juicio por brujería; pero no aumentaron hasta que la casa fue construida en 1747, aunque el edificio actual era más moderno. Ni siquiera entonces los cuentos eran muy numerosos, a despecho de lo extraños que eran todos los Tanner, sino sólo a raíz del último de todos, el viejo Simeón, a quien la gente temía atrozmente. Se hizo cargo de su herencia -horriblemente, según musitaban algunos- y tapió las ventanas de la habitación sureste, cuyo muro este daba al pantano. Aquél era su estudio y biblioteca, y tenía una puerta de doble grosor con refuerzos. Fue forzada con hachas aquella terrible noche del invierno de 1819, cuando el humo hediondo había ascendido por la chimenea, y allí se encontró el cuerpo de Tanner... con aquella expresion en su rostro. Fue a causa de aquella expresión -no por las dos huesudas protuberancias bajo el estropajoso cabello blanco- lo que les llevó a quemar el cuerpo, así como los libros y manuscritos que contenía la estancia. Sin embargo, la corta distancia a la finca Tanner quedó cubierta mucho antes de que la cuestión histórica más importante pudiera cotejarse.

Mientras el doctor, a la cabeza del grupo, abría la mosquitero y entraba al vestíbulo de arcos, se percató de que el sonido de la máquina de escribir había cesado bruscamente. En ese instante dos de los hombres también creyeron notar una débil corriente de aire frío extrañamente fuera de tono con el gran calor del día, aunque más tarde rehusaron jurarlo. El vestíbulo estaba en perfecto orden, así como las diversas estancias en donde penetraron buscando el estudio donde presuntamente se hallaría Blake. El autor había amueblado su casa con exquisito gusto colonial y, aunque no disponía de más ayuda que la de un único sirviente, se había mantenido todo en un estado de admirable limpieza.

El doctor Morehouse guió a sus hombres de habitación en habitación por las puertas abiertas de par en par y las arcadas, hallando por fin la librería o estudio que buscaba: una exquisita habitación orientada al sur, en la planta baja y adyacente a lo que una vez fuera el espantoso estudio de Simeón Tanner, revestida de libros, que el sirviente le leía a través de un ingenioso alfabeto de toques, y los más abultados volúmenes de Braille, que el mismo autor leía con las sensitivas yemas de sus dedos. Richard Blake, por supuesto, estaba allí, sentado como era habitual ante su máquina de escribir, con un montón de hojas recién escritas desparramadas por la mesa y el ,suelo, y con una hoja aún en la máquina. Había interrumpido su trabajo, parecía, con cierta brusquedad, quizás por un escalofrío que le había hecho cerrarse el cuello de la bata, y su cabeza estaba vuelta hacia el portal de la soleada habitación adyacente, de forma bastante ¡singular para alguien a quien su falta de vista y oído bloquea toda impresión del mundo exterior.
Al acercarse, situándose donde pudiera ver el rostro del autor, el doctor Morehouse empalideció e hizo gesto,,; ii los demás para que permanecieran atrás. Necesitó algún tiempo para tranquilizarse y disipar toda posibilidad de sufrir algún espantoso espejismo. No necesitó tiempo para preguntarse por qué había sido quemado el cuerpo del viejo Simeón Tanner por su expresión aquella noche de invierno, porque allí había algo que sólo una mente perfectamente disciplinada podía enfrentar. El difunto Richard Blake, cuya máquina de escribir había cesado su incesante tecleo sólo cuando los hombres habían penetrado en la casa, había visto algo a pesar de nu ceguera y había sido afectado por ello. No había ninguna humanidad en la mirada de aquel rostro, ni en la macabra y vidriada visión que llameaba en los grandes ojos azules inyectados en sangre, privados de imágenes de este mundo durante seis años. Aquellos ojos estaban clavados con un éxtasis de manifiesto horror sobre el zaguán que llevaba al estudio del viejo Simeón Tanner, donde el sol resplandecía sobre los muros una vez sumidos en la negrura del tapiado. Y el doctor Arlo Morehouse se tambaleó aturdido al descubrir que, a pesar de la deslumbrante luz diurna, las pupilas negras como la tinta de aquellos ojos estaban tan cavernosamente dilatadas como las de los ojos de un gato en la oscuridad.

El doctor cerró aquellos ojos ciegos de mirada fija antes de dejar que los demás vieran el rostro del cadáver. Mientras tanto, estudió el cuerpo sin vida con febril diligencia utilizando minuciosos cuidados técnicos a pesar de sus alterados nervios y casi temblorosas manos. Algunos de sus resultados los comunicaba de tiempo en tiempo al espantado e inquisitivo trío de su alrededor; otros se los guardó juiciosamente para sí mismo, ya que les provocaría especulaciones más inquietantes de lo que las cavilaciones humanas deben ser. No fue nada que él dijera, sino una atenta observación propia, lo que hizo murmurar a uno de los hombres sobre el desgreñado cabello negro del cadáver y la forma en que los papeles estaban esparcidos. Este hombre dijo que era como si una fuerte brisa hubiera soplado por el abierto portal hacia donde estaba vuelto el muerto; pero, aunque las ventanas de mas allá una vez tapiadas estaban en efecto completamente abiertas al cálido aire de junio, apenas hubo un soplo de viento en todo el día.

