domingo, 24 de junio de 2012

el aire del agua




Tus miembros van desplegando a tu alrededor unas sábanas     verdes
Y el mundo exterior
Hecho de puntos
No funciona ya las praderas han desteñido los días los campanarios     se reúnen
Y el Puzzle social
Entregó su última combinación
Todavía esta mañana esas sábanas fueron apartadas hicieron vela      contigo de un lecho prismático
En el castillo revuelto del sauce de ojos de lama
Para el cual con la cabeza abajo
Partí en otro tiempo
Sábanas almendra de mi vida
Cuando te vas el cobre de Venus
Inerva la hoja resbaladiza y sin bordes
Tu gran ala líquida
Se agita entre el canto de las vidrieras


 

domingo, 17 de junio de 2012

desquite

El muchacho venía del río. Descalzo, con los pantalones arremangados por encima de las rodillas, las piernas sucias de lodo. Vestía una camisa roja, abierta en el pecho, donde los primeros vellos de la pubertad empezaban a ennegrecer. Tenía el pelo oscuro, mojado por el sudor que le escurría por el cuello delgado. Se inclinaba un poco hacia delante, bajo el peso de los largos remos, de los que pendían hilos verdes de limos aún goteantes. El barco quedó balanceándose en el agua turbia y, allí cerca, como si lo espiasen, afloraron de repente los ojos globulosos de una rana. El muchacho la miró, y ella le miró. Después la rana hizo un movimiento brusco y desapareció. Un minuto más y la superficie del río quedó lisa y tranquila, y brillante como los ojos del muchacho. La respiración del limo desprendía lentas y muelles burbujas de gas que la corriente arrastraba. En el calor espeso de la tarde los chopos altos vibraban silenciosamente y, de golpe, flor rápida que naciese del aire, un ave azul pasó rasando el agua. El muchacho levantó la cabeza. Desde el otro lado del río una muchacha le miraba, inmóvil. El muchacho levantó la mano libre y todo su cuerpo dibujó el gesto de una palabra que no se oyó. El río fluía, lento.
El muchacho subió la ladera, sin mirar atrás. La hierba se acababa allí mismo. Hacia arriba, hacia allá, el sol calcinaba los terrones de los barbechos y los olivares cenicientos. Metálica, durísima, una cigarra roía el silencio. En la distancia la atmósfera temblaba.
La casa era baja, achaparrada, bruñida de cal, con una franja de ocre violento. Un lienzo de pared ciega, sin ventanas, una puerta en la que se abría un postigo. En el interior el suelo de barro refrescaba los pies. El muchacho apoyó los remos, se limpió el sudor con el antebrazo. Se quedó quieto, escuchando los golpes del corazón, el pausado brotar del sudor que se renovaba en la piel. Estuvo así unos minutos, sin conciencia de los rumores que venían de la parte de detrás de la casa y que se transformaron, de súbito, en gañidos lancinantes y gratuitos: la protesta de un cerdo atado. Cuando, por fin, empezó a moverse, el grito del animal, esta vez herido e insultado, le golpeó en los oídos. Y en seguida oyó otros gritos, agudos, rabiosos, una súplica desesperada, una llamada que no espera socorro.
Corrió hacia el patio, pero no pasó del umbral de la puerta,. Dos hombres y una mujer sujetaban al cerdo. Otro hombre, con un cuchillo ensangrentado, le abría un tajo vertical en el escroto. En la paja brillaba ya un óvalo achatado, rojo. El cerdo temblaba entero, lanzaba gritos entre las quijadas que apretaba una cuerda. La herida se alargó, el testículo apareció, lechoso y rayado de sangre, los dedos del hombre se introdujeron en la abertura, tiraron, retorcieron, arrancaron. La mujer tenía el rostro pálido y crispado. Desataron al cerdo, le liberaron el hocico y uno de los hombres se agachó y cogió las dos piezas, gruesas y suaves. El animal dio una vuelta, perplejo, y se quedó con la cabeza baja, respirando con dificultad. Entonces el hombre se los tiró. El cerdo los mordió, masticó ansioso, tragó. La mujer dijo algunas palabras y los hombres se encogieron de hombros. Uno de ellos se rió. Fue en ese momento cuando vieron al muchacho en el umbral de la puerta. Se quedaron todos callados y, como si fuese la única cosa que pudiesen hacer en aquel momento, se pusieron a mirar al animal, que se había echado en la paja, suspirando, con el hocico sucio de su propia sangre.
El muchacho volvió al interior. Llenó un puchero y bebió, dejando que el agua le corriese por las comisuras de la boca, por el cuello, hasta el vello del pecho que se volvió más oscuro. Mientras bebía miraba fuera las dos manchas rojas sobre la paja. Después, con un movimiento de cansancio, volvió a salir de la casa, atravesó el olivar otra vez bajo el bochorno del sol. El polvo le quemaba los pies y él, sin darse cuenta, los encogía para huir del contacto escaldante. La misma cigarra rechinaba en tono más sordo. Después la ladera, la hierba con su olor a savia caliente, la frescura atontadora debajo de las ramas, el lodo que se insinúa entre los dedos de los pies e irrumpe por arriba.
El muchacho se quedó quieto, mirando el río. Sobre un afloramiento de limo, una rana, parda como la primera, con los ojos redondos bajo las arcadas salientes, parecía estar esperando. La piel blanca del buche palpitaba. La boca cerrada formaba un pliegue de escarnio. Pasó un tiempo y ni la rana ni el muchacho se movían. Entonces él, desviando con dificultad los ojos, como para huir de un maleficio, vio al otro lado del río, entre las ramas bajas de los salgueros, aparecer una vez más a la muchacha. Y nuevamente, silencioso e inesperado, pasó sobre el agua el relámpago azul.
El muchacho se quitó la camisa despacio. Despacio se acabó de desvestir, y sólo cuando ya no tenía ropa ninguna sobre el cuerpo, su desnudez, lentamente, se reveló. Así como si se estuviese curando una ceguera de sí misma. La muchacha miraba de lejos. Después, con los mismos gestos lentos, se liberó del vestido y de todo cuanto la cubría. Desnuda sobre el fondo verde de los árboles.
El muchacho miró una vez más el río. El silencio se asentaba sobre la líquida piel de aquel interminable cuerpo. Círculos que se alargaban y perdían en la superficie tranquila, mostraban el lugar donde por fin la rana se había sumergido. Entonces el muchacho se metió en el agua y nadó hacia la otra orilla, mientras el bulto blanco y desnudo de la muchacha se recogía hacia la penumbra de las ramas.

domingo, 10 de junio de 2012

el arca y el aparecido



Una hermosa mañana del mes de mayo de 182... entraba don Blas Bustos y Mosquera, escoltado por doce hombres a caballo, en el pueblo de Alcolote, a una legua de Granada. Cuando lo veían llegar, los vecinos entraban precipitadamente en las casas y cerraban las puertas a aquel terrible jefe de la policía de Granada. El cielo ha castigado su crueldad poniéndole en la cara la impronta de su alma. Es un hombre de seis pies de estatura, cetrino, de una flacura que asusta. No es más que jefe de la policía, pero hasta el obispo de Granada y el gobernador tiemblan ante él.
Durante aquella guerra sublime contra Napoleón que, en la posteridad, pondrá a los españoles del siglo XIX por delante de todos los demás pueblos de Europa y les asignará el segundo lugar después de los franceses, don Blas fue uno de los más famosos capitanes de guerrillas. El día que su gente no había matado por lo menos un francés, don Blas no dormía en una cama: era un voto.
Cuando volvió Fernando VII, lo mandaron a las galeras de Ceuta, donde pasó ocho años en la más horrible miseria. Lo acusaban de haber sido capuchino en su juventud y de haber colgado los hábitos. Después, no se sabe cómo, volvió a entrar en gracia. Ahora don Blas es célebre por su silencio: no habla jamás. En otro tiempo le habían valido una especie de fama de ingenioso los sarcasmos que dirigía a sus prisioneros de guerra antes de ahorcarlos: se repetían en todos los ejércitos españoles.
Don Blas avanzaba despacio por la calle de Alcolote, mirando a las casas de uno y otro lado con ojos de lince. Al pasar por una iglesia, tocaron a misa; más que apearse, se precipitó del caballo y corrió a arrodillarse junto al altar. Cuatro de sus guardias se arrodillaron en torno a su silla; lo miraron: en sus ojos ya no había devoción. Tenía su siniestra mirada clavada en un hombre de muy distinguida apostura que estaba rezando a unos pasos de él.
