sábado, 27 de octubre de 2012

El diario de un loco









Dos hermanos, cuyos nombres me callaré, fueron mis amigos íntimos en el liceo, pero después de una larga separación, perdí sus huellas. No hace mucho supe que uno de ellos estaba gravemente enfermo y, como iba en viaje hacia mi aldea natal, decidí hacer un rodeo para ir a verlo. Sólo encontré en casa al primogénito, quien me dijo que era su hermano menor el que había estado mal.
-Le estoy muy agradecido de que haya venido a visitarlo -dijo-. Pero ya está sano desde hace algún tiempo y se marchó a otra provincia, donde ocupa un puesto oficial.
Buscó dos cuadernos que contenían el diario de su hermano y me lo mostró riendo. Me dijo que a través de ellos era posible darse cuenta de los síntomas que había presentado su enfermedad, y que él creía que no había ningún mal en que los viera un amigo. Me llevé el diario y al leerlo comprendí que mi amigo había estado atacado de "delirio de persecución". El escrito, incoherente y confuso, contenía relatos extravagantes. Además, no aparecía en él fecha alguna y sólo por el color de la tinta y las diferencias de la letra se podía comprender que había sido redactado en diferentes sesiones. Copié parte de algunos pasajes no demasiado incoherentes, pensando que podrían servir como elementos para trabajos de investigación médica. No he cambiado una palabra a este diario, salvo el nombre de los personajes, aunque se trate de campesinos completamente ignorados del mundo. En cuanto al título, conservo intacto el que su autor le dio después de su curación.
2 de abril de 1918
I
Esta noche hay luna muy hermosa.
Hacía más de treinta años que no la veía, de modo que me siento extraordinariamente feliz. Ahora comprendo que he pasado estos treinta últimos años en medio de la niebla. Sin embargo, debo tener cuidado: de otra manera, ¿por qué el perro de la familia Chao me iba a mirar dos veces?
Tengo mis razones para temer.
 II
Esta noche no hay luna. Yo sé que esto va mal.
Esta mañana, cuando me arriesgué a salir con precauciones, Chao Güi-weng me miró con un fulgor extraño en los ojos: se habría dicho que me temía o que tenía deseos de matarme. Había además siete u ocho personas que hablaban de mí en voz baja, con las cabezas muy juntas: tenían miedo de que las viera. La más feroz de todas mostró los dientes al reírse mientras me miraba, lo que me hizo estremecerme de pies a cabeza, porque ahora sé que sus maquinaciones están a punto.
No obstante, continué mi camino sin miedo. Ante mí había un grupo de niños que discutían también sobre mi persona; sus miradas tenían el mismo fulgor que la de Chao Güi-weng y en sus rostros había la misma palidez de acero. Me pregunté qué clase de odio podían tener los niños contra mí para obrar también de esta manera. No pudiendo contenerme, grité: "¡Díganmelo!", pero ellos huyeron.
He reflexionado. ¿Qué razones tienen Chao Güi-weng y los hombres de la calle para detestarme? Hace veinte años di un pisotón por error en un viejo libro de cuentas del señor Gu Chiu1, lo que le produjo gran contrariedad. Aunque Chao Güi-weng no conoce al señor Gu, ha debido oír hablar de este asunto y quiere sacar la cara por él; por ello se ha puesto de acuerdo contra mí con los hombres de la calle. Pero ¿por qué los niños? Cuando ocurrió este incidente ni siquiera habían nacido; entonces, ¿por qué me han mirado con ese aire extraño que revelaba miedo o deseos de matar? Todo esto me espanta, me intriga y me desconsuela.
¡Ahora comprendo! Han sabido el asunto por sus padres.
III
En la noche no consigo dormir. Para comprender las cosas, es preciso reflexionar sobre ellas.
Estos hombres han sido engrillados por el magistrado, abofeteados por el señor del lugar, han visto a sus mujeres apresadas por los alguaciles de la Corte de Justicia y a sus padres y madres suicidarse para escapar a los acreedores..., pero nunca mostraron rostros tan espantosos, tan feroces como los que les vi ayer.
Lo más extraño de todo fue esa mujer que le pegaba a su hijo en plena calle, gritándole: "¡Muchacho cochino! ¡Debería comerte unos cuantos pedazos para que se me pasara la rabia!" Al decir esto me miraba a mí. Me sobresalté, incapaz de dominar mi emoción, mientras la banda de rostros lívidos y colmillos aguzados estallaba en risas. El viejo Chen llegó de prisa y me condujo por la fuerza a la casa.
En casa, los miembros de la familia fingieron no reconocerme; sus miradas eran semejantes a las de la gente de la calle. Entré en el escritorio y ellos echaron el cerrojo, igual que cuando se encierra en el gallinero a una gallina o un pato. Este incidente es aun más inexplicable; verdaderamente no sé lo que pretenden.
Hace algunos días, uno de nuestros arrendatarios de la aldea de los Lobos, al venir a informar sobre la sequía que reina en el campo, contó a mi hermano mayor que los campesinos habían dado muerte a un conocido malhechor del lugar. Luego algunos hombres le arrancaron el corazón y el hígado, los frieron y se los comieron, para criar valor. Los interrumpí con una palabra y mi hermano y el labrador me lanzaron muchas miradas raras. Hoy comprendo que sus miradas eran absolutamente iguales a las de los hombres de la calle.
Sólo de pensar en ello me estremezco de la cabeza a los pies.
Si comen hombres, ¿por qué no habrían de comerme a mí?
Evidentemente esa mujer que "quería comerse unos cuantos pedazos", la risa del grupo de hombres lívidos con colmillos aguzados, y la historia del arrendatario, son índices secretos. Sus palabras están envenenadas, sus risas cortan como espadas y sus dientes son hileras de resplandeciente blancura; sí, son dientes de comedores de hombres.
Yo no creo ser un mal sujeto, pero desde que me metí con el libro de cuentas de la familia Gu, no estoy seguro de nada. Se diría que guardan algún secreto que yo no acierto a adivinar. Por otra parte, cuando están contra alguien, no tienen dificultad en declararlo malo. Recuerdo que cuando mi hermano me enseñaba a disertar, por más perfecto que fuera el hombre sobre el cual tenía yo que hablar, bastaba que expusiera algún argumento contra él para ganar un "bien"; y cuando era capaz de encontrar excusas para un hombre malo, mi hermano decía: "Además de originalidad, tienes un verdadero talento de litigante". Entonces, ¿cómo puedo saber lo que piensan, sobre todo en el momento en que se proponen devorar al hombre?
Para comprender las cosas es preciso reflexionar sobre ellas. Creo que en la antigüedad era frecuente que el hombre se comiera al hombre, pero no estoy muy seguro de esta cuestión. He cogido un manual de historia para estudiar este punto, pero el libro no contenía fecha alguna; en cambio, en todas las páginas, escritas en todos sentidos, estaban las palabras "Humanitarismo", "Justicia" y "Virtud". Como de todas maneras me era imposible dormir, me puse a leer atentamente y en medio de la noche noté que había algo escrito entre líneas: dos palabras llenaban todo el libro: ¡"devorar hombres"!
Los tipos del libro, las palabras de nuestros arrendatarios, todos, sonreían fríamente, mirándome de un modo extraño. ¡Yo también soy un hombre y quieren devorarme!
IV
Esta mañana pasé un buen rato sentado tranquilamente. El viejo Chen me trajo mi comida: un plato de legumbres y otro de pescado cocido al vapor. Los ojos del pescado eran blancos y duros; tenía la boca entreabierta, igual que esa banda de comedores de hombres. Después de probar algunos bocados de esa carne viscosa, no sabía ya si estaba comiendo pescado o carne humana, de suerte que vomité con asco.
Dije:
-Mi viejo Chen, anda a decirle a mi hermano que me ahogo aquí y que quisiera salir a pasear por el jardín.
El viejo Chen se alejó sin responder, pero un poco después volvió a abrirme la puerta.
No me moví, preguntándome qué iban a hacer, porque sabía muy bien que no iban a dejarme libre. Efectivamente, mi hermano se acercaba con un viejo que caminaba a pasos lentos. Ese hombre tenía una mirada terrible, pero como temía que yo me diera cuenta, bajaba la cabeza hacia el suelo y me miraba a hurtadillas, por encima de sus anteojos.
-Tienes un aspecto magnífico -me dijo mi hermano.
-Sí -respondí.
-Le he pedido al señor Jo que viniera a examinarte -siguió diciendo.
Respondí:
-¡Que lo haga! -¡pero yo sabía muy bien que ese viejo no era otro que el verdugo disfrazado!
So pretexto de tomarme el pulso quería calcular mi grado de corpulencia y seguramente iban a darle un pedazo de mi carne en pago de sus servicios. Yo no tenía miedo; aunque no como carne humana, me creo más valiente que esos caníbales. Tendí ambos puños y esperé lo que iba a seguir. El viejo se sentó, cerró los ojos, me tomó largamente el pulso, permaneció un instante silencioso y luego, abriendo los ojos diabólicos, dijo:
-No se deje llevar por su imaginación. Algunos días de tranquilidad y reposo y se repondrá.
¡No dejarse llevar por la imaginación! ¡Tranquilidad y reposo! Evidentemente, cuando yo estuviera bien cebado, tendrían más que comer. Pero ¿qué ganaría yo? ¿Era eso lo que iba a "reponerme"? A esos caníbales les gusta comer hombres, pero obran en secreto, tratando de salvar las apariencias, y no se atreven a actuar directamente. ¡Es para morirse de la risa! No pudiendo aguantarme, me eché a reír a carcajadas, porque eso me divertía una enormidad. Yo sé que en mi risa vibraban el valor y la justicia. El viejo y mi hermano palidecieron, aplastados por el valor y la justicia de que yo hacía gala.
Pero justamente porque soy valiente, tendrán aun más ganas de devorarme, para adquirir parte de mi coraje. El viejo dejó mi habitación y apenas se habían alejado un poco, dijo a mi hermano en voz baja: "Engullirlo en seguida". Mi hermano bajó la cabeza en señal de asentimiento. ¡Tú estás también en esto! Este extraordinario descubrimiento, aunque imprevisto, no me asombró, sin embargo, excesivamente: ¡mi hermano formaba parte de la banda de caníbales que quería devorarme!
¡Mi hermano es un comedor de hombres!
¡Soy hermano de un comedor de hombres!
¡Podré ser devorado por los hombres, pero no por eso dejo de ser hermano de un comedor de hombres!
V
Estos días he vuelto a mis reflexiones. Aunque ese viejo no fuera el verdugo disfrazado, aun fuera verdaderamente un médico, no es por eso menos un comedor de hombres. En el libro sobre las virtudes de las hierbas, escrito por uno de sus predecesores, Li Shi-cheng, ¿no dice acaso con todas sus letras que la carne humana puede comerse frita? Entonces, ¿cómo podría rechazar el título de caníbal?
En cuanto a mi hermano, también tengo mis razones para acusarlo. Cuando me enseñaba los clásicos, yo lo oí decir con sus propios labios: "Cambiaban sus hijos para comérselos". Otra vez que se trataba de un hombre muy malo, dijo que merecía no sólo ser muerto, sino aun que "se comieran su carne y se acostaran sobre su piel". Yo era pequeño en esa época y al oír tal cosa mi corazón se puso a saltar muy fuerte durante largo rato. Cuando anteayer el arrendatario de la aldea de los lobos le contó que el corazón y el hígado de un hombre habían sido comidos, mi hermano no manifestó ningún asombro, limitándose a aprobar con la cabeza. Está claro que sus sentimientos no han cambiado. Si se admite que es posible "cambiar sus hijos para comérselos", ¿qué es lo que no se podría cambiar entonces? ¿Y qué es lo que no se podría comer? Antes me había limitado a escuchar esas explicaciones sin tratar de profundizarlas, pero ahora sé que cuando me daba sus lecciones, en el borde de sus labios brillaba grasa humana y que su corazón estaba lleno de sueños caníbales.
