lunes, 5 de julio de 2010

fragmentos



No te gustaría probar toda clases de vidas; una es demasiado poco, pero ahí está la satisfacción de escribir: uno puede ser un montón de gente.

"Would you not like to try all sorts of lives -one is so very small- but that is the satisfaction of writing -one can impersonate so many people."
(1906)

***

Debemos deshacernos de la idea del cuco; y luego, luego viene la oportunidad de la felicidad y la libertad.

We must get rid of that bogey -and then, then comes the opportunity of happiness and freedom.
Mansfield se refería al amor, y tras casarse con John Middleton Murry comenzó a llamarlo Bogey, that bogey of love.

(1908)

***

Ayer le dije a la pobre L.M*. que después de que muriera, para probar que no existía la inmortalidad, le enviaría un gusano de seda en la caja de fósforos. Se quedó seria y perpleja.
*Ida Baker.

(noviembre de 1920)

***

La cantidad de delicado y minúsculo gozo que me produce observar a la gente y las cosas, cuando estoy sola, es simplemente enorme... en realidad sólo disfruto de unas "diversión perfecta" cuando estoy sola. Y lo mismo ocurre con lo que siento con respecto a lo que llaman "naturaleza". Otra gente no se detiene a mirar las cosas que yo quiero mirar, o, si lo hacen, se detienen para complacerme o para no irritarme o para mantener la paz. Pero estoy hecha de tal modo que en cuanto estoy con alguien, empiezo a considerar sus deseos y opiniones, que no valen ni la mitad de los míos.
(mayo de 1915)

***

Cuando paso ante una tienda de manzanas, no puedo evitar detenerme y mirar y mirar hasta que siento que yo misma me estoy convirtiendo en manzana, y que en cualquier momento soy capaz de producir una manzana, milagrosamente, de mi propio ser, como el mago que hace aparecer un huevo...
Esta mención de Mansfield a "convertirse en lo que está viendo" está ligada, de alguna manera, curiosa, a la famosa Metamorfosis de Kafka. Recordemos que ambos escritores eran contemporáneos: Kafka nace en 1883, Manfield en 1888; Kafka publica La Metamorfosis en 1915, Mansfield habla de la metamorfosis en 1917; Mansfield muere de tuberculosis en 1923 y Kafka muere de la misma enfermedad en 1924.

(octubre de 1917)

***

Es una molestia infernal amar la vida como la amo. Parece que la amo más en vez de amarla menos a medida que pasa el tiempo. Nunca se convierte para mí en un hábito... siempre me maravilla. Espero ser capaz de permanecer en ella el tiempo suficiente como para escribir algo verdaderamente bueno.
(mayo de 1921)

***

El arte no implica el esfuerzo del artista por reconciliar la existencia con su visión, sino un intento de crear su propio mundo en este mundo. Lo que da tema al artista es la desemejanza con aquello que aceptamos como realidad.
(noviembre de1921)

***

Y sí, eso es lo que traté de expresar en Fiesta en el jardín. La diversidad de la vida y cómo tratamos de encajar en todo, incluida la Muerte. Eso resulta un enigma para una persona de la edad de Laura. Ella siente que las cosas deberían ocurrir de otra manera. Primero una y después otra, Laura dice: "Pero todas estas cosas no deben ocurrir al mismo tiempo". Y la Vida le responde: "¿Por qué no? ¿De qué manera están separadas entre sí?". Y todas ellas ocurren, es inevitable. Y a mí me parece que hay belleza en esa inevitabilidad.
(marzo de 1922)