¡Cómo es esto -se decía don Blas-: un hombre que, según las apariencias, pertenece a las primeras clases de la sociedad y yo no lo conozco! ¡Éste no ha aparecido en Granada desde que yo estoy en ella! Se esconde.»
Don Blas se inclinó hacia uno de sus guardias y le dio orden de detener a aquel joven en cuanto saliera de la iglesia. Pronunciadas las íntimas palabras de la misma, se apresuró a salir él mismo y fue a instalarse en el comedor de la hostería de Alcolote. No tardó en aparecer, extrañado, aquel joven.
-¿Cómo se llama?
-Don Fernando de la Cueva.
El humor siniestro de don Blas se agravó más aún, porque, al verle de cerca, observó que don Fernando era guapísimo: rubio y, a pesar del mal paso en que se encontraba, con una expresión muy dulce. Don Blas miraba pensativo a aquel mozo.
-¿Que empleo tenía usted en tiempo de las Cortes?-dijo por fin.
-En 1823 estaba en el colegio de Sevilla; entonces tenía quince años, pues ahora no tengo más que diecinueve.
-¿De qué vive?
El joven pareció irritado por la grosería de la pregunta; se resignó y dijo:
-Mi padre, brigadier del ejército de don Carlos IV (Dios bendiga la memoria de este buen rey), me dejó una pequeña finca cerca de este pueblo; me renta doce mil reales (tres mil francos); la cultivo con mis propias manos con ayuda de tres criados, que seguramente le son muy leales.
Excelente núcleo de guerrilla -dijo don Blas con una sonrisa amarga-. ¡A la cárcel e incomunicado! -añadió al marcharse, dejando al preso en medio de su gente.
A los pocos momentos, don Blas estaba almorzando.
«Con seis meses de prisión -pensaba- me pagará esos lindos colores y ese aire de lozanía y de insolente satisfacción.»
El guardia que estaba de centinela a la puerta del comedor levantó vivamente la carabina. La apoyó contra el pecho de un anciano que intentaba entrar en el comedor detrás de un pinche de cocina que llevaba una fuente. Don Blas se precipitó hacia la puerta; detrás del anciano vio a una muchacha que le hizo olvidar a don Fernando.
-Es cruel no darme tiempo para comer -dijo al anciano.
Don Blas no podía dejar de mirar a la muchacha; veía en su frente y ojos esa expresión de inocencia y piedad celestial que resplandece en las bellas madonas de la escuela italiana. Don Blas no escuchaba al anciano ni seguía comiendo. Por fin salió de su abstracción; el anciano repetía por tercera o cuarta vez las razones por las cuales se debía poner en libertad a don Fernando de la Cueva, que era desde hacía tiempo el prometido de su hija Inés, allí presente, y se iban a casar el domingo próximo. En este momento, los ojos del terrible jefe de policía brillaron con un resplandor tan extraordinario, que asustaron a Inés y hasta a su padre.
-Nosotros hemos vivido siempre en el temor de Dios y somos cristianos viejos -continuó éste-; mi raza es antigua, pero soy pobre, y don Fernando es un buen partido para mi hija. Nunca ejercí cargo alguno en tiempo de los franceses, ni antes ni después.
Don Blas no salía de su hosco silencio.
-Pertenezco a la más antigua nobleza del reino de Granada -prosiguió el anciano-; y antes de la revolución -añadió suspirando- le habría cortado las orejas a un fraile insolente que no me contestara cuando yo le hablase.
Al anciano se le llenaron de lágrimas los ojos. La tímida Inés sacó del seno un pequeño rosario que había tocado el manto de la madona del pilar (sic), y sus bonitas manos apretaban la cruz con un movimiento convulsivo. El terrible don Blas clavó su mirada en aquellas manos. Luego se fijó en el busto, bien torneado, aunque un poco opulento, de la joven Inés.
«Sus facciones podrían ser más regulares -pensó-; pero esa gracia celestial no la he visto nunca más que en ella.»
-¿Y se llama usted don Jaime Artegui? -dijo al fin al anciano.
-Tal es mi nombre -contestó don Jaime, irguiendo más su apostura.
-¿De setenta años?
-De sesenta y nueve solamente.
-Usted es -dijo don Blas, serenándose visiblemente-; llevo mucho tiempo buscándolo. El rey nuestro señor se ha dignado concederle una pensión anual de cuatro mil reales (mil francos). Tengo en Granada dos años vencidos de esa real merced, que le entregaré mañana al mediodía. Le haré ver que mi padre era un rico labrador de Castilla la Vieja, cristiano viejo como usted, y que nunca fui fraile, de modo que el insulto que usted me ha dirigido cae en el vacío.
El viejo hidalgo no se atrevió a faltar a la cita. Era viudo y vivía sólo con su hija Inés. Antes de salir para Granada la llevó a casa del cura del pueblo y tomó sus disposiciones como si nunca más hubiera de volver a verla. Encontró a don Blas Bustos muy engalanado; llevaba un gran cordón sobre el uniforme. Don Jaime le encontró el aire atento de un viejo soldado que quiere hacerse el bondadoso y sonríe a cada paso y sin venir a cuento.
Si se hubiera atrevido, don Jaime habría rechazado los ocho mil reales que don Blas le entregó; no pudo negarse a comer con él. Después de la comida, el terrible jefe de policía le hizo leer sus títulos, su partida de bautismo y hasta un certificado de haber salido de galeras, lo que demostraba que no había sido nunca fraile.
Don Jaime seguía temiendo alguna jugarreta.
-De modo que tengo cuarenta y tres años -acabó por decirle don Blas- y un puesto honorable que me da cincuenta mil reales. Tengo una renta de mil onzas del Banco de Nápoles. Le pido en matrimonio a su hija doña Inés de Artegui.
Don Jaime palideció. Hubo un momento de silencio. Don Blas prosiguió:
-No le ocultaré que don Fernando de la Cueva está comprometido en un mal asunto. El ministro de la policía lo está buscando. Tiene pena de garrote (manera de estrangular empleada para los nobles) o, por lo menos, de galeras. Yo estuve en ellas ocho años y puedo asegurarle que es un mal hospedaje -diciendo estas palabras, se acercó al oído del anciano-. De aquí a quince días o tres semanas, recibiré probablemente del ministro la orden de trasladar a don Fernando de la cárcel de Alcolote a la de Granada. Esta orden se cumplirá esta noche muy tarde: si don Fernando aprovecha la noche para escaparse, yo cerraré los ojos en consideración a la amistad con que usted me honra. Que se vaya a pasar un año o dos a Mallorca, por ejemplo; nadie le dirá nada.
El viejo hidalgo no contestó una palabra. Estaba aterrado y a duras penas pudo volver a su pueblo. El dinero que había recibido lo horrorizaba. «¿De modo -se decía- que esto es el precio de la sangre de mi amigo don Fernando, del prometido de mi Inés?» Al llegar al presbiterio se arrojó en brazos de Inés.
-¡Hija mía -exclamó-, el fraile quiere casarse contigo!
Inés se secó pronto las lágrimas y pidió permiso para ir a consultar al cura, que estaba en la iglesia en su confesionario. El cura, a pesar de la insensibilidad de su edad y de su estado, lloró. El resultado de la consulta fue que no había más remedio que casarse con don Blas o huir por la noche. Doña Inés y su padre tenían que procurar llegar a Gibraltar y embarcarse para Inglaterra.
-¿Y de qué vamos a vivir?-dijo Inés.
-Podrían vender la casa y la huerta.
-¿Quién va a comprarlas? -repuso la muchacha, deshecha en lágrimas.
-Yo tengo algunas economías -dijo el cura- que puede que lleguen a cinco mil reales; te los doy, hija mía, y de muy buen grado, si crees que no puedes salvarte casándote con don Blas Bustos.
A los quince días todos los esbirros de Granada, en uniforme de gala, rodeaban la iglesia, tan sombría, de Santo Domingo. Apenas en pleno mediodía se ve para andar por ella. Pero aquel día no se atrevía a entrar nadie más que los invitados.
En una capilla lateral iluminada con centenares de velas cuya luz cortaba las sombras de la iglesia como un camino de fuego, se veía de lejos a un hombre arrodillado en las gradas del altar; su cabeza sobresalía de todos los que lo rodeaban. Aquella cabeza estaba inclinada en una postura piadosa; los flacos brazos, cruzados sobre el pecho. Pronto se incorporó y exhibió un uniforme constelado de condecoraciones. Daba la mano a una muchacha cuyo paso ligero y juvenil formaba un extraño contraste con su gravedad. Brillaban lágrimas en los ojos de la joven desposada; la expresión de su rostro y la dulzura angelical que conservaba a pesar de su pena impresionaron al pueblo cuando la joven subió a una carroza que esperaba a la puerta de la iglesia.