VI
Todo está negro, no sé si es de día o de noche. De nuevo el perro de la familia Chao se ha puesto a ladrar.
Tiene la ferocidad del león, la cobardía de la liebre, la astucia del zorro...
VII
Conozco sus maniobras: no quieren ni se atreven a matarme directamente por temor a las consecuencias; por ello se las arreglan para tenderme lazos y llevarme al suicidio. A juzgar por la actitud de los hombres y mujeres de la calle el otro día, y la de mi hermano estos últimos días, la cosa es poco más o menos segura: quieren que me saque el cinturón, lo amarre a un poste y me cuelgue. Nadie los llamará asesinos y, sin embargo, verán colmados sus deseos secretos; esto los llenará de contento y les provocará una especie de risa plañidera. O bien, me dejarán morir de miedo y tristeza, y aunque este sistema hace enflaquecer, de todos modos mi muerte los dejará satisfechos.
¡Sólo comen carne muerta! He leído en algún sitio que existe una fiera de mirada horrible y aspecto espantoso llamada "hiena". Esta bestia come carne muerta y es capaz de triturar los huesos más grandes, que se engulle después de molerlos minuciosamente. ¡De sólo pensar en esto da terror! La hiena está emparentada con el lobo, el lobo es de la familia de los perros. El hecho de que el perro de la familia Chao me haya mirado muchas veces anteayer, demuestra que han conseguido ponerlo de acuerdo con ellos y que forma parte del complot. En vano ese viejo baja su mirada hacia el suelo, yo no me dejo embaucar.
Lo más lastimoso es mi hermano. El también es un hombre; ¿no tiene miedo tal vez? ¿Por qué se ha unido a los que intentan devorarme? ¿Acaso porque esto se ha hecho siempre, encuentra que no hay ningún mal en ello? ¿O pone oídos sordos a su conciencia y hace deliberadamente algo que sabe que es malo?
Será el primero de los comedores de hombres a quienes maldeciré; será también el primero de los hombres a quienes trataré de curar del canibalismo.
VIII
En el fondo, deberían saber esto desde hace tiempo...
De pronto entró un hombre. Tenía unos veinte años y una cara muy sonriente, cuyos rasgos no distinguí bien. Me saludó con la cabeza y vi que su sonrisa tenía un aire falso. Le pregunté:
-¿Es justo comer hombres?
Siempre sonriendo, respondió:
-¿Por qué comer hombres, cuando no se tiene hambre?
Comprendí de inmediato que formaba parte del clan de los que aman la carne humana. Esto azuzó mi coraje e insistí neto:
-¿Es justo?
-¡Para qué hacer tales preguntas! Verdaderamente... a usted le gusta bromear... ¡Está muy hermosa la noche!
Estaba muy hermosa la noche, la luna estaba muy brillante, pero yo le pregunté:
-¿Es justo?
Tomó un aire de desaprobación y, sin embargo, respondió con voz no muy clara:
-No...
-¿No? Entonces, ¿por qué los comen?
-Eso no puede ser...
-¿No puede ser? Bueno, ¿acaso no los comen en la aldea de los Lobos? Además, está escrito en todas partes en los libros, ¡es claro como el día!
Su faz cambió de color, poniéndose pálido como un muerto. Con los ojos fuera de las órbitas, dijo:
-Tal vez tenga usted razón, esto se ha hecho siempre...
-¿Es por ello justo?
-No quiero discutir ese tema con usted. ¡Usted no debería hablar de esto, no tiene razón para hacerlo!
Di un salto, con ambos ojos muy abiertos, pero el hombre había desaparecido y yo estaba completamente mojado con el sudor. Este hombre es mucho más joven que mi hermano y ya forma parte de su clan. Seguramente se debe a la educación de sus padres. Quizás ha enseñado ya esto a su hijo. Por lo cual hasta los niños pequeños me miran con odio.
IX
Quieren devorar a los otros y temen ser devorados a su vez; por esto se estudian recíprocamente con miradas cargadas de sospechas...
Si abandonaran estos pensamientos se sentirían a sus anchas en el trabajo, en el paseo, en la comida, en el sueño. Para franquear este obstáculo sólo hay que dar un paso: pero el padre y el hijo, el hermano y el hermano, el marido y la mujer, el amigo y el amigo, el profesor y el estudiante, el enemigo y el enemigo, y hasta los desconocidos, forman un clan, se aconsejan y se retienen mutuamente para que a ningún precio alguien dé este paso.
X
Temprano en la mañana fui en busca de mi hermano, que miraba el cielo desde la puerta del salón. Llegué por detrás, me situé en el alféizar de la puerta y le dije con mucha calma y cortesía:
-Hermano, tengo algo que decirte.
Se volvió rápidamente y asintió con un movimiento de cabeza.
-Habla.
-Se trata sólo de algunas palabras, pero no sé cómo expresarlas. Hermano, es probable que en los tiempos primitivos los salvajes hayan sido en general algo caníbales. Al evolucionar sus sentimientos, algunos dejaron de devorar hombres, pugnaban por progresar y se convirtieron en hombres, en verdaderos hombres. Sin embargo, aún quedan devoradores de hombres... Es como entre los insectos; algunos han evolucionado, se han transformado en peces, pájaros, monos y finalmente en hombres. Ciertos insectos no han querido progresar y hasta hoy continúan en estado de insectos. ¡Qué vergüenza para un caníbal si se compara con el hombre que no come a sus semejantes! Su vergüenza debe ser muchísimo peor que la del insecto frente al mono.
"Yi Ya cocinó a su hijo para dar de comer a los tiranos Chie y Chou; este hecho pertenece a la historia antigua. ¿Quién habría dicho que después de la separación del cielo y la tierra por Pan Gu, los hombres se iban a devorar entre ellos hasta el hijo de Yi Ya, y que desde el hijo de Yi Ya hasta Sü Si-ling y desde Sü Si-ling hasta el malhechor arrestado en la aldea de los Lobos el hombre se comería al hombre? El año pasado, cuando se ejecutaba a los criminales en la ciudad, había un tuberculoso que iba a mojar el pan en su sangre, para lamerla.
"Quieren comerme, y por cierto que solo no puedes nada contra ellos. Pero ¿por qué unirte a ellos? Los devoradores de hombres son capaces de todo. Si son capaces de comerme, también serán capaces de comerte. Hasta los miembros de un mismo clan se devoran entre sí. Pero basta con dar un paso, basta con querer dejar esta costumbre y todo el mundo quedará en paz. Aunque este estado de cosas dura desde siempre, tú y yo podríamos empezar desde hoy a ser buenos y decir: 'Esto no es posible'. Yo creo que tú dirás que no es posible, hermano, puesto que anteayer cuando nuestro arrendatario te pidió que le rebajaras el alquiler, tú le respondiste que no era posible."
Al comienzo sonreía con frialdad, luego pasó por sus ojos un resplandor feroz y cuando puse al desnudo sus pensamientos secretos, su rostro se tornó lívido. En el exterior de la puerta que daba a la calle había un verdadero grupo; Chao Güi-weng se hallaba allí con su perro y todos estiraban el cuello para ver mejor. Yo no alcanzaba a distinguir los semblantes de algunos, pues se hubiera dicho que estaban velados; los otros tenían siempre el mismo tinte lívido y esos colmillos agudos y esos labios con una sonrisa afectada. Comprendí que pertenecían todos al mismo clan, que todos eran devoradores de hombres. Sin embargo, yo sabía también que existían sentimientos muy diferentes. Algunos pensaban que el hombre debe devorar al hombre porque así se ha hecho siempre. Otros sabían que el hombre no debe devorar al hombre, pero de todos modos lo hacían, temerosos de que sus crímenes fueran denunciados; por eso al oírme se llenaron de cólera, pero se limitaron a apretar los labios esbozando una sonrisa cínica.
En ese instante mi hermano adoptó un aspecto terrible y gritó con voz fuerte:
-¡Salgan todos! ¡Para qué mirar a un loco!
Muy pronto comprendí su nuevo juego. No solamente se negaban a convertirse, sino que estaban preparados de antemano para abrumarme con el epíteto de loco. De este modo, cuando me comieran, no sólo no tendrían disgustos, sino que aun les quedarían agradecidos. El arrendatario nos dijo que el hombre devorado por los campesinos era un mal hombre; es exactamente el mismo sistema. ¡Siempre el mismo estribillo!
El viejo Chen entró también, muy encolerizado; pero ¿quién podría cerrarme la boca? Tengo absoluta necesidad de hablar a esos hombres.
-¡Conviértanse, conviértanse desde el fondo del corazón! ¡Sepan que en el futuro no se permitirá vivir sobre la tierra a los devoradores de nombres! Si no se convierten, todos ustedes serán devorados también. ¡Por más numerosos que sean sus hijos, serán exterminados por los verdaderos hombres, como los lobos son exterminados por los cazadores, como se extermina a los insectos!
El viejo Chen hizo salir a todo el mundo y luego me rogó que volviera a mi habitación. Mi hermano había desaparecido no sé dónde. El interior del cuarto estaba completamente negro. Las vigas y maderas se pusieron a temblar sobre mi cabeza; luego al cabo de un instante crecieron y se amontonaron sobre mí.
Pesaban mucho, yo no podía moverme. Querían matarme, pero yo sabía que ese peso era ficticio. Me debatí, pues, y me liberé, el cuerpo cubierto de sudor. Sin embargo, deliberadamente repetí:
-¡Conviértanse en seguida! ¡Conviértanse desde el fondo del corazón! ¡Sepan que en el futuro no se permitirá que sobrevivan los devoradores de hombres!...
XI
El sol no aparece más, la puerta sólo se abre dos veces al día, cuando me traen mis comidas.
Mientras tomaba los palillos, volví a pensar en mi hermano mayor; ahora yo sé que fue él el causante de la muerte de mi hermana pequeña. Tenía cinco años y era tan linda que enternecía. Veo de nuevo a nuestra madre sollozando sin cesar y a mi hermano consolándola. Tal vez sentía arrepentimiento porque era él quien se la había comido. Si es todavía capaz de experimentar ese sentimiento.
Nuestra hermana ha sido devorada por mi hermano; no sé si mi madre llegó a darse cuenta de ello.
Pienso que mi madre lo sabía; si en medio de sus lágrimas no dijo nada, probablemente fue porque lo encontraba muy natural. Recuerdo que un día que me hallaba tomando el fresco ante la puerta del salón -en esa época tendría unos cuatro o cinco años- mi hermano me dijo que un hijo debe estar dispuesto a cortar un trozo de carne de su cuerpo, echarlo a cocer y ofrecerlo a sus padres si éstos caen enfermos, pues es así como obra un hombre honesto. Mi madre no protestó. Si es posible comer un trozo de carne humana, evidentemente es posible comerse a un hombre entero. No obstante, cuando vuelvo a pensar en sus sollozos de entonces, no puedo evitar que el corazón se me apriete. Qué extraña cosa...
XII
Ya no puedo pensar más en ello.
Solamente hoy me doy cuenta de que he vivido años en medio de un pueblo que desde hace cuatro milenios se devora a sí mismo. Nuestra hermanita murió justamente en el momento en que mi hermano se hacía cargo de la familia. ¿No habrá mezclado su carne con nuestros alimentos para que la comiéramos sin saber que lo hacíamos?
¿Acaso sin quererlo he comido carne de mi hermana? Y ahora me llega el turno...
Si tengo una historia que cuenta cuatro mil años de canibalismo -al principio no me daba cuenta de ello pero ahora lo sé-, ¡cómo podría esperar encontrar a un hombre verdadero!
XIII
Tal vez existan niños que aún no han comido carne de hombre.
¡Salven a los niños!...