fiesta en el jardin



Y, después de todo, el tiempo era ideal. Si lo hubieran hecho de encargo no habría resultado un día más perfecto para la fiesta en el jardín. Sin viento, cálido, el cielo sin una nube. Como ocurre a veces al principio del verano, una neblina de oro pálido velaba, apenas, el azul. El jardinero estaba en pie desde el alba, segando el prado y barriéndolo, hasta que el césped y los rosetones chatos y oscuros donde habían estado las margaritas parecieron brillar. En cuanto a las rosas, no se podía negar que habían comprendido que las rosas son las únicas flores que impresionan a la gente en una fiesta en el jardín, las únicas flores que a todos interesan. Cientos, sí, literalmente cientos habían abierto en la noche; las zarzas verdes estaban inclinadas como si los arcángeles las hubieran visitado.
No había concluido el almuerzo cuando vinieron los hombres a levantar la carpa.
-¿Mamá, dónde quieres poner la carpa?
-Mi hija querida, es inútil preguntármelo. He resuelto que este año las niñas se encarguen de todo. Olviden que soy la madre. Trátenme como a un invitado de honor.
Pero Meg no podía vigilar a los hombres. Antes de almorzar se había lavado la cabeza, y estaba sentada tomando café; llevaba un turbante verde, con un oscuro rizo húmedo pegado en cada mejilla. Josefinafina, la mariposa, acostumbraba a bajar con sólo un viso verde y encima su kimono.
-Tú tendrás que ir, Laura; tú que eres artística.
Allá fue Laura, con su pedazo de pan y mantequilla en la mano. Es tan delicioso encontrar una excusa para comer fuera, y, además, adoraba arreglar cosas; encontraba que podía hacerlas tanto mejor que cualquier otro.
Cuatro hombres en mangas de camisa estaban juntos en un camino del jardín. Llevaban estacas cubiertas con rollos de tela, y grandes cajas de herramientas a la espalda. Eran impresionantes. Laura hubiera querido no tener ese pedazo de pan y mantequilla en la mano, pero ni había donde ponerlo, ni se lo podía tragar entero. Enrojeció y trató de parecer muy seria y hasta un poco corta de vista cuando se acercó a ellos.
-Buenos días -dijo, imitando la voz de su madre.
Pero resultó tan horriblemente afectado que se avergonzó, y tartamudeó como una niñita.
-¡Oh, ustedes vienen...! ¿es por la carpa?
-Así es, señorita -replicó el más alto de todos, un tipo flaco y pecoso, cambiando de lado su caja de herramientas, echando atrás su sombrero de paja y sonriéndole-. Es para eso.
Su sonrisa era tan espontánea, tan amistosa, que Laura se repuso. ¡Qué lindos ojos tenía! ¡Pequeños, pero de un azul tan oscuro! Miró a los demás que también sonreían. Parecían decirle: "¡Ánimo, no te vamos a comer!" ¡Qué obreros tan simpáticos! ¡Y qué hermosa mañana! Pero no tenía que mencionar la mañana; debía ser una persona de negocios: la carpa.
-Bueno, ¿qué les parece aquel macizo de lilas? ¿Servirá?
Y señalaba el macizo de lilas con la mano que no tenía el pan y mantequilla. Se volvieron, y miraron. Uno de ellos, bajo y gordo, apretó el labio inferior; el más alto frunció el ceño.
-No me gusta -dijo-. No es bastante importante. Sabe, tratándose de una carpa -y se volvió hacia Laura-, hay que ponerla en un lugar donde dé un golpe en el ojo, como quien dice.
Laura se quedó pensando si no era una falta de respeto que un trabajador hablara de dar un golpe en el ojo. Pero entendió muy bien.
-Una esquina de la cancha de tenis -sugirió-. Pero la orquesta estará en otra esquina.
-Hum, ¿van a tener una orquesta? -preguntó otro de los obreros. Era uno pálido. Tenía una mirada feroz, mientras sus ojos oscuros medían la cancha de tenis. ¿Qué pensaría?
-Sólo una pequeña orquesta -dijo Laura con dulzura.
Si la orquesta era pequeña, quizá no le parecería mal. Pero el hombre alto la interrumpió.
-Mire, señorita, ése es el lugar. Junto a aquellos árboles. Allá arriba. Ahí estará bien.
Junto a los karakas. Así los karakas quedarían escondidos. Y eran tan hermosos, con sus anchas hojas centelleantes, y sus racimos amarillos. Eran como árboles de una isla desierta, orgullosos, solitarios, elevando sus hojas y frutos al sol en una especie de silencioso esplendor. ¿Debía esconderlos la carpa?
Y los escondería. Ya los hombres habían cargado las estacas y estaban arreglando el sitio. Sólo el alto quedó atrás. Se inclinó, apretó una varita de alhucema, se llevó el pulgar y el índice a la nariz y aspiró el perfume. Cuando Laura vio el gesto olvidó los karakas, en su asombro de que al hombre le gustara una cosa así, le gustara el perfume de la alhucema. ¿Cuántos hombres de los que ella conocía hubieran hecho tal cosa? ¡Oh, qué simpáticos son los obreros! ¿Por qué no podía tener amigos obreros en vez de los muchachos tontos con quienes bailaba y que venían a cenar los domingos? Se entendería mucho mejor con hombres así.
Tienen la culpa -decidió, en el momento en que el hombre alto dibujaba algo en el dorso de un sobre, algo que debía ser izado o quedar colgado- estas absurdas distinciones de clase. Bueno, por su parte, ella no las sentía. En lo más mínimo, ni un átomo... Y ahora viene el tac-tac de los martillos. Uno de los hombres silbaba, otro cantaba: "¿Estás bien ahí, camarada?" "¡Camarada!" El compañerismo, el... el... Para probar qué contenta estaba y mostrar al hombre alto qué cómoda se sentía, y cuánto despreciaba las convenciones estúpidas, Laura dio un gran mordisco a su pan y mantequilla, mientras observaba el dibujito. Se sentía como una pequeña obrera.
-¡Laura, Laura! ¿Dónde estás? ¡El teléfono, Laura! -gritó una voz desde la casa.
-¡Ya voy! -Y salió corriendo, por el césped, por el sendero, subió los escalones, cruzó la terraza y llegó al pórtico. En el pasillo, su padre y Lorenzo estaban cepillando sus sombreros, listos para irse a la oficina.
-Mira, Laura -dijo Lorenzo con prisa-, podrías revisar mi traje para luego. Mira si no le hace falta un planchazo.
-¡Ya lo creo!
De repente no pudo contenerse. Corrió hacia Lorenzo y le dio un rápido apretón.
-¡Oh! adoro las fiestas; ¿y tú? -murmuró Laura.
-Bastante -dijo Lorenzo con su voz cálida de muchacho. También apretó a su hermana y luego le dio un empujón-. Rápido, al teléfono, chica.
El teléfono.
-Sí, sí; ¡oh, sí! ¿Kitty? Buenos días, querida. ¿Vienes a almorzar? Sí, querida. Encantada. Va a ser una comida ligera: restos de sándwiches y de merengues y alguna otra cosita. Sí, ¿no es un día divino? ¿El blanco? ¡Oh, seguramente! Un momento; espera. Mamá me llama-. Laura se sentó. -¿Qué, mamá? No oigo.
La voz de la señora Sheridan bajó flotando por la escalera.
-Dile que traiga ese delicioso sombrero que usó el domingo.
-Dice mamá que te pongas ese sombrero delicioso que llevabas el domingo. Bueno. A la una. Adiós.
Laura colgó el auricular, levantó los brazos sobre la cabeza, hizo una aspiración profunda, los estiró y los dejó caer. ¡Uf!, suspiró, y en seguida se enderezó en el asiento. Se quedó quieta, escuchando. Todas las puertas de la casa parecían abiertas. La casa estaba viva, con rápidas pisadas y voces incesantes. La puerta de bayeta verde que conducía a la cocina se abría y cerraba con un golpe sordo. Ahora se sentía un sonido absurdo, cloqueando. Era el piano tan pesado arrastrado sobre sus ruedas tiesas. Y ¡qué aire! Si uno se pone a pensar ¿será el aire siempre así? Céfiros suaves se perseguían fuera y allá arriba, en las ventanas. Y había dos marchitas de sol, una en el tintero, otra en un marco de plata, jugando también. Deliciosas marchitas, sobre todo encima de la tapa del tintero. Estaba casi caliente. Una cálida estrellita de plata. Daban ganas de besarla.
Sonó el timbre de la puerta y se oyó crujir el vestido estampado de Sadie por la escalera. Una voz de hombre murmuró; Sadie respondió, sin interés:
-Le digo que no sé. Espere. Voy a preguntar a la señora.
-¿Qué hay, Sadie? -preguntó Laura entrando en el pasillo.
-Es el florista, señorita.
Y ahí estaba. En la puerta abierta de par en par, había una ancha bandeja colmada de macetas con lirios rosados. Nada más. Nada más que lirios, lirios, lirios, grandes flores rosadas, muy abiertas, radiantes, terriblemente vivas sobre sus rojos tallos lustrosos.
-¡Ooh, Sadie! -dijo Laura como en un gemido. Se agachó como para calentarse en ese resplandor de lirios; los sintió en sus dedos, en sus labios, creciendo en su pecho.
-Debe ser una equivocación -dijo en voz muy baja-. No se han pedido tantos. Sadie, vete a buscar a mamá.
En ese mismo instante llegó la señora Sheridan.
-Está bien -dijo con calma-. Sí, yo los encargué. ¿No son divinos?
Apretó el brazo de Laura.
-Pasaba por la florista ayer y los vi en el escaparate. Y de repente se me ocurrió que por una vez en la vida tendría todos los lirios que quisiera. La fiesta en el jardín era una buena excusa.
-Pero yo te oí decir que tú no querías intervenir.
Sadie había entrado. El hombre de las flores volvió al camión, Laura rodeó el cuello de su madre con un brazo y suave, muy suavecito, le mordió la oreja.
-Queridita, tú no quieres tener una madre lógica, ¿verdad? No hagas eso. Aquí está el hombre.
Traía todavía más lirios, otra bandeja llena.
-Deposítelos junto a la entrada, por favor, a los lados del pórtico -dijo la señora-. ¿No te parece, Laura?
-Oh, sí, mamá.
En el salón, Meg, Josefinafina y el pequeño Hans habían logrado, al fin, cambiar el piano de sitio.
-Ahora, si pusiéramos este cofre contra la pared y sacáramos todo menos las sillas, ¿no les parece?
-Bueno.
-Hans, lleva esas mesas al cuarto de fumar, y que vengan a barrer para sacar esas marcas de la alfombra y... un momento, Hans...
A Josefinafina le gustaba dar órdenes a los sirvientes, y a ellos les gustaba obedecer. Les hacía pensar que tomaban parte en un drama.