Hay que reconocer que don Blas fue menos feroz desde su boda; las ejecuciones menudearon menos. En vez de fusilar por la espalda a los condenados, no se hacía más que ahorcarlos. Muchas veces permitió a los condenados besar a sus familiares antes de ir a la muerte. Un día, dijo a su mujer, a la que amaba con furor:
-Tengo celos de Sancha.
Era hermana de leche y amiga de Inés. Había vivido en casa de don Jaime a título de doncella de su hija, y en calidad de tal la siguió al palacio donde Inés fue a vivir en Granada.
-Cuando yo me separo de ti, Inés -prosiguió don Blas-, tú te quedas hablando sola con Sancha. Es simpática, te hace reír, mientras que yo no soy más que un viejo soldado que tiene a su cargo funciones severas; reconozco que soy poco atractivo. Esa Sancha, con su cara alegre, debe de hacerme parecer a tus ojos más viejo de lo que soy. Toma, aquí tienes la llave de mi caja; dale todo el dinero que quieras, todo el que hay en la caja, si así te place, pero que se vaya, que yo no la vea más.
Por la noche, al volver don Blas de sus funciones, la primera persona que vio fue Sancha, ocupada en sus tareas corno de costumbre. Su primera reacción fue de ira; se acercó rápidamente a Sancha, y ésta levantó los ojos y lo miró de frente con esa mirada española mezcla tan singular de miedo, valor y odio. Al cabo de un momento, don Blas sonrió.
-Mi querida Sancha -le dijo-, ¿te ha dicho doña Inés que te doy diez mil reales?
-Yo no acepto regalos de mi ama -contestó Sancha, sosteniendo la mirada fija en él.
Don Blas entró en el aposento de su mujer.
-¿Cuántos presos hay en este momento en la cárcel de Torre Vieja? -le preguntó Inés.
-Treinta y dos en los calabozos, y creo que doscientos sesenta en les pisos superiores.
-Ponlos en libertad -dijo Inés-, y me separo de la única amiga que tengo en el mundo.
-Lo que me ordenas está fuera de mi poder -contestó don Blas.
No añadió una palabra en toda la noche. Inés, haciendo labor junto a la lámpara, lo veía enrojecer y palidecer alternativamente; dejó la labor y se puso a rezar el rosario. Al día siguiente, el mismo silencio. La noche del otro día se produjo un incendio en la cárcel de Torre Vieja. Murieron dos presos, pero, a pesar de toda la vigilancia del jefe de policía y sus guardianes, todos los demás lograron escaparse.
Inés no dijo una palabra a don Blas, ni él a ella. Al día siguiente, al volver a casa don Blas, ya no vio a Sancha. Se arrojó en brazos de Inés.
Habían pasado dieciocho meses desde el incendio de Torre Vieja, cuando un viajero cubierto de polvo se apeó de un caballo ante la peor posada del pueblo de La Zuia, situado en las montañas a legua y media de Granada, mientras que Alcolote está al norte.
Estos alrededores de Granada son como un oasis encantado en medio de las llanuras abrasadas de Andalucía. Es la comarca más bella de España. Pero ¿era sólo la curiosidad lo que guiaba al viajero? Por su atuendo, se le tomaría por un catalán. Su pasaporte, expedido en Mallorca, estaba, en efecto, visado en Barcelona, donde había desembarcado. El dueño de aquella mala posada era muy pobre. El viajero catalán, al entregarle su pasaporte, que llevaba el nombre de don Pablo Rodil, le miró.
-Sí, señor viajero -le dijo el hostelero-, si la policía de Granada pregunta por su señoría, le avisaré.
El viajero dijo que quería ver aquella tierra tan hermosa; salía una hora antes de amanecer y no volvía hasta mediodía, a pleno calor, cuando todos estaban comiendo o durmiendo la. siesta.
Don Fernando iba a pasar horas enteras en una colina cubierta de fresca hiedra. Desde allí veía el antiguo palacio de la inquisición de Granada, ahora habitado por don Blas y por Inés. No podía apartar los ojos de los ennegrecidos muros de aquel palacio, que se aliaba como un gigante en medio de las casas de la ciudad. Al salir de Mallorca, don Fernando se había prometido no entrar en Granada. Un día no pudo resistir un arrebato y fue a pasar por la estrecha calle sobre la que se levantaba la alta fachada del palacio de la inquisición. Entró en la tienda de un artesano y encontró un pretexto para detenerse en ella y hablar. El artesano le indicó las ventanas del aposento de doña Inés. Estaban en un segundo piso muy alto.
A la hora de la siesta, don Fernando volvió tomar el camino de La Zuia, con el corazón devorado por toda las furias de los celos. Hubiera querido apuñalar a Inés y luego matarse.
¡Carácter débil y cobarde! -se repetía con rabia-. ¡Es capaz de amarlo si se figura que tal es su deber!
A la vuelta de una calle encontró a Sancha.
-¡Ah, amiga mía! -exclamó, sin que pareciera que le hablaba-. Me llamo don Pablo Rodil y me hospedo en la Posada del Ángel, en La Zuia. ¿Podrás estar mañana en la iglesia parroquial a la hora del Ángelus, de la tarde?
-Estaré -dijo Sancha, sin mirarle.
A la noche siguiente, don Fernando vio a Sancha y siguió sin decir palabra hacia su hostería; Sancha entró sin que la vieran. Fernando cerró la puerta.
-¿Qué me dice? -preguntó Fernando con lágrimas en los ojos.
-Ya no sirvo en su casa. Hace dieciocho meses que me despidió sin motivo, sin explicación. La verdad, yo creo que ama a don Blas.
-¡Que ama a don Blas! -exclamó don Fernando, secándose las lágrimas-. ¡Sólo eso me faltaba!
-Cuando me despidió -continuó Sancha-, me arrojé a sus pies suplicándole que me dijera por qué me echaba. Me contestó fríamente: «Lo manda mi marido.» ¡Sin una palabra más! Ya la ha visto usted, tan piadosa; ahora se pasa la vida rezando.
Don Blas, para dar gusto al partido reinante, había conseguido que se cediera a unas religiosas clarisas la mitad del palacio de la inquisición, donde él vivía. Estas damas se habían establecido allí y habían terminado recientemente su iglesia. Doña Inés se pasaba la vida en ella. En cuanto don Blas salía de casa, se podía tener la seguridad de verla arrodillada ante el altar de la adoración perpetua.
-¡Que ama a don Blas! -repitió don Fernando.
-La víspera del día que me despidió -continuó Sancha-, doña Inés me hablaba...
-¿Está contenta? -interrumpió don Fernando.
-No, contenta no, pero sí de un humor igual y dulce, muy diferente de como usted la conoció; ya no tiene aquellos momentos de vivacidad y locura, como decía el cura.
-¡La infame! -exclamó don Fernando, paseándose por la estancia como un león enjaulado-. ¡Así cumple sus juramentos! ¡Así es como me amaba! Ni siquiera está triste, y yo...
-Como le iba diciendo a su señoría -prosiguió Sancha-, la víspera del día que me despidió, doña Inés me hablaba con cariño, con bondad, como antiguamente en Alcolote. Al día siguiente, un «lo manda mi marido» fue lo único que se le ocurrió decirme, entregándome un papel firmado por ella en que me señalaba una buena renta de ochocientos reales.
-¡Ah, dame ese papel! -dijo don Fernando.
Cubrió de besos la firma de Inés.
-¿Y hablaba de mí?
-Nunca; tanto es así, que una vez el viejo don Jaime le reprochó delante de mí haber olvidado a un vecino tan bueno. Doña Inés palideció y no contestó. Tan pronto como acompañó a su padre hasta la puerta, corrió a encerrarse en la capilla.
-Soy un necio, nada más -exclamó don Fernando-. ¡Cómo voy a odiarla! No hablemos más... Ha sido una suerte para mí entrar en Granada, y mil veces más suerte haberte encontrado... ¿Y tú qué haces?
-Puse una tienda en el pueblecito de Albaracen, a media legua de Granada. Tengo -añadió bajando la voz- unos géneros muy bonitos, cosas inglesas que me traen los contrabandistas de las Alpujarras. Tengo en mis baúles más de diez mil reales de mercancías catas. Estoy contenta.
-Ya entiendo -dijo don Fernando-: tienes un amante entre los valientes de los montes de las Alpujarras. Nunca más volveré a verte. Toma, llévate este reloj como recuerdo mío.
Sancha se iba. Fernando la retuvo.