Canción








Alma sin el amor, ave dejada
en los terrenos de la maravilla:
cuando no haya más hojas
y se acaben los días
yo seguiré buscando
tu luz recién nacida
-alma sobre rebaños levantada-
para hacer las mañanas de mi vida.
El enlutado mundo que habitaba
ahora es el cielo que la frente pisa.
(Si se apagaran todas
las uvas de la viña
o se muriera el pan
en las espigas,
este incendio frutal de mi esperanza
en otra tierra se levantaría.)
Tu mano era mi mano desde siempre,
tu voz mi voz, y yo no lo sabía.
Anduve con tu sombra
al lado de la mía
por mortales caminos
y celestes orillas.
Eras un sueño en busca de mi frente
para nacer, y yo no lo sabía.
Ya mis ojos usaron la belleza
y fueron en sedienta cacería
-con su lastimadura
de límites y aristas-
al pámpano desnudo
y a la rosa vestida,
buscándote desde los miradores
con el Amor-Que-Todo-Lo-Imagina.
Cuando tú fuiste la increíble imagen
yo era la sed y el vaso y la bebida.
Las puertas y los frascos,
cubiertos de ceniza,
guardaban el perfume
de la melancolía,
mientras los palomares te esperaban
con el Amor-Que-Nada-Te-Imagina.
Aunque la providencia me negara
el alimento para la alegría,
aunque me entristecieras
la intemperie divina
con pájaros callados
y sombras pensativas,
aunque olvidaras, aunque no existieras,
mi corazón igual te cantaría.



San Francisco en Ripa






Aristo y Dorante han tratado este tema,
lo que ha dado a Erasto la idea de tratarlo también.


30 de septiembre



Traduzco de un cronista italiano los detalles de los amores de una princesa romana con un francés. Sucedió en 1726, a comienzos del siglo pasado. Todos los abusos del nepotismo florecían entonces en Roma. Nunca aquella corte había sido más brillante. Reinaba Benedicto XIII (Orsini), o más bien su sobrino, el príncipe Campobasso, que dirigía en nombre de aquél todos los asuntos grandes y pequeños. Desde todas partes, los extranjeros afluían a Roma, los príncipes italianos, los nobles de España, ricos aún por el oro del Nuevo Mundo, acudían en masa. Cualquier hombre rico y poderoso se encontraba allí por encima de las leyes. La galantería y la magnificencia parecían ser la única ocupación de tantos extranjeros y nacionales reunidos.

Las dos sobrinas del Papa, la condesa Orsini y la princesa Campobasso, se repartían el poder de su tío y los homenajes de la corte. Su belleza las habría hecho destacar incluso en los últimos puestos de la sociedad. La Orsini, como se dice familiarmente en Roma, era alegre y disinvolta; la Campobasso, tierna y piadosa; pero un alma tierna susceptible de los más violentos arrebatos. Sin ser enemigas declaradas, aunque se encontraban todos los días en los apartamentos del Papa y se veían a menudo en sus propias casas, las damas eran rivales en todo: en belleza, en influencia y en riqueza.

La condesa Orsini, menos bonita, pero brillante, ligera, activa, intrigante, tenía unos amantes de los que apenas se ocupaba y que no reinaban más de un día. Su felicidad consistía en ver a doscientas personas en su salón y en reinar sobre ellas. Se burlaba mucho de su prima, la Campobasso, que, después de haberse dejado ver por todas partes tres años seguidos con un duque español, había acabado por ordenarle que abandonara Roma en el plazo de veinticuatro horas y bajo pena de muerte.

-Después de ese gran despido, mi sublime prima no ha vuelto a sonreír. Desde hace unos meses, sobre todo, es evidente que la pobre mujer se muere de aburrimiento o de amor, y su marido, que no es tonto, hace pasar ese aburrimiento a los ojos del Papa, nuestro tío, por la más alta piedad. No me sorprendería que esa piedad la condujera a emprender una peregrinación a España.

La Campobasso estaba muy lejos de añorar a su español, quien durante cerca de dos años la había aburrido soberanamente. Si lo hubiera añorado, lo habría mandado a buscar, pues era uno de esos caracteres naturales y apasionados como no es raro encontrar en Roma. De una devoción exaltada, aunque apenas tenía veintitrés años y se hallaba en la flor de la belleza, se arrojaba a veces a las rodillas de su tío suplicándole que le diese la bendición papal, que, como pocos saben, con excepción de dos o tres pecados atroces, absuelve todos los demás, incluso sin confesión. El buen Benedicto XIII lloraba de ternura diciéndole:

-Levántate, sobrina, no necesitas mi bendición, vales más que yo a los ojos de Dios.

Aunque el papa fuera infalible, en eso se equivocaba como toda Roma. La Campobasso estaba locamente enamorada, su amante compartía su pasión y, sin embargo, se sentía muy desgraciada. Hacía varios meses que veía casi a diario al caballero de Sénécé, sobrino del duque de Saint Aignan, entonces embajador de Luis XV en Roma.

Hijo de una de las amantes del regente Felipe de Orléans, el joven Sénécé gozaba en Francia del más alto favor: coronel desde hacía mucho tiempo, aunque apenas tuviese veintidós años, tenía los hábitos de la fatuidad, y de lo que la justificaba, sin que a pesar de todo, dominara en su carácter. La alegría, las ganas de divertirse con todo y siempre, el atolondramiento, la valentía, la bondad, constituían los rasgos más sobresalientes de su extraordinario carácter y podría decirse, como alabanza a su nación, que era una muestra exacta de la misma. Nada más verlo, la princesa de Campobasso lo había distinguido.

-No obstante, -le había dicho-, desconfío de vos porque sois francés, pero os advierto una cosa: el día que se sepa en Roma que os veo en secreto a veces, estaré segura de que lo habéis dicho vos y os dejaré de amar.

Jugando con el amor, la Campobasso se había dejado dominar por una pasión verdadera. Sénécé también la había amado, pero hacía ya ocho meses que duraba su entendimiento y el tiempo, que redobla la pasión de una italiana, mata la de un francés. La vanidad de caballero lo consolaba un poco del hastío; había enviado ya a París dos o tres retratos de la Campobasso. Por lo demás, colmado por toda clase de bienes y comodidades, por decirlo así, desde la infancia, llevaba la despreocupación de su carácter hasta los intereses de la vanidad, que de ordinario mantiene tan inquietos los corazones de su nación.

Sénécé no comprendía en absoluto el carácter de su amante lo que hacía que, a veces, sus rarezas le hicieran gracia. Muy a menudo, además, como sucedió el día de la fiesta de Santa Balbina, nombre que ella llevaba, tenía que vencer los arrebatos y los remordimientos de una piedad ardiente y sincera. Sénécé no le había hecho olvidar la religión, como sucede con las mujeres vulgares de Italia; la había vencido por fuerza y el combate se renovaba con frecuencia.

Ese obstáculo, el primero que ese joven colmado por el destino había encontrado en su vida, le divertía y mantenía viva en él la costumbre de ser tierno y atento con la princesa; de vez en cuando, creía un deber amarla. Había además otra razón muy poco novelesca. Sénécé no tenía más que un confidente, su embajador el duque de Saint Aignan, al que prestaba algunos servicios con la ayuda de la Campobasso, que estaba al corriente de todo. Y la importancia que adquiría a los ojos del embajador le halagaba extraordinariamente.

La Campobasso, muy diferente de Sénécé, no estaba impresionada por las ventajas sociales de su amante. Lo único importante para ella era ser o no ser amada.

-Le sacrifico mi salvación eterna, -se decía-; él es un hereje, un francés, y no puede sacrificarme nada semejante.

Pero cuando el caballero aparecía, su alegría, tan agradable, inagotable y, sin embargo, tan espontánea, asombraba al alma de la Campobasso y la encantaba. Nada más verlo, todo lo que ella había proyectado decirle, todas las ideas sombrías desaparecían. Ese estado, nuevo para aquel alma altiva, duraba mucho tiempo después de que Sénécé se hubiera marchado. Por lo que acabó por descubrir que no podía pensar, que no podía vivir lejos de Sénécé.

La moda en Roma que, durante dos siglos, había correspondido a los españoles, comenzaba a inclinarse un poco hacia los franceses. Se empezaba a comprender el carácter que lleva el placer y la felicidad por donde va. Ese carácter no se encontraba entonces más que en Francia y, después de la revolución de 1789, ya no se encuentra en ningún sitio. Y es porque una alegría constante necesita despreocupación, y en Francia ya no hay porvenir seguro para nadie, ni siquiera para el hombre de genio. Se ha declarado la guerra entre los hombres del tipo de Sénécé y el resto de la nación.

Roma también era muy diferente entonces de lo que es hoy. Nadie sospechaba en 1726 lo que sucedería sesenta y siete años más tarde, cuando el pueblo, pagado por algunos curas, degolló al jacobino Basseville, que quería, -según él-, civilizar la capital del mundo cristiano.