Cuando uno de los hombres comenzó a recoger las hojas del manuscrito recién mecanografiado que yacían en el suelo y la mesa, el doctor Morehouse le detuvo con un gesto alarmado. Había visto la hoja que permanecía en la máquina y la había sacado precipitadamente, colocándola en su bolsillo tras de que una frase o dos volvieran a hacerle palidecer. Este incidente le hizo recoger por sí mismo las dispersas hojas y apiñarlas en un bolsillo interior sin detenerse a ordenarlas. Pero lo leído no era ni siquiera la mitad de aterrador que lo descubierto: la sutil diferencia de impresión y tecleo que distinguía las hojas recogidas de la que se encontraba en la máquina de escribir. No pudo disociar esta sombría impresión de la terrible circunstancia que tan celosamente había ocultado a los hombres que oyeran el tecleo de la máquina hacía menos de diez minutos... el hecho que trataba de arrancar incluso de su propia mente hasta estar a solas, retrepado en las misericordiosas profundidades del sillón de su Morris. Uno puede juzgar el temor que sintió ante esto a tenor del esfuerzo que le costó ocultarlo. En más de treinta años de práctica profesional había sido considerado como un forense a quien ningún dato podía ocultarse; aunque, entre tantas formalidades como había seguido, ningún hombre supo jamás que cuando examinó a este cadáver retorcido, de mirada fija y ciego, había descubierto inmediatamente que la muerte debía haber tenido lugar al menos media hora antes del descubrimiento.

El doctor Morehouse cerró la puerta exterior y condujo al grupo por todos los rincones de la vieja casa, buscando cualquier pista que pudiera explicar la tragedia. No obtuvieron más resultado que el fracaso total. Sabía que la trampilla del viejo Simeón Tanner había sido elimiinada tan pronto como los libros y cuerpo del recluso fueron quemados, y que la cámara subterránea y el sinuoso túnel bajo los pantanos fueron rellenados una vez descubiertos, casi treinta y cinco años atrás. No vio nuevas anomalías que hubieran tomado su puesto, y todo el lugar mostraba solamente la normal limpieza y la moderna restauración y cuidado propias del buen gusto. Telefoneando al sheriff de Fenham y al forense del condado en Bayboro, esperó la llegada del primero; éste, al llegar, insistió en juramentar a dos de los hombres como sus ayudantes mientras aparecía el forense. El doctor Morehouse, sabedor de la falsedad y futilidad de las pesquisas oficiales, no pudo evitar sonreír aviesamente al marcharse en compañía del aldeano en cuya casa aún se cobijaba el hombre que había huido.

Encontraron al paciente excesivamente débil, aunque consciente y bastante sereno. Habiendo prometido al sheriff obtener transmitir toda información posible del fugitivo, el doctor Morchouse comenzó un interrogatorio calmado y lleno de tacto que fue recibido con espíritu racional y bien dispuesto, sólo entorpecido por las lagunas de memoria. La mayor parte de la calma del hombre debía provenir de una piadosa incapacidad de recordar, pues todo cuanto dijo fue que había estado en el estudio con su patrón y había creído ver la habitación adyacente oscurecerse bruscamente... la estancia donde el resplandor del sol había reemplazado las tinieblas de las ventanas tapiadas durante más de un centenar de años. Aun este recuerdo, del cual ya medio dudaba, turbaba enormemente los trastornados nervios del paciente, y sólo mediante la mayor gentileza y circunspección el doctor Morehouse le comunicó la muerte de su patrón... víctima natural de un ataque de corazón que sus terribles lesiones de guerra debían haberle provocado. Esto afligió al hombre, ya que había sido un devoto del tullido autor; pero prometió mostrar entereza y enviar el cuerpo a su familia de Boston al finalizar las pesquisas formales del forense.