-¿Y si me presentara ante ella? -dijo.
-Huiría de usted, así tuviera que tirarse por la ventana. Tenga cuidado -dijo Sancha, volviendo hacia don Fernando-; por muy disfrazada que fuera, le detendrían ocho o diez espías que rondan constantemente en torno a la casa.
Fernando, avergonzado de su flaqueza, no dijo una palabra más. Había decidido salir al día siguiente para Mallorca.
Al cabo de ocho días, pasó por casualidad por el pueblo de Albaracen. Los bandidos acababan de detener al capitán general O’Donnell y lo habían tenido una hora tendido boca abajo en el barro. Don Fernando vio a Sancha corriendo muy atareada.
-No tengo tiempo de hablar con su señoría -le dijo-; vaya a mi casa.
La tiendo de Sancha estaba cerrada; Sancha se apresuraba a meter sus géneros ingleses en una gran arca negra, de roble.
-Quizás nos ataquen aquí esta noche -dijo a don Fernando-. El jefe de esos bandidos es enemigo personal de un contrabandista amigo mío. Entrarían a saco en esta tienda antes que en ningún otro sitio. Vengo de Granada; doña Inés, que después de todo es muy buena, me ha dado permiso para dejar en su cuarto mis mejores mercancías. Don Blas no verá esta arca que está llena de contrabando, y si por desgracia la viera doña Inés encontraría una disculpa.
Se apresuró a colocar sus tules y chales. Don Fernando la miraba manipular. De pronto se precipitó hacia el arca, sacó los tules y chales y se metió él en su lugar.
-¿Se ha vuelto loco? -dijo Sancha, asustada.
-Toma, aquí tienes cincuenta onzas, pero que el cielo me mate si salgo de esta arca antes de estar en el palacio de la inquisición de Granada. Quiero verla.
Por más que Sancha pudiera decir, don Fernando no la escuchó.
Cuando ella estaba hablando todavía, entró Zanga, un mozo de cordel, primo de Sancha, que iba a llevar el arca en su mulo a Granada. Al ruido que hizo al entrar, don Fernando se había apresurado a bajar sobre él la tapa del arca. Por si acaso, Sancha la cerró con llave. Era más imprudente dejarla abierta. A eso de las once de la mañana de un día del mes de junio, don Fernando entró en Granada transportado en un arca; estaba a punto de asfixiarse. Llegaron al palacio de la inquisición. Mientras Zanga subía la escalera, don Fernando tenía la esperanza de que dejarían el arca en el segundo piso, y quizá en la habitación de Inés.
Cuando cerraron las puertas y ya no oyó ningún ruido, intentó, con ayuda de su puñal, abrir la cerradura del arca. Lo consiguió. Con indecible alegría se dio cuenta de que estaba, en efecto, en el dormitorio de Inés. Vio vestidos de mujer y reconoció junto a la cama un crucifijo que en otro tiempo estaba en su cuartito de Alcolote. Una vez, después de una violenta disputa, Inés lo llevó a su habitación y ante aquel crucifijo le juró amor eterno.
Hacía muchísimo calor y la habitación estaba muy oscura. Las persianas estaban cerradas, lo mismo que las grandes cortinas, de finísima muselina de las indias, drapeadas hasta el suelo.
Apenas alteraba el profundo silencio el rumor de un pequeño surtidor que, subiendo a unos cuantos pies en un rincón del aposento, volvía a caer en su concha de mármol negro.
El ruido tan leve de este pequeño surtidor hacía estremecer a don Fernando, que había dado en su vida veinte pruebas del más audaz arrojo. Estaba lejos de encontrar en el cuarto de Inés aquella felicidad perfecta que tantas veces había soñado en Mallorca pensando en los medios de llegar a aquella habitación. Desterrado, dolorido, separado de los suyos, un amor apasionado y que en la persistencia y la uniformidad de la desgracia había llegado casi a la locura, constituía todo el carácter de don Fernando.
En este momento, un único sentimiento lo embargaba: el miedo a hacer enfadar a aquella Inés, a la que él sabía tan casta y tímida. Si yo no creyera que el lector conoce algo la manera de ser, singular y apasionada, de la gente meridional, me daría vergüenza confesarlo: don Fernando estuvo a punto de desmayarse cuando, poco después de dar las dos en el reloj del convento, oyó en medio del profundo silencio unos pasos ligeros subiendo la escalera de mármol. En seguida se acercaron a la puerta. Don Fernando reconoció el andar de Inés y, no atreviéndose a afrontar el primer momento de indignación de una persona tan fiel a sus deberes, se escondió en el arca.
El calor era abrumador, profunda la oscuridad. Inés se acostó, y en seguida la tranquilidad de su respiración hizo comprender a don Fernando que estaba dormida. Sólo entonces se atrevió a acercarse a la cama. Y vio a aquella Inés que desde hacía tantos años era su único pensamiento. Sola, a su merced en la inocencia de su sueño, le dio miedo. Este singular sentimiento aumentó cuando se dio cuenta de que, en los dos años que él había pasado sin verla, su semblante había tomado una impronta de fría dignidad que él no le conocía.
Sin embargo, la felicidad de volver a verla penetró poco a poco en su alma; ¡formaba su relativa desnudez un contraste tan encantador con aquel aire de dignidad severa!
Comprendió que la primera idea de Inés al verlo sería huir. Fue a cerrar la puerta y retiró la llave.
Por fin llegó el momento que iba a decidir todo su porvenir. Inés hizo unos movimientos, estaba a punto de despertarse; Fernando tuvo la inspiración de ir a arrodillarse ante el crucifijo que ya en Alcolote estaba en el dormitorio de Inés. Cuando ésta abrió los ojos, todavía adormilados, pensó que Fernando acababa de morir lejos y que aquella imagen suya que veía ante el crucifijo era una visión. Permaneció inmóvil y erguida ante la cama y con las manos juntas.
-¡Pobre desdichado! -dijo con una voz trémula y casi inaudible.
Don Fernando, de rodillas aún y un poco en escorzo1 para mirarla, le señalaba el crucifijo; pero, en su turbación, hizo un movimiento. Inés, ya del todo despierta, comprendió la verdad y huyó hacia la puerta, encontrándola cerrada.
-¡Qué osadía! -exclamó-. ¡Salga de aquí, don Fernando!
Inés se retiró al rincón más lejano, hacia el pequeño surtidor.
-¡No se acerque, no se acerque! -repetía con voz convulsa-. ¡Salga de aquí!
En sus ojos brillaba el resplandor de la virtud más pura.
-No, no me marcharé antes de que me oigas. Han pasado dos años y no puedo olvidarte; noche y día tengo tu imagen ante los ojos. ¿No me juraste ante esta cruz que serías mía para siempre?
-¡Salga de aquí -le repetía ella con furia-, o llamo y nos degollarán a los dos!
Se dirigió hacia una campanilla, pero don Fernando se le adelantó y la estrechó en sus brazos. Don Fernando estaba temblando; Inés lo notó muy bien y perdió toda la fuerza que le daba la ira.
Don Fernando ya no se dejó dominar por los pensamientos de amor y voluptuosidad y se atuvo estrictamente a su deber.
Temblaba más que Inés, pues se daba cuenta de que acababa de obrar con ella como un enemigo; pero no encontró cólera ni arrebato.
-¿Es que quieres la muerte de mi alma inmortal? -le dijo Inés-. Por lo menos, cree una cosa: que te adoro y nunca amé a nadie más que a ti. Ni un solo minuto de la abominable vida que llevo desde mi boda he dejado de pensar en ti. Era un pecado espantoso; he hecho cuanto he podido por olvidarte, pero en vano. No te horrorices de mi impiedad, Fernando mío. ¿Lo creerás? Muchas veces, ese santo crucifijo que aquí ves, junto a mi cama, ya no me presenta la imagen del Salvador que ha de juzgarnos, sólo me recuerda los juramentos que te hice extendiendo la mano hacia él en mi cuartito de Alcolote. ¡Ah, estamos condenados, irremisiblemente condenados, Fernando! -exclamó arrebatada-; seamos al menos plenamente dichosos los pocos días que nos quedan de vida.
Este lenguaje quitó todo temor a don Fernando; comenzó para él la felicidad.
-¿Es que me perdonas? ¿Me amas todavía?...
Las horas volaban. Anochecía. Fernando le contó la inspiración súbita que le había venido aquella mañana al ver el arca. Los sacó de su embeleso un gran ruido que se produjo cerca de la puerta de la habitación. Era don Blas, que venía a buscar a su mujer para el paseo vespertino.