Por vez primera, y al lado de Sénécé, la Campobasso había perdido la razón, se había encontrado en el cielo y horriblemente desgraciada por cosas no aprobadas por la razón. En ese carácter severo y sincero, una vez que Sénécé hubo vencido la religión, que para ella era muy distinta de la razón, el amor debía elevarse rápidamente hasta la pasión más desenfrenada.

La princesa estimaba a monseñor Ferraterra, cuya alta posición ella había propiciado. ¡Qué no sentiría cuando Ferraterra le dijo un día que no sólo Sénécé iba más a menudo de lo normal al domicilio de la Orsini, sino que además era el motivo por el que la condesa acababa de despedir a un castrado célebre, su amante oficial desde hacía varias semanas!

Nuestra historia comienza la noche del día en el que la Campobasso recibió aquel anuncio fatal.

Se hallaba inmóvil en un inmenso sofá de cuero dorado. Cerca de ella, sobre una mesita de mármol negro, dos grandes lámparas de plata de pie largo, obras maestras del célebre Benvenuto Cellini, iluminaban o, más bien, mostraban las tinieblas de una inmensa sala en la planta baja de su palacio, adornada de cuadros ennegrecidos por el tiempo, pues ya, en esa época, el reinado de los grandes pintores quedaba lejos.

Frente a la princesa y casi a sus pies, sobre una sillita de madera de ébano, cubierta de adornos de oro macizo, el joven Sénécé acababa de instalar su elegante persona. La princesa lo miraba, y desde que él había entrado en la sala, lejos de volar a su encuentro y de arrojarse en sus brazos, no le había dirigido la palabra.

En 1726 París era ya la ciudad reina de las elegancias de la vida y de las apariencias. Sénécé hacía llegar de allí regularmente, mediante correos, todo lo que pudiera resaltar los atractivos de uno de los hombres más guapos de Francia. A pesar del aplomo tan natural a un hombre de ese rango, que había hecho sus primeras armas al lado de las bellezas de la corte del regente y bajo la dirección del famoso Canillac, su tío, uno de los favoritos de ese príncipe, pronto fue fácil leer cierto embarazo en la facciones de Sénécé. Los bellos cabellos rubios de la princesa estaban algo desordenados; sus grandes ojos azul oscuro estaban fijos sobre él, su expresión era dudosa. ¿Se trataba de una venganza mortal? ¿O era sólo la seriedad profunda del amor apasionado?

-¿Así que ya no me ama? -dijo finalmente con voz contenida.

Un largo silencio siguió a esta declaración de guerra.

A la princesa le costaba privarse del atractivo encantador de Sénécé, quien, si ésta no le hacía una escena, estaba a punto de decirle mil locuras, pero ella tenía demasiado orgullo para retrasar una explicación. Una coqueta está celosa por amor propio; una mujer galante lo está por costumbre; una mujer que ama con sinceridad y apasionadamente, tiene conciencia de sus derechos. Esa manera de ver, característica de la pasión romana, divertía mucho a Sénécé: encontraba en ella profundidad e incertidumbre; se veía el alma al desnudo, por así decirlo. La Orsini carecía de ese atractivo.

Sin embargo, como el silencio se prolongaba más de lo normal, el joven francés, que no era muy hábil en el arte de penetrar en los sentimientos de un corazón italiano, encontró una expresión de tranquilidad y de razón con la que se sintió a gusto. Por lo demás, en aquel momento tenía una tristeza: atravesando los sótanos y subterráneos que desde una casa vecina al palacio Campobasso le conducían a aquella sala, el bordado de un traje encantador llegado de París la víspera, se había llenado de telarañas. La presencia de esas telarañas le incomodaba y, por otra parte, aquel insecto le producía horror.

Sénécé, creyendo ver algo de calma en los ojos de la princesa, pensaba cómo evitar una escena, esquivar el reproche en lugar de responderle, pero se había puesto serio por la contrariedad que experimentaba: ¿No sería ésta la ocasión favorable, se decía, para hacerle entrever la verdad? Acaba de plantear la cuestión ella misma; ya está hecha la mitad de la molestia evitada. Ciertamente es conveniente que no esté hecho para el amor. No he visto nada tan bello como esta mujer, pero es la sobrina del soberano ante el cual el rey me ha enviado. Además, es rubia en un país donde todas las mujeres son morenas, lo que es una gran distinción. Todos los días oigo poner su belleza por las nubes a personas cuyo testimonio no es sospechoso y que están a mil leguas de pensar que le están hablando al feliz poseedor de tantos encantos. En cuanto al poder que un hombre debe tener sobre su amante, no tengo ninguna inquietud al respecto. Si me molesto en decirle una palabra, la aparto de su palacio, de sus muebles de oro, de su tío-rey y todo para llevármela a Francia, al fondo de una provincia, a vegetar tristemente en una de mis tierras. Por mi fe que la perspectiva de ese desenlace no me inspira sino la más firme resolución de no perdírselo nunca. La Orsini es mucho menos bonita; me quiere, si es que me quiere, justo un poco más que al castrado Butafaco que al que le hice despedir ayer; pero tiene experiencia, sabe vivir, se puede llegar a su mansión en carroza. Y estoy completamente seguro de que no me hará jamás una escena, porque no me ama lo suficiente para hacerlo.

Durante aquel largo silencio, la mirada de la princesa no se había apartado de la bella frente del joven francés.

-No lo veré más, -se decía. Y de repente se arrojó a sus brazos, y cubrió de besos esa frente y esos ojos que ya no enrojecían de felicidad al verla. El caballero se habría despreciado a sí mismo, si hubiera olvidado al instante todos sus proyectos de ruptura, pero su amante estaba demasiado profundamente emocionada para olvidar sus celos. Pocos instantes después, Sénécé la miraba con asombro: lágrimas de rabia caían sobre sus mejillas. «¡Cómo!, -decía a media voz-; me envilezco hasta hablarle de su cambio; ¡se lo reprocho, yo, que me había jurado no darme cuenta nunca de ello! Y esto no es suficiente bajeza, ¡es necesario además que ceda a la pasión que me inspira este encantador rostro! ¡Ah! ¡Vil, vil, vil princesa...! Hay que acabar con esto.»

Se secó sus lágrimas y pareció recuperar cierta tranquilidad.

-Caballero, hay que acabar con esto -le dijo con aparente calma-. Visitáis a menudo el domicilio de la condesa... -entonces palideció en extremo-. Si la quieres, ve todos los días a verla; pero no vuelvas por aquí... -se detuvo como a su pesar. Esperaba alguna palabra del caballero; pero esa palabra no fue pronunciada. Ella continuó con un pequeño movimiento convulsivo y como apretando los dientes-: Esto será mi sentencia de muerte y la vuestra.

Esta amenaza hizo reaccionar el alma indecisa del caballero que, hasta entonces, sólo estaba asombrado por aquella borrasca imprevista después de tanto abandono. Entonces se puso a reír.

Un repentino color rojo cubrió las mejillas de la princesa, que se pusieron escarlatas. «La cólera va a sofocarla, -pensó el caballero-; va a sufrir una congestión.» Avanzó para desabrocharle el vestido; ella lo rechazó con una resolución y una fuerza a las que no estaba acostumbrado. Sénécé recordó más tarde de que mientras intentaba abrazarla, la había oído hablar consigo misma. Se retiró un poco: discreción inútil, pues ella parecía no verlo ya. Con voz baja y concentrada, como si estuviera hablando con su confesor se decía: «Me insulta, me provoca. Sin duda a su edad y con la indiscreción natural de su país, va a contarle a la Orsini todas las indignidades a las que me rebajo... Ya no estoy segura de mí; no puedo responder siquiera de permanecer insensible ante esta cabeza encantadora...» Entonces hubo un nuevo silencio, que le pareció molesto al caballero. La princesa se levantó por fin repitiendo con tono más sombrío: «Hay que acabar con esto.»

Sénécé, a quien la reconciliación había hecho perder la idea de una explicación seria, le dirigió dos o tres frases divertidas sobre una aventura de la que se hablaba mucho en Roma...

-Dejadme, caballero -dijo la princesa, interrumpiéndole-; no me siento bien.

-Esta mujer se aburre, -se dijo Sénécé, apresurándose a obedecer-, y no hay nada tan contagioso como el aburrimiento.

La princesa le había seguido con la vista hasta el final de la sala... «¡Y yo iba a decidir a la ligera la suerte de mi vida!», dijo con una sonrisa amarga. «Afortunadamente, sus bromas fuera de lugar me han despertado. ¡Cuánta necedad hay en este hombre! ¿Cómo puedo querer a un ser que me comprende tan poco! ¡Quiere entretenerme con una frase graciosa cuando se trata de mi vida y de la suya!... ¡Ah, reconozco que esa es la disposición siniestra y sombría que provoca mi desgracia!» Y se levantó de su sillón con furor: «¡Qué bonitos eran sus ojos cuando me ha dicho esa frase!... Y, hay que confesarlo, la intención del pobre caballero era amable. Ha conocido la desdicha de mi carácter; quería hacerme olvidar la pena que me agitaba, en lugar de preguntarme su causa. ¡Amable francés! En realidad, ¿he conocido la felicidad antes de amarlo?»

Y se puso a pensar con gusto en las perfecciones de su amante. Poco a poco se vio conducida a la contemplación de los atractivos de la condesa Orsini. Su alma comenzó a verlo todo negro. El tormento de los más espantosos celos se apoderaron de su corazón. Realmente, un presentimiento funesto la agitaba desde hacía dos meses; no había más momentos agradables que los que pasaba junto al caballero y, sin embargo, casi siempre, cuando no se hallaba en sus brazos, le hablaba con acritud.

La noche fue espantosa. Agotada y algo calmada por el dolor, tuvo la idea de hablar al caballero: «Pues al fin al cabo me ha visto irritada, pero ignora el motivo de mis quejas. Tal vez no quiere a la condesa. Tal vez no va a su casa sino porque un viajero debe conocer la sociedad del país en el que se encuentra y sobre todo la familia del soberano. Tal vez si hago que me presenten a Sénécé en público, si puede venir abiertamente a mi casa, pasará aquí horas enteras como hace en casa de la Orsini.

-No -gritó con rabia-, me envilecería si le hablase; me despreciaría y eso sería lo único que habría ganado. El carácter disipado de la Orsini que he despreciado tan a menudo, estando loca como estaba, es en realidad más agradable que el mío, sobre todo a los ojos de un francés. Yo estoy hecha para aburrirme con un español ¡Qué hay más absurdo que estar siempre serio, como si los acontecimientos de la vida no lo fuesen ya bastante por sí mismos! ¿Qué me sucederá cuando no tenga a mi caballero para darme la vida, para infundirle a mi corazón el fuego que me falta?