El médico, tras satisfacer tan imprecisamente como le fue posible la curiosidad del anfitrión y su esposa, y urdiéndolos a amparar al paciente y mantenerlo lejos de la casa Tanner hasta su partida con el cuerpo, condujo de nuevo hacia casa con un creciente temblor de excitación. Al fin era libre de leer el manuscrito mecanografiado por el muerto y obtener por fin una pista sobre qué infernal ser había desafiado aquellos destrozados sentidos de vista y sonido, penetrando tan desastrosamente la delicada inteligencia que rumiaba en la oscuridad y el silencio. Sabía que debía ser una lectura grotesca y terrible, y no se apresuró a comenzarla. De hecho, deliberadamente, guardó el coche en el garaje se embutió confortablemente en una bata y colocó un surtido de medicinas tónicas junto al gran sillón que pensaba ocupar. Aun tras esto, gastó obviamente tiempo en la lenta colocación de las hojas numeradas, evitando cuidadosamente cualquier ojeada al texto. Sabemos lo que hizo el doctor Morehouse con el Manuscrito. Podría no haber sido leído por nadie más de no haberlo auxiliado su esposa mientras yacía inerte en su sillón una hora más tarde, respirando ruidosamente y sin responder a sacudidas lo bastante violentas como para revivir a la momia de un faraón. Terrible como es el docuinento, particularmente en el obvio cambio de estilo cerca del final, no podemos evitar creer que la sabiduría popular del médico le descubrió un sumo y supremo horror que nadie más hubiera tenido la desgracia de captar. Verdaderamente, es opinión generalizada en Fenham que la amplia familiaridad del doctor con las murmuraciones de los ancianos y los cuentos que su abuelo le contó en la Juventud le proveyeron de alguna especial información, a la luz de la que la espantosa crónica de Richard Blake adquirió un nuevo, claro y devastador significado casi insoportable para la mente humana normal. Esto pudo explicar la lentitud de su recuperación esa tarde de junio, la renuencia con la que permitió a su mujer e hijo leer el manuscrito, la singular desgana con la que accedió a su deseo de no quemar un documento tan oscuramente reseñable y, sobre todo, la peculiar rapidez con la que se apresuro a comprar la propiedad del viejo Tanner, demoliendo la casa con dinamita y talando los árboles del pantano hasta una considerable distancia del camino. Sobre todo este asunto, él mantiene hoy en día un inflexible mutismo y es sabido que se llevará a la tumba un conocimiento del que es mejor que el mundo prescinda. El manuscrito, tal como aquí aparece, fue copiado gracias a la cortesía de Floyd Morchouse, esquire, hijo del médico. Unas pequeñas omisiones, sustituidas por asteriscos, han sido hechas en interés de la paz mental pública, y otras son fruto de la imprecisión del texto, donde el afectado y veloz tecleo del autor incurre en incoherencias o ambigüedad. En tres sitios, donde las lagunas han sido plenamente subsanadas mediante el contexto, se ha acometido la tarea de rellenarlas. Sobre el cambio de estilo cerca del final, es mejor no especular. Seguramente es bastante plausible atribuir el fenómeno, a la vista del contenido y del aspecto fisico del tecleo, a la alborotada y tambaleante mente de la víctima cuyos grandes impedimentos no le habían arrendado ante nada antes de ese momento. Las mentes audaces están en libertad de sacar sus propias conclusiones.

He aquí, pues, el documento, escrito en una casa maldita por un cerebro cerrado a la vista y sonido del mundo... un cerebro aislado y librado a la compasión y las burlas de poderes que los hombres dotados de vista y oído nunca han encarado. Contrapuesto como es respecto de cuanto conocemos del universo por físicos, químicos y biólogos, la mente lógica puede clasificarlo como un singular producto de demencia... una demencia contagiada al hombre que huyó a tiempo de la casa. Y así, en efecto, puede considerarse mientras el doctor Arlo Morehouse mantenga su silencio.

El manuscrito.
Los vagos recelos del último cuarto de hora están ahora convirtiéndose en temores definidos. Para comenza, estoy absolutamente convencido de que algo debe haberle sucedido a Dobbs. Por primera vez desde que estamos juntos, ha fallado en responder a mis requerimientos. Cuando no contestó a mis repetidos timbrazos,supuse que la campana debía estar estropeada, pero he golpeado la mesa con suficiente vigor como para despertar al pasaje de Caronte. Al principio pensé que debía haber salido de la cas para tomar un poco el fresco, ya que ha habido calor y bochorno toda la tarde, pero no es propio de Dobbs estar mucho tiempo lejos sin cerciorarse de que no necesito nada. Son, sin embrago, los insólitos sucesos de los últimos minutos lo que confirman mi sospecha de que la ausencia de Dobbs es ajena a su voluuntad. Es el mismo suceso que me lleva a poner misconjeturas sobre el papel con la esperanza de que el simple acto de registrarlos pueda revelar unacierta y siniestra sugestión de inminente tragedia. Aunque lo intento, no puedo sacar de mi cabeza las leyendas relacionadas con esta vieja casa... simples necedades supersticiosas para deleite de cerebros resecos y en las que no gastaría mi pensamiento si Dobbs estuviera aquí.

En los años que he permanecido aislado del mundo que conocía, Dobbs ha sido mi sexto sentido. Ahora, por primera vez desde mi mutilación, comprendo todo el alcance de mi impotencia. Es Dobbs quien ha compensado mis ojos invidentes, mis oídos inútiles y mi garganta sin voz, así como mis piernas inválidas. Hay una jarra de agua en la mesa de la máquina de escribir. Sin Dobbs para rellenarla cuando se vacía, mis apuros serían los de Tántalo. Poco ha ocurrido en esta casa desde que vivimos aquí: poco tienen en común el parlanchín campesinado y un paralítico que no puede ver, oir o hablar con ellos; pueden pasar días antes de que nadie aparezca. Solo...con sólo mispensamientos para hacerme compañía; inquietantes pensamientos que no han sido precisamente apaciguados por las sensaciones de los últimos minutos. No me gustan esas sensaciones, tampoco, porque más y más se transforman desimples chismes de aldea en una imaginería fantástica que afecta mis emociones de la forma más peculiar y sin precedentes. Parecen haber pasado horas desde que comencé a escribir esto, pero sé que no pueden ser más que unos pocos minutos, porque había justo insertado esta nueva página en la máquina. La acción mecánica de cambiar de hojas, simple como es, me ha dado un nuevo asidero de mí mismo. Quizás pueda sacudirme ese sentimiento de peligro que se acerca lo bastante como para registrar lo que acaba de suceder.

Al principio no era más que un simple temblor, algo similar al estremecimiento de un bloque de viviendas baratas cuando un pesado camión ruge pegada al bordillo... pero éste no es un edificio mal construido. Tal vez soy sensible a tales cosas, y puede ser que esté dando rienda suelta a mi imaginación, pero me parece que la perturbación es más intensa directamente frente a mí... y mi silla está cara al ala sureste, lejos de la carretera, ¡directamente en línea con el pantano en el fondo de la morada! Por engañoso que esto pudiera ser, no se puede negar lo que siguió. Estoy recordando los instantes en que he sentido temblar el suelo bajo mis pies bajo el estallido de proyectiles gigantes; tiempos en los que vi buques sacudidos como cascarones por la furia de un tifón. La casa se estremecía como cenizas del Dweurgar en los cedazos de Niflheim. cada listón del suelo bajo mis pies se estremeció como un ser doliente. Mi máquina de escribir tembló hasta que pude imaginar que las teclas castañeteaban de miedo. Tras un breve instante, todo pasó. Todo quedó tan calmado como antes. ¡Demasiado calmado! Parecía imposible que una cosa así pudiera ocurrir y, sin embargo, dejar todo exactamente como antes. No, no exactamente... ¡estoy plenamente convencido de que algo le ha ocurrido a Dobbs! Es esta convicción, unida a esta calma antinatural, lo que acentúa el miedo premonitorio que persiste en reptar a mi alrededor. ¿Miedo? Sí... aunque estoy tratando de razonar cuerdamente conmigo mismo que no hay anda que temer. Los críticos han elogiado y condenado mi poesía porque muestra lo que ellos denominan una vívida imaginación. En un momento como éste puedo de corazón unirme a quienes gritan "demasiado vívida". Nada puede estar fuera tan de lugar o...

¡Humo! Como un débil rastro sulfuroso, pero inconfundible a mi agudo olfato. Tan débil, de hecho, que me es imposible determinar si viene de algún liugar de la casa o entra a través de la ventana de la habitación adyacente que se abre al pantano. La impresión se convierte rápidamente en algo más claramente definido. Estoy seguro ahora de que no viene del exterior. Erráticas visiones del pasado, sombrías escenas de otros días, vuelven a mí en un recuerdo estereoscópico. Una fábrica llameante... histéricos gritos de mujeres aterrorizadas atrapadas por paredes de fuego, una ardiente escuela... lastimeros gritos de desamparados niños presos derrumbadas escaleras; un teatro en llamas... frenética babel de gente enloquecida por el pánico luchando por liberarse sobre agrietados suelos y, sobre todo, las impenetrables nubes de negro, nocivo, malicioso humo contaminando el pacífico cielo. El aire de la habitación está saturado con oleadas espesas, pesadas, sofocantes... y a cada momento espero sentir las lenguas llameantes lamer con avidez mis piernas inútiles... me duelen los ojos... mis oídos laten... toso y me sofoco tratando de librar mis pulmones de los hedores de Ocypete... humo, tal como se asocia con aterradoras catástrofes... acre, hediondo, mefítico humo mezclado con el nauseabundo olor de la ardiente carne.

Una vez más estoy a solas con esta portentosa calma. La bienvenida brisa que acaricia mis mejillas está restaurando rápidamente mi perdido valor. Naturalmente, la casa no puede estar en llamas, ya que hasta el último vestigio del torturante humo se ha desvanecido. No puedo detectar un simple rastro de él, a pesar de que he estado olfateando como un sabueso. Estoy comenzando a preguntarme si no estaré volviéndome loco, si los años de soledad han desencajado mi mente... pero el fenómeno ha sido demasiado definido para permitirme clasificarlo como una simple alucinación. Cuerdo o loco, no puedo concebir tales cosas sino como realidades... y al momento las catalogo como algo sobre lo que no puedo sacar más que una conclusión lógica. La inferencia en sí es bastante para tratornar cualquier estabilidad mental. Admitir esto es dar carta de verdad a los superticiosos rumores que Dobbs recopila de los aldeanos y transcribe para que las sensibles yemas de mis dedos puedan leerlos... ¡rumores sin sustancia que mi mente materialista instintivamente condena como necedades!

¡Quisiera que los pitidos en mis oídos cesaran! Es como si espectrales instrumentistas locos aporrearan a dúo lacerantes tambores. Supongo que se trata simplemente de una reacción a la sofocante sensación que acabo de experimentar. Unas pocas bocanadas más de este aire vivificante... ¡Algo...hay algo en la habitación! Estoy tan seguro de no estar solo como si pudiera ver la presencia que tan irrefutablemente siento. Es una impresión bastante similar a la que he tenido mientras me abría paso a través de una calle abrrotada: la definida noción de ojos me han elegido entre el resto de la muchedumbre con una mirada lo bastante intensa como paracaptar mi atención subconsciente... la misma sensación, sólo que multiplicada. ¿Quién... qué puede ser? Después de todo, mis temores deben sre infundados, quizás significa tan sólo que Dobbs ha regresado. No... no es Dobbs. Como esperaba, el estruendo en mis oídos ha cesado y un leve susurro ha captado mi atención... el abrumador significado del hecho acba de registrarse por sí solo en mi aturdido cerebro... ¡Puedo oír!

No es una simple voz susurrante, ¡sino muchas! El lascivo zumbido de bestiales moscardones... Satánicos zumbidos de libidinosas abejas... sibilantes silbidos de obscenos reptiles... ¡un susurrante coro que la garganta humana no puede entonar! Aumenta de volumen... las habitaciones resuenan con demoniacos cánticos: destemplados, desentonados y grotescamente roncos... un diabólico coro entonando espantosas letanías... peanes de miseria mefitofélica elevados a música por almas dolientes...un odioso crescendo de odioso pandemónium. Las voces que me rodean están acercándose a mi silla. El cántico ha tenido un abrupto final y los susurros se han convertido en sonidos ininteligibles. Fuerzo mis oídos para distinguir las palabras. Cerca... y aún más cerca. Son claras ahora... ¡demasiado claras! Mejor hubiera sido que mis oídos hubieran permanecido sordos por siempre que ser obligados a escuchar sus voceríos infernales. Impías revelaciones de Saturnales corruptoras de almas... gulescas concepciones de devastadoras catástrofes... profanas invitaciones a orgías cabíricas... malevolentes amenazas de castigos inimaginables...

Hace frío. ¡Un frío impropio de la estación! Como inspirada por la cacodemoniaca presencia que me acosa, la brisa que era tan amistosa hace pocos minutos crece rabiosa en mis oídos... una helada galerna que sopla desde el pantano y me hiela hasta los huesos. Si Dobbs ha huido de mi lado, no se lo reprocho. No me gustan la cobardía o el temor implorante, pero aquí hay cosas... ¡Sólo deseo que su destino no haya sido peor que el haber salido a tiempo!

Mi última duda se ha disipado. Estoy doblemente contento, ahora, de haberme resuelto a escribir mis impresiones... no espero que nadie pueda entender... o creer... ha sido un alivio de la enloquecedora tensión de ociosa espera ante cada nueva manifestación de anormalidad psíquica. Según parece, hay tres caminos que puedo tomar: huir de este maldito lugar y gastar los torturantes años del porvenir tratando de olvidar... pero no puedo huir; admitir una abominable alianza con fuerzas tan malignas que el Tártaro, comparado con ellas, parecería la antesala del Paraíso... pero no puedo admitirlo; morir... pero preferiría mutilar mi cuerpo miembro a miembro que mancillar mi alma en un bárbaro truque con tales emisarios de Belial.

Tengo que descansar un instante para soplar en mis dedos. La habitación está helada con la fétida gelidez de la tumba... un apacible entumecimiento se enrosca sobre mí... debo combatir esta lasitud; está socavando mi determinación de morir antes de ceder a esas incidiosas demandas... Juro, de nuevo, resistir hasta el final... el final que sé que no puede estar lejos. Invisibles dedos me atenazan... dedos fantasmales que carecen de fuerza física para apartarme de mi máquina... dedos helados que me impulsan a un vil vórtice de vicio... dedos diabólicos que em arrastran a un albañal de eterna iniquidad... dedos muertos que detienen mi respiración y hacen sentir mis ojos ciegos como si ardieran de pena... heladas puntas oprimiendi mis sienes... duros, huesudos bultos como cuernos... el hálito boreal de algún ser largo tiempo muerto besa mis febriles labios y cauteriza mi ardiente garganta con heladas llamas...

Está oscuro. No la oscuridad que es parte de años de ceguera, la impenetrable oscuridad de la noche marcada de pecado... la negrura de la pez del Purgatorio.
Veo ¡spes mea Christus! es el fin...

No hay en la mente mortal ninguna defensa ante fuerzas más allá de la imaginación humana. Ni los espíritus inmortales pueden vencer a aquello que ha saboreado las profundidades y hecho de la humanidad un fugaz instante. ¿El fin? ¿En absoluto! Tan sólo el maravilloso comienzo...




lunes, 24 de febrero de 2014

Y la muerte perderá su dominio...




Y la muerte perderá su dominio.
Los muertos desnudos serán un solo muerto.
Con el hombre en el viento y la Luna de occidente;
cuando se descarnen los huesos y desaparezcan los huesos.
Donde hubo codos y pies aparecerán estrellas.
Y aunque se sumerjan en profundas aguas tendrán que resurgir.
Y aunque los amantes se extravíen perdurará el amor.
Y la muerte perderá su dominio.

Y la muerte perderá su dominio.
Bajo los remolinos del mar
aquellos que yazgan largamente no morirán en la tempestad
retorciéndose en el tormento, cuando cedan los tendones
atados a una rueda no podrán destrozarse;
entre sus manos la fe se romperá en dos
y el Unicornio del mal los atravesará.
Y hendidos por todas partes no se desmembrarán.
Y la muerte perderá su dominio.

Y la muerte perderá su dominio.
Nunca más las gaviotas gritarán en sus oídos
o se romperán las olas tumultuosamente en la ribera;
allí donde se abrió una flor nunca más otra flor
ofrecerá su cabeza a los golpes de la lluvia.
Y aún locas o muertas como clavos
atravesarán la margaritas con sus cabezas de señoras;
irrumpiendo sobre el Sol hasta que el Sol se desprenda.
Y la muerte perderá su dominio.



domingo, 23 de febrero de 2014

Max Ernst




      En un rincón el incesto ágil
Gira en torno a la virginidad del vestido corto
      En un rincón el cielo liberado
Entrega esferas blancas a las espumas de la tormenta

En un rincón más claro que la totalidad de los ojos
      Esperan a los peces de la angustia
En un rincón el carruaje de verdor del verano
      Gloriosamente inmóvil para siempre

      Al brillo de la juventud
De las lámparas encendidas con retardo
La primera muestra senos que matan a los insectos rojos.



viernes, 21 de febrero de 2014

Ejercicio de piano con amapola de siete a nueve de la mañana



                                                                                  Año de 1910

Sobre la quemadura de la amapola
aplícate jazmines ,que eso la cura;
si acaso fuese grave la quemadura
usarás la camelia, pero una sola.

Cuando el cielo en verano se tornasola
y ni una nube vaga de cruel blancura,
y el hastío te invade como una impura
serpiente que te aprieta y asfixia y viola,

búscate una muchacha que toque viola,
siempre que de ella sea la partitura,
y quémala tú mismo con amapola;

una muchacha fresca, sonriente y pura
y dale una camelia, pero una sola,
si acaso fuese grave la quemadura...




jueves, 20 de febrero de 2014

Danza en la nieve




Después de tantos cambios de tiempo,
duros se levantaban unos árboles ante un gris mojado,
ninguna otra cosa se le ocurría al invierno-
¡nieva!, ¡nieva!
Sobre el este y el oeste cae nieve,
cubre, iguala,
como si, por obra del tiempo,
hubiera vencido el socialismo
y Mariano Medina, el hombre del tiempo que empuja las nubes,
fuera -inmediatamente después del telediario-
su profeta.

Bailemos en la nieve, así,
mientras siga aquí, dejaremos huellas
en el blanco que crepita,
huellas que queden, huellas que queden,
hasta que -está anunciado- llegue el deshielo,
este u oeste, desnudos de nuevo
y sin manto, se puedan distinguir.

Bailemos en la nieve.




miércoles, 19 de febrero de 2014

Escribo solo a las cambiantes luces...



Escribo solo a las cambiantes luces
     Que arroja un leño ardiente
A veces se lamentan los obuses
     Frecuentemente

Oigo el galope de un corcel que cruza
     Por el campo lejano
El siniestro graznar de la lechuza
     Sube al cielo mi mano

Traza estas líneas desoladamente
     Adiós mi corazón
Trazo el signo también místicamente
     De la Gran Ilusión

Oh mi místico amor oh Lou la vida
     Nos dará el doble fuego
De la delectación nunca extinguida
     Compartiremos luego

Un amor que será el único amor
     Adiós mi corazón
Enciende un astro místico su fuego
     Tiene el color

Del ambiguo color de tu mirada
     Que entre las sombras arde
Siento una aguda herida renovada
     Adiós. Es tarde




martes, 18 de febrero de 2014

Ésa es tu pena





Ésa es tu pena.
Tiene la forma de un cristal de nieve que no podría existir si no existieras
y el perfume del viento que acarició el plumaje de los amaneceres que no vuelven.
Colócala a la altura de tus ojos
y mira cómo irradia con un fulgor azul de fondo de leyenda,
o rojizo, como vitral de insomnio ensangrentado por el adiós de los amantes,
o dorado, semejante a un letárgico brebaje que sorbieron los ángeles.
Si observas a trasluz verás pasar el mundo rodando en una lágrima.
Al respirar exhala la preciosa nostalgia que te envuelve,
un vaho entretejido de perdón y lamentos que te convierte en reina del reverso del cielo.
Cuando la soplas crece como si devorara la íntima sustancia de una llama
y se retrae como ciertas flores si la roza cualquier sombra extranjera.
No la dejes caer ni la sometas al hambre y al veneno;
sólo conseguirías la multiplicación, un erial, la bastarda maleza en vez de olvido.
Porque tu pena es única, indeleble y tiñe de imposible cuanto miras.
No hallarás otra igual, aunque te internes bajo un sol cruel entre columnas rotas,
aunque te asuma el mármol a las puertas de un nuevo paraíso prometido.
No permitas entonces que a solas la disuelva la costumbre,
no la gastes con nadie.
Apriétala contra tu corazón igual que a una reliquia salvada del naufragio:
sepúltala en tu pecho hasta el final,
hasta la empuñadura.





lunes, 17 de febrero de 2014

Canción de una amada




1. Lo sé, amada: ahora se me cae el pelo por mi vida salvaje,
y me tumbo en las piedras. Me veis beber el aguardiente más
barato, y camino desnudo al viento.

2. Pero hubo un tiempo, amada, en que fui puro.

3. Tuve una mujer que era más fuerte que yo, como la hierba
es más fuerte que el toro: se vuelve a erguir.

4. Ella vio que yo era malo, y me amó.

5. No preguntó a dónde conducía el camino, que era su camino,
y quizás iba hacia abajo. Cuando me dio su cuerpo, dijo:
esto es todo. Y fue mi cuerpo.

6. Ahora ya no está en ningún lado, desapareció como una
nube cuando ha llovido, la abandoné y cayó, pues ése era su camino.

7. Pero de noche, a veces, cuando me veis beber, veo su cara,
pálida en el viento, fuerte y vuelta hacia mí, y me inclino ante
el viento.




martes, 11 de febrero de 2014

Caminos




¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo,
la sierra gris y blanca,
la sierra de mis tardes madrileñas
que yo veía en el azul pintada?

Por tus barrancos hondos
y por tus cumbres agrias,
mil Guadarramas y mil soles vienen,
cabalgando conmigo, a tus entrañas.
* * *
De la ciudad moruna
tras las murallas viejas,
yo contemplo la tarde silenciosa,
a solas con mi sombra y con mi pena.
El río va recorriendo,
entre sombrías huertas
y grises olivares,
por los alegres campos de Baeza.
Tienen la vides pámpanos dorados
sobre las rojas cepas.
Guadalquivir, como un alfanje roto
y disperso, reluce y espejea.
lejos, los montes duermen
envueltos en la niebla,
niebla de otoño, maternal; descansan
las rudas moles de su ser de piedra
en esta tibia tarde de noviembre,
tarde piadosa, cárdena y violeta.
El viento ha sacudido
los mustios olmos de la carretera.
levantando en rosados torbellinos
el polvo de la tierra.
La luna está subiendo
amoratada, jadeante y llena.
Los caminitos blancos
se cruzan y se alejan,
buscando los dispersos caseríos
del valle y de la sierra.
Caminos de los campos...
¡Ay, ya no puedo caminar con ella!



Horizonte



En una tarde clara y amplia como el hastío
cuando su lanza blande el tórrido verano,
copiaban el fantasma de un grave sueño mío
mil sombras en teoría, enhiestas sobre el llano.

La gloria del ocaso era un purpúreo espejo,
era un cristal de llamas, que al infinito viejo
iba arrojando el grave soñar en la llanura...

Y yo sentí la espuela sonora de mi paso
repercutir lejana en el sangriento ocaso,
y más allá, la alegre canción de un alba pura.




lunes, 10 de febrero de 2014

He encontrado a una niña...



He encontrado a una niña
en la calle, y me ha abrazado.
Equis, disertada, quien la halló y la halle,
no la va a recordar.
Esta niña es mi prima. Hoy, al tocarle
el talle, mis manos han entrado en su edad
como en par de mal revocados sepulcros.

Y por la misma desolación marchóse,
              delta al sol tenebloso,
              trina entre los dos.

              «Me he casado»,
me dice. Cuando lo que hicimos de niños
en casa de la tía difunta.
               Se ha casado.
               Se ha casado.

Tardes años latitudinales,
qué verdaderas ganas nos ha dado
de jugar a los toros, a las yuntas,
pero todo de engaños, de candor, como fue.



domingo, 9 de febrero de 2014

Nudo de espejos



Las bellas ventanas abiertas y cerradas
Suspendidas de los labios del día
Las bellas ventanas en camisa
Las bellas ventanas de cabellos de fuego en la noche negra
Las bellas ventanas de gritos de alarma y de besos
Encima de mí debajo de mí detrás de mí están menos que en mí
En donde sólo forman un único cristal azul como los trigos
Un diamante divisible en tantos diamantes como se necesitarían para
                                                                                               bañar a todos los bengalíes
Y las estaciones que no son cuatro sino quince o dieciséis
En mí entre las cuales está aquella en donde el metal florece
Aquella cuya sonrisa es tenue como un encaje
Aquella cuyo rocío al atardecer une las mujeres y las piedras
Las estaciones luminosas como el interior de una manzana de la que se
                                                                                     hubiera desprendido un trozo
O como un barrio excéntrico habitado por seres que están en combinación con el viento
O como el viento del espíritu que de noche hierra de pájaros sin límites a
                                                                                los caballos con ollares de álgebra
O como la fórmula

                 Tintura de pasionaria {aa 50 cent. cúbicos
                 Tintura de majuelo     {aa 50 cent. cúbicos

                 Tintura de muérdago                          5 cent. cúbicos
                 Tintura de escila                                  3 cent. cúbicos

                                                que combate el ruido del galope

Las estaciones rehacen malla a malla su red que resplandece con el agua
                                                                                                                        viva de mis ojos
Y en esa red todo lo que he visto es la espiral de una fabulosa caracola
Que me recuerda la ejecución en recinto cerrado del emperador
                Maximiliano
Y todo lo que he amado es la rama más alta del árbol de coral que será  fulminado
Es la estilográfica del reloj de sol a las doce en punto de la noche
Lo que conozco bien lo que conozco tan poco que préstame tus garras
                viejo delirio
Para alzarme con mi corazón a lo largo de la catarata
Los aeronautas hablan de la eflorescencia del aire en invierno



    

sábado, 8 de febrero de 2014

El príncipe feliz





En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.

Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.

Por todo lo cual era muy admirada.

-Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte-. Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico.

Y realmente no lo era.

-¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.

-Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa.

-Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.

-¿En qué lo conocéis -replicaba el profesor de matemáticas- si no habéis visto uno nunca?

-¡Oh! Los hemos visto en sueños -respondieron los niños.

Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar.

Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad.

Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás.

Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle.

-¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.

Y el Junco le hizo un profundo saludo.

Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata.

Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano.

-Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia.

Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos.

Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo.

Una vez que se fueron sus amigas, sintióse muy sola y empezó a cansarse de su amante.

-No sabe hablar -decía ella-. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.

Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.

-Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo.

-¿Quieres seguirme? -preguntó por último la Golondrina al Junco.

Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar.

-¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós!

Y la Golondrina se fue.

Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.

-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.

Entonces divisó la estatua sobre la columnita.

-Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.

Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.

-Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.

Y se dispuso a dormir.

Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.

-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.

Entonces cayó una nueva gota.

-¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen copete de chimenea.

Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota.

La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio!

Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.

Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintióse llena de piedad.

-¿Quién sois? -dijo.

-Soy el Príncipe Feliz.

-Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me habéis empapado casi.

-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.

«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.

-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.

-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita - dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!

-No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento en tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras las golondrinas volamos demasiado bien para eso y además yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.

Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.

-Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera.

-Gracias, Golondrinita -respondió el Príncipe.

Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y, llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad.

Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.

Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile.

Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.

-¡Qué hermosas son las estrellas -la dijo- y qué poderosa es la fuerza del amor!

-Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial -respondió ella-. He mandado bordar en él unas pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras!

Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el gueto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.

Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre habíase quedado dormida de cansancio.

La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño.

-¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor.

Y cayó en un delicioso sueño.

Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.

-Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío.

Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía.

Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.

-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en invierno!

Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local.

Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!...

-Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina.

Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.

Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia.

Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:

-¡Qué extranjera más distinguida!

Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.

-¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a emprender la marcha.

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo?

-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido.

-Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí?

-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.

-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso.

Y se puso a llorar.

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido.

Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación.

El joven tenía la cabeza hundida en las manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.

-Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra.

Y parecía completamente feliz.

Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto.

Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos.

-¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente.

-¡Me voy a Egipto! -les gritó la Golondrina.

Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz.

-He venido para deciros adiós -le dijo.

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una noche más?

-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el océano.

-Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará.

-Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os quedaríais ciego del todo.

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando.

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo.

Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano.

-¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña, y corrió a su casa muy alegre.

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.

- Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.

-No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a Egipto.

-Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.

Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que habla visto en países extraños.

Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas.

-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.

Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.

Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras.

Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.

-¡Qué hambre tenemos! -decían.

-¡No se puede estar tumbado aquí! -les gritó un guardia.

Y se alejaron bajo la lluvia.

Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.

-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.

Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza.

Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle.

-¡Ya tenemos pan! -gritaban.

Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo.

Las calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban y relucían.

Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo.

La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado para hacerlo.

Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.

Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe.

-¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid que os bese la mano.

-Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.

-No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad?

Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies.

En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.

El hecho es que la coraza de plomo se habla partido en dos. Realmente hacia un frío terrible.

A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad.

Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.

-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz!

-¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde.

Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.

-El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado -dijo el alcalde- En resumidas cuentas, que está lo mismo que un pordiosero.

-¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron a coro los concejales.

-Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.

Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea.

Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.

-¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de estética de la Universidad.

Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía hacerse con el metal.

-Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.

-O la mía -dijo cada uno de los concejales.

Y acabaron disputando.

-¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como desecho.

Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta.

-Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles.

Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.

-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.