-Dile que te has puesto mala por el gran calor que hace -dijo don Fernando a Inés-. Voy a meterme en el arca. Aquí tienes la llave de la puerta; haz como que no puedes abrir, dale la vuelta al revés, hasta que oigas el ruido que hará la cerradura del arca al cerrarse.
Todo salió muy bien. Don Blas creyó en el malestar producido por el calor.
-¡Pobrecita! -exclamó, disculpándose por haberla despertado tan bruscamente.
La cogió en brazos y la llevó a la cama. Estaba abrumándola con tiernísimas caricias, cuando se fijó en el arca.
-¿Qué es eso? -preguntó, frunciendo el entrecejo.
Pareció despertarse de pronto toda su sagacidad de jefe de policía.
-¡Esto en mi casa! -repitió cinco o seis veces, mientras doña Inés le contaba los temores de Sancha y la historia del arca.
-Dame la llave -dijo don Blas con gesto duro.
-No quise recibirla -contestó Inés-: podría encontrarla uno de tus criados. A Sancha le gustó mucho que me negara a quedarme con la llave.
-¡Muy bien! -exclamó don Blas-; pero yo tengo en la caja de mis pistolas los medios necesarios para abrir todas las cerraduras del mundo.
Se dirigió a la cabecera de la cama, abrió una caja llena de armas y se acercó al arca con un paquete de ganzúas inglesas.
Inés abrió las persianas de una ventana y se inclinó hacia fuera como para poder arrojarse a la calle en el momento en que don Blas descubriera a Fernando. Pero el odio que Fernando tenía a don Blas le había devuelto toda su sangre fría, y se le ocurrió poner la punta de su puñal detrás del pestillo de la mala cerradura del arca; don Blas manipuló en vano con sus ganzúas inglesas.
-¡Qué raro! -dijo don Blas, incorporándose- estas ganzúas no me habían fallado nunca. Querida Inés, retrasaremos el paseo. Con la idea de esta arca, que quizá esté llena de papeles criminales, no estaría contento ni siquiera al lado tuyo. ¿Quién me dice que, en mi ausencia, el obispo, enemigo mío, no hará un registro en mi casa valiéndose de una orden arrancada con engaño al rey? Voy a ir a mi despacho y volveré en seguida con un cerrajero que lo hará mejor que yo.
Salió. Doña Inés dejó la ventana para cerrar la puerta. En vano le suplicó don Fernando que huyera con él.
-No conoces la vigilancia del terrible don Blas -le dijo-; en unos minutos puede ponerse en comunicación con sus agentes a varias leguas de Granada. ¡Ojalá pudiera yo huir contigo para ir a vivir en Inglaterra! Figúrate que esta casa tan grande es registrada cada día hasta en los menores rincones. Sin embargo, voy a intentar esconderte. Si me amas, sé prudente, pues yo no sobreviviría.
La conversación fue interrumpida por un gran golpe en la puerta; Fernando se puso detrás de ésta con el puñal en la mano. Afortunadamente, no era más que Sancha. Se lo contaron todo en dos palabras.
-Pero, señora, usted no piensa que al esconder a don Fernando, don Blas encontrará el arca vacía. ¿Qué podremos meter en ella en tan poco tiempo? Pero, en el apuro, se me olvidaba una buena noticia: toda la población está en vilo y don Blas muy ocupado. A don Pedro Ramos, el diputado a Cortes, lo insultó un voluntario realista en el café de la Plaza Mayor, y don Pedro acaba de matarlo a puñaladas. He visto ahora a don Blas rodeado de sus esbirros en la Puerta del Sol. Esconda a dan Fernando, voy a buscar por todas partes a Zanga para que venga a llevarse el arca con don Fernando dentro. Pero ¿nos dará tiempo? Lleven el arca a otra habitación, para tener una primera respuesta que dar a don Blas y que no lo mate de repente. Dígale que fui yo quien mandó trasladar el arca y quien la abrió. Sobre todo, no nos hagamos ilusiones: ¡si don Blas vuelve antes que yo, morimos todos!
Los consejos de Sancha no impresionaron mucho a los amantes; llevaron el arca a un pasadizo oscuro y se contaron la historia de sus vidas desde hacía dos años.
-No encontrarás reproches en tu amiga -decía Inés a don Fernando-; te obedeceré en todo: tengo el presentimiento de que nuestra vida no será larga. No sabes en qué poco tiene don Blas su vida y la ajena; descubrirá que te he visto y me matará ¿Qué encontraré en la otra vida? -continuó, después de un momento de abstracción-; ¡castigos eternos!
Y se arrojó al cuello de Fernando.
-Soy la más feliz de las mujeres -exclamó-. Si encuentras algún medio para vernos, házmelo saber por Sancha; tienes una esclava que se llama Inés.
Zanga no volvió hasta la noche; se llevó el arca, en la que se había vuelto a meter Fernando. Varias veces lo interrogaron las patrullas de esbirros, que buscaban por todas partes al diputado liberal sin encontrarlo; como Zanga les decía que el arca que llevaba pertenecía a don Blas, siempre lo dejaban pasar.
La última vez lo pararon en una calle solitaria que bordea el cementerio; lo separaba de éste, que está a doce o quince pies más abajo, un muro que, por el lado de la calle, permite apoyarse en él. Y en él apoyaba Zanga el arca mientras contestaba a los esbirros.
Como le habían hecho llevarse rápidamente el arca por miedo a que volviera don Blas, la había cargada de tal grado, que don Fernando iba cabeza abajo; esta posición le producía un dolor insoportable; esperaba llegar pronto, y cuando notó el arca inmóvil, perdió la paciencia; reinaba en la calle un gran silencio; don Fernando calculó que debían de ser lo menos las nueve de la noche. «Unos cuantos ducados -pensó- me asegurarán la discreción de Zanga». Vencido por el dolor, le dijo en voz muy baja:
-Da la vuelta al arca; así estoy sufriendo terriblemente.
El cargador, que, a tan avanzada hora, no estaba muy tranquilo contra la pared del cementerio, se asustó de aquella voz tan cerca de su oído; creyó estar oyendo a un aparecido y huyó a todo correr. El arca quedó en pie sobre el parapeto; el dolor de don Fernando iba en aumento. Al no recibir respuesta da Zanga, comprendió que lo había abandonado. Por mucho peligro que hubiera, decidió abrir el arca. Hizo un movimiento violento que lo precipitó al cementerio.
El choque de la caída lo aturdió y tardó unos momentos en recobrar el conocimiento; veía las estrellas brillar sobre su cabeza: al caer el arca se había abierto la cerradura, y él se encontró tendido en la tierra recién removida de una tumba. Pensó en el peligro que podía correr Inés y esto le devolvió toda su fuerza.
Le corría la sangre, estaba muy maltrecho, pero consiguió levantarse y después andar; le costó algún trabajo escalar el muro del cementerio y luego llegar a casa de Sancha. Esta, al verlo ensangrentado, creyó que don Blas lo había descubierto.
-Hay que reconocer -le dijo riendo, cuando se tranquilizó a este respecto -que nos has metido en un buen lío.
Convinieron en que había que aprovechar la noche a todo trance para llevarse el arca caída en el cementerio.
-Si mañana un espía de don Blas descubre esa maldita arca, muertas somos doña Inés y yo -dijo Sancha.
-Seguramente está manchada de sangre -observó don Fernando.
Zanga era el único hombre que podían utilizar. Hablando de él estaban, cuando llamó a la puerta de Sancha, que le causó gran asombro diciéndole:
-Ya sé lo que vienes a contarme. Abandonaste mi arca y se cayó al cementerio con todas mis mercancías de contrabando. ¡Qué pérdida para mí! Verás lo que va a ocurrir: don Blas te interrogará esta noche o mañana por la mañana.
-Ay de mí, estoy perdido! -exclamó Zanga.
-Estás salvado si contestas que al salir del palacio de la inquisición trajiste el arca a mi casa.
Zanga estaba muy disgustado por haber comprometido las mercancías de su prima, pero había tenido miedo del aparecido; ahora tenía miedo de don Blas y parecía incapaz de comprender las cosas más sencillas. Sancha le repetía con todo detalle sus instrucciones sobre lo que tenía que contestar al jefe de policía para no comprometer a nadie.
-Aquí tienes diez ducados para ti -le dijo don Fernando, apareciendo de repente-; pero, si no dices exactamente lo que te ha explicado Sancha, este puñal te matará.
-¿Y quien es vuestra merced, señor? -preguntó Zanga.
-Un desdichado «negro» perseguido por los voluntarios realistas.
Zanga estaba perplejo; su pavor llegó al extremo cuando vio entrar a dos de los esbirros de don Blas. Uno de ellos se apoderó de él y lo condujo ante su jefe. El otro venía simplemente a notificar a Sancha que tenía que comparecer en el palacio de la inquisición; su misión era menos severa.
Sancha bromeó con él y lo animó a probar un excelente vino Rancio (sic). Quería hacerle hablar para que diera algunas indicaciones a don Fernando, el cual podía oírlo todo desde el lugar donde estaba escondido. El esbirro contó que Zanga, huyendo del aparecido, había entrado pálido como la muerte en una taberna, donde contó su aventura. En aquella taberna se encontraba uno de los espías encargados de descubrir al «negro», o liberal, que había matado a un realista, y fue corriendo con su informe a don Blas.
-Pero nuestro jefe, que no es tonto -añadió el esbirro-, dijo en seguida que la voz que había oído Zanga era la del «negro» escondido en el cementerio. Me mandó a buscar el arca y la encontramos abierta y manchada de sangre. Don Blas pareció muy sorprendido y me ha mandado aquí. Vamos.
«Muertas somos Inés y yo -se decía Sancha, dirigiéndose con su esbirro al palacio de la Inquisición-. Don Blas habrá reconocido el arca; en este momento ya sabe que un extraño se introdujo en su casa.»
La noche era muy oscura. Por un momento, Sancha tuvo la idea de escapar. «Pero no -se dijo-, sería infame abandonar a doña Inés, que es tan inocente y en este momento no debe de saber qué contestar.»
Al llegar al palacio de la inquisición, le extrañó que la hicieran subir al segundo piso, al aposento mismo de Inés. El lugar de la escena le pareció de siniestro augurio. La habitación estaba muy iluminada.
Encontró a doña Inés sentada junto a una mesa, a don Blas de pie a su lado, echando chispas por los ojos, y, ante ellos, abierta, el arca fatal. Estaba toda manchada de sangre. En el momento en que entró Sancha, don Blas estaba interrogando a Zanga. Lo hicieron salir inmediatamente.
«¿Nos habrá traicionado? -se decía Sancha-. ¿Habrá entendido lo que le dije que contestara? La vida de doña Inés está en sus manos.»
Sancha miró a doña Inés para tranquilizarla; no vio en sus ojos más que serenidad y entereza. Sancha se quedó atónita. «¿De dónde saca tanto valor esta mujer tan apocada?» Desde las primeras palabras de su respuesta a las preguntas de don Blas, Sancha observó que este hombre, habitualmente tan dueño de sí mismo, estaba como loco. Pronto se dijo, hablándose a sí mismo:
-¡La cosa está clara!
Doña Inés debió de oír estas palabras, como las oyó Sancha, pues dijo con un tono muy natural:
-Con tantas velas encendidas, esto está como un horno.
Y se acercó a la ventana.
Sancha sabía cuál era su proyecto unas horas antes, y comprendió aquel movimiento. Fingió un violento ataque de nervios.
-Esos hombres quieren matarme -exclamó- porque salvé a don Pedro Ramos.
Y agarró fuertemente a Inés por la muñeca.
En medio del extravío de un ataque de nervios, las medias palabras de Sancha decían que, a poco de llevar Zanga a su casa el arca de los géneros, irrumpió en su cuarto un hombre todo ensangrentado y con un puñal en la mano. «Acabo de matar a un voluntario realista -había dicho- y los compañeros del muerto me están buscando. Si usted no me socorre, me matan ante sus propios ojos...».
-¡Ah, vean esta sangre en mi mano -exclamó Sancha, como enajenada-, quieren matarme!
-Siga -dijo don Blas fríamente.
-Don Ramos me dijo: «El prior del convento de los Jerónimos es tío mío; si puedo llegar a su convento, estoy salvado.» Yo temblaba de miedo; don Pedro vio el arca abierta, de donde yo acababa de sacar mis tules ingleses. De pronto va y arranca los paquetes que todavía quedaban en el arca, y se mete él dentro. «Cierre con llave sobre mí -exclamó- y que lleven el arca al convento de los Jerónimos sin perder momento.» Y me echó un puñado de ducados; aquí los tiene: es el precio de una impiedad, me horrorizan...
-¡Bueno, menos cuentos! -exclamó don Blas.
-Tenía miedo de que me matara si no obedecía -continuó Sancha-; tenía aún en la mano izquierda el puñal, lleno de la sangre del pobre voluntario realista. Tuve miedo, lo confieso; mandé a buscara Zanga, y éste cogió el arca y la llevó al convento. Yo tenía...
-Ni una palabra más o eres muerta -la interrumpió don Blas, a punto de adivinar que Sancha quería ganar tiempo.
A una señal de don Blas, salen en busca de Zanga. Sancha observa que don Blas, habitualmente impasible, está fuera de sí; tiene dudas sobre la persona a la que, desde hacía dos años, creía fiel. El calor parece agobiarle. Pero nada más ver a Zanga, conducido por el esbirro, se arroja sobre él y le aprieta furiosamente el brazo.
«Llegó el momento fatal -se dijo Sancha-. De este hombre depende la vida de doña Inés y la mía. Me es muy fiel, pero esta noche, asustado por el aparecido y por el puñal de don Fernando, ¡sabe Dios lo que va a decir!».
Zanga, violentamente sacudido por don Blas, lo miraba con ojos espantados y sin contestar.
«¡Dios mío! -pensó Sancha-, lo van a hacer prestar juramento de decir la verdad, y, como es tan devoto; no querrá mentir por nada del mundo.»
Por casualidad, don Blas, que estaba en su tribunal, olvidó hacer que el testigo prestara juramento. Por fin Zanga, estimulado por el gran peligro, por las miradas de Sancha y por su mismo miedo, se decidió a hablar. Fuera por prudencia o por verdadera turbación, su relato resultó muy embrollado. Dijo que, llamado por Sancha para cargar otra vez el arca que había traído poco antes del palacio de monseñor el jefe de policía, le había parecido mucho más pesada. Como no podía más, al pasar por el muro del cementerio la apoyó en el parapeto. Oyó muy cerca de su oído una voz quejumbrosa y echó a correr.
Don Blas lo asediaba a preguntas, pero parecía él mismo abrumado de cansancio. Ya muy avanzada la noche, suspendió el interrogatorio para reanudarlo a la mañana siguiente. Zanga no se había cortado todavía. Sancha pidió a Inés que le permitiera ocupar el gabinete contiguo a su dormitorio, donde antes pasaba la noche. Probablemente don Blas no oyó las pocas palabras que se dijeron a este respecto. Inés, que temblaba por don Fernando, fue a buscar a Sancha.
-Don Fernando está a salvo, pero -continuó Sancha- la vida de usted y la mía penden de un hilo. Don Blas sospecha. Mañana por la mañana va a amenazar en serio a Zanga y a hacerle hablar por medio del fraile que confiesa a ese hombre y que tiene mucho dominio sobre él. El cuento que yo he contado no servía mas que para salir del paso en el primer momento.
-Bueno, pues, huye, querida Sancha -repuso Inés, con su dulzura acostumbrada y como si no la preocupara en absoluto la suerte que a ella misma la esperaba a las pocas horas-. Déjame morir sola. Moriré dichosa: tengo conmigo la imagen de don Fernando. La vida no es demasiado para pagar la felicidad de haber vuelto a verlo al cabo de dos años. Te ordeno que me dejes ahora mismo. Vas a bajar al patio grande y a esconderte junto a la puerta. Espero que podrás salvarte. Sólo te pido una cosa: entrega esta cruz de diamantes a don Fernando y dile que muero bendiciendo la idea que tuvo de volver de Mallorca.
Al apuntar el alba y oír el toque del Ángelus, doña Inés despenó a su marido para decirle que iba a oír la primera misa del convento de las Clarisas. Aunque este convento estaba en la casa, don Blas, sin contestarle una palabra, hizo que la acompañaran cuatro de sus criados.
Al llegar a la iglesia, Inés se arrodilló junto a la teja de las religiosas. Pasado un momento, los guardianes que don Blas había puesto a su mujer vieron abrirse la reja. Doña Inés entró en la clausura. Declaró que, en un voto secreto, se había hecho monja y no saldría jamás del convento. Don Blas acudió a reclamar a su mujer, pero la abadesa había mandado aviso al obispo. El prelado contestó en tono paternal a los arrebatos de don Blas.
-Desde luego, la ilustrísima doña Inés Bustos y Mosquera no tiene derecho a consagrarse al Señor si es esposa legítima de usted; pero doña Inés teme que en su casamiento hubo ciertas causas de nulidad.
A los pocos días, doña Inés, que estaba en pleito con su marido, apareció en su cama acribillada a puñaladas. Y, como consecuencia de una conspiración descubierta por don Blas, el hermano de Inés y don Fernando acaban de ser decapitados en la plaza de Granada.


domingo, 3 de junio de 2012

Bienvenido Bob






 Es seguro que cada día estará más viejo, más lejos del tiempo en que se llamaba Bob, del pelo rubio colgando en la sien, la sonrisa y los lustrosos ojos de cuando entraba silenciosamente en la sala, murmurando un saludo o moviendo un poco la mano cerca de la oreja, e iba a sentarse bajo la lámpara, cerca del piano, con un libro o simplemente quieto y aparte, abstraído, mirándonos durante una hora sin un gesto en la cara, moviendo de vez en cuando los dedos para manejar el cigarrillo y limpiar de cenizas la solapa de sus trajes claros.Igualmente lejos -ahora que se llama Roberto y se emborracha con cualquier cosa, protegiéndose la boca con la mano sucia cuando toso- del Bob que tomaba cerveza, dos vasos solamente en la más larga de las noches, con una pila de monedas de diez sobre su mesa de la cantina del club, para gastar en la máquina de discos. Casi siempre solo, escuchando jazz, la cara soñolienta, dichosa y pálida, moviendo apenas la cabeza para saludarme cuando yo pasaba, siguiéndome con los ojos tanto tiempo como yo me quedara, tanto tiempo como me fuera posible soportar su mirada azul detenida incansablemente en mí, manteniendo sin esfuerzo el intenso desprecio y la burla más suave. También con algún otro muchacho, los sábados, alguno tan rabiosamente joven como él, con quien conversaba de solos, trompas y coros y de la infinita ciudad que Bob construiría sobre la costa cuando fuera arquitecto. Se interrumpía al verme pasar para hacerme el breve saludo y no sacar los ojos de mi cara, resbalando palabras apagadas y sonrisas por una punta de la boca hacia el compañero que terminaba siempre por mirarme y duplicar en silencio el silencio y la burla.
A veces me sentía fuerte y trataba de mirarlo: apoyaba la cara en una mano y fumaba encima de mi copa mirándolo sin pestañear, sin apartar la atención de mi rostro que debía sostenerse frío, un poco melancólico. En aquel tiempo Bob era muy parecido a Inés; podía ver algo de ella en su cara a través del salón del club, y acaso alguna noche lo haya mirado como la miraba a ella. Pero casi siempre prefería olvidar los ojos de Bob y me sentaba de espaldas a él y miraba las bocas de los que hablaban en mi mesa, a veces callado y triste para que él supiera que había en mí algo más que aquello por lo que había juzgado, algo próximo a él; a veces me ayudaba con unas copas y pensaba "querido Bob, andá a contárselo a tu hermanita", mientas acariciaba las manos de las muchachas que estaban sentadas a mi mesa o estiraba una teoría sobre cualquier cosa, para que ellas rieran y Bob lo oyera.
Pero ni la actitud ni la mirada de Bob mostraban ninguna alteración en aquel tiempo, hiciera yo lo que hiciera. Sólo recuerdo esto como prueba de que él anotaba mis comedias en la cantina. Tenía un impermeable cerrado hasta el cuello, las manos en los bolsillos. Me saludó moviendo la cabeza, miró alrededor enseguida y avanzó en la habitación como si me hubiera suprimido con la rápida cabezada: lo vi moverse dando vueltas a la mesa, sobre la alfombra, andando sobre ella con sus amarillentos zapatos de goma. Tocó una flor con un dedo, se sentó en el borde de la mesa y se puso a fumar mirando el florero, el sereno perfil puesto hacia mí, un poco inclinado, flojo y pensativo. Imprudentemente -yo estaba de pie recostado contra el piano- empuje con mi mano izquierda una tecla grave y quedé ya obligado a repetir el sonido cada tres segundos, mirándolo.
Yo no tenía por él más que odio y un vergonzante respeto, y seguí hundiendo la tecla, clavándola con una cobarde ferocidad en el silencio de la casa, hasta que repentinamente quedé situado afuera, observando la escena como si estuviera en lo alto de la escalera o en la puerta, viéndolo y sintiéndolo a él, Bob, silencioso y ausente junto al hilo de humo de su cigarrillo que subía temblando; sintiéndome a mí, alto y rígido, un poco patético, un poco ridículo en la penumbra, golpeando cada tres exactos segundos la tecla grave con mi índice. Pensé entonces que no estaba haciendo sonar el piano por una incomprensible bravata, sino que lo estaba llamando; que la profunda nota que tenazmente hacía renacer mi dedo en el borde de cada última vibración era, al fin encontrada, la única palabra pordiosera con que podía pedir tolerancia y comprensión a su juventud implacable. Él continuó inmóvil hasta que Inés golpeó la puerta del dormitorio antes de bajar a juntarse conmigo. Entonces Bob se enderezó y vino caminando con pereza hasta el otro extremo del piano, apoyó un codo, me miró un momento y después dijo con una hermosa sonrisa: "¿Esta noche es una noche de lecho o de whisky? ¿Ímpetu de salvación o salto en el vacío?".
No podía contestarle nada, no podía deshacerle la cara de un golpe; dejé de tocar y fui retirando lentamente la mano del piano. Inés estaba en la mitad de la escalera cundo él me dijo: "Bueno, puede ser que usted improvise".
El duelo duró tres o cuatro meses, y yo no podía dejar de ir por las noches al club -recuerdo, de paso, que había campeonato de tenis por aquel tiempo- porque cuando me estaba por algún tiempo sin aparecer por allí, Bob saludaba mi regreso aumentando el desdén y la ironía en sus ojos y se acomodaba en el asiento con una mueca feliz.
Cuando llegó el momento de que yo no pudiera desear otra solución que casarme con Inés cuanto antes, Bob y su táctica cambiaron. No sé cómo supo mi necesidad de casarme con su hermana y de cómo yo había abrazado esa necesidad con todas las fuerzas que me quedaban. Mi amor por aquella necesidad había suprimido el pasado y toda atadura con el presente. No reparaba entonces en Bob; pero poco tiempo después hube de recordar cómo había cambiado en aquella época y alguna vez quedé inmóvil, de pie en la esquina, insultándolo entre dientes, comprendiendo que entonces su cara había dejado de ser burlona y me enfrentaba con seriedad y un intenso cálculo, como se mira un peligro o una tarea compleja, como se trata de valorar el obstáculo y medirlo con las fuerzas de uno. Pero yo no le daba ya importancia y hasta llegué a pensar que en su cara inmóvil y fija estaba naciendo la comprensión por lo fundamental mío, por un viejo pasado de limpieza que la adorada necesidad de casarme con Inés extraía de debajo de los años y sucesos para acercarme a él.
Después vi que estaba esperando la noche; pero lo vi recién cuando aquella noche llegó Bob y vino a sentarse a la mesa donde yo estaba solo y despidió al mozo con una seña. Esperé un rato mirándolo, era tan parecido a ella cuando movía las cejas; y la punta de la nariz, como a Inés, se le aplastaba un poco cuando conversaba. "Usted no va a casarse con Inés", dijo después. Lo miré, sonreí, dejé de mirarlo. "No, no se va a casar con ella porque una cosa así se puede evitar si hay alguien de veras resuelto a que se haga". Volví a sonreírme. "Hace unos años -le dije- eso me hubiera dado muchas ganas de casarme con Inés. Ahora no agrega ni saca. Pero puedo oírlo, si quiere explicarme...". Enderezó la cabeza y continuó mirándome en silencio; acaso tuviera prontas las frases y esperaba a que yo completara la mía para decirlas. "Si quiere explicarme por qué no quiere que yo me case con ella", pregunté lentamente y me recosté en la pared. Vi enseguida que yo no había sospechado nunca cuánto y con cuanta resolución me odiaba; tenía la cara pálida, con una sonrisa sujeta y apretada con los labios y dientes. "Habría que dividirlo por capítulos -dijo-, no terminaría en la noche".