Había mandado cerrar su puerta, pero esta orden no afectaba a monseñor Ferreterra, que fue a darle cuenta de lo que habían hecho en el domicilio de la Orsini hasta la una de la madrugada. Hasta entonces aquel prelado había servido de buena fe los amores de la princesa, pero tras esa velada ya no dudaba de que pronto Sénécé estaría a las mil maravillas con la condesa Orsini, si no lo estaba ya.
«La princesa devota, -pensó-, me sería más útil que la mujer de sociedad. Siempre habrá un ser que preferirá antes que a mí: su amante, y si un día ese amante es romano, puede tener un tío al que nombrar cardenal. Si la convierto, es en el director de su conciencia en quien pensará ante todo y con todo el fuego de su carácter... ¡Qué no puedo esperar de ella ante su tío!» Y el ambicioso prelado se perdía imaginando su porvenir delicioso; veía a la princesa arrojándose a las rodillas de su tío para que le diera el capelo. El Papa le estaría muy reconocido por lo que iba a intentar... Una vez convertida la princesa, haría llegar al Papa pruebas irrefutables de su intriga con el joven francés. Piadoso, sincero y aborrecedor de los franceses como Su Santidad es, se sentirá eternamente reconocido con el agente que haya puesto fin a una intriga tan desagradable para él. Ferraterra pertenecía a la alta nobleza de Ferrara; era rico, tenía más de cincuenta años... Animado por la perspectiva tan cercana del capelo, hizo maravillas; y se atrevió a cambiar bruscamente de papel respecto a la princesa. Aunque hacía dos meses que Sénécé le hacía poco caso, habría podido resultar peligroso atacarle, pues a su vez el prelado, que no comprendía a Sénécé, lo creía ambicioso.

El lector encontraría sin duda demasiado largo el diálogo de la joven princesa, loca de amor y celos, con el ambicioso prelado. Ferraterra había empezado por la confesión más detallada de la triste verdad. Tras un comienzo tan sobrecogedor, no le fue difícil despertar los sentimientos de religión y de piedad apasionada que no estaban sino adormecidos en el fondo del corazón de la joven romana; tenía una fe sincera –«toda pasión impía debe acabar en la desgracia y en el deshonor», le decía el prelado-. Era ya de día cuando éste salió del palacio de Campobasso. Le había exigido a la recién convertida la promesa de no recibir a Sénécé aquel día. Esta promesa le había costado poco a la princesa; se creía piadosa y, de hecho, temía hacerse despreciable a los ojos del caballero, por su debilidad.

La resolución se mantuvo firme hasta las cuatro, que era el momento de la visita probable del caballero. Éste entró en la calle por detrás del jardín del palacio Campobasso, vio la señal que anunciaba la imposibidad de ser recibido y, muy contento, se marchó a casa de la condesa Orsini.

Poco a poco, la Campobasso sintió como si se volviera loca. Las ideas y las resoluciones más extrañas se sucedían en su mente. De repente, descendió la escalera principal de su palacio y subió a su coche, ordenando al cochero: «Al palacio Orsini.»

El exceso de dolor la impulsaba, en contra de su voluntad, a ir a visitar a su prima. La encontró rodeada de cincuenta personas. Las personas de talento, los ambiciosos de Roma, que no podían entrar en el palacio de la Campobasso, afluían al palacio de la Orsini. La llegada de la prima produjo sensación; todo el mundo se apartó por respeto; ella no se dignó percatarse de este gesto: miraba a su rival y la admiraba. Cada uno de los atractivos de su prima era una puñalada para su corazón. Tras los primeros cumplidos, al verla silenciosa y preocupada, la Orsini continuó con una conversación brillante y disinvolta.

«¡Cuánto más conviene al caballero su alegría que mi insensata y fastidiosa pasión!», -se decía la Campobasso.

Y en un inexplicable arrebato de admiración y de odio, se arrojó al cuello de la condesa. No veía sino los encantos de su prima, de cerca como de lejos, le parecían igualmente adorables. Comparaba sus cabellos a los suyos, sus ojos, su piel. Al final de ese extraño examen, se veía a sí misma llena de horror y de desgracia. Todo le parecía en su rival adorable, superior.

Inmóvil y sombría, la Campobasso era como una estatua de basalto en medio de una multitud gesticulante y sombría. Entraban, salían; todo aquel ruido importunaba, ofendía a la Campobasso. Pero, ¡cómo se transformó cuando, de repente, oyó anunciar al señor de Sénécé! Habían convenido, al comienzo de sus relaciones, que él le hablaría muy poco en público y como conviene a un diplomático extranjero que no encuentra sino dos o tres veces al mes a la sobrina del soberano junto al que se halla acreditado.

Sénécé la saludó con el respeto y la seriedad acostumbrados; después, volviéndose hacia la condesa Orsini, continuó con el tono casi íntimo que se tiene con una mujer de talento que os recibe bien y a la que veis todos los días. La Campobasso estaba aterrada. «La condesa me muestra lo que yo hubiera debido ser, se decía. ¡He ahí lo que hay que ser y lo que, sin embargo, ya no seré nunca!»

Salió en el último grado de dolor al que puede ser arrojada una criatura humana, casi decidida a envenenarse. Todos los placeres que el amor de Sénécé le había proporcionado no habrían podido igualar al exceso de pesar en el que se sumió durante aquella larga noche. Se diría que, a la hora de sufrir, las almas romanas tienen unos tesoros de energía desconocidos para las demás mujeres.

Al día siguiente, Sénécé volvió a pasar y vio el signo negativo. Se marchó alegremente; sin embargo, se le despertó la curiosidad. «¿Entonces fue el despido lo que me dio el otro día? Tengo que verla entre lágrimas», dijo su vanidad. Pero experimentaba una cierta sensación de amor al perder para siempre a una mujer tan bella, sobrina del papa. Salió de su coche, penetró en los subterráneos poco limpios que tanto le desagradaban y forzó la puerta del salón de la planta baja en el que la princesa solía recibirlo.

-¡Cómo! ¡Os atrevéis a aparecer por aquí! -dijo la princesa.

«Este asombro carece de sinceridad, -pensó el joven francés-; sólo está en este salón cuando me espera.»

El caballero la tomó de la mano; ella tembló. Sus ojos se llenaron de lágrimas; le pareció tan bonita al caballero que tuvo un instante de amor. Ella, por su parte, olvidó todos los juramentos que durante dos días había hecho a la religión; se arrojó a sus brazos absolutamente feliz: «¡Y ésta es la felicidad de la que a partir de ahora gozará la Orsini!...» Sénécé, comprendiendo mal, como de costumbre, un alma romana, creyó que quería separarse de él en buena amistad, romper guardando las formas. «No me conviene, agregado como estoy a la embajada del rey, tener como enemigo mortal (pues ella lo sería) a la sobrina del soberano ante el que me encuentro destacado.» Orgulloso por el feliz resultado al que creía llegar, Sénécé se puso a hablar de razones. Vivirían en la más agradable unión; ¿por qué no iban a ser muy felices? ¿Qué tenía, en realidad, que reprocharle? El amor daría paso a una buena y tierna amistad. Reclamaba insistentemente el privilegio de volver, de vez en cuando, al lugar en que se encontraban; sus relaciones seguirían teniendo dulzura...

Al principio la princesa no lo comprendió. Cuando lo hubo comprendido, se quedó de pie, inmóvil, con los ojos fijos. Finalmente, ante ese último golpe de la dulzura de sus relaciones le interrumpió con una voz que parecía salir del fondo de su pecho y pronunciando lentamente dijo:

-¡Es decir, que me encontráis, después de todo, lo bastante bonita como para ser una chica empleada a vuestro servicio!

-Pero, querida y buena amiga, ¿el amor propio no está a salvo? -replicó Sénécé, a su vez verdaderamente asombrado-. ¿Cómo podría pasaros por la cabeza lamentaros? Por fortuna, nadie ha conocido jamás nuestro amor. Soy hombre de honor, os doy de nuevo mi palabra de que jamás ningún ser vivo sospechará la felicidad de la que he gozado.

-¿Ni siquiera la Orsini? -añadió ella con un tono frío que hizo todavía ilusión al caballero.

-¿Os he nombrado yo -dijo ingenuamente el caballero- a las personas que he podido amar antes de ser vuestro esclavo?

-Pesar de todo mi respeto hacia vuestra palabra de honor, sin embargo, éste es un riesgo que no correré -dijo la princesa con aire resuelto y que finalmente comenzó a sorprender un poco al joven francés-. ¡Adiós, caballero...! -y, como se iba un poco indeciso-: Ven a besarme -le dijo. Se enterneció sin duda, luego dijo con un tono firme-. Adiós, caballero...

La princesa envió a buscar a Ferraterra. «Quiero vengarme», le dijo. El prelado se alegró. «Va a comprometerse; será mía para siempre.»

Dos días después, como el calor era agobiante, Sénécé fue tomar el aire al Corso a medianoche. Encontró allí a toda la ciudad de Roma. Cuando quiso volver a tomar su coche, su lacayo apenas pudo responderle porque estaba borracho; el cochero había desaparecido; el lacayo le dijo, logrando hablar a duras penas, que el cochero había tenido una disputa con un enemigo.

–¡Ah, mi cochero tiene enemigos! -dijo Sénécé, riéndose.

Al volver a casa, se hallaba apenas a dos o tres calles del Corso, cuando se dio cuenta de que le seguían. Unos hombres, en número de cuatro o cinco, se paraban cuando él se paraba, volvían a andar cuando él andaba. «Podría dar una vuelta y volver al Corso por otra calle», pensó Sénécé. «¡Bah! Esos paletos no merecen la pena, estoy bien armado.» Tenía el puñal desnudo en la mano.

Recorrió dos o tres calles apartadas, cada vez más solitarias. Oía redoblar el paso de los hombres que le seguían. En aquel momento, levantando los ojos, vio justo delante de él una pequeña iglesia dirigida por religiosos de la orden de San Francisco, cuyas vidrieras tenían un brillo singular. Se precipitó hacia la puerta y golpeó fuerte con el mango de su puñal. Los hombres que parecían seguirle estaban a cincuenta pasos de él. Corrieron hacia él. Un monje abrió la puerta; Sénécé se introdujo en la iglesia; el monje volvió a cerrar la barra de hierro de la puerta. En ese mismo instante, los asesinos dieron patadas a la puerta. «¡Impíos!», dijo el monje. Sénécé le dio una moneda de oro. «Decididamente, me tienen ganas», dijo.

La iglesia estaba iluminada por un millar de velas por lo menos.

-¡Cómo, un servicio a esta hora! -le dijo al monje.

-Excelencia, tenemos dispensa del eminentísimo cardenal-vicario.

El estrecho atrio de la pequeña iglesia de San Francisco en Ripa estaba ocupado por un lujoso túmulo; cantaban el oficio de difuntos. -¿Quién ha muerto? ¿Algún príncipe? -preguntó Sénécé.

-Sin duda -respondió el sacerdote-, pues no se ha escatimado nada, pero todo esto es dinero y cera perdidos; el señor deán nos ha dicho que el difunto ha muerto sin confesión.