-Diga a mamá y a la señorita Laura que vengan en seguida.
-Muy bien, señorita Josefinafina.
Se volvió hacia Meg.
-Quiero ver cómo suena el piano, por si alguien me pide que cante esta tarde. Vamos a ensayar "Esta vida es triste".
¡Pom. Ta-ta-ta! El piano sonó con tal furia que Josefina cambió de color. Juntó las manos. Les pareció triste y enigmática a su madre y a Laura cuando entraron.
Esta vida es tris-te,
Una lágrima... un suspiro
Un. amor que cam-bia
Esta vida es tris-te
Una lágrima... un suspiro
Un amor que cam-bia,
Y entonces... ¡adiós!
Pero en la palabra "adiós", y aunque el piano parecía más desesperado que nunca, su rostro se iluminó con una brillante sonrisa, terriblemente antipática.
-¿Estoy en voz, mamita? -sonrió.
Esta vida es tris-te,
La esperanza viene a morir.
Un sueño... un despertar.
Pero Sadie interrumpió el canto:
-¿Qué hay, Sadie?
-Por favor, señora, la cocinera pregunta si la señora tiene esas tarjetas para los sándwiches.
-¿Las tarjetas para los sándwiches, Sadie? -repitió como un eco la señora Sheridan, casi ausente.
Y las hijas se dieron cuenta de que no las tenía.
-Vamos a ver -dijo a Sadie con firmeza-, diga a la cocinera que las llevaré dentro de diez minutos.
Sadie desapareció.
-Bueno, Laura -dijo la madre rápidamente-, ven conmigo al cuarto de fumar. Tengo los nombres por ahí, escritos en el dorso de un sobre. Tendrás que copiarlos. Meg, sube y quítate en seguida ese trapo mojado de la cabeza. Josefina, corre a vestirte en el acto. Niñas ¿me oyen, o tendré que decírselo a su padre cuando vuelva esta noche a casa? Y... y, Josefina, si vas a la cocina trata de calmar a la cocinera, ¿quieres? Me tenía aterrada esta mañana.
Al fin el sobre apareció detrás del reloj del comedor, aunque la señora Sheridan no se daba cuenta cómo había ido a parar allí.
-Una de ustedes debe de haberlo robado de mi cartera porque recuerdo perfectamente... queso fresco y cuajada con limón. ¿Lo escribieron?
-Sí.
-Huevo y... -la señora Sheridan alargó los brazos y retiró el sobre-. Parece atún, pero no puede ser, ¿verdad?
-Aceitunas, queridita -dijo Laura, leyendo por encima del hombro.
-Por supuesto, aceitunas. ¡Qué combinación atroz: huevos y aceitunas!
Por fin acabaron, y Laura los llevó a la cocina. Allí se encontró con Josefina calmando a la cocinera, que no parecía tan aterradora.
-Nunca he visto sándwiches tan exquisitos -dijo Josefina, con voz extasiada-. ¿Cuántas clases hay? ¿Quince?
-Quince, señorita Josefina.
-Bueno, la felicito.
La cocinera recogió las cortezas con el cuchillo de cortar pan, y sonrió satisfecha.
-Han venido de casa de Godber -anunció Sadie, saliendo de la despensa-, vi pasar al hombre desde la ventana.
Eso significaba que habían llegado los pastelitos de crema. Godber era famoso por sus pastelitos de crema. A nadie se le ocurría hacerlos en casa.
-Tráigalos y póngalos sobre la mesa -ordenó la cocinera.
Sadie los trajo y volvió a la puerta. Por supuesto, Laura y Josefina eran demasiado grandotas para ocuparse de estas cosas. Con todo, no podían negar que eran muy buenos. Mucho. La cocinera empezó a arreglarlos, sacudiéndoles el azúcar sobrante.
-¿No le traen a uno el recuerdo de todas las fiestas pasadas? -dijo Laura.
-Supongo que sí -respondió la práctica Josefina, que no gustaba de recordar-. Parecen ligeros y plumosos, hay que reconocerlo.
-Tomen uno cada una, queridas -dijo la cocinera con voz amable-. Mamá no se dará cuenta.
Oh, imposible, ¡pastelitos de crema tan enseguida del almuerzo!, la sola idea hacía estremecer. Pero dos minutos después Josefina y Laura se estaban chupando los dedos con ese aire absorto que sólo da la crema de batida.
-Salgamos al jardín por el camino de atrás -sugirió Laura-. Quiero ver cómo van los hombres con la carpa. ¡Son tan simpáticos!
Pero la puerta trasera estaba bloqueada por la cocinera, Sadie, el hombre de Godber y Hans.
Algo pasaba.
-Tac-tac-tac -cloqueaba la cocinera como una gallina asustada. Sadie tenía una mano oprimiéndose la cara como si le dolieran las muelas. La cara de Hans estaba fruncida en un esfuerzo por comprender. Sólo el dependiente de Godber parecía contento. Él era quien contaba la cosa.
-¿Qué hay, qué ha sucedido?
-Un horrible accidente -dijo la cocinera-, un hombre ha muerto.
-¡Un muerto! ¿Dónde, cuándo?
Pero el dependiente de Godber no iba a perder su relato.
-¿Sabe, señorita, aquellas casitas allá abajo?
¿Conocerlas? Claro que ella las conocía.
-Bueno, allí vive un muchacho carretero, se llama Scott. A su caballo lo asustó esta mañana un camión y lo tiró de cabeza en la esquina de la calle Hawke. Murió.
-¡Muerto! -y Laura miró al hombre con asombro.
-Ya estaba muerto cuando lo levantaron -contestó el hombre con fruición-. Llevaban el cuerpo a la casa cuando yo venía.
Y dirigiéndose a la cocinera:
-Deja una mujer y cinco chicos.
-Josefina, ven acá -Laura tomó a su hermana de un brazo y se la llevó por la cocina al otro lado de la puerta de bayeta verde. Se recostó contra ella.
-Josefina -le dijo horrorizada- ¿vamos a suspender los preparativos?
¡Suspender todo, Laura! -gritó Josefina atónita-. ¿Qué quieres decir?
-Suspender la fiesta en el jardín, claro-. ¿POr qué fingía Josefina?
Pero Josefina estaba cada vez más asombrada.
-¿Suspender la fiesta? Mi querida Laura, no seas loca. No podemos hacer nada de eso. Nadie espera tal cosa. No seas extravagante.
-Pero no es posible celebrar una fiesta en el jardín con un muerto frente a nuestra puerta.
Decir eso era realmente exagerado, porque las casitas estaban en un terreno aparte, en el fondo de una cuesta empinada que llevaba a la casa. Había una calle ancha de por medio. Es cierto que estaban demasiado cerca. Eran un verdadero adefesio y no tenían derecho a estar en ese barrio. Eran pequeñas viviendas mezquinas, pintadas de un color chocolate. En los retazos de jardín no había más que repollos, gallinas flacas y latas de tomate. Hasta el humo que salía de las chimeneas era miserable. Hilachas y fragmentos de humo, tan distinto de los grandes penachos de plata que se elevaban de las chimeneas de los Sheridan. Vivían lavanderas y barrenderos, y un remendón, y un hombre que tenía todo el frente de la casa con jaulitas de pájaros. Los chicos hormigueaban. Cuando los Sheridan eran pequeños les estaba prohibido acercarse, por el lenguaje que usaban los pobres y las enfermedades que podían contagiarles. Pero desde que eran grandes Laura y Josefina, en sus andanzas, solían meterse por ahí. Era sórdido y asqueroso. Salían estremecidas. Pero se debe ir a todas partes; uno debe verlo todo. Por eso iban.
-Estoy pensando lo que será la música de la orquesta para esa pobre mujer -dijo Laura.
-¡Oh, Laura! -Josefina empezó a irritarse seriamente.
-Si vas a suprimir la música cada vez que sucede un accidente, vas a llevar una vida muy triste. Yo lo siento tanto corno tú. Comprendo como tú-. Sus ojos se endurecieron y miró a su hermana como la miraba cuando era pequeña y tenían una pelea-. No vas a resucitar a un obrero borrachón con sentimentalismos -dijo blandamente.
-¡Borrachón! ¿Quién ha dicho que estaba borracho? -Laura se volvió furiosa hacia Josefina. Dijo justamente lo que acostumbraban decir en ocasiones semejantes-: Se lo voy a contar a mamá, ahora mismo.
-Ve, querida -dijo Josefina con un arrullo.
-Mamá, ¿puedo entrar? -Laura hizo girar el picaporte de cristal.
-Por supuesto, querida. Pero ¿qué pasa? ¿Qué te ha hecho poner tan colorada? -La señora Sheridan se volvió hacia atrás en su mesa tocador. Se estaba probando un sombrero nuevo.
-Mamá, ha muerto un hombre -empezó Laura.
-¿Pero no en el jardín? -interrumpió la madre.
-¡No, no!
-¡Ah, qué susto me has dado! -la señora Sheridan dio un suspiro de alivio, se quitó el gran sombrero y lo puso en sus rodillas.
-Pero escucha, mamá -dijo Laura. Sin aliento, medio ahogada, contó la terrible historia-. Claro que no podremos celebrar nuestra fiesta, ¿verdad? -suplicó-. La música y la gente llegando. Nos van a oír, mamá; están cerquita, ¡son vecinos!
Con gran asombro de Laura, su madre se comportó como Josefina; y era peor, porque la idea parecía divertirla. Se negó a tomar en serio a Laura.
-Pero, querida mía, hay que tener sentido común. Sólo por casualidad lo hemos sabido. Si alguien hubiera muerto ahí de muerte natural -y no sé cómo están vivos en esos oscuros agujeros- tendríamos igual nuestra fiesta, ¿verdad?
Laura tuvo que decir que sí, pero comprendía que no era justo. Se sentó en el sofá y empezó a tironear el fleco de los almohadones.
-Mamá, ¿no es una falta de consideración de nuestra parte? -preguntó.
-¡Vidita! -la señora Sheridan se le acercó, llevando el sombrero. Antes que Laura pudiera evitarlo se lo plantó en la cabeza-. ¡Hija mía! -dijo la madre-, el sombrero es tuyo. Lo mandé hacer para ti. Es demasiado joven para mí. Nunca te he visto más bonita. ¡Mírate! -y levantó su espejo de mano.
-Pero, mamá -volvió a decir Laura. No se podía mirar; se puso de lado.
Pero ya la señora Sheridan había perdido la paciencia lo mismo que Josefina.
-Laura, te estás volviendo absurda -dijo fríamente-. Gente de esa clase no espera de nosotros ningún sacrificio. Y no es altruismo aguarnos la fiesta, como lo estás haciendo.
-No entiendo -dijo Laura, y salió apresurada del cuarto para encerrarse en el suyo. Allí, por pura casualidad, lo primero que vio fue una encantadora muchacha en el espejo, con su sombrero negro adornado de margaritas doradas y una larga cinta de terciopelo negro. Nunca se imaginó que podía resultar tan bien. ¿Tendría razón mamá? Y ahora deseaba que mamá tuviera razón. ¿Sería exagerada? Tal vez fuese una locura. Sólo por un momento tuvo la visión de aquella pobre mujer y de aquellas pobres criaturas, y del cuerpo que llevaban a la casa. Pero parecía borroso, irreal, como una fotografía en el periódico. Lo recordaré nuevamente después de la fiesta. decidió. Desde todos los puntos de vista le pareció el mejor plan...
