viernes, 29 de noviembre de 2013

Piedra de sol







                                  La treizième revient...c'est encor la première;
                            et c'est toujours la seule-ou c'est le seul moment;
                                  car es-tu reine, ô toi, la première ou dernière?
                                             es-tu roi, toi le seul ou le dernier amant?
                                                                     Gérard de Nerval (Arthémis)

un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:
                                  un caminar tranquilo
de estrella o primavera sin premura,
agua que con los párpados cerrados
mana toda la noche profecías,
unánime presencia en oleaje,
ola tras ola hasta cubrirlo todo,
verde soberanía sin ocaso
como el deslumbramiento de las alas
cuando se abren en mitad del cielo,

un caminar entre las espesuras
de los días futuros y el aciago
fulgor de la desdicha como un ave
petrificando el bosque con su canto
y las felicidades inminentes
entre las ramas que se desvanecen,
horas de luz que pican ya los pájaros,
presagios que se escapan de la mano,

una presencia como un canto súbito,
como el viento cantando en el incendio,
una mirada que sostiene en vilo
al mundo con sus mares y sus montes,
cuerpo de luz filtrado por un ágata,
piernas de luz, vientre de luz, bahías,
roca solar, cuerpo color de nube,
color de día rápido que salta,
la hora centellea y tiene cuerpo,
el mundo ya es visible por tu cuerpo,
es transparente por tu transparencia,

voy entre galerías de sonidos,
fluyo entre las presencias resonantes,
voy por las transparencias como un ciego,
un reflejo me borra, nazco en otro,
oh bosque de pilares encantados,
bajo los arcos de la luz penetro
los corredores de un otoño diáfano,

voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada,
tus pechos dos iglesias donde oficia
la sangre sus misterios paralelos,
mis miradas te cubren como yedra,
eres una ciudad que el mar asedia,
una muralla que la luz divide
en dos mitades de color durazno,
un paraje de sal, rocas y pájaros
bajo la ley del mediodía absorto,

vestida del color de mis deseos
como mi pensamiento vas desnuda,
voy por tus ojos como por el agua,
los tigres beben sueño de esos ojos,
el colibrí se quema en esas llamas,
voy por tu frente como por la luna,
como la nube por tu pensamiento,
voy por tu vientre como por tus sueños,

tu falda de maíz ondula y canta,
tu falda de cristal, tu falda de agua,
tus labios, tus cabellos, tus miradas,
toda la noche llueves, todo el día
abres mi pecho con tus dedos de agua,
cierras mis ojos con tu boca de agua,
sobre mis huesos llueves, en mi pecho
hunde raíces de agua un árbol líquido,

voy por tu talle como por un río,
voy por tu cuerpo como por un bosque,
como por un sendero en la montaña
que en un abismo brusco se termina
voy por tus pensamientos afilados
y a la salida de tu blanca frente
mi sombra despeñada se destroza,
recojo mis fragmentos uno a uno
y prosigo sin cuerpo, busco a tientas,

corredores sin fin de la memoria,
puertas abiertas a un salón vacío
donde se pudren todos lo veranos,
las joyas de la sed arden al fondo,
rostro desvanecido al recordarlo,
mano que se deshace si la toco,
cabelleras de arañas en tumulto
sobre sonrisas de hace muchos años,

a la salida de mi frente busco,
busco sin encontrar, busco un instante,
un rostro de relámpago y tormenta
corriendo entre los árboles nocturnos,
rostro de lluvia en un jardín a obscuras,
agua tenaz que fluye a mi costado,

busco sin encontrar, escribo a solas,
no hay nadie, cae el día, cae el año,
caigo en el instante, caigo al fondo,
invisible camino sobre espejos
que repiten mi imagen destrozada,
piso días, instantes caminados,
piso los pensamientos de mi sombra,
piso mi sombra en busca de un instante,

busco una fecha viva como un pájaro,
busco el sol de las cinco de la tarde
templado por los muros de tezontle:
la hora maduraba sus racimos
y al abrirse salían las muchachas
de su entraña rosada y se esparcían
por los patios de piedra del colegio,
alta como el otoño caminaba
envuelta por la luz bajo la arcada
y el espacio al ceñirla la vestía
de un piel más dorada y transparente,

tigre color de luz, pardo venado
por los alrededores de la noche,
entrevista muchacha reclinada
en los balcones verdes de la lluvia,
adolescente rostro innumerable,
he olvidado tu nombre, Melusina,
Laura, Isabel, Perséfona, María,
tienes todos los rostros y ninguno,
eres todas las horas y ninguna,
te pareces al árbol y a la nube,
eres todos los pájaros y un astro,
te pareces al filo de la espada
y a la copa de sangre del verdugo,
yedra que avanza, envuelve y desarraiga
al alma y la divide de sí misma,

escritura de fuego sobre el jade,
grieta en la roca, reina de serpientes,
columna de vapor, fuente en la peña,
circo lunar, peñasco de las águilas,
grano de anís, espina diminuta
y mortal que da penas inmortales,
pastora de los valles submarinos
y guardiana del valle de los muertos,
liana que cuelga del cantil del vértigo,
enredadera, planta venenosa,
flor de resurrección, uva de vida,
señora de la flauta y del relámpago,
terraza del jazmín, sal en la herida,
ramo de rosas para el fusilado,
nieve en agosto, luna del patíbulo,
escritura del mar sobre el basalto,
escritura del viento en el desierto,
testamento del sol, granada, espiga,

rostro de llamas, rostro devorado,
adolescente rostro perseguido
años fantasmas, días circulares
que dan al mismo patio, al mismo muro,
arde el instante y son un solo rostro
los sucesivos rostros de la llama,
todos los nombres son un solo nombre
todos los rostros son un solo rostro,
todos los siglos son un solo instante
y por todos los siglos de los siglos
cierra el paso al futuro un par de ojos,

no hay nada frente a mí, sólo un instante
rescatado esta noche, contra un sueño
de ayuntadas imágenes soñado,
duramente esculpido contra el sueño,
arrancado a la nada de esta noche,
a pulso levantado letra a letra,
mientras afuera el tiempo se desboca
y golpea las puertas de mi alma
el mundo con su horario carnicero,

sólo un instante mientras las ciudades,
los nombres, lo sabores, lo vivido,
se desmoronan en mi frente ciega,
mientras la pesadumbre de la noche
mi pensamiento humilla y mi esqueleto,
y mi sangre camina más despacio
y mis dientes se aflojan y mis ojos
se nublan y los días y los años
sus horrores vacíos acumulan,

mientras el tiempo cierra su abanico
y no hay nada detrás de sus imágenes
el instante se abisma y sobrenada
rodeado de muerte, amenazado
por la noche y su lúgubre bostezo,
amenazado por la algarabía
de la muerte vivaz y enmascarada
el instante se abisma y se penetra,
como un puño se cierra, como un fruto
que madura hacia dentro de sí mismo
y a sí mismo se bebe y se derrama
el instante translúcido se cierra
y madura hacia dentro, echa raíces,
crece dentro de mí, me ocupa todo,
me expulsa su follaje delirante,
mis pensamientos sólo son su pájaros,
su mercurio circula por mis venas,
árbol mental, frutos sabor de tiempo,

oh vida por vivir y ya vivida,
tiempo que vuelve en una marejada
y se retira sin volver el rostro,
lo que pasó no fue pero está siendo
y silenciosamente desemboca
en otro instante que se desvanece:

frente a la tarde de salitre y piedra
armada de navajas invisibles
una roja escritura indescifrable
escribes en mi piel y esas heridas
como un traje de llamas me recubren,
ardo sin consumirme, busco el agua
y en tus ojos no hay agua, son de piedra,
y tus pechos, tu vientre, tus caderas
son de piedra, tu boca sabe a polvo,
tu boca sabe a tiempo emponzoñado,
tu cuerpo sabe a pozo sin salida,
pasadizo de espejos que repiten
los ojos del sediento, pasadizo
que vuelve siempre al punto de partida,
y tú me llevas ciego de la mano
por esas galerías obstinadas
hacia el centro del círculo y te yergues
como un fulgor que se congela en hacha,
como luz que desuella, fascinante
como el cadalso para el condenado,
flexible como el látigo y esbelta
como un arma gemela de la luna,
y tus palabras afiladas cavan
mi pecho y me despueblan y vacían,
uno a uno me arrancas los recuerdos,
he olvidado mi nombre, mis amigos
gruñen entre los cerdos o se pudren
comidos por el sol en un barranco,

no hay nada en mí sino una larga herida,
una oquedad que ya nadie recorre,
presente sin ventanas, pensamiento
que vuelve, se repite, se refleja
y se pierde en su misma transparencia,
conciencia traspasada por un ojo
que se mira mirarse hasta anegarse
de claridad:
                          yo vi tu atroz escama,
Melusina, brillar verdosa al alba,
dormías enroscada entre las sábanas
y al despertar gritaste como un pájaro
y caíste sin fin, quebrada y blanca,
nada quedó de ti sino tu grito,
y al cabo de los siglos me descubro
con tos y mala vista, barajando
viejas fotos:
                          no hay nadie, no eres nadie,
un montón de ceniza y una escoba,
un cuchillo mellado y un plumero,
un pellejo colgado de unos huesos,
un racimo ya seco, un hoyo negro
y en el fondo del hoyo los dos ojos
de una niña ahogada hace mil años,

miradas enterradas en un pozo,
miradas que nos ven desde el principio,
mirada niña de la madre vieja
que ve en el hijo grande un padre joven,
mirada madre de la niña sola
que ve en el padre grande un hijo niño,
miradas que nos miran desde el fondo
de la vida y son trampas de la muerte
¿o es al revés: caer en esos ojos
es volver a la vida verdadera?,

¡caer, volver, soñarme y que me sueñen
otros ojos futuros, otra vida,
otras nubes, morirme de otra muerte!
esta noche me basta, y este instante
que no acaba de abrirse y revelarme
dónde estuve, quién fui, cómo te llamas,
cómo me llamo yo:
                                        ¿hacía planes
para el verano? y todos los veranos?
en Christopher Street, hace diez años,
con Filis que tenía dos hoyuelos
donde bebían luz los gorriones?,
¿por la Reforma Carmen me decía
"no pesa el aire, aquí siempre es octubre",
o se lo dijo a otro que he perdido
o yo lo invento y nadie me lo ha dicho?,
¿caminé por la noche de Oaxaca,
inmensa y verdinegra como un árbol,
hablando solo como el viento loco
y al llegar a mi cuarto ?siempre un cuarto?
no me reconocieron los espejos?,
¿desde el hotel Vernet vimos al alba
bailar con los castaños ? "ya es muy tarde"
decías al peinarte y yo veía
manchas en la pared, sin decir nada?,
¿subimos juntos a la torre, vimos
caer la tarde desde el arrecife?
¿comimos uvas en Bidart?, ¿compramos
gardenias en Perote?,
                                              nombres, sitios,
calles y calles, rostros, plazas, calles,
estaciones, un parque, cuartos solos,
manchas en la pared, alguien se peina,
alguien canta a mi lado, alguien se viste,
cuartos, lugares, calles, nombres, cuartos,