Sénécé se acercó, vio unos escudos de armas con forma francesa; su curiosidad aumentó, se acercó del todo y ¡reconoció sus armas! Había una inscripción latina:
Nobilis homo Johannes Norbertus Senece eques decessit Romae.
«Noble y poderoso señor Jean Norbert de Sénécé, caballero, muerto en Roma.»
«Soy el primer hombre, pensó Sénécé, que ha tenido el honor de asistir a sus propias exequias... No recuerdo más que al emperador Carlos Quinto que se haya permitido ese placer... pero no puedo esperar nada bueno en esta iglesia.»

Dio una segunda moneda de oro al sacristán.

-Padre, -le dijo-, déjeme salir por una puerta trasera de su convento.

-Con mucho gusto –dijo el monje.

Una vez en la calle, Sénécé, que tenía una pistola en cada mano, echó a correr con rapidez. Pronto oyó detrás de él a las personas que lo perseguían. Al llegar a su palacio, vio la puerta cerrada y a un hombre delante. «Éste es el momento del asalto», pensó el joven francés; se preparaba a matar al hombre de un tiro, cuando reconoció a su ayudante de cámara.

-Abrid la puerta -le gritó.

Estaba abierta; entraron rápidamente y la volvieron a cerrar.

-¡Ah señor!, os he buscado por todas partes; hay noticias muy tristes: el pobre Juan, vuestro cochero, ha sido asesinado a cuchilladas. Las personas que lo han matado vomitaban imprecaciones contra vos. Señor, quieren vuestra vida...

Mientras el criado hablaba, ocho trabucazos1 que partían a la vez de una ventana que daba al jardín, dejaron muerto a Sénécé junto a su ayudante de cámara; habían sido alcanzados por más de veinte balas cada uno.

Dos años después, la princesa Campobasso era venerada en Roma como modelo de piedad y desde hacía mucho tiempo monseñor Ferraterra era cardenal. (Perdonen las faltas del autor.)


 

Andate en tres tiempos







Más borroso que un velo tramado por la lluvia sobre
los ojos de la lejanía, confuso como un fardo,
errante como un médano indeciso en la tierra de nadie,
sin rasgos, sin consistencia, sin asas ni molduras,
así era tu porvenir visto desde las instantáneas rendijas del pasado.
Sin embargo detrás hay un taller que fragua sin cesar tu muestrario de máscaras.
Es un recinto que retrocede y que te absorbe exhalando el paisaje.
Allí en algún rincón están de pie tus primeras visiones,
y también las imágenes de ayer y aun los espejismos que no se condensaron,
más las ciegas legiones de fantasmas que son huecos anuncios todavía.
Entre todos imprimen un diseño secreto en las alfombras por donde pasarás,
muelen tus alimentos de mañana en el mortero de lo desconocido
y elaboran en rígidos lienzos los ropajes para tu absolución o tu condena.
Cambia, cambia de vuelo como la ráfaga del enjambre bajo la tormenta.
Un soplo habrá disuelto la reunión; un soplo la convoca en un nuevo diseño,
junto a nuevos ropajes y nuevos alimentos.
¡Qué vivero de formas al acecho de un molde desde el principio hasta el final!

Palmo a palmo, virando de un día a otro fulgor,
de una noche a otra sombra,
llegas con cada paso a ese lugar al que te remolcaron todas las corrientes:
una región de lobos o corderos donde erigir tu tienda una vez más
y volver a partir, aunque te quedes, aspirado de nuevo por la boca del viento.
Es esa la comarca, esa es la casa, esos son los rostros que veías difusos,
fraguados en el humo de la víspera,
apenas esculpidos por el aliento leproso de la niebla.
Ahora están tallados a fuego ya cuchillo en la dura sustancia del presente,
una roca escindida que ahora permanece, que ya se desmorona,
que se escurre sin fin por la garganta de insaciables arenas.
Entre la oscilación y la caída, si no te deslizas hacia adelante, mueres.
Apresúrate, atrapa el petirrojo que huye, la escarcha que se disuelve en el jardín.
Somételos con un ademán tan rápido que se asemeje a la quietud,
a esa trampa del tiempo solapado que se desdobla en antes y en después.
Sólo conseguirás un presagio de plumas y un resabio de hielo.
A veces, pocas veces, un modelo para los esplendores y las lágrimas de tu porvenir.
¿Y qué fue del pasado, con su carga de sábanas ajadas y de huesos roídos?
¿Es nada más que un embalaje roto,
una mano en el vidrio ceniciento a lo largo de toda la alameda?
¿O un depósito inmóvil donde se acumulan el oro y las escorias de los días?
Pliega las alas para ver.
Esa mole que llevas creciendo a tus espaldas es tu albergue vampiro.
No me hables solamente de un panteón o de algún tribunal embalsamado,
siempre en suspenso y hasta el fin del mundo.
Porque también allí cada dibujo cambia con el último trazo,
cada color se funde con el tinte de la nueva estación o la que viene,
cada calco envejece, se resquebraja y pierde su motivo en el polvo;
pero el muro en que guardas estampadas las manos de la infancia
es ese mismo muro que proyecta unas manos finales sobre los muros de tu porvenir.
¿Y acaso ayer no asoma algunas veces como marzo en septiembre y canta en la enramada?
Todo es posible cuando se desborda y rehace un recuento la memoria:
imprevistas alquimias, peldaños que chirrían, cajones clausurados y carruajes en marcha.
Sorprendente inventario en el que testimonian hasta las puertas sin abrir.
Hoy, mañana o ayer, nunca ningún refugio donde permanecer inalterable 
entre la llama y el carbón.
Los oleajes se cruzan y conspiran como los visitantes en los sueños,
intercambian espumas, cáscaras, amuletos y papeles cifrados y jirones,
y todo tiempo inscribe su sentencia bajo las aguas de los otros tiempos,
mientras viajas a tumbos en tu tablón precario justo en el filo de las marejadas.
Pero hay algo, tal vez, que logró sustraerse a las maquinaciones de los años,
algo que estaba fuera de la fugacidad, la duración y la mudanza.
Guarda, guarda esa prenda invulnerable que cobraste al pasar y que llevas
oculta como un ladrón furtivo desde el comienzo hasta el futuro.
Estandarte o sortija, perla, grano de sal o escapulario,
describe una parábola de brasas a medida que te aproximas, que llegas, que te alejas:
tu credencial de amor en la noche cerrada.


viernes, 26 de octubre de 2012

De vuelta a casa







Desde mi cielo a despedirme llegas
fino orvallo que lentamente bañas
los robledos que visten las montañas
de mi tierra, y los maíces de sus vegas.

Compadeciendo mi secura, riegas
montes y valles, los de mis entrañas,
y con tu bruma el horizonte empañas
de mi sino, y así en la fe me anegas.

Madre Vizcaya, voy desde tus brazos
verdes, jugosos, a Castilla enjuta,
donde fieles me aguardan los abrazos

de costumbre, que el hombre no disfruta
de libertad si no es preso en los lazos
de amor, compañero de la ruta. 


sábado, 13 de octubre de 2012

El cerdito





La señora estaba siempre vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio a la sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba a un pequeño jardín parduzco. Miró el reloj que le colgaba del pecho y pensó que faltaba más de una hora para que llegaran los niños. No eran suyos. A veces dos, a veces tres que llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua en los temporales de invierno.

Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de sus aulas a la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras; ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no trascurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán de nieto.

Pasó sin prisa a la cocina para preparar los tres tazones de café con leche y los panques que envolvían dulce de membrillo.

Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada, la anciana demoró en oírlos pero los golpes continuaron insistentes y sin aumentar su fuerza. Por fin, por que había pasado a la sala para acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido y divisó las tres siluetas que habían trepados los escalones.

Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos y traiciones. La anciana no los comprendía pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; para aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando el nieto mucho más que los otros dos. Sobre todo con el movimientos de las manos.

Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo y luego el silencio. Alguno caminó furtivo y ella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más, bamboleó el cuerpo y luego quedó quieta en el suelo de su cocina.

Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se repartieron billetes y monedas y Juan le propuso a Emilio:

-Dale otro golpe. Por si las dudas.

Caminaron despacio bajo el sol y al llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado, al barrio miserable. Cada uno a su choza y Guido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó ropas, chatarra y desperdicios del cajón que tenía junto al catre y extrajo la alcancía blanca y manchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.


A Federico García Lorca





Español, español,
saca los pechos y ponte al sol!
Llévate a cuestas la casa;
el vivido es lo que pasa
y se queda el porvivir.
Mañana será otro día;
cada día su alegría
con su pena de sufrir.
Cada día su mañana
con la santísima gana
de cantar.
Quién nos quita lo vivido?
En el seno del olvido
el descanso de soñar! 


Philibert Lescale

 





Conocía superficialmente a aquel M. Lescale de seis pies de estatura; era uno de los hombres de negocios más ricos de París: tenía una factoría en Marseille y varios buques en el mar. Acaba de morir. No era un hombre taciturno, pero si pronunciaba diez palabras al día era casi de milagro. Pese a eso le gustaba la alegría y hacía todo lo necesario para que lo invitáramos a las cenas que habíamos establecido los sábados y que celebrábamos casi en secreto. Tenía olfato comercial y yo lo habría consultado si se me hubiera presentado algún negocio dudoso.

Al morir me hizo el honor de escribirme una carta de tres líneas. Se interesaba en ella por un joven que no llevaba su apellido. Se llamaba Philibert.

Su padre le había dicho:

-Haz lo que te venga en gana, no me importa: cuando cometas tonterías yo ya estaré muerto. Tienes dos hermanos; dejaré mi fortuna al menos torpe de los tres; a los otros dos les dejaré cien luises de renta.

Philibert había recibido todos los premios en el colegio pero lo cierto es que, al salir de éste, no sabía absolutamente nada. Después fue húsar por tres años y realizó dos viajes a América.  Cuando realizó el segundo de éstos, se decía enamorado de una cantante que parecía una pícara empedernida, capaz de inducir a su amante a contraer deudas, a hacer falsificaciones y más tarde incluso a cometer algún lindo delito que lo conduciría directamente a los tribunales. Así se lo dije al padre.

El señor Lescale mandó llamar a Philibert, al que no había visto desde hacía dos meses.

-Si estás dispuesto a abandonar París y a viajar a Nueva Orléans -le dijo-,  te daré quince mil francos que sólo recibirás a bordo del barco en el que trabajarás como sobrecargo.

El joven se marchó y se arreglaron para que su estancia en América durara más que su etapa de pasión.

Fue requerido por la noticia de la muerte de aquel pobre Lescale, que decía tener sesenta y cinco años cuando en realidad tenía setenta y nueve. En su testamento, reconocía a su hijo y le dejaba cuarenta mil libras de renta; además, si vendiera todas sus propiedades y se quedara completamente arruinado, uno de los amigos de Lescale le abonaría doscientos francos todos los primeros de mes, y trescientos francos si se encontrara en la cárcel por deudas.