Terminaron de almorzar a la una y media. A las dos y media todo se hallaba en orden de batalla. Los músicos con casacas verdes ya estaban colocados en una esquina de la cancha de tenis.
¡Querida! -aulló Kitty Maitland- ¿no te parecen ranas verdes? Los debían haber colocado alrededor del estanque y el director, en una hoja, en el centro.
Llegó Lorenzo y los saludó al pasar para ir a vestirse. Al verlo, Laura volvió a pensar en el accidente. Quería contárselo a él. Si Lorenzo estaba de acuerdo con los demás entonces tendrían razón. Y lo siguió al pasillo.
-¡Lorenzo!
-¡Hola! -estaba en la mitad de la escalera, pero cuando se volvió y vio a Laura, infló los carrillos y revolvió los ojos-. ¡Lo juro, Laura! Te ves despampanante. ¡Qué sombrero más elegante!
Laura dijo a media voz:
-¿Te parece?... -le sonrió, y no le contó nada.
Poco después empezó a llegar la gente a montones. La orquesta rompió a tocar; los sirvientes de alquiler corrían de la casa a la carpa. Dondequiera que uno miraba se veían parejas paseándose, inclinándose sobre las flores, saludando, caminando por el césped. Parecían brillantes pájaros que se habían posado en el jardín de los Sheridan por una tarde en su vuelo... ¿a dónde? ¡Ah, qué felicidad es estar con personas alegres, estrechar manos, oprimir mejillas, sonreírse en los ojos!
-¡Laura, querida, qué bien estás!
-¡Qué bien te va ese sombrero, criatura!
-Laura, pareces española. Nunca te he visto más admirable.
Y Laura, radiante, preguntaba con dulzura: "¿Le han servido té? ¿No quiere un helado? Los helados de fruta son especiales". Corrió adonde estaba su padre y suplicó:
-Papaíto querido, ¿le podemos servir algo de beber a la orquesta?
Y la tarde perfecta culminó lentamente, se desvaneció lentamente, cerró sus pétalos lentamente.
"Nunca hubo fiesta más deliciosa..." "Un gran éxito..." "La más grande..."
Laura ayudó a su madre en las despedidas. Estuvieron una al lado de la otra hasta que todo se acabó.
-Se acabó, se acabó, gracias al cielo -dijo la señora Sheridan-. Llama a los demás. Tomaremos café. Estoy deshecha. Sí, un gran éxito. Pero, ¡ah, estas fiestas, estas fiestas! ¿Por qué insisten, hijitas, en dar fiestas?-. Tomaron asiento en la carpa abandonada.
-Toma un sándwich, papaíto. Yo escribí el nombre.
-Gracias -el señor Sheridan se lo comió de un bocado. Tomó otro-. ¿Supongo que no han sabido nada del horrible accidente de hoy? -dijo.
-Querido -dijo la señora Sheridan, levantando una mano- ya lo sabíamos. Casi nos estropea la fiesta. Laura quería suspenderla.
-¡Oh, mamá! -Laura no quería que la fastidiaran con eso.
-¡De todos modos, es un asunto horrible -dijo el señor Sheridan-. Además, el hombre era casado. Vivía en la callejuela de abajo, y deja, según dicen, una mujer y media docena de chiquillos.
Hubo un silencio embarazoso. La señora no sabía qué hacer con la taza. Era una falta de tacto por parte de papá...
De pronto levantó los ojos. Estaba la mesa llena de sándwiches y pastas y pastelitos que tendrían que tirarse. Tuvo, entonces, una de sus grandes ideas.
-Ya sé -dijo-. Vamos a preparar una canasta. Vamos a mandarle a esa pobre un poco de estas cosas tan ricas. A lo menos será una fiesta para los chicos. ¿No les parece? Y, además, se alegrará de tener vecinos que la visiten. ¡Qué suerte que estén listos! ¡Laura! -se levantó de un salto. -Trae la canasta grande de la alacena que está en la escalera.
-Pero, mamá, ¿crees de veras que es una buena idea? -dijo Laura.
Y otra vez ¡qué raro! parecía sentir distinto a los demás! Llevar sobras de la fiesta. ¿Le gustaría eso a la pobre mujer?
-Claro, ¿qué te pasa hoy? Hace una hora o dos insistías en mostrar simpatía, y ahora...
-¡Oh, bueno!
Laura corrió con la canasta. La llenaron; la señora Sheridan la dejó colmada.
-Llévala tú misma, queridita; corre, así como estás. No, espera, lleva unos lirios. A esa gente le gustan los lirios.
-Los tallos van a estropearte el traje -dijo la práctica Josefina.
Es cierto, muy a tiempo.
-Entonces sólo la canasta. Pero Laura -la madre la siguió hasta afuera de la carpa-, de ningún modo...
-¿Qué, mamá?
No, mejor no poner tales ideas en la cabeza de la criatura.
-Nada, vete pronto.
Empezaba a oscurecer cuando Laura cerró el portón. Un perro grande corría como un fantasma. El camino blanco brillaba y las casitas estaban allá abajo en profunda oscuridad. ¡Qué tranquilo parecía todo después de la tarde! Iba cuesta abajo hacia un sitio donde yacía un muerto, y no podía creerlo. ¿Cómo iba a poder? Se detuvo un minuto. Le parecía que llevaba dentro besos, voces, tintineo de cucharillas, risas, el olor del césped aplastado. No podía pensar en otra cosa. ¡Qué raro! Miró el cielo pálido y lo único que se le ocurrió fue: "Sí, ha sido todo un éxito la fiesta".
Llegó a un cruce del camino donde empezaba la callejuela, oscura y llena de humo. Mujeres con chales y hombres de gorra transitaban por allí, Sobre las empalizadas había otros hombres asomados; los chicos jugaban en las puertas de calle. Un débil susurro se oía en las casitas miserables. En algunas se veía fluctuar una luz y algunas sombras moverse como fantoches, tras las ventanas. Laura inclinó la cabeza y apresuró el paso.
Hubiera debido ponerse un abrigo. ¡Qué llamativo era su traje! Y el gran sombrero con las cintas colgando; ¡si a lo menos llevara otro sombrero! ¿La estarían mirando? Seguramente. Era un error haber venido; ella sabía que era un error. ¿No sería mejor volver?
No, demasiado tarde. Aquí estaba la casa. Debía ser ésa. Delante había un grupo oscuro de gente. Al lado de la puerta una vieja con una muleta estaba sentada, mirando. Descansaba los pies sobre un diario. Al acercarse Laura, cesaron las voces. Se abrió el grupo. Era como si la esperasen, como si supieran que iba hacia allí.
Laura estaba nerviosísima. Echando la cinta de terciopelo sobre el hombro preguntó a una de las mujeres ahí paradas:
-¿Es aquí la casa de la señora Scott?
Y la mujer, sonriendo de un modo raro:
-Aquí es, señorita.
¡Oh, salir de esto! Repetía: "Ayúdame, Dios mío", mientras subía la estrecha vereda y llamaba. No poder estar lejos de esas miradas o cubierta con alguno de esos chales. Dejaré la cesta y me marcharé, decidió. No voy a esperar que la vacíen.
Se abrió la puerta. Una mujercita de luto apareció en la sombra.
Laura preguntó:
-¿Es usted la señora Scott?
Pero con gran horror suyo, la mujer contestó:
-Entre, por favor, señorita -y se encontró encerrada en el pasillo.
-No, no quiero entrar; sólo quería dejar esta cesta. Mamá envió...
La mujer en el pasillo oscuro no pareció oírla.
-Por acá, si gusta, señorita -dijo con voz aceitosa; y Laura la siguió.
Llegó a cocina pequeña, bajita y maltrecha, iluminada por una lámpara ahumada. Una mujer estaba sentada ante el fuego.
-Emilia -dijo la mujer que la dejó entrar-. ¡Emilia!... es una señorita. -Se volvió hacia Laura. Dijo humildemente: -Soy la hermana. Discúlpela, señorita.
-¡Oh, por supuesto! -dijo Laura-. Por favor, por favor no la moleste. Yo... yo sólo quería dejar...
Pero en ese momento la mujer que estaba junto al fuego se volvió. Su cara inflada, colorada, con ojos y labios hinchados, era horrible. Parecía no comprender por qué Laura estaba ahí. ¿Qué significaba? ¿Por qué esta desconocida estaba en la cocina con una canasta? ¿Qué quería decir eso? Y el pobre rostro se frunció de nuevo.
-Está bien, querida -dijo la otra-. Yo atenderé a la señorita. -Y comenzó otra vez-: Discúlpela, señorita -y su cara, hinchada también, ensayó una untuosa sonrisa.
Laura no pensaba más que en irse, en irse. Volvió al pasillo. Abrió la puerta. Entró directamente al dormitorio en que yacía el muerto.
-¿No quiere verlo? -dijo la hermana de Emilia, y empujó a Laura hacia la cama-. No tenga miedo, señorita -y su voz era cariñosa, confidencial. Tiernamente bajó la sábana-, parece un cuadro. No hay mucho que ver. Venga, querida.
Laura la siguió.
Ahí estaba un joven dormido, profundamente dormido, tan dormido que estaba lejos, muy lejos de las dos. ¡Oh, tan remoto, tan lleno de paz! Estaba soñando. No se despertaría jamás. Tenía la cabeza hundida en la almohada; los ojos cerrados estaban ciegos bajo los párpados cerrados. Estaba absorto en su sueño. ¿Qué le importaban los las fiestas en los jardines, los cestos y los encajes? Ya estaba lejos de esas cosas. Era asombroso, bellísimo. Mientras ellos reían y la orquesta tocaba, había sucedido ese milagro en la callejuela. Feliz... feliz... Todo está bien, decía el rostro dormido. Es lo que debe ser. Estoy contento.
Pero aún así hacía llorar, y Laura no pudo dejar el cuarto sin decirle algo. Sollozó como una niña.
-Perdone mi sombrero -le dijo.
Y no esperó esta vez a la hermana de Emilia. Encontró el camino para salir. Pasó por entre el grupo oscuro de gente, vereda abajo. Al doblar la callejuela encontró a Lorenzo.
Surgió de la sombra.
-¿Eres tú, Laura?
-Sí.
-Mamá estaba inquieta. ¿Todo fue bien?
¡Sí, Lorenzo! -tomó su brazo, se apretó contra él.
-¿Pero no estás llorando, verdad? -le preguntó el hermano.
Laura movió la cabeza. Estaba llorando.
Lorenzo le pasó un brazo por el cuello:
-No llores -dijo con su voz afectuosa y cálida-. ¿Era horrible?
-No -sollozó Laura-. Era maravilloso. Pero Lorenzo...
Se detuvo, miró a su hermano.
-La vida es... -tartamudeó-. La vida es...
No podía explicar qué era la vida. No importaba. Él comprendió.
-¿Verdad que es, queridita? -dijo Lorenzo.


la casa de las muñecas



Cuando la querida anciana señora de Hay volvió a la ciudad después de pasar un tiempo en casa de los Burnell, les envió a los niños una casa de muñecas. Era tan grande que el cochero y Pat la llevaron al patio, y allí quedó, apuntalada por dos cajas de madera al lado de la puerta del comedor diario. No podía pasarle nada; era verano. Y quizás el olor de pintura se habría ido cuando llegara el momento de tener que entrarla. Porque, realmente, el olor de pintura que venía de esa casa de muñecas ("¡tan simpático de parte de la anciana señora de Hay, por supuesto; tan simpático y generoso!") ... pero el olor de pintura bastaba como para enfermar seriamente a cualquiera, según opinaba la tía Berly. Aun antes de sacarla de su envoltorio. Y cuando la sacaron...
Allí quedó la casa de muñecas, de un color verde espinaca, oscuro y aceitoso, entremezclado de amarillo brillante. Sus dos sólidas y pequeñas chimeneas, pegadas al techo, estaban pintadas de rojo y blanco, y la puerta, resplandeciente de barniz amarillo, parecía un trocito de caramelo. Cuatro ventanas, ventanas de verdad, estaban divididas en paneles por una ancha franja de verde. Había realmente un pequeño pórtico, también, pintado de amarillo, con grandes grumos de pintura seca colgando a lo largo del borde.
¡Pero qué casita perfecta, perfecta! A quién podía importarle el olor. Era parte de la alegría, parte de la novedad.
-¡Pronto, que alguien la abra!
El gancho del costado estaba atascado fuertemente. Pat lo levantó con su cortaplumas, y todo el frente de la casa se abrió con un vaivén, y... uno podía ver al mismo tiempo la sala de estar y el comedor, la cocina y los dos dormitorios. ¡Esa sí que era una forma de abrirse una casa! ¿Por qué no se abrirían todas las casas así? ¡Cuánto más emocionante que espiar a través de la hendija de una puerta la mezquina salita con su perchero y sus dos paraguas! Es eso... ¿no es cierto?... lo que uno desea conocer de una casa en cuanto pone las manos sobre el llamador. Quizás ésa es la forma en que Dios abre las casas en lo profundo de la noche cuando hace su ronda silenciosa con un ángel...
-¡Oh, oh! -las niñas de los Burnell lo dijeron como si estuviesen desesperadas. Era demasiado maravilloso; era demasiado para ellas. Nunca en su vida habían visto nada semejante. Todos los cuartos estaban empapelados. Había cuadros en las paredes, pintados sobre el papel, completos con marcos dorados. Una alfombra roja cubría todos los pisos excepto el de la cocina; sillas de felpa roja en la sala de estar, verde en el comedor; mesas, camas con sábanas verdaderas, una cuna, una estufa, un aparador con diminutos platos y una jarra grande. Pero lo que a Kezia más le gustaba, lo que le gustaba terriblemente, era la lámpara. Estaba colocada en el centro de la mesa del comedor, una exquisita lámpara ambarina con un globo blanco. Incluso estaba llena para ser encendida pero, por supuesto, no se podía encender. Pero había algo como aceite dentro, que se movía al sacudirla.
Los muñecos padre y madre, tendidos muy tiesos como si se hubiesen desmayado en la sala, y sus dos hijitos dormidos arriba eran en realidad demasiado grandes para la casa de muñecas. No parecían pertenecer a ella. Pero la lámpara era perfecta. Parecía sonreírle a Kezia, decir: "Aquí vivo". La lámpara era real.
Las niñas de los Burnell se apuraron como nunca para llegar a la escuela al otro día. Ardían por contarles a todos, por describir, por... bueno... jactarse de su casa de muñecas antes de que tocase la campana de la escuela.
-Voy a hablar yo -dijo Isabel- porque soy la mayor. Y ustedes dos pueden hablar después. Pero primero voy a hablar yo.
No había nada que contestar. Isabel era autoritaria, pero siempre tenía razón, y Lottie y Kezia sabían demasiado bien cuáles eran los poderes que confería el ser la mayor. Rozaron al caminar las matas de botones de oro al borde del camino y no dijeron nada.
-Y yo voy a elegir quién va a venir a verla primero. Mamá me dijo que podía.
Porque se había dispuesto que, mientras la casa de muñecas estuviese en el patio, podían invitar a las chicas de la escuela, dos por vez, a venir verla. No para quedarse a tomar el té, por supuesto, o para vagar por la casa. Pero sí para estar calladas en el patio mientras Isabel señalaba las bellezas que contenía, y Lottie y Kezia miraban complacidas...
Pero por más que se apuraron, al llegar a las negras empalizadas del campo de juego de los varones, la campana había empezado a sonar. Apenas tuvieron tiempo de quitarse de un manotazo los sombreros y ponerse en fila antes de que pasasen lista. No importaba. Isabel trató de compensarlo dándose aire de importancia y de misterio, y murmurando detrás de la mano a las niñas que estaban cerca: "Tengo algo que decirles en el recreo".
Llegó el recreo e Isabel fue rodeada. Las chicas de su clase casi se pelearon por poner sus brazos en torno de ella, por caminar con ella, por sonreír halagadoramente, por ser su amiga preferida. Desplegó toda una corte bajo los inmensos pinos a un lado del campo de deportes. Codeándose, riendo sin motivo, las niñas se apretaban a su alrededor. Y las dos únicas que estaban fuera del círculo eran las dos que siempre estaban fuera, las pequeñas Kelvey. Sabían perfectamente que no debían acercarse a las Burnell.
Porque el hecho era que la escuela a la que iban las niñas de Burnell no era en absoluto el lugar que sus padres habrían elegido si hubiesen podido elegir. Pero no había elección. Era la única escuela en varias millas. Y en consecuencia todos los niños del vecindario, las hijas del juez, las hijas del médico, las chicas del almacenero, las del lechero, estaban obligadas a estar juntas. Ni hablar de otros tantos niñitos maleducados y groseros que también asistían. Pero en algún punto había que establecer la separación. Ese punto era las Kelvey. Muchos de los chicos, incluidas las Burnell, ni siquiera tenían permiso para hablarles. Pasaban frente a las Kelvey con la cabeza levantada y, como establecían las normas de conducta en la escuela, las Kelvey eran evitadas por todos. Hasta la maestra tenía para con ellas una voz especial, y una sonrisa especial para con los otros niños cuando Lil Kelvey se acercaba a su escritorio con un ramo de flores de aspecto terriblemente vulgar.
Eran las hijas de una pequeña lavandera muy trabajadora, que iba de casa en casa y a la que se le pagaba por día. Eso era ya de por sí desagradable. Pero, además, ¿dónde estaba el señor Kelvey? Nadie lo sabía con seguridad. Todos decían que estaba en la cárcel. De modo que eran las hijas de una lavandera y de un malviviente. ¡Linda compañía para los hijos de la otra gente! Y lo parecían. Por qué las hacía tan notorias la señora de Kelvey era difícil de entender. La verdad era que estaban vestidas con retazos que le daba la gente para quien trabajaba. Lil, por ejemplo, que era una chica fornida y vulgar, con grandes pecas, iba a la escuela con un vestido hecho con un mantel de tela de lana verde de los Burnell, con mangas rojas de felpa de las cortinas de los Logan. El sombrero, colocado en lo alto de su ancha frente, era un sombrero de mujer, que había pertenecido una vez a Miss Lecky, la empleada del correo. Estaba levantado por detrás y adornado con una gran pluma escarlata. ¡Qué aspecto raro tenía! Era imposible no reírse. Y su hermanita, nuestra Else, llevaba un largo vestido largo, parecido a un camisón, y un par de botitas de varón. Pero, usase Else lo que usase, hubiese parecido extraño. Era una niñita parecida a una clavícula de pollo, con el pelo mal cortado y enormes ojos solemnes... una lechucita blanca. Nadie la había visto sonreír nunca; apenas hablaba. Iba por la vida agarrándose de Lil, con un pedazo de la pollera de Lil apretado en su mano. Adonde Lil fuera, nuestra Else la seguía. En el patio, en el camino de ida y vuelta a la escuela, allí iba Lil marchando adelante y nuestra Else agarrándose atrás. Sólo cuando quería algo, o cuando perdía el aliento, nuestra Else le daba a Lil un tirón, una sacudida, y Lil se detenía y se daba vuelta. Las Kelvey se entendían siempre.
Ahora las rondaban; no podía evitarse que oyeran. Cuando las niñas se volvieron y se burlaron de ellas, Lil, como de costumbre, mostró su sonrisa tonta y avergonzada. Pero nuestra Else no hizo más que mirar.
Y la voz de Isabel, tan orgullosa, seguía contando. La alfombra causó gran sensación, pero también las camas con las sábanas de verdad y la cocina con la puerta del horno.
Cuando terminó, Kezia la interrumpió: "Te olvidaste de la lámpara, Isabel".
-Ah, sí -dijo Isabel- y también hay una pequeñísima lámpara, hecha toda de vidrio amarillo, con un globo blanco, en la mesa del comedor. No se puede diferenciar de una de verdad.
-La lámpara es lo mejor de todo -exclamó Kezia. Pensó que Isabel no le estaba dando la suficiente importancia a la lamparita. Pero nadie le prestó atención. Isabel estaba eligiendo a las dos que volverían a casa con ella esa tarde para verla. Eligió a Emmie Cole y Lena Logan. Pero, cuando las otras se enteraron de que todas tendrían su oportunidad, no supieron qué hacer para congraciarse con Isabel. Una por una pusieron sus brazos en torno de su cintura y caminaron con ella. Tenían algo que decirle en secreto. "Isabel es mi amiga." Sólo las pequeñas Kelvey se alejaron olvidadas; para ellas no había nada más que oír.
Pasaron los días y, mientras más chicos venían a ver la casa de muñecas, su fama se expandía. Se convirtió en el único tema, en la única moda. La pregunta era: "¿Viste la casa de muñecas de las Burnell? ¿No es hermosísima?" "¿No la has visto? ¡Qué maravilla!".
Hasta la hora de la merienda era olvidada para hablar de eso. Las niñas se sentaban a la sombra de los pinos comiendo gruesos sándwiches de cordero y grandes rebanadas de tortas de maíz enmantecadas. Como siempre, lo más cerca que se les permitía estar se sentaban las Kelvey, nuestra Else agarrándose de Lil, escuchando también mientras masticaban sus sándwiches de mermelada que sacaban de un diario empapado con grandes manchas rojas.
-Mamá -dijo Kezia-, ¿puedo invitar a las Kelvey una sola vez?
-Por cierto que no, Kezia.
-Pero, ¿por qué no?
-Vete, Kezia; sabes muy bien por qué no.
Por fin todos la habían visto excepto ellas. Ese día el tema decayó. Era la hora de la merienda. Las niñas se agruparon a la sombra de los pinos y de pronto, mientras miraban a las Kelvey comiendo de su diario, siempre solas, siempre escuchando, decidieron ser odiosas con ellas. Emmie Cole empezó el murmullo.
-Lil Kelvey va a ser sirvienta cuando sea grande.
-¡Oh, oh, qué horrible! -dijo Isabel Burnell, mirando a Emmie de una manera especial.
Emmie tragó de una manera significativa y asintió mirando a Isabel como había visto hacer a su madre en esas ocasiones.
-Es verdad... es verdad... es verdad -dijo.
Entonces los pequeños ojos de Lena Logan brillaron: "¿Se lo pregunto?", murmuró.
-A que no lo haces -dijo Jessie May.
-Bah, a mí no me asusta -dijo Lena. De pronto dio un pequeño chillido y bailó frente a las otras chicas: "¡Miren! ¡Mírenme! ¡Mírenme ahora!", dijo Lena. Y resbalando, deslizándose, arrastrando un pie, riéndose detrás de la mano, Lena se acercó a las Kelvey.
Lil levantó los ojos de su merienda. Envolvió rápidamente el resto. Nuestra Else dejó de masticar. ¿Qué ocurriría ahora?
-¿Es verdad que vas a ser una sirvienta cuando crezcas, Lil Kelvey?- chilló Lena.
Un silencio de muerte. Pero, en lugar de contestar, Lil sólo sonrió de esa manera tonta y avergonzada. La pregunta no pareció importarle en absoluto. ¡Qué fracaso para Lena! Las chicas empezaron a reírse.
Lena no podía soportarlo. Se puso las manos en las caderas; se lanzó hacia adelante: "¡Sí, si el padre de ustedes está preso!", silbó malévolamente.
Esto era algo tan maravilloso, haberlo dicho, que las niñas se alejaron corriendo en bandada, muy, muy excitadas, enloquecidas de alegría. Alguien encontró una soga larga, y empezaron a saltar. Y nunca saltaron tan alto, ni corrieron tan velozmente de un lado a otro, ni hicieron cosas tan atrevidas como esa mañana.
Por la tarde, Pat vino a buscar a las niñas de Burnell con el coche y volvieron a la casa. Había visitas. Isabel y Lottie, a quienes les gustaban las visitas, subieron a cambiarse los delantales. Pero Kezia se escabulló por el fondo. No había nadie; empezó a hamacarse en los grandes portones blancos del patio. De pronto, mirando hacia el camino, vio dos pequeños puntos. Se agrandaron, venían hacia ella. Ahora podía ver que uno iba adelante y otro lo seguía de atrás. Ahora podía ver que eran las Kelvey. Kezia dejó de hamacarse. Se bajó del portón suavemente, como si fuera a escaparse. Después dudó. Las Kelvey se acercaron y a su lado caminaban las sombras muy largas, extendiéndose a través del camino con sus cabezas entre los botones de oro. Kezia volvió a subirse al portón; se había decidido; se balanceó hacia afuera.
-Hola -dijo a las Kelvey, que pasaban.
Quedaron tan sorprendidas que se detuvieron. Lil sonrió tontamente. Nuestra Else miraba.
-Pueden venir a ver nuestra casa de muñecas, si quieren -dijo Kezia, y arrastró un dedo por el suelo. Pero Lil se puso colorada y sacudió rápidamente la cabeza.
-¿Por qué no? -preguntó Kezia.
Lil contuvo el aliento, y después dijo: "Tu mamá le dijo a la nuestra que no tenías que hablarnos".
-Ah, bueno -dijo Kezia. No sabía qué contestar-. No importa. Pueden venir a ver nuestra casa de muñecas lo mismo. Vamos. Nadie está mirando.
Pero Lil sacudió la cabeza más fuertemente.
-¿No quieres venir? -preguntó Kezia.
De pronto hubo un tirón, una sacudida en la falda de Lil. Se dio vuelta. Nuestra Else la miraba con grandes ojos, implorante; tenía el ceño fruncido; quería ir. Por un instante, Lil miró a nuestra Else dubitativamente. Pero entonces nuestra Else volvió a tironear de la falda. Caminó hacia adelante. Kezia indicó el camino. Como dos gatitos de albañal, cruzaron el patio hacia donde estaba la casa de muñecas.
-Ahí está -dijo Kezia.
Hubo una pausa. Lil respiraba pesadamente, casi resoplando; nuestra Else parecía de piedra.
-La abriré para que la vean -dijo Kezia amablemente. Levantó el gancho y miraron dentro.
-Esa es la sala y ése el comedor, y ésta es...
-¡Kezia!
¡Qué salto dieron!
-¡Kezia!
Era la voz de la tía Beryl. Se dieron vuelta. En la puerta estaba la tía Beryl, atónita como si no pudiese creer lo que veía.
-¡Cómo te atreves a invitar a las pequeñas Kelvey al patio! -dijo su fría voz enfurecida-. Sabes tan bien como yo que no tienes permiso para hablarles. Váyanse, chicas, váyanse enseguida. Y no vuelvan -dijo la tía Beryl. Y avanzó hacia el patio y las espantó como si fuesen gallinas-. ¡Váyanse inmediatamente! -gritó, fría y orgullosa.
No necesitaban que se lo repitieran. Ardiendo de vergüenza, encogiéndose, Lil encorvada como su madre, nuestra Else aturdida, cruzaron de alguna manera el enorme patio y se escurrieron por el blanco portón.
-¡Niña mala, desobediente! -dijo la tía Beryl a Kezia amargamente, y cerró de un golpe la casa de muñecas.
La tarde había sido terrible. Había llegado una carta de Willie Brent, una carta aterradora, amenazadora, diciendo que, si no se encontraba con él esa tarde en Pulman Bush, vendría hasta la puerta de la casa para preguntarle por qué. Pero, ahora que había asustado a esas dos ratitas Kelvey y que le había dado un buen reto a Kezia, se sentía más tranquila. La horrible opresión había desaparecido. Volvió a la casa canturreando.
Cuando las Kelvey estuvieron fuera de la vista de los Burnell, se sentaron para descansar junto a un gran tubo de desagüe rojo a un lado del camino. Las mejillas de Lil ardían aún; se sacó el sombrero con la pluma y lo puso sobre las rodillas. Como soñando, miraron por encima de los cercos de heno, más allá del arroyo, hacia las zarzas donde las vacas de Logan esperaban ser ordeñadas. ¿En qué estarían pensando?
De pronto nuestra Else se acurrucó junto a su hermana. Pero ahora había olvidado a la enojada señora. Estiró un dedo y rozó la pluma de su hermana; sonrió con su extraña sonrisa.
-Vi la lamparita -dijo suavemente.
Después las dos quedaron otra vez en silencio.


