Cuando las ventanas, lo mismo que la mirada del chacal y el deseo, taladran
la aurora, unas cabrias de seda me levantan sobre las pasarelas del
suburbio. Llamo entonces a una muchacha que sueña en la casita dorada; se
une a mí sobre el montón de musgo negro y me ofrece sus labios, que son
piedras al fondo de un río presuroso. Velados presentimientos descienden los
escalones de los edificios. Lo mejor es huir de los grandes cilindros cuando
los cazadores cojean en las tierras destempladas. Si se toma un baño en el
muaré de las calles, la infancia regresa a la patria, galga gris. El hombre
busca su presa por los aires y los frutos se secan entre las rejas de papel
rosa, a la sombra de los nombres desmesurados por el olvido. Las alegrías y
las penas se esparcen por la ciudad. El oro y el eucalipto, de igual aroma,
atacan los sueños. Entre los frenos y los edelweis sombríos reposan formas
subterráneas semejantes a corchos de perfumistas.

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