Philibert vino a verme; se mostraba muy conmovido y cuando me pidió consejo le dije:

-Permanezca en París pero con la condición de que se adscriba a la oposición legitimista y hable mal del gobierno, sea el que sea. Tome bajo su protección a una cantante de la Ópera y trate de no arruinarse sino a medias; si hace usted todo eso, continuaré viéndolo y dentro de ocho años, cuando tenga usted treinta y dos, será sensato.

-Lo seré desde hoy mismo, al menos en un sentido -me respondió-. Le doy mi palabra de honor de que no gastaré más de cuarenta mil francos al año. Pero, ¿por qué adscribirme a la oposición?

-Porque el papel es más brillante y además conviene más a quién no tiene nada que solicitar.

* * *

Esta historia no es gran cosa, pero he querido escribirla porque es auténticamente cierta. Philibert cometió bastantes tonterías, pero en el fondo siguió mis consejos. El primer año despilfarró sesenta mil francos, pero está tan avergonzado que creo que este año no pasará de dos mil francos al mes.

Por propia iniciativa, se ha puesto a aprender latín y matemáticas; tiene la pretensión de navegar algún día en un barco que sea suyo, volver a ver América y conocer las Indias. En resumen, pese a su inesperada fortuna, puede llegar a ser un hombre muy distinguido y creo que pondrá muy buena cara cuando lea esto.

Le he dado algunos pequeños consejos que han resultado positivos. Vive en una de las calles más recónditas del barrio de Saint-Germain y es muy estimado por lo porteros de su distrito. Gasta cincuenta luises en limosnas; sólo tiene tres caballos, aunque ha ido personalmente a Inglaterra a buscarlos. No está abonado a ningún gabinete literario y no lee jamás un libro si no es de su propiedad y no está lujosamente encuadernado. Sólo tiene dos criados, con quienes no habla jamás, pero a los que les aumenta el sueldo un cuarto cada año. Le han propuesto tres o cuatro matrimonios, pero yo le he dicho que si se casa antes de los treinta y seis, perderá mi protección. Temo constantemente que cometa alguna tontería, y temo  tomarle cariño. Es muy apuesto y silencioso.  Siguiendo mis consejos, viste siempre de negro como si estuviera de luto. Yo he comentado que no se consolaba por la muerte de una dama de Bâton-Rouge, cerca de Nueva Orléans. Le gustaría dejar a su amante de la Ópera, pero yo temo las pasiones y le obligo a conservarla.

Donde se encuentra a gusto es en una propiedad que le obligué a comprar a cuatro leguas de Compiègne, junto a un bosque: lo que me animó fue la buena compañía, es decir, el carácter honesto de los ocho o diez propietarios de las fincas cercanas. Todos los holgazanes del país alaban al señor Lescale; da muchas limosnas y tiene constantemente el aire ingenuo de todo el mundo. Ha hecho unas conquistas amorosas inconcebibles pero en el fondo sólo puede amar a una que ve sobre el escenario dos veces por semana. Considera que la comedia interpretada por las demás mujeres es a la vez seria y vacía.

En definitiva, que Philibert Lescale es un hombre bien educado y lo que se llama un hombre amable.

* * *

N.B. (Dos años más tarde) Cometí un error al obligar al pobre Philibert a seguir con su cantante; a causa de ella, acaba de batirse en duelo con un supuesto príncipe ruso que le ha metido una bala en la frente a consecuencia de lo cual ha muerto.

El príncipe ruso, que se había endeudado, y que además no era ni príncipe ni ruso, ha aprovechado rápidamente la ocasión para abandonar Francia y su asiento de palco en la Ópera.


Lejanía








Mi ser henchido de barcos blancos.
Mi ser reventando sentires.
Toda yo bajo las reminiscencias de tus ojos.
Quiero destruir la picazón de tus pestañas.
Quiero rehuir la inquietud de tus labios.
Porqué tu visión fantasmagórica redondea los cálices de estas horas? 