Madrid, 1937,
en la Plaza del Ángel las mujeres
cosían y cantaban con sus hijos,
después sonó la alarma y hubo gritos,
casas arrodilladas en el polvo,
torres hendidas, frentes esculpidas
y el huracán de los motores, fijo:
los dos se desnudaron y se amaron
por defender nuestra porción eterna,
nuestra ración de tiempo y paraíso,
tocar nuestra raíz y recobrarnos,
recobrar nuestra herencia arrebatada
por ladrones de vida hace mil siglos,
los dos se desnudaron y besaron
porque las desnudeces enlazadas
saltan el tiempo y son invulnerables,
nada las toca, vuelven al principio,
no hay tú ni yo, mañana, ayer ni nombres,
verdad de dos en sólo un cuerpo y alma,
oh ser total...
                             cuartos a la deriva
entre ciudades que se van a pique,
cuartos y calles, nombres como heridas,
el cuarto con ventanas a otros cuartos
con el mismo papel descolorido
donde un hombre en camisa lee el periódico
o plancha una mujer; el cuarto claro
que visitan las ramas de un durazno;
el otro cuarto: afuera siempre llueve
y hay un patio y tres niños oxidados;
cuartos que son navíos que se mecen
en un golfo de luz; o submarinos:
el silencio se esparce en olas verdes,
todo lo que tocamos fosforece;
mausoleos de lujo, ya roídos
los retratos, raídos los tapetes;
trampas, celdas, cavernas encantadas,
pajareras y cuartos numerados,
todos se transfiguran, todos vuelan,
cada moldura es nube, cada puerta
da al mar, al campo, al aire, cada mesa
es un festín; cerrados como conchas
el tiempo inútilmente los asedia,
no hay tiempo ya, ni muro: ¡espacio, espacio,
abre la mano, coge esta riqueza,
corta los frutos, come de la vida,
tiéndete al pie del árbol, bebe el agua!,

todo se transfigura y es sagrado,
es el centro del mundo cada cuarto,
es la primera noche, el primer día,
el mundo nace cuando dos se besan,
gota de luz de entrañas transparentes
el cuarto como un fruto se entreabre
o estalla como un astro taciturno
y las leyes comidas de ratones,
las rejas de los bancos y las cárceles,
las rejas de papel, las alambradas,
los timbres y las púas y los pinchos,
el sermón monocorde de las armas,
el escorpión meloso y con bonete,
el tigre con chistera, presidente
del Club Vegetariano y la Cruz Roja,
el burro pedagogo, el cocodrilo
metido a redentor, padre de pueblos,
el Jefe, el tiburón, el arquitecto
del porvenir, el cerdo uniformado,
el hijo predilecto de la Iglesia
que se lava la negra dentadura
con el agua bendita y toma clases
de inglés y democracia, las paredes
invisibles, las máscaras podridas
que dividen al hombre de los hombres,
al hombre de sí mismo,
                                                 se derrumban
por un instante inmenso y vislumbramos
nuestra unidad perdida, el desamparo
que es ser hombres, la gloria que es ser hombres
y compartir el pan, el sol, la muerte,
el olvidado asombro de estar vivos;

amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan las alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro;
                                                el mundo cambia
si dos se miran y se reconocen,
amar es desnudarse de los nombres:
"déjame ser tu puta", son palabras
de Eloísa, mas él cedió a las leyes,
la tomó por esposa y como premio
lo castraron después;
                                             mejor el crimen,
los amantes suicidas, el incesto
de los hermanos como dos espejos
enamorados de su semejanza,
mejor comer el pan envenenado,
el adulterio en lechos de ceniza,
los amores feroces, el delirio,
su yedra ponzoñosa, el sodomita
que lleva por clavel en la solapa
un gargajo, mejor ser lapidado
en las plazas que dar vuelta a la noria
que exprime la substancia de la vida,
cambia la eternidad en horas huecas,
los minutos en cárceles, el tiempo
en monedas de cobre y mierda abstracta;

mejor la castidad, flor invisible
que se mece en los tallos del silencio,
el difícil diamante de los santos
que filtra los deseos, sacia al tiempo,
nupcias de la quietud y el movimiento,
canta la soledad en su corola,
pétalo de cristal en cada hora,
el mundo se despoja de sus máscaras
y en su centro, vibrante transparencia,
lo que llamamos Dios, el ser sin nombre,
se contempla en la nada, el ser sin rostro
emerge de sí mismo, sol de soles,
plenitud de presencias y de nombres;

sigo mi desvarío, cuartos, calles,
camino a tientas por los corredores
del tiempo y subo y bajo sus peldaños
y sus paredes palpo y no me muevo,
vuelvo donde empecé, busco tu rostro,
camino por las calles de mí mismo
bajo un sol sin edad, y tú a mi lado
caminas como un árbol, como un río
caminas y me hablas como un río,
creces como una espiga entre mis manos,
lates como una ardilla entre mis manos,
vuelas como mil pájaros, tu risa
me ha cubierto de espumas, tu cabeza
es un astro pequeño entre mis manos,
el mundo reverdece si sonríes
comiendo una naranja,
                                                 el mundo cambia
si dos, vertiginosos y enlazados,
caen sobre las yerba: el cielo baja,
los árboles ascienden, el espacio
sólo es luz y silencio, sólo espacio
abierto para el águila del ojo,
pasa la blanca tribu de las nubes,
rompe amarras el cuerpo, zarpa el alma,
perdemos nuestros nombres y flotamos
a la deriva entre el azul y el verde,
tiempo total donde no pasa nada
sino su propio transcurrir dichoso,

no pasa nada, callas, parpadeas
(silencio: cruzó un ángel este instante
grande como la vida de cien soles),
¿no pasa nada, sólo un parpadeo?
y el festín, el destierro, el primer crimen,
la quijada del asno, el ruido opaco
y la mirada incrédula del muerto
al caer en el llano ceniciento,
Agamenón y su mugido inmenso
y el repetido grito de Casandra
más fuerte que los gritos de las olas,
Sócrates en cadenas" (el sol nace,
morir es despertar: "Critón, un gallo
a Esculapio, ya sano de la vida"),
el chacal que diserta entre las ruinas
de Nínive, la sombra que vio Bruto
antes de la batalla, Moctezuma
en el lecho de espinas de su insomnio,
el viaje en la carretera hacia la muerte
?el viaje interminable mas contado
por Robespierre minuto tras minuto,
la mandíbula rota entre las manos?,
Churruca en su barrica como un trono
escarlata, los pasos ya contados
de Lincoln al salir hacia el teatro,
el estertor de Trotsky y sus quejidos
de jabalí, Madero y su mirada
que nadie contestó: ¿por qué me matan?,
los carajos, los ayes, los silencios
del criminal, el santo, el pobre diablo,
cementerio de frases y de anécdotas
que los perros retóricos escarban,
el delirio, el relincho, el ruido obscuro
que hacemos al morir y ese jadeo
que la vida que nace y el sonido
de huesos machacados en la riña
y la boca de espuma del profeta
y su grito y el grito del verdugo
y el grito de la víctima...
                                                   son llamas
los ojos y son llamas lo que miran,
llama la oreja y el sonido llama,
brasa los labios y tizón la lengua,
el tacto y lo que toca, el pensamiento
y lo pensado, llama el que lo piensa,
todo se quema, el universo es llama,
arde la misma nada que no es nada
sino un pensar en llamas, al fin humo:
no hay verdugo ni víctima...
                                                           ¿y el grito
en la tarde del viernes?, y el silencio
que se cubre de signos, el silencio
que dice sin decir, ¿no dice nada?,
¿no son nada los gritos de los hombres?,
¿no pasa nada cuando pasa el tiempo?

no pasa nada, sólo un parpadeo
del sol, un movimiento apenas, nada,
no hay redención, no vuelve atrás el tiempo,
los muerto están fijos en su muerte
y no pueden morirse de otra muerte,
intocables, clavados en su gesto,
desde su soledad, desde su muerte
sin remedio nos miran sin mirarnos,
su muerte ya es la estatua de su vida,
un siempre estar ya nada para siempre,
cada minuto es nada para siempre,
un rey fantasma rige sus latidos
y tu gesto final, tu dura máscara
labra sobre tu rostro cambiante:
el monumento somos de una vida
ajena y no vivida, apenas nuestra,

¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?,
¿cuando somos de veras lo que somos?,
bien mirado no somos, nunca somos
a solas sino vértigo y vacío,
muecas en el espejo, horror y vómito,
nunca la vida es nuestra, es de los otros,
la vida no es de nadie, todos somos
la vida ? pan de sol para los otros,
los otros todos que nosotros somos?,
soy otro cuando soy, los actos míos
son más míos si son también de todos,
para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
la vida es otra, siempre allá, más lejos,
fuera de ti, de mí, siempre horizonte,
vida que nos desvive y enajena,
que nos inventa un rostro y lo desgasta,
hambre de ser, oh muerte, pan de todos,

Eloísa, Perséfona, María,
muestra tu rostro al fin para que vea
mi cara verdadera, la del otro,
mi cara de nosotros siempre todos,
cara de árbol y de panadero,
de chofer y de nube y de marino,
cara de sol y arroyo y Pedro y Pablo,
cara de solitario colectivo,
despiértame, ya nazco:
                                                 vida y muerte
pactan en ti, señora de la noche,
torre de claridad, reina del alba,
virgen lunar, madre del agua madre,
cuerpo del mundo, casa de la muerte,
caigo sin fin desde mi nacimiento,
caigo en mí mismo sin tocar mi fondo,
recógeme en tus ojos, junta el polvo
disperso y reconcilia mis cenizas,
ata mis huesos divididos, sopla
sobre mi ser, entiérrame en tu tierra,
tu silencio dé paz al pensamiento
contra sí mismo airado;
                                                  abre la mano,
señora de semillas que son días,
el día es inmortal, asciende, crece,
acaba de nacer y nunca acaba,
cada día es nacer, un nacimiento
es cada amanecer y yo amanezco,
amanecemos todos, amanece
el sol cara de sol, Juan amanece
con su cara de Juan cara de todos,

puerta del ser, despiértame, amanece,
déjame ver el rostro de este día,
déjame ver el rostro de esta noche,
todo se comunica y transfigura,
arco de sangre, puente de latidos,
llévame al otro lado de esta noche,
adonde yo soy tú somos nosotros,
al reino de pronombres enlazados,

puerta del ser:
                              abre tu ser, despierta,
aprende a ser también, labra tu cara,
trabaja tus facciones, ten un rostro
para mirar mi rostro y que te mire,
para mirar la vida hasta la muerte,
rostro de mar, de pan, de roca y fuente,
manantial que disuelve nuestros rostros
en el rostro sin nombre, el ser sin rostro,
indecible presencia de presencias...

quiero seguir, ir más allá, y no puedo:
se despeñó el instante en otro y otro,
dormí sueños de piedra que no sueña
y al cabo de los años como piedras
oí cantar mi sangre encarcelada,
con un rumor de luz el mar cantaba,
una a una cedían las murallas,
todas las puertas se desmoronaban
y el sol entraba a saco por mi frente,
despegaba mis párpados cerrados,
desprendía mi ser de su envoltura,
me arrancaba de mí, me separaba
de mi bruto dormir siglos de piedra
y su magia de espejos revivía
un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:




jueves, 28 de noviembre de 2013

Ómnibus


 


—Si le viene bien, tráigame El Hogar cuando vuelva —pidió la señora Roberta, reclinándose en el sillón para la siesta. Clara ordenaba las medicinas en la mesita de ruedas, recorría la habitación con una mirada precisa. No faltaba nada, la niña Matilde se quedaría cuidando a la señora Roberta, la mucama estaba al corriente de lo necesario. Ahora podía salir, con toda la tarde del sábado para ella sola, su amiga Ana esperándola para charlar, el té dulcísimo a las cinco y media, la radio y los chocolates.
A las dos, cuando la ola de los empleados termina de romper en los umbrales de tanta casa, Villa del Parque se pone desierta y luminosa. Por Tinogasta y Zamudio bajó Clara taconeando distintamente, saboreando un sol de noviembre roto por islas de sombra que le tiraban a su paso los árboles de Agronomía. En la esquina de Avenida San Martín y Nogoyá, mientras esperaba el ómnibus 168, oyó una batallla de gorriones sobre su cabeza, y la torre florentina de San Juan María Vianney le pareció más roja contra el cielo sin nubes, alto hasta dar vértigo. Pasó don Luis, el relojero, y la saludó apreciativo, como si alabara su figura prolija, los zapatos que la hacían más esbelta, su cuellito blanco sobre la blusa crema. Por la calle vacía vino remolonamente el 168, soltando su seco bufido insatisfecho al abrirse la puerta para Clara, sola pasajera en la esquina callada de la tarde.
Buscando las monedas en el bolso lleno de cosas, se demoró en pagar el boleto. El guarda esperaba con cara de pocos amigos, retacón y compadre sobre sus piernas combadas, canchero para aguantar los virajes y las frenadas. Dos veces le dijo Clara: "De quince", sin que el tipo le sacara los ojos de encima, como extrañado de algo. Después le dio el boleto rosado, y Clara se acordó de un verso de infancia, algo como: "Marca, marca, boletero, un boleto azul orosa; canta, canta alguna cosa, mientras cuentas el dinero." Sonriendo para ella buscó asiento hacia el fondo, halló vacío el que correspondía a Puerta de Emergencia, y se instaló con el menudo placer de propietario que siempre da el lado de la ventanilla. Entonces vio que el guarda la segía mirando. Y en la esquina del puente de Avenida San Martín, antes de virar, el conductor se dio vuelta y también la miró, con trabajo por la distancia pero buscando hasta distinguirla muy hundida en su asiento. Era un rubio huesudo con cara de hambre, que cambió unas palabras con el guarda, los dos miraron a Clara, se miraron entre ellos, el ómnibus dio un salto y se metió por Chorroarín a toda carrera.
"Par de estúpidos", pensó Clara entre halagada y nerviosa. Ocupada en guardar su boleto en el monedero, observó de reojo a la señora del gran ramo de claveles que viajaba en el asiento de adelante. Entonces la señora la miró a ella, por sobre el ramo se dio vuelta y la miró dulcemente como una vaca sobre un cerco, y Clara sacó un espejito y estuvo en seguida absorta en el estudio de sus labios y sus cejas. Sentía ya en la nuca una impresión desagradable; la sospecha de otra impertinencia la hizo darse vuelta con rapidez, enojada de veras. A dos centímetros de su cara estaban los ojos de un viejo de cuello duro, con un ramo de margaritas componiendo un olor casi nauseabundo. En el fondo del ómnibus, instalados en el largo asiento verde, todos los pasajeros miraron hacia Clara, parecían criticar alguna cosa en Clara que sostuvo sus miradas con un esfuerzo creciente, sintiendo que cada vez era más difícil, no por la coincidencia de los ojos en ella ni por los ramos que llevaban los pasajeros; más bien porque había esperado un desenlace amable, una razón de risa como tener un tizne en la nariz (pero no lo tenía); y sobre su comienzo de risa se posaban helándola esas miradas atentas y continuas, como si los ramos la estuvieran mirando.
Súbitamente inquieta, dejó resbalar un poco el cuerpo, fijó los ojos en el estropeado respaldo delantero, examinando la palanca de la puerta de emergencia y su inscripción Para abrir la puerta TIRE LA MANIJA hacia adentro y levántese, considerando las letras una a una sin alcanzar a reunirlas en palabras. Lograba así una zona de seguridad, una tregua donde pensar. Es natural que los pasajeros miren al que recién asciende, está bien que la gente lleve ramos si va a Chacarita, y está casi bien que todos en el ómnibus tengan ramos. Pasaban delante del hospital Alvear, y del lado de Clara se tendían los baldíos en cuyo extremo lejano se levanta la Estrella, zona de charcos sucios, caballos amarillos con pedazos de sogas colgándoles del pescuezo. A Clara le costaba apartarse de un paisaje que el brillo duro del sol no alcanzaba a alegrar, y apenas si una vez y otra se atrevía a dirigir una ojeada rápida al interior del coche. Rosas rojas y calas, más lejos gladiolos horribles, como machucados y sucios, color rosa vieja con manchas lívidas. El señor de la tercera ventanilla (la estaba mirando, ahora no, ahora de nuevo) llevaba claveles casi negros apretados en una sola masa casi continua, como una piel rugosa. Las dos muchachitas de nariz cruel que se sentaban adelante en uno de los asientos laterales, sostenían entre ambas el ramo de los pobres, crisantemos y dalias, pero ellas no eran pobres, iban vestidas con saquitos bien cortados, faldas tableadas, medias blancas tres cuartos, y miraban a Clara con altanería. Quiso hacerles bajar los ojos, mocosas insolentes, pero eran cuatro pupilas fijas y también el guarda, el señor de los claveles, el calor en la nuca por toda esa gente de atrás, el viejo del cuello duro tan cerca, los jóvenes del asiento posterior, la Paternal: boletos de Cuenca terminan.
Nadie bajaba. El hombre ascendió agilmente, enfrentando al guarda que lo esperaba a medio coche mirándole las manos. El hombre tenía veinte centavos en la derecha y con la otra se alisaba el saco. Esperó, ajeno al escrutinio. "De quince", oyó Clara. Como ella: de quince. Pero el guarda no cortaba el boleto, seguía mirando al hombre que al final se dio cuenta y le hizo un gesto de impaciencia cordial: "Le dije de quince." Tomó el boleto y esperó el vuelto. Antes de recibirlo, ya se había deslizado livianamente en un asiento vacío al lado del señor de los claveles. El guarda le dio los cinco centavos, lo miró otro poco, desde arriba, como si le examinara la cabeza; él ni se daba cuenta, absorto en la contemplación de los negros claveles. El señor lo observaba, una o dos veces lo miró rápido y el se puso a devolverle la mirada; los dos movían la cabeza casi a la vez, pero sin provocación, nada más que mirándose. Clara seguía furiosa con las chicas de adelante, que la miraban un rato largo y después al nuevo pasajero; hubo un momento, cuando el 168 empezaba su carrera pegado al paredón de Chacarita, en que todos los pasajeros estaban mirando al hombre y también a Clara, sólo que ya no la miraban directamente porque les interesaba más el recién llegado, pero era como si la incluyeran en su mirada, unieran a los dos en la misma observación. Qué cosa estúpida esa gente, porque hasta las mocosas no eran tan chicas, cada uno con su ramo y ocupaciones por delante, y portándose con esa grosería. Le hubiera gustado prevenir al otro pasajero, una oscura fraternidad sin razones crecía en Clara. Decirle: "Usted y yo sacamos boleto de quince", como si eso los acercara. Tocarle el brazo, aconsejarle: "No se dé por aludido, son unos impertinentes, metidos ahí detrás de las flores como zonzos." Le hubiera gustado que él viniera a sentarse a su lado, pero el muchacho —en realidad era joven, aunque tenía marcas duras en la cara— se había dejado caer en el primer asiento libre que tuvo a su alcance. Con un gesto entre divertido y azorado se empeñaba en devolver la mirada del guarda, de las dos chicas, de la señora con los gladiolos; y ahora el señor de los claveles rojos tenía vuelta la cabeza hacia atrás y miraba a Clara, la miraba inexpresivamente, con una blandura opaca y flotante de piedra pómez. Clara le respondía obstinada, sintiéndose como hueca; le venían ganas de bajarse (pero esa calle, a esa altura, y total por nada, por no tener un ramo); notó que el muchacho parecía inquieto, miraba a un lado y al otro, después hacia atrás, y se quedaba sorprendido al ver a los cuatro pasajeros del asiento posterior y al anciano del cuello duro con las margaritas. Sus ojos pasaron por el rostro de Clara, deteniéndose un segundo en su boca, en su mentón; de adelante tiraban las miradas del guarda y las dos chiquilinas, de la señora de los gladiolos, hasta que el muchacho se dio vuelta para mirarlos como aflojando. Clara midió su acoso de minutos antes por el que ahora inquietaba al pasajero. "Y el pobre con las manos vacías", pensó absurdamente. Le encontraba algo de indefenso, solo con sus ojos para parar aquel fuego frío cayéndole de todas partes.
Sin detenerse el 168 entró en las dos curvas que dan acceso a la explanada frente al peristillo del cementerio. Las muchachitas vinieron por el pasillo y se instalaron en la puerta de salida; detrás se alinearon las margaritas, los gladiolos, las calas. Atrás había un grupo confuso y las flores olían para Clara, quietita en su ventanilla pero tan aliviada al ver cuántos se bajaban, lo bien que se viajaría en el otro tramo. Los claveles negros aparecieron en lo alto, el pasajero se había parado para dejar salir a los claveles negros, y quedó ladeado, metido a medias en un asiento vacío delante del de Clara. Era un lindo muchacho sencillo y franco, tal vez un dependiente de farmacia, o un tenedor de libros, o un constructor. El ómnibus se detuvo suavemente, y la puerta hizo un bufido al abrirse. El muchacho esperó a que bajara la gente para elegir a gusto un asiento, mientras Clara participaba de su paciente espera y urgía con el deseo a los gladiolos y a las rosas para que bajasen de una vez. Ya la puerta abierta y todos en fila, mirándola y mirando al pasajero, sin bajar, mirándolos entre los ramos que se agitaban como si hubiera viento, un viento de debajo de la tierra que moviera las raíces de las plantas y agitara en bloque los ramos. Salieron las calas, los claveles rojos, los hombres de atrás con sus ramos, las dos chicas, el viejo de las margaritas. Quedaron ellos dos solos y el 168 pareció de golpe más pequeño, más gris, más bonito. Clara encontró bien y casi necesario que el pasajero se sentara a su lado, aunque tenía todo el ómnibus para elegir. Él se sentó y los dos bajaron la cabeza y se miraron las manos. Estaban ahí, eran simplemente manos; nada más.
—¡Chacarita!— gritó el guarda.
Clara y el pasajero contestaron su urgida mirada con una simple fórmula: "Tenemos boletos de quince." La pensaron tan sólo, y era suficiente.
La puerta seguía abierta. El guarda se les acercó.
—Chacarita —dijo, casi explicativamente.
El pasajero ni lo miraba, pero Clara le tuvo lástima.
—Voy a Retiro —dijo, y le mostró el boleto. Marca marca boletero un boleto azul o rosa. El conductor estaba casi salido del asiento, mirándolos; el guarda se volvió indeciso, hizo una seña. Bufó la puerta trasera (nadie había subido adelante) y el 168 tomó velocidad con bandazos coléricos, liviano y suelto en una carrera que puso plomo en el estómago de Clara. Al lado del conductor, el guarda se tenía ahora del barrote cromado y los miraba profundamente. Ellos le devolvían la mirada, se estuvieron así hasta la curva de entrada a Dorrego. Después Clara sintió que el muchacho posaba despacio una mano en la suya, como aprovechando que no podían verlo desde adelante. Era una mano suave, muy tibia, y ella no retiró la suya pero la fue moviendo despacio hasta llevarla más al extremo del muslo, casi sobre la rodilla. Un viento de velocidad envolvía al ómnibus en plena marcha.
—Tanta gente —dijo él, casi sin vos—. Y de golpe se bajan todos.
—Llevaban flores a la Chacarita —dijo Clara—. Los sábados va mucha gente a los cementerios.
—Sí, pero...
—Un poco raro era, sí. ¿Usted se fijó...?
—Sí —dijo él, casi cerrándole el paso—. Y a usted le pasó igual, me di cuenta.
—Es raro. Pero ahora ya no sube nadie.
El coche frenó brutalmente, barrera del Central Argentino. Se dejaron ir hacia adelante, aliviados por el salto a una sorpresa, a un sacudón. El coche temblaba como un cuerpo enorme.
—Yo voy a Retiro —dijo Clara.
—Yo también.
El guarda no se había movido, ahora hablaba iracundo con el conductor. Vieron (sin querer reconocer que estaban atentos a la escena) cómo el conductor abandonaba su asiento y venía por el pasillo hacia ellos, con el guarda copiándole los pasos. Clara notó que los dos miraban al muchacho y que éste se ponía rigido, como reuniendo fuerzas; le temblaron las piernas, el hombro que se apoyaba en el suyo. Entonces aulló horriblemente una locomotora a toda carrera, un humo negro cubrió el sol. El fragor del rápido tapaba las palabras que debía estar diciendo el conductor; a dos asientos del de ellos se detuvo, agachándose como quien va a saltar. el guarda lo contuvo prendiéndole una mano en el hombro, le señaló imperioso las barreras que ya se alzaban mientras el último vagón pasaba con un estrépito de hierros. El conductor apretó los labios y se volvió corriendo a su puesto; con un salto de rabia el 168 encaró las vías, la pendiente opuesta.
El muchacho aflojó el cuerpo y se dejó resbalar suavemente.
—Nunca me pasó una cosa así —dijo, como hablándose.
Clara quería llorar. Y el llanto esperaba ahí, disponible pero inútil. Sin siquiera pensarlo tenía conciencia de que todo estaba bien, que viajaba en un 168 vacío aparte de otro pasajero, y que toda protesta contra ese orden podía resolverse tirando de la campanilla y descendiendo en la primera esquina. Pero todo estaba bien así; lo único que sobraba era la idea de bajarse, de apartar esa mano que de nuevo había apretado la suya.
—Tengo miedo —dijo, sencillamente—. Si por lo menos me hubiera puesto unas violetas en la blusa.
Él la miró, miró su blusa lisa.
—A mí a veces me gusta llevar un jazmín del país en la solapa —dijo—. Hoy salí apurado y ni me fijé.
—Qué lástima. Pero en realidad nosotros vamos a Retiro.
—Seguro, vamos a Retiro.
Era un diálogo, un diálogo. Cuidar de él, alimentarlo.
—¿No se podría levantar un poco la ventanilla? Me ahogo aquí adentro.
Él la miró sorprendido, porque más bien sentía frío. El guarda los observaba de reojo, hablando con el conductor; el 168 no había vuelto a detenerse después de la barrera y daban ya la vuelta a Cánning y Santa Fe.
—Este asiento tiene ventanilla fija —dijo él—. Usted ve que es el único asiento del coche que viene así, por la puerta de emergencia.
—Ah —dijo Clara.
—Nos podíamos pasar a otro.
—No, no. —Le apretó los dedos, deteniendo su moviento de levantarse.— Cuanto menos nos movamos mejor.
—Bueno, pero podríamos levantar la ventanilla de adelante.
—No, por favor no.
Él esperó, pensando que Clara iba a agregar algo, pero ella se hizo más pequeña en el asiento. Ahora lo miraba de lleno para escapar a la atracción de allá adelante, de esa cólera que les llegaba como un silencio o un calor. El pasajero puso la otra mano sobre la rodilla de Clara, y ella acercó la suya y ambos se comunicaron oscuramente por los dedos, por el tibio acariciarse de las palmas.
—A veces una es tan descuidada —dijo tímidamente Clara—. Cree que lleva todo, y siempre olvida algo.
—Es que no sabíamos.
—Bueno, pero lo mismo. Me miraban, sobre todo esas chicas, y me sentí tan mal.
—Eran insoportables —protestó él—. ¿Usted vio cómo se habían puesto de acuerdo para clavarnos los ojos?
—Al fin y al cabo el ramo era de crisantemos y dalias —dijo Clara—. Pero presumían lo mismo.
—Porque los otros les daban alas —afirmó él con irritación—. El viejo de mi asiento con sus claveles apelmazados, con esa cara de pájaro. A los que no vi bien fue a los de atrás. ¿Usted cree que todos...?
—Todos —dijo Clara—. Los ví apenas había subido. Yo subí en Nogoyá y Avenida San Martín, y casi en seguida me di vuelta y vi que todos, todos...
—Menos mal que se bajaron.
Pueyrredón, frenada en seco. Un policía moreno se habría en cruz acusándose de algo en su alto quiosco. El conductor salió del asiento como deslizándose, el guarda quiso sujetarlo de la manga, pero se soltó con violencia y vino por el pasillo, mirándolos alternadamente, encogido y con los labios húmedos, parpadeando. "¡Ahí da paso!", gritó el guarda con una voz rara. Diez bocinas ladraban en la cola del ómnibus, y el conductor corrió afligido a su asiento. El guarda le habló al oído, dándose vuelta a cada momento para mirarlos.
—Si no estuviera usted... —murmuró Clara—. Yo creo que si no estuviera usted me habría animado a bajarme.
—Pero usted va a Retiro —dijo él, con alguna sorpresa.
—Sí, tengo que hacer una visita. No importa, me hubiera bajado igual.
—Yo saqué boleto de quince —dijo él — Hasta Retiro.
—Yo también. Lo malo es que si una se baja, después hasta que viene otro coche...
—Claro, y además a lo mejor está completo.
—A lo mejor. Se viaja tan mal, ahora. ¿Usted ha visto los subtes?
—Algo increíble. Cansa más el viaje que el empleo.
Un aire verde y claro flotaba en el coche, vieron el rosa viejo del Museo, la nueva Facultad de Derecho, y el 168 aceleró todavía más en Leandro N. Alem, como rabioso por llegar. Dos veces lo detuvo algún policía de tráfico, y dos veces quiso el conductor tirarse contra ellos; a la segunda, el guarda se le puso por delante negándose con rabia, como si le doliera. Clara sentía subírsele las rodillas hasta el pecho, y las manos de su compañero la desertaron bruscamente y se cubrieron de huesos salientes, de venas rígidas. Clara no había visto jamás el paso viril de la mano al puño, contempló esos objetos macizos con una humilde confianza casi perdida bajo el terror. Y hablaban todo el tiempo de los viajes, de las colas que hay que hacer en Plaza de Mayo, de la grosería de la gente, de la paciencia. Después callaron, mirando el paredón ferroviario, y su compañero sacó la billetera, la estuvo revisando muy serio, temblándole un poco los dedos.
—Falta apenas —dijo clara, enderezándose—. Ya llegamos.
—Sí. Mire, cuando doble en Retiro, nos levantamos rápido para bajar.
—Bueno. Cuando esté al lado de la plaza.
—Eso es. La parada queda más acá de la torre de los Ingleses. Usted baja primero.
—Oh, es lo mismo.
—No, yo me quedaré atrás por cualquier cosa. Apenas doblemos yo me paro y le doy paso. Usted tiene que levantarse rápido y bajar un escalón de la puerta; entonces yo me pongo atrás.
—Bueno, gracias —dijo Clara mirándolo emocionada, y se concentraron en el plan, estudiando la ubicación de sus piernas, los espacios a cubrir. Vieron que el 168 tendría paso libre en la esquina de la plaza; temblándole los vidrios y a punto de embestir el cordón de la plaza, tomó el viraje a toda carrera. El pasajero saltó del asiento hacia adelante, y detrás de él pasó veloz Clara, tirándose escalón abajo mientras él se volvía y la ocultaba con su cuerpo. Clara miraba la puerta, las tiras de goma negra y los rectángulos de sucio vidrio; no quería ver otra cosa y temblaba horriblemente. Sintió en el pelo el jadeo de su compañero, los arrojó a un lado la frenada brutal, y en el mismo momento en que la puerta se abría el conductor corrió por el pasillo con las manos tendidas. Clara saltaba ya a la plaza, y cuando se volvió su compañero saltaba también y la puerta bufó al cerrarse. Las gomas negras apresaron una mano del conductor, sus dedos rígidos y blancos. Clara vio a través de las ventanillas que el guarda se había echado sobre el volante para alcanzar la palanca que cerraba la puerta.
Él la tomó del brazo y caminaron rápidamente por la plaza llena de chicos y vendedores de helados. No se dijeron nada, pero temblaban como de felicidad y sin mirarse. Clara se dejaba guiar, notando vagamente el césped, los canteros, oliendo un aire de río que crecía de frente. El florista estaba a un lado de la plaza, y él fue a parase ante el canasto montado en caballetes y eligió dos ramos de pensamientos. Alcanzó uno a Clara, después le hizo tener los dos mientras sacaba la billetera y pagaba. Pero cuando siguieron andando (él no volvió a tomarla del brazo) cada uno llevaba su ramo, cada uno iba con el suyo y estaba contento.



miércoles, 27 de noviembre de 2013

Morir no duele mucho...




Morir no duele mucho:
nos duele más la vida.
Pero el morir es cosa diferente,
tras la puerta escondida:

la costumbre del sur, cuando los pájaros
antes que el hielo venga,
van a un clima mejor. Nosotros somos
pájaros que se quedan:

los temblorosos junto al umbral campesino,
que la migaja buscan,

brindada avaramente, hasta que ya la nieve
piadosa hacia el hogar nos empuja las plumas.




martes, 26 de noviembre de 2013

El templo y sus caminos






     Una tinieblas que prometen y a veces amenazan abrirse. Y es difícil creer que quien recorre tal camino no se vea acometido por el tempor y un temblor casi paralizantes. Es la luz de un viaje más bien extrahumano, que el hombre emprendía asomándose al lado dé allá, a ese lado al cual se supuso, cada vez con mayor ligereza, que sólo se asoman los místicos. Es la luz que se vislumbra y la luz que acecha, la luz que hiere. La luz que acecha en la inmensidad de un horizonte donde perderse parece inevitable, y que hiere con un rayo que despierta más allá de lo sostenible, llamando a la completa vigilia, ésa donde la mente se incendiaría toda.





lunes, 25 de noviembre de 2013

El sobreviviente





Algunas casas, al igual que ciertas personas, delatan a primera vista su predilección por lo maligno. Quizá sea el efluvio de hechos perversos ocurridos bajo determinado techo, que permanece mucho tiempo después de que sus realizadores se hayan ido, lo que hace que se le pongan a uno la carne de gallina y los pelos de punta. Algo de la pasión del ejecutor del acto, y del horror sentido por su víctima, entra en el corazón del inocente espectador, quien repentinamente se vuelve consciente de un hormigueo nervioso, de un escalofrío en la piel y en la sangre...


Me había propuesto no volver a hablar o escribir sobre la casa Charriere tras mi huida de Providence en la noche del horrible descubrimiento -hay recuerdos que todo el mundo desea suprimir, creer que no son ciertos, borrarlos de su existencia- pero me veo obligado a transcribir ahora mi breve estancia en la casa de la calle Benefit, y mi precipitada huida de ella. Lo hago por si algún inocente fuese sometido a presiones injustas por parte de la policía, deseosa de hallar alguna explicación a su horrible descubrimiento. Ese horror lo experimenté, antes que cualquier otro humano, ante la vista de algo ciertamente mucho más terrible que cuanto haya podido verse después, al cabo de tantos años, tras pasar la casa a ser propiedad municipal, como sabía que ocurriría algún día.

Ciertamente, no cabe esperar de un anticuario que esté tan instruido en lo que respecta a ciertas antiguas sendas del conocimiento humano como en lo que concierne a casas antiguas. Sin embargo, cabe pensar que, inmerso en la investigación del hábitat humano, tropiece en ocasiones con ciertos misterios considerablemente más complejos que la fecha de un pabellón o la procedencia de un techo estilo holandés, y logre sacar de ellos determinadas conclusiones, por increíbles, horribles, espantosas o aun condenables -¡sí, condenables!- que sean. En los lugares frecuentados por los anticuarios es bien conocido el nombre de Alijah Atwood; no digo más por modestia, pero cualquier persona que tenga interés en buscar referencias encontrará, en esos directorios dedicados a la información para anticuarios, más de un párrafo que trata de mí.

Vine a Providence, Rhode Island, en 1930, con la intención de visitarla brevemente y seguir luego hacia Nueva Orleans. Pero vi la casa Charriere en la calle Benefit, y me atrajo como sólo un anticuario puede ser atraído por una casa extraña y solitaria en una calle de Nueva Inglaterra, que no era de la misma época, una casa de cierta antigüedad, con un aura indescriptible que atraía y repelía al mismo tiempo. Se decía de la casa Charriere que estaba embrujada, pero eso suele decirse de cualquier casa vieja y abandonada del nuevo o del viejo mundo, e incluso -si he de fiarme de los solemnes artículos del Journal of American Folklore- de las viviendas de los indios americanos, australianos, polinesios y muchos otros. No es mi intención escribir sobre fantasmas; me bastará decir que ha habido, en el ámbito de mi experiencia, ciertas revelaciones sin explicación científica alguna, aunque soy lo suficientemente racional como para pensar que dicha explicación puede llegar a encontrarse alguna vez, cuando el hombre utilice para su interpretación un procedimiento científico correcto. En este sentido, estoy seguro de que la casa Charriere no estaba embrujada. Ningún fantasma transitaba por sus habitaciones haciendo sonar sus cadenas, ninguna voz exhalaba lamentos a la medianoche, ninguna figura sepulcral aparecía a la hora de las brujas para anunciar una muerte próxima. Pero nadie podía negar que la casa estaba rodeada por un halo no sé si de terror, de perversión o de horribles misterios; si llego a ser un hombre menos insensible, esa casa, sin duda, me hubiese hecho perder la razón. El halo resultaba menos corpóreo que en otras casas que he conocido, pero sugería la existencia de secretos inconfesables no percibidos en mucho tiempo por ningún ser humano. Sobre todo, transmitía una poderosa sensación del paso de los siglos, pero de siglos muy anteriores a la propia edad de la casa; sugería edades remotas, cuando el mundo era joven. Y era curioso, porque la casa, aunque vieja, tenía menos de tres siglos.

La observé primero como anticuario, encantado de descubrir una casa, entre otras características de Nueva Inglaterra, perteneciente al estilo de Quebec del siglo XVII. Era, por tanto, tan diferente de las vecinas que habría llamado la atención de cualquier viandante. Había visitado muchas veces Quebec, lo mismo que otras ciudades viejas del continente americano, pero en esta primera visita a Providence no venía particularmente en busca de antiguas viviendas, sino para ver a un colega anticuario de renombre. Fue camino de su casa, situada en la calle Barnes, cuando pasé por la casa Charriere. Al observar que no estaba habitada, decidí alquilarla para mí. De todos modos, puede que no lo hubiese hecho de no haberme incitado la peculiar aversión de mi amigo a hablar de la casa y el hecho de mostrarse reacio a que yo me acercase a aquel lugar. Quizá sea injusto con él, ahora que miro hacia atrás y recuerdo que el pobre hombre, sin saberlo ninguno de los dos, estaba ya en su lecho de muerte. Sea como sea, hablé con él en su habitación, sentado al borde de la cama, en lugar de hacerlo en su despacho. Fue allí donde le pregunté acerca de la casa, describiéndosela para que no hubiese dudas respecto a cuál me refería, ya que por entonces yo no sabía el nombre ni nada acerca de ella.

Un hombre llamado Charriere, un cirujano francés venido de Quebec, había sido su dueño. Pero mi amigo Gamwell no sabía quién la había construido. A Charriere sí le había conocido. «Un hombre alto, de piel áspera. Le vi poco, pero nadie lo vio mucho más. Se había retirado de la medicina» dijo Gamwell. Cuando éste conoció la casa, el doctor Charriere ya vivía en ella, como debieron hacerlo sus antepasados, aunque esto Gamwell no podía asegurarlo. El doctor Charriere había llevado una vida recluida y había muerto hacía tres años, en 1927, según la noticia oficial aparecida en su día en el Journal de Providence. La fecha de la muerte del doctor Charriere fue la única que Gamwell pudo indicarme; todo lo demás se mantenía a oscuras. La casa sólo había sido alquilada una vez: la había ocupado durante un corto período de tiempo un profesional y su familia, pero la dejaron después de un mes, quejándose de la humedad y de los malos olores del vetusto edificio. Desde entonces se encontraba vacía, pero no podía ser destruida, ya que el doctor Charriere había dejado en su testamento una considerable suma de dinero para pagar los impuestos durante muchos años -algunos decían que veinte- y garantizar que la casa estaría allí en el caso de que los herederos del cirujano la reclamasen. El doctor Charriere, en una carta, había hecho vagas referencias a un sobrino que hacía su servicio militar en Indochina. Todos los intentos para encontrar al sobrino habían sido inútiles, y ahora se dejaba que la casa siguiese en pie hasta que expirase el período de tiempo que el doctor Charriere había estipulado en su testamento.

-Voy a alquilarla -le dije a Gamwell.
Enfermo como estaba, mi colega anticuario se apoyó sobre un codo para incorporarse en el lecho y expresar su disconformidad.
-Un capricho pasajero, Atwood. Olvídelo. He oído cosas inquietantes acerca de esa casa.
-¿Qué cosas? -le pregunté llanamente.
Pero de esto no quiso hablar; movió la cabeza ligeramente y cerró los ojos.
-Pienso verla mañana -continué.
-No encontrará en ella nada que no pueda encontrar en Quebec, créame -recalcó Gamwell.
Pero, como dije antes, su extraña manera de oponerse a mi deseo de visitar la casa no contribuyó sino a aumentar tal deseo. No pensaba quedarme allí para siempre: solamente alquilarla por seis meses más o menos, como centro de operaciones mientras visitaba los alrededores de la ciudad y los caminos y paseos de Providence en busca de antigüedades de esa región. Finalmente Gamwell accedió a darme el nombre de la firma de abogados en cuyas manos Charriere había dejado su testamentaría. Después de haber solicitado una entrevista con ellos y vencido el escaso entusiasmo con que acogieron mi proposición, me convertí en el amo de la vieja casa Charriere por un período de no más de seis meses, que podían ser menos, si así lo decidía.

Tomé posesión de la casa en seguida, aunque me dejó algo perplejo comprobar que se había instalado agua corriente, pero en cambio carecía de corriente eléctrica. Entre el mobiliario de la casa, que permanecía tal como quedó a la muerte del doctor Charriere, encontré para alumbrado una docena de lámparas de varias formas y épocas, algunas aparentemente con más de un siglo de antigüedad. Esperaba hallar la casa llena de telarañas y de polvo, pero cuál no sería mi sorpresa cuando comprobé que no era así. Y eso que, según tenía entendido, los abogados -la firma Baker & Greenbaugh- no estaban encargados de la limpieza de la casa durante ese medio siglo que -según lo estipulado en el testamento del doctor Charriere- podía transcurrir hasta que se presentara a tomar posesión su único heredero.

La casa correspondía exactamente a la imagen que me había hecho de ella. Abundaba la madera. En algunas habitaciones cuyas paredes habían sido empapeladas el papel se había despegado, y en otras, el yeso había ido adquiriendo, con el paso de los años, un tono amarillento. Las habitaciones eran irregulares y daban la impresión de ser o muy grandes o demasiado pequeñas. Había dos plantas, pero se veía que el piso de arriba no había sido utilizado nunca. El de abajo, sin embargo, conservaba las huellas de su antiguo ocupante, el cirujano. Una de las habitaciones le había servido de laboratorio, y otra anexa, de despacho. Ambos cuartos parecían haber sido abandonados recientemente en el curso de alguna investigación, como si su último y efímero ocupante -post-mortem Charriere- no hubiese penetrado en ellos. No me causó extrañeza, ya que la casa era suficientemente grande como para poder vivir en ella sin necesidad de utilizar aquellos dos cuartos. Tanto el despacho como el laboratorio se hallaban en la parte de atrás de la casa y daban sobre un jardín frondoso, lleno de arbustos y árboles. Extendido a lo largo de toda la parte posterior de la casa, este jardín era de un tamaño muy considerable, ya que ocupaba el ancho de tres solares y en profundidad equivalía a uno. Remataba en un muro de piedra muy alto que lindaba con la calle de atrás.

El estado en que se habían quedado el laboratorio y el estudio indicaban que, sin lugar a duda, el doctor Charriere se hallaba en plena investigación cuando le llegó su hora. Por mi parte, confieso que la naturaleza de su trabajo me intrigó desde el primer momento. Parecía evidente que no se trataba de algo ordinario. La vista de los extraños y casi cabalísticos dibujos, que parecían cuadros fisiológicos de diversas especies de saurios, me indujo a pensar que la labor de investigación emprendida por el doctor Charriere iba más allá del simple estudio del hombre. Entre aquellos saurios, los más destacados eran del orden Loricata y de los géneros Crocodylus y Osteolaemus, pero había también otros dibujos representando el Gavialis, el Tomistoma, el Gaiman y el Alligator, así como algunos otros reptiles de esta misma especie, aunque anteriores y que correspondían al período Jurásico. De todas maneras, sé que no fue esa primera ojeada y la curiosidad que despertó en mí lo que me impulsó a profundizar mi estudio de la extraña investigación del doctor Charriere. Lo que me arrastró realmente fue ese halo de misterio -perceptible para un anticuario- que se desprendía de toda la casa.

La casa Charriere me impresionó desde el primer momento, pues era una casa totalmente de su época, salvo en el hecho de la posterior instalación de agua corriente. Tenía la impresión de que había sido el doctor Charriere quien la había construido. Gamwell, en el curso de la conversación curiosamente elíptica que habíamos mantenido, no me había dado a entender lo contrario. Pero tampoco había mencionado la edad que tenía el cirujano el día de su muerte. Suponiendo que hubiera muerto a los ochenta años, no podía haber sido él quien había edificado la casa, ya que ésta había sido construida alrededor de 1700, ¡dos siglos antes de la muerte del doctor Charriere! Pensé, por lo tanto, que el nombre que llevaba la casa era el del último propietario y no el del constructor. Buscando una explicación racional respecto a este punto, descubrí algunos hechos desagradablemente inverosímiles.

Por un lado, la fecha del nacimiento del doctor Charriere no aparecía en ningún sitio. Busqué su tumba: curiosamente, se hallaba en la propia finca. Había solicitado y obtenido permiso para ser enterrado en el jardín. La sepultura estaba junto a un viejo y gracioso pozo que parecía haber sido construido más o menos al mismo tiempo que la casa y permanecía intacto, con su techo, su cubo y otros accesorios, sin duda tal como habían estado desde que se construyó la casa. Eché una ojeada a la lápida en busca de la fecha de nacimiento, pero con desazón observé que en la piedra sólo aparecían su nombre: Jean-François Charriere; su profesión: cirujano; los lugares en los que había residido o trabajado: Bayona, París, Pondichérry, Quebec, Providence; y el año de su muerte: 1927. No había nada más, pero era suficiente para permitirme seguir investigando más a fondo. Escribí en el acto a amistades de varios lugares en donde podían investigarse los hechos.

Dos semanas después tenía ante mí los resultados de dichas investigaciones. Pero lejos de quedar satisfecho, me hallaba más perplejo que nunca. Había empezado por dirigirme a un corresponsal de Bayona, dando por supuesto que, ya que éste era el primer lugar mencionado en la lápida, Charriere había nacido allí. Luego pedí informes a París, después a un amigo de Londres que podía tener acceso a los archivos de los asuntos británicos en la India, y finalmente a Quebec. Salvo una relación de fechas, no obtuve ninguna información interesante. Un Jean-François Charriere había nacido, efectivamente, en Bayona ¡en el año 1636! El nombre no era desconocido en París, ya que un joven de diecisiete años, llamado Jean-François Charriere, había estudiado con el exiliado monárquico Richard Wiseman, en 1653, y durante los tres años siguientes. En Pondichérry, y luego en Caronmandall, en la costa india, un tal doctor Jean-François Charriere, cirujano del ejército francés, había prestado servicio desde 1674 en adelante. Y en Quebec, el dato más antiguo que aparecía del doctor Charriere se remontaba a 1691. Había practicado en esa ciudad durante seis años, y abandonó posteriormente la ciudad con destino desconocido.

Evidentemente, sólo podía llegarse a una conclusión: el doctor Jean-François Charriere, nacido en Bayona en 1636 y cuyo último paradero conocido había sido Quebec, precisamente el mismo año en que se construyó la casa Charriere de la calle Benefit, era un antepasado del cirujano que había vivido en la casa y llevaba el mismo nombre. Pero, y aunque así fuese, había una laguna absoluta entre el año 1697 y la vida del último habitante de la casa, pues en ningún sitio aparecían datos relativos a la familia de ese primer Jean-François Charriere. No había ningún dato respecto a la existencia de una señora Charriere o de hijos, que necesariamente debieron existir para que continuase su descendencia hasta el presente siglo. Todavía cabía suponer que el viejo señor que había venido de Quebec era soltero y que, al llegar a Providence, había contraído matrimonio. Tendría entonces sesenta y un años, Pero la lectura del registro no revelaba que ese matrimonio se hubiese realizado. Aquello me desconcertó, aunque sabía, como anticuario, las dificultades que representaba la búsqueda de datos. La desilusión, pues, no fue tan grande como para hacerme abandonar mis investigaciones.

Opté por un nuevo procedimiento, y me dirigí a la firma Baker & Greenbaugh para solicitar información acerca del doctor Charriere. Allí tropecé con algo más extraño todavía, pues al preguntar acerca del aspecto físico del cirujano francés, ambos abogados se vieron obligados a admitir que nunca lo habían visto. Todas sus instrucciones habían llegado por carta, junto con unos cheques por un valor muy elevado. Habían trabajado para el doctor Charriere durante los seis años que precedieron a su muerte, y desde entonces hasta la fecha. No habían sido empleados por él anteriormente. Les pregunté acerca de ese «sobrino», puesto que la existencia de un sobrino implicaba la existencia, por lo menos en alguna época, de un hermano o una hermana de Charriere. Pero por ese camino tampoco conseguí la menor información. Gamwell me había informado mal: Charriere no había especificado que se refería a un sobrino, sino que había dicho: «el único varón superviviente de mi familia». Se había pensado que este superviviente podía ser un sobrino, pero toda pesquisa había sido inútil. De todas maneras, el testamento del doctor Charriere decía que no era preciso buscar a su heredero porque él mismo se dirigiría a la firma Baker & Greenbaugh, bien por carta o personándose en unos términos inconfundibles que no darían lugar a dudas. Ciertamente había algo misterioso. Los abogados no lo negaban. Pero también resultaba evidente que habían sido muy bien recompensados por la confianza que había sido depositada en ellos y que no iban a traicionarla contándome más de lo que me habían contado. Después de todo, según dijo razonablemente uno de los abogados, sólo habían transcurrido tres años desde la muerte del doctor Charriere, y quedaba aún tiempo suficiente para que el heredero superviviente se presentase.

Después de aquel fracaso, recurrí de nuevo a mi viejo amigo Gamwell, que seguía en cama y se encontraba aún más débil. Su médico de cabecera, con quien me crucé cuando salía de la casa, me dio a entender por primera vez que Gamwell quizá no volvería a levantarse, y me pidió que procurara no excitarle, ni cansarle con muchas preguntas. Sin embargo, estaba decidido a averiguar todo lo que pudiese acerca de Charriere, pese a que la primera sorpresa me la llevé yo ante el escrutinio al que me sometió Gamwell. Parecía como si mi amigo esperara que una estancia de menos de tres semanas en la casa Charriere me hubieran alterado incluso mi aspecto físico. Charlamos un rato, y le expuse el motivo de mi visita; expliqué que había encontrado la casa muy interesante y que, por lo tanto, deseaba conocer algo más de su último ocupante. Gamwell había mencionado que le vio alguna vez.

-Fue hace muchos años -dijo Gamwell-. Si han pasado tres años después de su muerte, déjame pensar... debió de ser en 1907.
-¡Pero eso fue veinte años antes de que muriese! -exclamé asombrado.
De todas formas, Gamwell insistió en que ésa era la fecha.
¿Y qué aspecto tenía? Insistí con la pregunta.
Desgraciadamente, la senilidad y la enfermedad habían invadido el vivo intelecto del viejo.
-Coges un tritón, lo haces crecer un poco, le enseñas a andar sobre sus patas traseras, lo vistes con ropas elegantes -dijo Gamwell- y ya tienes al doctor Jean-François Charriere. Sólo que su piel era áspera, casi callosa. Un hombre frío. Vivía en otro mundo.
-¿Cuántos años tenía? -le pregunté- ¿Ochenta?
-¿Ochenta? -se quedó pensativo-. La primera vez que le vi, yo no tenía más de veinte años y él no aparentaba más de ochenta. Y hace veinte años, mi querido Atwood, no había cambiado. Parecía tener ochenta años aquella primera vez. ¿O sería la perspectiva de mi juventud? Quizá. Parecía tener ochenta años en 1907. Y murió veinte años después.
-Es decir, a los cien.
-Tal vez.

En fin, tampoco Gamwell pudo proporcionarme gran ayuda. De nuevo, nada específico, nada concreto, no se perfilaba ningún hecho. Sólo una impresión, un recuerdo de alguien, pensaba yo, hacia el cual Gamwell sentía antipatía, aunque él mismo no hubiese sabido decir por qué. Tal vez celos de tipo profesional, que Gamwell no quería reconocer, falseaban sus propios elementos de juicio. A continuación me dirigí a los vecinos. Casi todos eran jóvenes y sus recuerdos del doctor Charriere eran escasos. Sólo le recordaban como un tipo indeseable porque coleccionaba lagartos, así como otros bichos de esa clase, y se rumoreó que realizaba diabólicos experimentos en su laboratorio. La única anciana era una tal señora Hepzibah Cobbett. Vivía en una casita de dos plantas justo detrás de la valla que limitaba el jardín de la casa Charriere. La encontré muy apagada. Estaba en una silla de ruedas que empujaba su hija, una mujer de nariz aguileña y fríos ojos azules, inquisidores detrás de sus quevedos. Pero la anciana se animó cuando mencioné el nombre del doctor Charriere, y cuando supo que yo vivía en la casa, empezó a hablar.

-No vivirá ahí mucho tiempo, acuérdese de mis palabras. Es una casa endemoniada -dijo con una fuerza que, de pronto, degeneró para convertirse en un parloteo senil-. Más de una vez le he observado. Un hombre alto, jorobado como una hoz, con una perilla pequeña, igual que la de una cabra. ¿Y qué era aquello que reptaba entre sus pies? Una cosa negra y larga, demasiado grande para ser una serpiente; pero yo pensaba en serpientes cada vez que miraba al doctor Charriere. ¿Y qué eran esos gritos durante la noche? ¿Y qué era lo que ladraba ante el pozo? ¿Un zorro? Ya. Yo sé lo que es un perro y lo que es un zorro. Era como un alarido de una foca. He visto cosas, eso sí, pero nadie cree a una anciana con un pie en la tumba. Y usted, usted tampoco me hará caso, porque nadie lo hace.

¿Qué podía deducir de todo esto? Quizá la hija tenía razón cuando dijo, al despedirme: -No haga caso de las divagaciones de mi madre. Padece arteriosclerosis, lo que, en ciertas ocasiones, le debilita la mente-. Pero yo no pensaba que la señora Cobbett fuera una débil mental. Recordaba el brillo tan vivo de sus ojos mientras estaba hablando. Parecía estar en posesión de un secreto tan prodigioso que ni su guardián, la severa e inflexible hija que permanecía inmóvil junto a ella, hubiera podido percibir o imaginar siquiera sus contornos. Los desengaños me esperaban a la vuelta de cada esquina. La suma de los datos que había conseguido reunir basta entonces no me proporcionaba mayor información que cada dato aislado. Archivos de periódicos, bibliotecas, registros, lo intenté todo. Pero lo único que podía encontrarse era la fecha en que se había construido la casa: 1697, y la de la muerte del doctor Jean-François Charriere. Si algún otro Charriere había muerto en esta ciudad, no había señal de ello en ningún sitio. Me parecía inconcebible que todos los miembros de la familia Charriere, anteriores al antiguo inquilino de la casa de la calle Benefit, hubiesen muerto fuera de Providence, y sin embargo debía de haber sucedido así, ya que no encontraba otra explicación posible. En la casa descubrí un retrato. Pese a que no llevaba ningún nombre inscrito, por las iniciales J. F. C. supuse que se trataba del doctor Charriere. El cuadro, que estaba colgado en un rincón apartado y casi inaccesible del piso superior, representaba una cara delgada y ascética, con una barba desordenada; lo que más resaltaba en ese rostro eran los pómulos salientes que acentuaban el hundimiento de las mejillas y el brillo de los ojos negros. En general, su aspecto era desvaído y siniestro.

En vista de la imposibilidad de obtener más información por otros medios, decidí dedicarme de nuevo al examen de los papeles y libros dejados en el despacho y el laboratorio del doctor Charriere. Hasta entonces me había ausentado mucho de la casa en busca de información acerca del pasado del doctor Charriere, y ahora me había recluido en ella casi con la misma obstinación. Quizá debido a esta reclusión percibí con mayor fuerza el halo misterioso de la casa -a nivel psíquico tanto como físico-. Ahora, por vez primera, llegaba a notar la extraña mezcla de olores que habían decidido al efímero inquilino y a su familia a abandonar la casa apenas alquilada. Algunos de ellos eran los aromas típicos y comunes de todas las casas viejas, pero otros me eran totalmente desconocidos. Sin embargo, logré identificar fácilmente el olor predominante: lo había percibido ya en otras ocasiones, en jardines zoológicos y en las proximidades de ciertos pantanos de aguas estancadas. Se trataba de un miasma que, con una fuerza increíble, sugería la presencia cercana de reptiles. Cabía admitir la posibilidad de que ciertos reptiles hubiesen llegado, a través de la ciudad, hasta el refugio que les podía proporcionar el jardín de la casa Charriere. En cambio, lo que sí parecía inconcebible era que hubiese llegado hasta allí una cantidad tan grande de ellos como para llenar la casa entera de su hedor. Pero por mucho que busqué no logré encontrar el lugar de donde emanaba ese olor a reptil, ni dentro ni fuera de la casa. Cuando se me ocurrió que podía provenir del pozo, pensé que sin duda se trataba de una ilusión mía, provocada por mi deseo de encontrar alguna explicación racional.

El olor persistía. Noté también que aumentaba con la lluvia, pues es bien sabido que con la humedad se acentúan los olores. Como la casa también estaba húmeda, la brevedad de la estancia del último inquilino era comprensible. Lo cierto era que éste no se había equivocado. A mí, personalmente, si bien aquel hedor llegó a desagradarme en ocasiones, no me inquietaba -al menos no tanto como me inquietaban otros aspectos de la casa. Parecía que la vieja casa había empezado a protestar contra mi intromisión en el despacho y en el laboratorio. En efecto, empecé a tener ciertas alucinaciones que se hicieron cada vez más frecuentes. Por una parte, durante la noche oía un extraño ladrido que parecía provenir del jardín. Por otra parte, y también durante la noche, veía algo como una extraña y encorvada figura de reptil rondando por el jardín, cerca de las ventanas del despacho. Pese a que esta y otras visiones se repetían, me empeñé en considerarlas como meras alucinaciones personales. Lo conseguí hasta aquella fatídica noche en que oí un ruido esta vez inconfundible: era como si alguien se estuviera bañando en el jardín. Me desperté de mi sueño convencido de que ya no estaba solo en la casa. Me levanté, me puse la bata y las zapatillas, encendí una lámpara y corrí hacia el despacho. Lo que mis ojos presenciaron allí me indujo a creer que estaba soñando aún. Mi pesadilla parecía generada directamente por la naturaleza de ciertas lecturas que acababa de hacer indagando entre los papeles del doctor Charriere. Porque se trataba de una pesadilla, en ese momento no me cabía la menor duda, aunque apenas pude divisar al intruso, el intruso que había penetrado en el despacho, llevándose unos papeles del doctor Charriere. La luz amarillenta y tenue de la lámpara que mantenía en alto me cegaba parcialmente. Tan sólo veía brillar algo negro y como viscoso. Luego, en el momento en que saltaba por la ventana abierta hacia la oscuridad del jardín, pude verlo entero. Aquello no duró más que un instante, pero me pareció que llevaba un traje muy ajustado al cuerpo y hecho de un extraño material áspero y oscuro. No habría dudado en perseguirlo si no hubiera visto, a la luz de la lámpara, una serie de cosas inquietantes.

El intruso había dejado sus huellas en el suelo. Eran pisadas irregulares y mojadas. Pero lo más extraño era la forma misma de los pies que dibujaban: unos pies anormalmente anchos, con uñas tan largas que habían dejado su marca delante de cada dedo. En el lugar en que el intruso había permanecido inclinado sobre los papeles había charcos de agua. El ambiente estaba saturado de ese fuerte olor a reptil, el mismo que yo había comenzado a aceptar como parte integrante de la casa, pero tan fuerte ahora que me sentí tambalear y estuve a punto de desmayarme. Sin embargo, mi interés por los documentos era más fuerte que el miedo o la curiosidad. En ese momento la única explicación racional que se me ocurrió fue que uno de los vecinos que atribuían ciertos poderes maléficos a la casa Charriere -y habían decidido no abandonar sus gestiones hasta conseguir que fuese destruida-, había estado nadando antes de venir a invadir el estudio. Aquella circunstancia me parecía poco convincente pero si la rechazaba ¿cómo explicar entonces lo que yo mismo acababa de presenciar? Fijándome en los documentos, noté inmediatamente la desaparición de varios de ellos. Afortunadamente, los que faltaban eran los que había leído ya y que había dejado amontonados en una pila, sin ordenarlos siquiera. No lograba entender el valor que aquellos papeles podían tener para nadie, a no ser que alguna otra persona estuviera tan interesada como yo, quizá con el fin de reclamar para sí la propiedad de la casa y los terrenos. Todos ellos eran apuntes relativos a la longevidad de los cocodrilos, los caimanes y otros reptiles. Para mí, era ya evidente desde hacía algún tiempo que el doctor Charriere se había volcado de forma obsesiva en el estudio de la longevidad de los reptiles y de sus causas con el fin de aprender cómo el hombre podría llegar a alargar su propia vida. Hasta entonces nada en esos apuntes me había inducido a pensar que el doctor Charriere hubiera descubierto los secretos de esa longevidad. Tan sólo algunos párrafos alarmantes sugerían la posibilidad de que hubiera sometido a «operaciones» a alguien -no especificaba quién- con el fin de alargarle la vida.

En realidad, existía también otra clase de notas escritas, según me pareció a mí, por el doctor Charriere. Sin embargo, en su contenido se apartaban de la investigación más o menos científica seguida por éste en torno a la longevidad de los reptiles. Se trataba de una serie de enigmáticas referencias a ciertas criaturas mitológicas, entre las cuales dos eran frecuentemente citadas: «Cthulhu» y «Dagon». Eran, por lo visto, deidades del mar en alguna mitología muy antigua y de la que nunca había oído hablar hasta entonces. Los misteriosos apuntes se referían también a otros seres (¿hombres?), llamados Los Profundos, que gozaban de una longevidad muy larga y estaban al servicio de esos dioses antiguos. Eran evidentemente unos seres anfibios que vivían e las profundidades de los océanos. Entre aquellos apuntes se encontraban las fotografías de una estatua monolítica particularmente horrenda y con marcados rasgos saurios. Estaban acompañadas del texto siguiente: «Costa Este de la Isla de Hivaoa, Marquesas. ¿Idolo?» En otras fotografías aparecía un tótem de los indios de la costa noroeste. Su parecido con la primera estatua era inquietante: la misma anchura, los mismos rasgos acusados de reptil. Sobre una de esas fotos, el doctor Charriere había anotado: «Tótem de los indios Kwakiutl. Estrecho de Quatsino. Parecido a los construidos por ind. Tlingit.» Estas extrañas anotaciones demostraban claramente que su autor estaba dispuesto a estudiar cualquier antiguo rito de brujería, cualquier superstición religiosa primitiva, con tal de que aquello le sirviera para alcanzar su objetivo.

No tardé mucho en darme cuenta de cuál era la naturaleza de ese objetivo. El doctor Charriere, evidentemente, no se había volcado en el estudio de la longevidad por puro amor al estudio. No, lo que él pretendía con ello era conseguir alargar su propia vida. Y en sus apuntes ciertos indicios espeluznantes daban a entender que, al menos parcialmente, había tenido éxito. Este era un descubrimiento desagradable, que me impedía apartar de mi mente el recuerdo del extraño misterio que envolvía los últimos años y la muerte del primer Jean-François Charriere, cirujano también, así como el nacimiento del último doctor Jean-François Charriere, muerto en Providence en el año 1927. Aunque los acontecimientos de aquella noche no me habían asustado excesivamente, opté por comprar una pistola Luger de segunda mano y una linterna. La lámpara me había impedido ver durante la noche, cosa que, en idénticas circunstancias, no me ocurriría con una linterna. Si el visitante nocturno había sido uno de los vecinos, estaba seguro de que esos papeles no harían otra cosa que llamar su atención y, tarde o temprano, volvería. Ante esa posibilidad deseaba estar preparado. En caso de que sorprendiera nuevamente al merodeador en la casa que yo había alquilado, estaba decidido a disparar si no obedecía a mi orden de alto. Por supuesto, era un caso extremo al que no deseaba llegar.

La noche siguiente reanudé mi lectura de los libros y papeles del doctor Charriere. Era indudable que muchos de los libros habían pertenecido a antepasados suyos, pues databan de siglos atrás. Una de las obras, escrita por R. Wiseman y traducida del inglés al francés, apoyaba la tesis de una relación existente entre el doctor Jean-François Charriere, alumno de Wiseman en París, y ese otro cirujano del mismo nombre que había vivido hasta hacía poco en Providence, Rhode Island. En conjunto, era un curioso batiburrillo de libros. Los había en casi todos los idiomas conocidos, desde el francés hasta el árabe. Me era imposible traducir la mayor parte de los títulos, aunque leía francés y tenía ciertas nociones de otras lenguas románicas. Me era totalmente incomprensible el significado de un título como Unaussprechlichen Kulten, de Von Junzt, y si sospechaba que se trataba de un libro del mismo estilo que el Cultes des Goules, del conde d'Erlette, era porque se hallaba colocado junto a él. Libros de zoología estaban mezclados con gruesos tomos que trataban de antiguas culturas. Y en esa mezcolanza se encontraban publicaciones como Un Estudio sobre la Relación Existente entre los Habitantes de Polinesia y las Culturas del Continente Suramericano con Especial Referencia a Perú; Los Manuscritos Pnakóticos; De Furtivis Literarum Notis, de Giambattista Porta; la Criptografía, de Thicknesse; el Daemonolatreia, de Remigius; La Era de los Saurios, de Banfort; una colección del Transcript, de Aylesbury, Massachusetts, etcétera. Era indudable que, por su antigüedad, muchos de estos libros eran valiosísimos. Gran cantidad de ellos habían sido editados entre 1670 y 1820 y se encontraban en perfecto estado de conservación, pese a haber sido constantemente manipulados.
Sin embargo, aquellas obras tenían poco interés para mí. A veces pienso que por no haber dedicado un poco más de tiempo a su examen perdí en esa ocasión la oportunidad de aprender aún más de lo que aprendería luego; pero el dicho afirma que tener demasiados conocimientos acerca de temas que el hombre haría mejor en ignorar es más pernicioso que tener pocos. Otro de los motivos que me impulsaron a abandonar tan pronto el examen de todos aquellos libros fue un descubrimiento que hice. Oculto entre ellos encontré algo que, a primera vista, me pareció un diario. Un examen más minucioso me convenció de que aquello no era tal cosa, sino una simple libreta, porque las primeras fechas apuntadas en ella eran tan remotas que no podían corresponder a ningún momento de la vida del doctor Charriere, por muchos años que hubiese logrado vivir. Y sin embargo, era evidente que, desde las primeras y más antiguas hojas hasta las últimas y más recientes, todas las anotaciones habían sido escritas por la misma mano. En todas ellas se reconocía la pequeña y angulosa letra del difunto cirujano. Supuse entonces que, recopilando viejos papeles, el doctor Charriere había encontrado ciertas notas de su interés y decidido copiarlas en su libreta para poder tenerlas reunidas y ordenadas por orden cronológico. Además de las anotaciones, en aquellas páginas figuraban también unos dibujos que producían indudablemente una gran impresión, pese a la poca maestría con que habían sido realizados. En cierto sentido, recordaban a las primeras obras de ciertos artistas autodidactas.

La primera página del manuscrito empezaba con la nota siguiente: «1851. Arkham. Aseph Goade, P.» A continuación venía lo que me pareció ser el retrato de Aseph Goade. Era un dibujo en el que determinados rasgos de su fisonomía -más propios de un batracio que de un hombre- habían sido intencionadamente realzados. Tenía la boca anormalmente ancha, los labios como de cuero cuarteado, la frente muy baja y ojos que parecían recubiertos por una membrana; era una fisonomía chata, claramente similar a la de una rana. El dibujo ocupaba casi la totalidad de la página. Del texto que le acompañaba deduje que se trataba del relato del descubrimiento -en el campo de la pura investigación intelectual, pues era imposible de toda evidencia que existiera semejante criatura- de una especie subhumana (¿podía la inicial «P» referirse a «Los Profundos», cuyo nombre había leído en notas anteriores?) Para el doctor Charriere, en cambio, aquel ejemplar de esa especie subhumana era una realidad, una verificación en el curso de su investigación, que le permitiría demostrar la existencia de un parentesco entre el batracio y el hombre y, por lo tanto, entre éste y el saurio.

A continuación venían otros apuntes de la misma naturaleza. La mayoría de ellos eran un tanto ambiguos -quizá a propósito- y, a primera vista, parecían no tener ningún sentido. ¿Qué podía yo sacar de una página como ésta?:

1857 San Agustín. Henry Bishop. Piel cubierta de escamas aunque no ictiológicas. Debe tener 107 años. Ningún proceso de degeneración. Todos los sentidos muy agudos. Origen incierto, algunos antepasados dedicados al comercio en Polinesia.

1861. Charleston. Familia Balzac. Piel de las manos cubierta de costras. Mandíbula doble. Toda la familia presenta las mismas características. Anton 117 años. Anna 109 años. Infelices lejos del agua.

1863. Innsmouth. Familias Marsh, Waite, Eliot y Gilman. El Capitán Obed Marsh, comerciante en Polinesia, contrajo matrimonio con una nativa. Todos con características faciales similares a las de Aseph Goade. Vida apartada. Las mujeres raras veces vistas por las calles, pero mucha natación durante la noche -familias enteras nadando en dirección al Arrecife del Diablo, mientras el resto de la ciudad permanecía en sus casas-. Notable relación con P. Tráfico considerable entre Innsmouth y Ponapé. Algunas ceremonias religiosas secretas.

1871. Jed Price, atracción de ferias. Conocido como el «Hombre Caimán». Aparece en estanques llenos de caimanes. Aspecto saurio. Mandíbula hundida. Reputado por sus dientes puntiagudos, pero imposible determinar si eran naturalmente así o si habían sido afilados.
Esta era en general la sustancia de las anotaciones reunidas en la libreta. Aquellas notas hacían referencia a diversos puntos del continente, desde el Canadá hasta México, pasando por la Costa Este de Norteamérica. Desde aquel momento se hizo patente la extraña obsesión del doctor Jean-François Charriere, que le empujaba a comprobar la longevidad de ciertos seres humanos que, en sus mismos rasgos, parecían mostrar algún parentesco con antepasados saurios o batracios.

Indudablemente, si se conseguía admitir la realidad de aquellos hechos -sin interpretarlos como una pintoresca y colorida descripción de personas marcadas por ciertos acusados defectos físicos- cabía reconocer el peso de la evidencia buscada por el doctor Charriere para corroborar extraña y provocativamente su propia creencia. Sin embargo, y en muchos aspectos, el cirujano no había pasado de hacer puras conjeturas. Parecía que lo único que pretendía era establecer una relación entre los datos recopilados. Esa relación la había buscado en las doctrinas de tres civilizaciones distintas. La más conocida estaba contenida en las leyendas vudús de la cultura negra. Inmediatamente después, la doctrina que había generado los cultos a los animales en el antiguo Egipto. Finalmente, la tercera y la más importante de todas, según las anotaciones del cirujano, era una cultura completamente extraña y tan vieja como la tierra misma, o más aún. Era la civilización de unos Dioses Arquetípicos, de su terrible e incesante conflicto con los Primigenios, tan primitivos como ellos mismos y que se llamaban Cthulhu, Hastur, Yog-Sothoth, Shub-Niggurath, Nyarlathotep y nombres similares. Esos tenían a su servicio unos seres tan extraños como podían serlo el Pueblo Tcho-Tcho, los Profundos, los Shantaks, los Abominables Hombres de las Nieves, y otros más. Al parecer, algunos de ellos eran seres subhumanos; en cuanto a los demás, o eran criaturas en vía de transformación, o no eran humanos en absoluto. El resultado de la investigación del doctor Charriere era fascinante, pero en ningún momento había establecido y menos aún comprobado una relación definitiva. Se encontraban ciertas referencias a los saurios en el culto vudú; existían relaciones similares con la cultura religiosa del antiguo Egipto; y aparecían oscuras y sugerentes referencias a una relación con los saurios representados por el mítico Cthulhu, en una época anterior al Crocodilus y al Gavialis; y aún antes del Tyrannosaurus y del Brontosaurus, del Megalosaurus y otros reptiles de la era mesozoica.

Además de estas interesantes notas, había diagramas de lo que parecían ser extrañísimas operaciones y cuya naturaleza no comprendía en ese momento. Aparentemente habían sido copiados de antiguos textos, entre ellos una obra de Ludvig Prinn, titulada De Vermis Mysteriis, frecuentemente citada como fuente de referencias y que me era también totalmente desconocida. Las operaciones en sí mismas sugerían una raison d’être demasiado aterradora para poder aceptarla; una de ellas, por ejemplo, cuyo propósito era estirar la piel, consistía en realizar muchas incisiones para «permitir el crecimiento». Otra explicaba cómo un sencillo corte en cruz en la base de la columna vertebral era suficiente para lograr «una extensión del hueso de la cola». Lo que estos fantásticos diagramas sugerían era demasiado horrible para ser contemplado, pero sin duda formaba parte de la extraña investigación realizada por el doctor Charriere. A partir de ese momento, su reclusión me pareció sobradamente justificada: un estudio como éste no podía llevarse a cabo más que en secreto si se quería evitar la burla de todos los científicos.

En estos papeles pude leer también la descripción de esas experiencias. Estaban relatadas de tal modo que no podía tratarse más que de experiencias vividas por el propio narrador. Sin embargo, eran anteriores a 1850 -en algunos casos en varias décadas- aunque, como todas las demás notas, estaban escritas de puño y letra del doctor Charriere. En este caso preciso, era indudable que no se trataba del relato de experiencias ajenas. No me quedaba ya otra opción que la de admitir que era más que octogenario en el momento de su muerte, y muchísimo más, tanto que empecé a sentirme molesto y a no poder apartar de mi mente a ese otro doctor Charriere que había existido antes que él.

La suma total del credo del doctor Charriere tenía como resultado la poderosa e hipotética convicción de que el ser humano podía, por medio de operaciones y otras prácticas tan extrañas como macabras, obtener algo de la longevidad característica de los saurios; que a la vida de un hombre se le podía añadir tanto como siglo y medio, o quizá dos siglos. Al finalizar ese período, el individuo se retiraba a algún lugar húmedo para dejarse caer en un estado de semiinconsciencia, que venía a ser una especie de gestación, hasta el momento en que se despertaba, con ciertas alteraciones en su aspecto y comenzaba otra larga vida. Dados los cambios fisiológicos que sufría durante aquellos períodos de gestación, el individuo se adaptaba a un modelo de existencia distinto en cada una de sus vidas. Para justificar esta teoría, el doctor Charriere se había apoyado únicamente en un gran número de leyendas, algunos datos de naturaleza similar, y relatos especulativos de curiosas mutaciones humanas que se habían dado en los últimos doscientos noventa y un años. Esa cifra cobró un significado mayor para mí cuando caí en la cuenta de que ese era justo el tiempo que había transcurrido desde la fecha de nacimiento del primer doctor Charriere hasta el día de la muerte del otro cirujano. No obstante, en todo ese material no había nada que sugiriera un procedimiento concreto de tipo científico, con pruebas aducibles. Sólo se daban indicios y vagas sugerencias, quizá suficientes para llenar de horribles dudas y de un convencimiento espantoso y a medio cuajar a un lector fortuito, pero que no podían llegar a satisfacer el rigor de cualquier hombre de ciencia.

¿Hasta qué punto habría seguido profundizando en la investigación del doctor Charriere? Lo ignoro. Quizá habría ido mucho más lejos si no hubiera ocurrido aquello que me hizo gritar de horror y huir de la casa de Benefit Street, dejando que ella y su contenido siguiesen esperando al superviviente que, ahora sí lo sé, no se presentará nunca. Ahora ya no tiene remedio; la casa es propiedad municipal y será destruida.

Estaba examinando estos «hallazgos» del doctor Charriere, cuando me di menta, con eso que la gente llama el «sexto sentido», de que estaba siendo observado detenidamente. No queriendo volverme, hice lo siguiente: abrí mi reloj de bolsillo y colocándolo delante de mí utilicé el pulido y brillante interior del estuche a modo de espejo, para que en él se reflejaran las ventanas que estaban a mis espaldas. Y vi ahí, reflejada difusamente, la más horrible caricatura que pueda imaginarse de un rostro humano. Me dejó tan estupefacto que, sin pensarlo, volví la cabeza para observarlo directamente. Pero no había nada en la ventana, excepto la sombra de un movimiento. Me levanté, apagué la luz, y me acerqué a la ventana. Una silueta alta, curiosamente encorvada que, medio agachada y arrastrando los pies, se dirigía hacia la oscuridad del jardín: ¿fue realmente eso lo que vi? Creo que sí. Pero no estaba tan loco como para perseguirle. Quienquiera que fuese, vendría otra vez, como había venido la noche anterior.

De modo que, mientras esperaba, me puse a sopesar las distintas explicaciones que me venían a la mente. Impresionado aún por mi visitante nocturno, confieso que coloqué, encabezando la lista de sospechosos, a los vecinos que se oponían a que la casa Charriere siguiese en pie. Posiblemente pretendían asustarme para que me marchara, pues ignoraban que mi estancia en la casa iba a ser tan breve. Cabía pensar también en la posibilidad de que hubiese algo en el estudio que deseaban obtener. Pero esa eventualidad no me pareció muy convincente, porque si tal era su intención, habían tenido tiempo de sobra para conseguirlo durante el largo período en que la casa estuvo deshabitada. Lo cierto es que en ningún momento se me ocurrió pensar en la verdadera explicación de los hechos. No soy más escéptico que cualquier otro anticuario; pero la aparición de mi visitante, lo confieso, no me sugirió nada que hubiera podido relacionar con su verdadera identidad, a pesar de todas las circunstancias coincidentes que podían tener cierto significado para mentes menos científicas que la mía. Sentado allí en la oscuridad, me sentía más impresionado que nunca por la atmósfera de la vieja casa. La misma oscuridad parecía tener vida propia; no le influía la vida de Providence que la rodeaba y que, sin embargo, se hallaba tan lejos. Estaba poblada de residuos psíquicos dejados por el paso de los años: el olor persistente de la humedad, sumado a ese otro tan peculiar y característico de ciertas zonas en los parques zoológicos donde viven los reptiles; el olor a madera vieja mezclado con ese otro que desprendía la piedra de las paredes en el sótano, aroma de material descompuesto porque, con el tiempo, la madera tanto como la piedra habían ido deteriorándose. Pero había algo más: el vaporoso indicio de una presencia animal, que parecía incrementarse de minuto en minuto.

Estuve esperando así cerca de una hora, antes de percibir algún ruido. Cuando lo oí, fue irreconocible. Al principio me pareció que era un ladrido, algo muy similar al sonido emitido por los caimanes; pero pensé que sería mi imaginación febril, y que no había sido más que el ruido de una puerta al cerrarse. Pasó algún tiempo antes de que volviese a oír algún otro sonido: el crujido de unos papeles. ¡El intruso había logrado entrar en el estudio delante de mis propias narices sin que lo advirtiera! Estaba estupefacto y encendí la linterna que tenía enfocada hacia la mesa.

Lo que vi fue algo increíble, espantoso. Lo que allí había no era un hombre, sino la absoluta desfiguración de un hombre. Sé que en ese mismo instante pensé que perdería el conocimiento. Pero el sentido de la necesidad ante el eminente peligro me invadió y, sin pensarlo, disparé cuatro veces. Por la poca distancia que nos separaba, sabía positivamente que cada disparo había dado en el cuerpo bestial que se inclinaba sobre la mesa del doctor Charriere en el oscuro estudio.
De lo que sucedió inmediatamente después, afortunadamente recuerdo muy poco: un cuerpo revolcándose, la huida del intruso, y mi confusa carrera en persecución. Era evidente que le había herido, porque había manchado el suelo de sangre, desde la mesa del estudio hasta la ventana por la que había saltado, atravesando y rompiendo el cristal. Salí afuera y, a la luz de mi linterna, seguí las huellas sangrientas. Aunque no hubiera estado desangrándose, el fuerte olor que despedía y que se percibía en el aire de la noche me habría permitido seguirle.

Me llevó por el jardín, no muy lejos de la casa, directamente al borde del pozo que estaba detrás de ella. Desde allí, las huellas seguían hacia el interior del pozo. A la luz de la linterna, vi entonces, y por primera vez, los escalones, hábilmente construidos, que bajaban al oscuro interior. Era tan grande la pérdida de sangre que encharcaba el borde del pozo, que estaba seguro de haber herido mortalmente al intruso. La confianza de que así había sido me impulsó a seguirle más adentro, a pesar del eminente peligro. ¡Ojalá hubiese dado media vuelta y me hubiese alejado de aquel maldito lugar! Pero seguí adelante y bajé por las escaleras situadas contra la pared del pozo, que no conducían a la superficie del agua, sino a un agujero, el cual comunicaba con un túnel que atravesaba el muro del pozo y se adentraba profundamente en el jardín. Movido ahora por un ardiente deseo de conocer la identidad de mi víctima, me introduje en el túnel, sin apenas darme cuenta de la húmeda tierra que manchaba mi ropa. Con la linterna alumbraba hacia delante, y tenía mi arma preparada. Más allá había una especie de caverna -lo suficientemente grande como para que cupiera un hombre arrodillado- y, en medio de la luz emitida por mi linterna, apareció un ataúd. Al verlo dudé un instante, pues me di cuenta que la desviación del túnel conducía a la tumba del doctor Charriere.

Pero había llegado demasiado lejos para poder retroceder. El hedor en este espacio era indescriptible. La atmósfera del túnel entero estaba impregnada de ese nauseabundo olor a reptil, pero ahora se había vuelto tan denso que tuve que hacer un gran esfuerzo para acercarme al ataúd. Llegué a él y vi que estaba destapado. Los charcos de sangre llegaban hasta el mismo féretro que habían manchado. Con una mezcla de curiosidad y de temor ante lo que iba a ver, me incorporé cuanto pude. Temblando, alumbré con la linterna el interior del ataúd...

Habrá quien diga que mi memoria no es muy de fiar, dada la cantidad de años que han transcurrido, pero lo que vi allí ha quedado grabado para siempre en mi memoria. Bajo la luz de mi linterna yacía un ser que acababa de morir, y cuya existencia implicaba una serie de cosas espeluznantes. Esta era la criatura que yo había matado. Mitad hombre, mitad saurio, era el macabro recuerdo de lo que una vez había sido un ser humano. Sus ropas estaban rotas, desgarradas por las horribles mutaciones de su cuerpo; la piel, cubierta de costras; sus manos y sus pies descalzos eran planos, de aspecto fuertes, parecidos a unas garras. Aterrado, noté también el apéndice en forma de cola que había crecido en la base de la columna vertebral, y su mandíbula horriblemente alargada, una mandíbula de cocodrilo en la que aún crecía una mota de pelo, como la barba de una cabra...

Todo esto fue lo que vi antes de poder abandonarme a un desmayo bienhechor, pues ya había reconocido lo que yacía en el ataúd. Había permanecido allí desde 1927 en una semiinconsciencia cataléptica, esperando el momento de volver a la vida, con un aspecto horrorosamente alterado. Era el doctor Jean-François Charriere, cirujano, nacido en Bayona en el año 1636 y «muerto» en Providence en 1927. ¡Ahora ya sabía que el superviviente de quien hablaba en su testamento no era otro que él mismo, nacido otra vez, devuelto a la vida por el conocimiento endemoniado de ritos más antiguos que la propia humanidad, y ya olvidados, tan antiguos como los primeros días de la tierra, cuando las grandes bestias luchaban y se destruían entre sí!