"Pero se puede decir en dos o tres palabras. Usted no se va a casar con ella porque usted es viejo y ella es joven. No sé si usted tiene treinta o cuarenta años, no importa. Pero usted es un hombre hecho, es decir deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios". Chupó el cigarrillo apagado, miró hacia la calle y volvió a mirarme; mi cabeza estaba apoyada contra la pared y seguía esperando. "Claro que usted tiene motivos para creer en lo extraordinario suyo. Creer que ha salvado muchas cosas del naufragio. Pero no es cierto". Me puse a fumar de perfil a él; me molestaba, pero no le creía; me provocaba un tibio odio, pero yo estaba seguro de que nada me haría dudar de mí mismo después de haber conocido la necesidad de casarme con Inés. No; estábamos en la misma mesa y yo era tan limpio y tan joven como él. "Usted puede equivocarse -le dije-. Si usted quiere nombrar algo de lo que hay deshecho en mí...". "No, no -dijo rápidamente-, no soy tan niño. No entro en ese juego. Usted es egoísta; es sensual de una sucia manera. Está atado a cosas miserables y son las cosas las que lo arrastran. No va a ninguna parte, no lo desea realmente. Es eso, nada más; usted es viejo y ella es joven. Ni siquiera debo pensar en ella frente a usted. Y usted pretende...". Tampoco entonces podía yo romperle la cara, así que resolví prescindir de él, fui al aparato de música, marqué cualquier cosa y puse una moneda. Volví despacio al asiento y escuché. La música era poco fuerte; alguien cantaba dulcemente en el interior de grandes pausas. A mi lado Bob estaba diciendo que ni siquiera él, alguien como él, era digno de mirar a Inés a los ojos. Pobre chico, pensé con admiración. Estuvo diciendo que en aquello que él llama vejez, lo más repugnante, lo que determinaba la descomposición era pensar por conceptos, englobar a las mujeres en la palabra mujer, empujarlas sin cuidado para que pudieran amoldarse al concepto hecho por una pobre experiencia. Pero -decía también- tampoco la palabra experiencia era exacta. No había ya experiencias, nada más que costumbre y repeticiones, nombres marchitos para ir poniendo a las cosas y un poco crearlas. Más o menos eso estuvo diciendo. Y yo pensaba suavemente si él caería muerto o encontraría la manera de matarme, allí mismo y enseguida, si yo le contara las imágenes que removía en mí al decir que ni siquiera él merecía tocar a Inés con la punta de un dedo, el pobre chico, o besar el extremo de sus vestidos, la huella de sus pasos o cosas así. Después de una pausa -la música había terminado y el aparato apagó las luces aumentando el silencio-, Bob dijo "nada más", y se fue con el andar de siempre, seguro, ni rápido ni lento.
Si aquella noche el rostro de Inés se me mostró en las facciones de Bob, si en algún momento el fraternal parecido pudo aprovechar la trampa de un gesto para darme a Inés por Bob, fue aquella, entonces, la última vez que vi a la muchacha. Es cierto que volví a estar con ella dos noches después en la entrevista habitual, y un mediodía en un encuentro impuesto por mi desesperación, inútil, sabiendo de antemano que todo recurso de palabra y presencia sería inútil, que todos mis machacantes ruegos morirían de manera asombrosa, como si no hubieran sido nunca, disueltos en el enorme aire azul de la plaza, bajo el follaje de verde apacible en mitad de la buena estación.
Las pequeñas y rápidas partes del rostro de Inés que me había mostrado aquella noche Bob, aunque dirigidas contra mí, unidas a la agresión, participaban del entusiasmo y el candor de la muchacha. Pero cómo hablar a Inés, cómo tocarla, convencerla a través de la repentina mujer apática de las dos últimas entrevistas. Cómo reconocerla o siquiera evocarla mirando a la mujer de largo cuerpo rígido en el sillón de su casa y en el banco de la plaza, de una igual rigidez resuelta y mantenida en las dos distintas horas y los dos parajes; la mujer de cuello tenso, los ojos hacia delante, la boca muerta, las manos plantadas en el regazo. Yo la miraba y era "no", sabía que era "no" todo el aire que la estaba rodeando.
Nunca supe cuál fue la anécdota elegida por Bob para aquello; en todo caso, estoy seguro de que no mintió, de que entonces nada -ni Inés- podía hacerlo mentir. No vi más a Inés ni tampoco a su forma vacía y endurecida; supe que se casó y que no vive ya en Buenos Aires. Por entonces, en medio del odio y del sufrimiento me gustaba imaginar a Bob imaginando mis hechos y eligiendo la cosa justa o el conjunto de cosas que fue capaz de matarme en Inés y matarla a ella para mí.
Ahora hace cerca de un año que veo a Bob casi diariamente, en el mismo café, rodeado de la misma gente. Cuando nos presentaron -hoy se llama Roberto- comprendí que el pasado no tiene tiempo y el ayer se junta allí con la fecha de diez años atrás. Algún gastado rastro de Inés había aún en su cara, y un movimiento de la boca de Bob alcanzó para que yo volviera a ver el alargado cuerpo de la muchacha, sus calmosos y desenvueltos pasos, y para que los mismos inalterados ojos azules volvieran a mirarme bajo un flojo peinado que cruzaba y sujetaba una cinta roja. Ausente y perdida para siempre, podía conservarse viviente e intacta, definitivamente inconfundible, idéntica a lo esencial suyo. Pero era trabajoso escarbar en la cara, las palabras y los gestos de Roberto para encontrar a Bob y poder odiarlo. La tarde del primer encuentro esperé durante horas a que se quedara solo o saliera para hablarle y golpearlo. Quieto y silencioso, espiando a veces su cara o evocando a Inés en las ventanas brillantes del café, compuse mañosamente las frases del insulto y encontré el paciente tono con que iba a decírselas, elegí el sitio de su cuerpo donde dar el primer golpe. Pero se fue al anochecer acompañado por tres amigos, y resolví esperar, como había esperado él años atrás, la noche propicia en que estuviera solo.
Cuando volví a verlo, cuando iniciamos esta segunda amistad que espero no terminará ya nunca, dejé de pensar en toda forma de ataque. Quedó resuelto que no le hablaría jamás de Inés ni del pasado y que, en silencio, yo mantendría todo aquello viviente dentro de mí. Nada más que esto hago, casi todas las tardes, frente a Roberto y las caras familiares del café. Mi odio se conservará cálido y nuevo mientras pueda seguir viviendo y escuchando a Roberto; nadie sabe de mi venganza, pero la vivo, gozosa y enfurecida, un día y otro. Hablo con él, sonrío, fumo, tomo café. Todo el tiempo pensando en Bob, en su pureza, su fe, en la audacia de sus pasados sueños. Pensando en el Bob que amaba la música, en el Bob que planeaba ennoblecer la vida de los hombres construyendo una ciudad de enceguecedora belleza para cinco millones de habitantes, a lo largo de la costa del río; el Bob que no podía mentir nunca; el Bob que proclamaba la lucha de los jóvenes contra los viejos, el Bob dueño del futuro y del mundo. Pensando minucioso y plácido en todo eso frente al hombre de dedos sucios de tabaco llamado Roberto, que lleva una vida grotesca, trabajando en cualquier hedionda oficina, casado con una mujer a quien nombra "mi señora"; el hombre que se pasa estos largos domingos hundido en el asiento del café, examinando diarios y jugando a las carreras por teléfono.
Nadie amó a mujer alguna con la fuerza con que yo amo su ruindad, su definitiva manera de estar hundido en la sucia vida de los hombres. Nadie se arrobó de amor como yo lo hago ante sus fugaces sobresaltos, los proyectos sin convicción que un destruido y lejano Bob le dicta algunas veces y que sólo sirven para que mida con exactitud hasta donde está emporcado para siempre.
No sé si nunca en el pasado he dado la bienvenida a Inés con tanta alegría y amor como diariamente le doy la bienvenida a Bob al tenebroso y maloliente mundo de los adultos. Es todavía un recién llegado y de vez en cuando sufre sus crisis de nostalgia. Lo he visto lloroso y borracho, insultándose y jurando el inminente regreso a los días de Bob. Puedo asegurar que entonces mi corazón desborda de amor y se hace sensible y cariñoso como el de una madre. En el fondo sé que no se irá nunca porque no tiene sitio donde ir; pero me hago delicado y paciente y trato de conformarlo. Como ese puñado de tierra natal, o esas fotografías de calles y monumentos, o las canciones que gustan traer consigo los inmigrantes, voy construyendo para él planes, creencias y mañanas distintos que tienen luz y el sabor del país de juventud de donde él llegó hace un tiempo. Y él acepta; protesta siempre para que yo redoble mis promesas, pero termina por decir que sí, acaba por muequear una sonrisa creyendo que algún día habrá de regresar al mundo de las horas de Bob y queda en paz en medio de sus treinta años, moviéndose sin disgusto ni tropiezo entre los cadáveres pavorosos de las antiguas ambiciones, las formas repulsivas de los sueños que se fueron gastando bajo la presión distraída y constante de tantos miles de pies inevitables.