sábado, 6 de octubre de 2012

Una rosa para Emilia



I
Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez.
La casa era una construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la casa de la señorita Emilia, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita Emilia había ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la batalla de Jefferson.
Mientras vivía, la señorita Emilia había sido para la ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor -autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle sin delantal-, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la señorita Emilia fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo que el padre de la señorita Emilia había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer como la señorita Emilia podría haber dado por buena esta historia.
Cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, maduró y llegó a ser directora de la ciudad, aquel arreglo tropezó con algunas dificultades. Al comenzar el año enviaron a la señorita Emilia por correo el recibo de la contribución, pero no obtuvieron respuesta. Entonces le escribieron, citándola en el despacho del alguacil para un asunto que le interesaba. Una semana más tarde el alcalde volvió a escribirle ofreciéndole ir a visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina con comodidad, y recibió en respuesta una nota en papel de corte pasado de moda, y tinta empalidecida, escrita con una floreada caligrafía, comunicándole que no salía jamás de su casa. Así pues, la nota de la contribución fue archivada sin más comentarios.
Convocaron, entonces, una junta de regidores, y fue designada una delegación para que fuera a visitarla.
Allá fueron, en efecto, y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde que aquélla había dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años antes. Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una escalera que subía en dirección a unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro descorrió las cortinas de una ventana, vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la chimenea había un retrato a lápiz, del padre de la señorita Emilia, con un deslucido marco dorado.
Todos se pusieron en pie cuando la señorita Emilia entró -una mujer pequeña, gruesa, vestida de negro, con una pesada cadena en torno al cuello que le descendía hasta la cintura y que se perdía en el cinturón-; debía de ser de pequeña estatura; quizá por eso, lo que en otra mujer pudiera haber sido tan sólo gordura, en ella era obesidad. Parecía abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las abultadas arrugas de su faz, parecían dos pequeñas piezas de carbón, prensadas entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de uno a otro de los visitantes, que le explicaban el motivo de su visita.
No los hizo sentar; se detuvo en la puerta y escuchó tranquilamente, hasta que el que hablaba terminó su exposición. Pudieron oír entonces el tictac del reloj que pendía de su cadena, oculto en el cinturón.
Su voz fue seca y fría.
-Yo no pago contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me eximió. Pueden ustedes dirigirse al Ayuntamiento y allí les informarán a su satisfacción.
-De allí venimos; somos autoridades del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un comunicado del alguacil, firmado por él?
-Sí, recibí un papel -contestó la señorita Emilia-. Quizá él se considera alguacil. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero en los libros no aparecen datos que indiquen una cosa semejante. Nosotros debemos...
-Vea al coronel Sartoris. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero, señorita Emilia...
-Vea al coronel Sartoris (el coronel Sartoris había muerto hacía ya casi diez años.) Yo no pago contribuciones en Jefferson. ¡Tobe! -exclamó llamando al negro-. Muestra la salida a estos señores.
II
Así pues, la señorita Emilia venció a los regidores que fueron a visitarla del mismo modo que treinta años antes había vencido a los padres de los mismos regidores, en aquel asunto del olor. Esto ocurrió dos años después de la muerte de su padre y poco después de que su prometido -todos creímos que iba a casarse con ella- la hubiera abandonado. Cuando murió su padre apenas si volvió a salir a la calle; después que su prometido desapareció, casi dejó de vérsele en absoluto. Algunas señoras que tuvieron el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la única muestra de vida en aquella casa era el criado negro -un hombre joven a la sazón-, que entraba y salía con la cesta del mercado al brazo.
“Como si un hombre -cualquier hombre- fuera capaz de tener la cocina limpia”, comentaban las señoras, así que no les extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y esto constituyó otro motivo de relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson.
Una vecina de la señorita Emilia acudió a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens, anciano de ochenta años.
-¿Y qué quiere usted que yo haga? -dijo el alcalde.
-¿Qué quiero que haga? Pues que le envíe una orden para que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?
-No creo que sea necesario -afirmó el juez Stevens-. Será que el negro ha matado alguna culebra o alguna rata en el jardín. Ya le hablaré acerca de ello.
Al día siguiente, recibió dos quejas más, una de ellas partió de un hombre que le rogó cortésmente:
-Tenemos que hacer algo, señor juez; por nada del mundo querría yo molestar a la señorita Emilia; pero hay que hacer algo.
Por la noche, el tribunal de los regidores -tres hombres que peinaban canas, y otro algo más joven- se encontró con un hombre de la joven generación, al que hablaron del asunto.
-Es muy sencillo -afirmó éste-. Ordenen a la señorita Emilia que limpie el jardín, denle algunos días para que lo lleve a cabo y si no lo hace...
-Por favor, señor -exclamó el juez Stevens-. ¿Va usted a acusar a la señorita Emilia de que huele mal?
Al día siguiente por la noche, después de las doce, cuatro hombres cruzaron el césped de la finca de la señorita Emilia y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones nocturnos, husmeando los fundamentos del edificio, construidos con ladrillo, y las ventanas que daban al sótano, mientras uno de ellos hacía un acompasado movimiento, como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco que pendía de su hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron cal, y también en las construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron terminado y emprendían el regreso, detrás de una iluminada ventana que al llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a la señorita Emilia, rígida e inmóvil como un ídolo. Cruzaron lentamente el prado y llegaron a los algarrobos que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos más tarde, aquel olor había desaparecido.
Así fue cómo el pueblo empezó a sentir verdadera compasión por ella. Todos en la ciudad recordaban que su anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y creían que los Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno para la señorita Emilia. Nos habíamos acostumbrado a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta figura de la señorita Emilia, vestida de blanco; en primer término, su padre, dándole la espalda, con un látigo en la mano, y los dos, enmarcados por la puerta de entrada a su mansión. Y así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos sentíamos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento de venganza. A pesar de la tara de la locura en su familia, no hubieran faltado a la señorita Emilia ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas..
Cuando murió su padre, se supo que a su hija sólo le quedaba en propiedad la casa, y en cierto modo esto alegró a la gente; al fin podían compadecer a la señorita Emilia. Ahora que se había quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora aprendería a conocer los temblores y la desesperación de tener un céntimo de más o de menos.
Al día siguiente de la muerte de su padre, las señoras fueron a la casa a visitar a la señorita Emilia y darle el pésame, como es costumbre. Ella, vestida como siempre, y sin muestra ninguna de pena en el rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su padre no estaba muerto. En esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los ministros de la Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para disponer del cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la fuerza y de la ley, la señorita Emilia rompió en sollozos y entonces se apresuraron a enterrar al padre.
No decimos que entonces estuviera loca. Creímos que no tuvo más remedio que hacer esto. Recordando a todos los jóvenes que su padre había desechado, y sabiendo que no le había quedado ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendría más remedio que agarrarse a los mismos que en otro tiempo había despreciado.
III
La señorita Emilia estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la hacía aparecer más joven que una muchacha, con una vaga semejanza con esos ángeles que figuran en los vidrios de colores de las iglesias, de expresión a la vez trágica y serena...
Por entonces justamente la ciudad acababa de firmar los contratos para pavimentar las calles, y en el verano siguiente a la muerte de su padre empezaron los trabajos. La compañía constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al frente de todo ello, un capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura, grueso, activo, con gruesa voz y ojos más claros que su rostro. Los muchachillos de la ciudad solían seguirlo en grupos, por el gusto de verlo renegar de los negros, y oír a éstos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el pico. Homer Barren conoció en seguida a todos los vecinos de la ciudad. Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera reír a carcajadas se podría asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la reunión. Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emilia en las tardes del domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par de caballos bayos de alquiler...
Al principio todos nos sentimos alegres de que la señorita Emilia tuviera un interés en la vida, aunque todas las señoras decían: “Una Grierson no podía pensar seriamente en unirse a un hombre del Norte, y capataz por añadidura.” Había otros, y éstos eran los más viejos, que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera, podría hacer olvidar a una verdadera señora aquello de noblesse oblige -claro que sin decir noblesse oblige- y exclamaban:
“¡Pobre Emilia! ¡Ya podían venir sus parientes a acompañarla!”, pues la señorita Emilia tenía familiares en Alabama, aunque ya hacía muchos años que su padre se había enemistado con ellos, a causa de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde entonces se había roto toda relación entre ellos, de tal modo que ni siquiera habían venido al funeral.
Pero lo mismo que la gente empezó a exclamar: “¡Pobre Emilia!”, ahora empezó a cuchichear: “Pero ¿tú crees que se trata de...?” “¡Pues claro que sí! ¿Qué va a ser, si no?”, y para hablar de ello, ponían sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos por la tarde, desde detrás de las ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del sol, oían el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo, podía oírse a las señoras exclamar una vez más, entre un rumor de sedas y satenes: “¡Pobre Emilia!”
Por lo demás, la señorita Emilia seguía llevando la cabeza alta, aunque todos creíamos que había motivos para que la llevara humillada. Parecía como si, más que nunca, reclamara el reconocimiento de su dignidad como última representante de los Grierson; como si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para reafirmarse a sí misma en su impenetrabilidad. Del mismo modo se comportó cuando adquirió el arsénico, el veneno para las ratas; esto ocurrió un año más tarde de cuando se empezó a decir: “¡Pobre Emilia!”, y mientras sus dos primas vinieron a visitarla.
-Necesito un veneno -dijo al droguero. Tenía entonces algo más de los 30 años y era aún una mujer esbelta, aunque algo más delgada de lo usual, con ojos fríos y altaneros brillando en un rostro del cual la carne parecía haber sido estirada en las sienes y en las cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se halla al pie de una farola.
-Necesito un veneno -dijo.
-¿Cuál quiere, señorita Emilia? ¿Es para las ratas? Yo le recom...
-Quiero el más fuerte que tenga -interrumpió-. No importa la clase.
El droguero le enumeró varios.
-Pueden matar hasta un elefante. Pero ¿qué es lo que usted desea. . .?
-Quiero arsénico. ¿Es bueno?
-¿Que si es bueno el arsénico? Sí, señora. Pero ¿qué es lo que desea...?
-Quiero arsénico.
El droguero la miró de abajo arriba. Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, rígida, con la faz tensa.
-¡Sí, claro -respondió el hombre-; si así lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir para qué se va a emplear.
La señorita Emilia continuaba mirándolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus ojos en los ojos del droguero, hasta que éste desvió su mirada, fue a buscar el arsénico y se lo empaquetó. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. E1 droguero se metió en la trastienda y no volvió a salir. Cuando la señorita Emilia abrió el paquete en su casa, vio que en la caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba escrito: “Para las ratas”.
IV
Al día siguiente, todos nos preguntábamos: “¿Se irá a suicidar?” y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos: “Se casará con él”. Más tarde dijimos: “Quizás ella le convenga aún”, pues Homer, que frecuentaba el trato de los hombres y se sabía que bebía bastante, había dicho en el Club Elks que él no era un hombre de los que se casan. Y repetimos una vez más: “¡Pobre Emilia!” desde atrás de las vidrieras, cuando aquella tarde de domingo los vimos pasar en la calesa, la señorita Emilia con la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero de copa, un cigarro entre los dientes y las riendas y el látigo en las manos cubiertas con guantes amarillos....
Fue entonces cuando las señoras empezaron a decir que aquello constituía una desgracia para la ciudad y un mal ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar parte en aquel asunto, pero al fin las damas convencieron al ministro de los bautistas -la señorita Emilia pertenecía a la Iglesia Episcopal- de que fuera a visitarla. Nunca se supo lo que ocurrió en aquella entrevista; pero en adelante el clérigo no quiso volver a oír nada acerca de una nueva visita. El domingo que siguió a la visita del ministro, la pareja cabalgó de nuevo por las calles, y al día siguiente la esposa del ministro escribió a los parientes que la señorita Emilia tenía en Alabama....
De este modo, tuvo a sus parientes bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que pudiera ocurrir. Al principio no ocurrió nada, y empezamos a creer que al fin iban a casarse. Supimos que la señorita Emilia había estado en casa del joyero y había encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos días más tarde nos enteramos de que había encargado un equipo completo de trajes de hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: “Van a casarse” y nos sentíamos realmente contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque las dos parientas que la señorita Emilia tenía en casa eran todavía más Grierson de lo que la señorita Emilia había sido....
Así pues, no nos sorprendimos mucho cuando Homer Barron se fue, pues la pavimentación de las calles ya se había terminado hacía tiempo. Nos sentimos, en verdad, algo desilusionados de que no hubiera habido una notificación pública; pero creímos que iba a arreglar sus asuntos, o que quizá trataba de facilitarle a ella el que pudiera verse libre de sus primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos fuimos aliados de la señorita Emilia para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En efecto, pasada una semana, se fueron y, como esperábamos, tres días después volvió Homer Barron. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro atardecer....
Y ésta fue la última vez que vimos a Homer Barron. También dejamos de ver a la señorita Emilia por algún tiempo. El negro salía y entraba con la cesta de ir al mercado; pero la puerta de la entrada principal permanecía cerrada. De vez en cuando podíamos verla en la ventana, como aquella noche en que algunos hombres esparcieron la cal; pero casi por espacio de seis meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos entonces que esto era de esperar, como si aquella condición de su padre, que había arruinado la vida de su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa para morir con él....
Cuando vimos de nuevo a la señorita Emilia había engordado y su cabello empezaba a ponerse gris. En pocos años este gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del plomo. Cuando murió, a los 74 años, tenía aún el cabello de un intenso gris plomizo, y tan vigoroso como el de un hombre joven....
Todos estos años la puerta principal permaneció cerrada, excepto por espacio de unos seis o siete, cuando ella andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura china. Había dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y aproximadamente con el mismo espíritu con que iban a la iglesia los domingos, con una pieza de ciento veinticinco para la colecta.
Entretanto, se le había dispensado de pagar las contribuciones.
Cuando la generación siguiente se ocupó de los destinos de la ciudad, las discípulas de pintura, al crecer, dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus cajas de pintura y sus pinceles, a que la señorita Emilia les enseñara a pintar según las manidas imágenes representadas en las revistas para señoras. La puerta de la casa se cerró de nuevo y así permaneció en adelante. Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la señorita Emilia fue la única que se negó a permitirles que colocasen encima de su puerta los números metálicos, y que colgasen de la misma un buzón. No quería ni oír hablar de ello.
Día tras día, año tras año, veíamos al negro ir y venir al mercado, cada vez más canoso y encorvado. Cada año, en el mes de diciembre, le enviábamos a la señorita Emilia el recibo de la contribución, que nos era devuelto, una semana más tarde, en el mismo sobre, sin abrir. Alguna vez la veíamos en una de las habitaciones del piso bajo -evidentemente había cerrado el piso alto de la casa- semejante al torso de un ídolo en su nicho, dándose cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra presencia; eso nadie podía decirlo. Y de este modo la señorita Emilia pasó de una a otra generación, respetada, inasequible, impenetrable, tranquila y perversa.
Y así murió. Cayo enferma en aquella casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para cuidar de ella solamente a aquel negro torpón. Ni siquiera supimos que estaba enferma, pues hacía ya tiempo que habíamos renunciado a obtener alguna información del negro. Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era ruda y áspera, como si la tuviera en desuso.
Murió en una habitación del piso bajo, en una sólida cama de nogal, con cortinas, con la cabeza apoyada en una almohada amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y la falta de sol.
V
El negro recibió en la puerta principal a las primeras señoras que llegaron a la casa, las dejó entrar curioseándolo todo y hablando en voz baja, y desapareció. Atravesó la casa, salió por la puerta trasera y no se volvió a ver más. Las dos primas de la señorita Emilia llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el día siguiente, y allá fue la ciudad entera a contemplar a la señorita Emilia yaciendo bajo montones de flores, y con el retrato a lápiz de su padre colocado sobre el ataúd, acompañada por las dos damas sibilantes y macabras. En el balcón estaban los hombres, y algunos de ellos, los más viejos, vestidos con su cepillado uniforme de confederados; hablaban de ella como si hubiera sido contemporánea suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con ella, confundiendo el tiempo en su matemática progresión, como suelen hacerlo las personas ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos actuales por la estrecha unión de los últimos diez años.
Sabíamos ya todos que en el piso superior había una habitación que nadie había visto en los últimos cuarenta años y cuya puerta tenía que ser forzada. No obstante esperaron, para abrirla, a que la señorita Emilia descansara en su tumba.
Al echar abajo la puerta, la habitación se llenó de una gran cantidad de polvo, que pareció invadirlo todo. En esta habitación, preparada y adornada como para una boda, por doquiera parecía sentirse como una tenue y acre atmósfera de tumba: sobre las cortinas, de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, también rosadas, situadas sobre la mesa-tocador; sobre la araña de cristal; sobre los objetos de tocador para hombre, en plata tan oxidada que apenas se distinguía el monograma con que estaban marcados. Entre estos objetos aparecía un cuello y una corbata, como si se hubieran acabado de quitar y así, abandonados sobre el tocador, resplandecían con una pálida blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla estaba un traje de hombre, cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los calcetines y los zapatos.
El hombre yacía en la cama..
Por un largo tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando asombrados aquella apariencia misteriosa y descarnada. El cuerpo había quedado en la actitud de abrazar; pero ahora el largo sueño que dura más que el amor, que vence al gesto del amor, lo había aniquilado. Lo que quedaba de él, pudriéndose bajo lo que había sido camisa de dormir, se había convertido en algo inseparable de la cama en que yacía. Sobre él, y sobre la almohada que estaba a su lado, se extendía la misma capa de denso y tenaz polvo.
Entonces nos dimos cuenta de que aquella segunda almohada ofrecía la depresión dejada por otra cabeza. Uno de los que allí estábamos levantó algo que había sobre ella e inclinándonos hacia delante, mientras se metía en nuestras narices aquel débil e invisible polvo seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris.