jueves, 11 de noviembre de 2010

le dome





A la sospecha de imperfección universal contribuye

este recuerdo que me legas, una cara entre espejos

y platillos sucios.

A la certidumbre de que el sol está envenenado,

de que en cada grano de trigo se agita el arma

de la ruina, aboga la torpeza de nuestra última hora

que debió transcurrir en claro, en un silencio

donde lo que quedaba por decir se dijera sin menguas.

Pero no fue así, y nos separamos

verdaderamente como lo merecíamos,

en un café mugriento,

rodeados de larvas y colillas,

mezclando pobres besos con la resaca de la noche.



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