veneno



El correo estaba atrasado. Cuando regresamos de nuestro paseo después del almuerzo aún no había llegado.
-Pas encore, Madame -dijo Annette mientras acudía corriendo a sus tareas en la cocina.
Llevamos los paquetes al comedor. La mesa estaba servida. Como siempre la imagen de una mesa puesta para dos -solamente para dos personas-, y aún puesta, tan perfecta que no había espacio posible para un tercero; daba una rara sensación, a la vez fugaz, como si me hubiese impactado la luz plateada que reverberaba sobre el mantel blanco, los cristales, la sombra del bowl con fresias.
-¡Echa al cartero! No me importa lo que le haya pasado -dijo Beatrice- Deja esas cosas, querido.
-¿Dónde te gustaría? -alzó la cabeza; sonrió dulce y burlona.
-En cualquier lugar, tonto.
Pero yo sabía muy bien que no existía tal lugar para ella; y habría permanecido meses, años, parado cargando la pesada botella de licor y los dulces, en vez de correr el riesgo de darle otro pequeño ataque de nervios a su exquisito sentido del orden.
-Aquí, yo los tomo. -los dejó caer sobre la mesa con sus guantes largos y una canasta de higos.
-El almuerzo, un cuento de... de... -tomó mi brazo- Vamos a la terraza -y la sentí temblar -Ca sent de la cuisene... -dijo suavemente.
Con el tiempo noté (habíamos estado viviendo en el sur por dos meses) que cuando quería hablar de la comida, del clima o, en broma, del amor que sentía por mí, lo hacía siempre en francés.
Nos colgamos de la balaustrada bajo el toldo. Beatrice se apoyó mirando hacia abajo, hacia la calle blanca con los guardias de cactus filosos. La belleza de su oreja, tan sólo su oreja, su maravilla era tal, que hubiera podido ir desde ésta hasta el vasto brillo del mar abajo y decir con la voz entrecortada "Ya sabes, su oreja. Tiene orejas que son simplemente únicas".
Estaba vestida de blanco, con perlas alrededor de la garganta y azucenas por dentro del cinturón. En el dedo mayor de su mano izquierda usaba un anillo con una perla; no era una alianza.
-¿Por qué debería, mon ami? ¿Por qué debería fingir? ¿A quién podría importarle?
Por supuesto que estuve de acuerdo, aunque en privado; en lo profundo de mi corazón, hubiese dado mi alma por estar parado junto a ella en un gran sí, en una importante y moderada iglesia, atiborrada de gente, con los viejos curas, con "The Voice that breathed o´er Eden", con palmas y el aroma del perfume, y saber que había una alfombra roja y papelitos de colores esperándonos afuera, y champagne, un zapato forrado en satén para arrojar desde el auto; si hubiese podido colocarle la alianza en su dedo...
No era que me preocupara semejante exposición, sino que sentía que tal vez hubiese sido posible que desacelerara esta horrenda sensación de absoluta libertad, de su absoluta libertad, por supuesto.
Por Dios, qué tortuosa era la felicidad; qué angustiosa... Alzaba la vista hacia la villa, hacia las ventanas de nuestro dormitorio que estaban misteriosamente escondidas detrás de la persiana de fresas verdes. ¿Era posible que siempre apareciera moviéndose a través de la luz verde y brindando esa sonrisa secreta, lánguida, brillante que era sólo para mí? Ponía el brazo alrededor de mi cuello; la otra mano peinaba suavemente mi cabello hacia atrás.
Quién eres... . Quién era... . Ella era una mujer.
... Durante la primera tarde cálida de la primavera, cuando las luces brillaban como perlas a través del aire lila y las voces murmuraban en el fresco jardín florecido, era ella quien cantaba en la gran casa con cortinas de tul. A medida que uno se adentraba en la luz de la noche por la ciudad foránea, su sombra era la que se percibía a través del oro reverberante de los postigos. Cuando la lámpara estaba encendida, pasaba cerca de la puerta con la tranquilidad de un bebé. Buscaba en el crepúsculo del otoño, pálida, con su abrigo de piel, a medida que el coche desaparecía...
En resumen, para ese entonces yo tenía 34. Cuando ella se tendía boca arriba, con las perlas amontonadas en su mentón, y suspiraba "Mi querido, tengo 30 años. Donne-moi un orange", con gusto me hubiera lanzado de cabeza a la boca de un cocodrilo para quitarle una naranja (si los cocodrilos comieran naranjas).
"Si tuviera un par de alitas livianas
y fuera un pajarito liviano...", cantaba Beatrice.

Le saqué la mano:
-Yo no me iría volando.
-No lejos, no más allá del final del camino.
-¿Por qué diablo allí?
- "Él no vino, dijo ella..." -citó Beatrice.
-¿Quién? ¿El tonto del cartero? Pero si no esperas correspondencia...
-No, pero es igualmente molesto... ¡ah! -de repente rió y se apoyó sobre mí -Ahí está, mira, parece un escarabajo azul.
Apretamos nuestras mejillas y observamos cómo el escarabajo azul empezaba a trepar.
-Mi querido- exhaló Beatrice. La palabra pareció quedar suspendida en el aire, vibrar como la nota de un violín.
-¿Qué es esto?
-No lo sé -sonrió ligeramente -Un gesto de... de afecto, supongo. -La abracé.
-¿Entonces no te irás volando? -Y contestó de manera rápida y suave.
-No, no, imposible... en verdad, no. Amo este lugar. Disfruté estar aquí. Podría quedarme años, creo. No he sido tan feliz hasta estos últimos dos meses, y tu has sido tan perfecto para mí, en todo sentido.
Era tanta felicidad, tan extraordinario y único el oírla hablar de ese modo que traté de tomármelo en broma.
-No. Parece que te estuvieras despidiendo.
-Puras tonterías. No se dicen esas cosas ni en broma -deslizó su mano pequeña por debajo de mi chaqueta blanca y tomó mi hombro.
-¿Fuiste feliz, verdad?
-¿Feliz? ¡Por Dios! Si supieras lo que siento justo en este momento. ¡Feliz! ¡Mi maravilla! ¡Mi alegría!
Me dejé caer a la balaustrada y la abracé alzándola en mis brazos, y mientras la levantaba apreté mi cara contra su pecho y murmuré "¿Eres mía?"; y por primera vez en todos esos meses desesperantes en que la conocí, incluso el último mes, indudablemente paradisíaco, creí en ella de manera absoluta cuando respondió "Sí, soy tuya".
El chillido de la puerta de entrada y los pasos del cartero sobre el pedregal nos distrajo. Comenzaba a sentirme mareado. Me quedé parado allí sólo sonriendo y me sentí algo estúpido. Beatrice se dirigió hacia las sillas de mimbre.
-Ve tú; ve por la correspondencia -dijo. Salí casi disparando, pero llegué tarde. Annette venía corriendo.
-Pas de lettres!- dijo.
Quizá la sorprendió mi sonrisa sin sentido como respuesta cuando me entregaba el periódico. Sentí desbordarme de alegría. Tiré el periódico por el aire y grité "¡No hay cartas, querida!", y fui hacia un amplio sillón.
Por un instante no dijo nada, y luego, al tiempo que quitaba el envoltorio del periódico, dijo muy despacio "El mundo olvida, el mundo ha olvidado".
Hay momentos en los que un cigarrillo es lo único que puede ayudar a sobrellevar una situación; es más que un cómplice, es un perfecto amigo secreto que te conoce y entiende de manera absoluta. Mientras fumas, lo miras, sonríes o frunces el ceño, depende de la ocasión; inhalas profundamente y exhalas el humo con un suave soplido. Era uno de esos momentos. Caminé hacia las magnolias y las respiré hasta llenarme. Luego regresé y me eché sobre sus hombros; rápidamente apartó el periódico y con un giro lo colocó sobre la piedra.
-No hay nada en él, nada. Sólo hay algo sobre un juicio por envenenamiento; sobre si un hombre envenenó a su mujer o no, y 20.000 personas acudieron cada día a la corte y 2 millones de palabras se publicaron en todo el mundo después de cada proceso.
-¡Qué mundo tonto! -dije hundiéndome en otro sillón. Quería olvidarme del periódico y regresar de manera sutil, claro, al momento antes de que llegara el cartero. Pero cuando ella respondió supe que ese momento había terminado por ahora. No importa; ahora que lo sabía, estaba dispuesto a esperar quinientos años si era necesario.
-No tan tonto -contestó Beatrice-. Después de todo, las 20.000 personas no lo hacen por morbosa curiosidad.
-¿Y qué es, querida? -Dios sabe que no me interesaba.
-¡Culpa! ¡Culpa!- gritó- No te diste cuenta. Se sienten cautivados igual que se sienten los enfermos ante cualquier cosa. Ni un mísero artículo acerca de sus propios casos. El hombre acusado puede ser inocente, pero las personas en la corte son todas un poco envenenadoras. ¿Nunca pensaste -estaba pálida y eufórica- en la cantidad de envenenadores que jamás se descubren?. Es la excepción encontrar matrimonios que no se envenenen el uno al otro (matrimonios y noviazgos) La cantidad de tazas de té, de café, de copas de vino que están contaminadas. La cantidad que yo misma he bebido, incluso sabiéndolo... y arriesgándome. La única razón por la que tantas parejas sobreviven es que uno de ellos teme darle al otro la dosis fatal. ¡La dosis fatal enerva! Pero llega, tarde o temprano, porque una vez que se ha administrado la primera dosis ya no hay vuelta atrás. ¿Es el principio del fin, no lo crees? ¿Entiendes lo que quiero decir?.
No esperó a que contestara. Se quitó las orquillas con azucenas y se echó hacia atrás pasándolas frente a sus ojos.
-Mis dos maridos me envenenaron. -continuó Beatriz- el primero me dio inmediatamente una buena dosis, pero el segundo era un artista en este sentido. Sólo una diminuta gotita una y otra vez, inteligentemente administrada, hasta que una mañana desperté y había minúsculos granitos de veneno en cada partícula de mi cuerpo, hasta en la punta de mis dedos. Estaba lista...
Odiaba oírla hablar de sus maridos tan tranquila, en especial en días así; me lastimaba. Iba a hablar pero de pronto dijo con tristeza:
-¿Por qué? ¿Por qué me tuvo que pasar a mí? ¿Qué hice? ¿Por qué he sido la elegida para eso toda mi vida? Es una conspiración.
Traté de decirle la razón: ella era demasiado perfecta, exquisita y refinada, para este mundo horrible, y eso asustaba a las personas. Hice una broma inocente:
-Pero yo no voy a envenenarte. - Beatriz rió de extraña manera y golpeó el tallo de la azucena.
-¡Tu no matarías ni a una mosca!
Raro; sin embargo el comentario me hirió terriblemente.
Justo después Annette fue por un aperitivo. Beatrice se inclinó para tomar una copa de la bandeja y alcanzármela. Noté el brillo de la perla en lo que yo llamaba su dedo perlado. ¿Cómo podría herirme su comentario?
-Y tú -le dije tomando la copa -no has envenenado a nadie.
Eso me dio una idea; traté de explicar.
-Tú haces lo opuesto. Cómo se le llama a alguien que, como tú, en vez de envenenar, completa a las personas, a cualquier persona, al cartero, al chofer que nos trajo hasta aquí, al que conduce nuestro bote, al vendedor de flores, a mí; los completas con vida renovadora, con algo de tu propio brillo, de tu belleza....
Sonrió como en un ensueño y así me miró.
-¿En qué estabas pensando, mi dulce?
-Me preguntaba -contestó Beatrice- si después del almuerzo no podrías ir al correo y ver qué pasó con las cartas de la tarde. ¿Podrías, amor? No es que esté esperando correspondencia, pero sólo pensaba que tal vez sería tonto no tener las cartas si es que están en el correo, no crees. Sería tonto tener que esperar hasta mañana.
Hizo girar la copa entre sus dedos tomándola del tallo. Su hermosa cabeza estaba hacia un lado. Tomé mi copa y bebí, casi a sorbos, muy lentamente, observando su cabeza oscura y pensando en carteros y escarabajos azules, y despedidas que no eran en verdad despedidas...
¡Bueno, dios! ¿No es extraño? No, no es extraño. El trago sabía asquerosamente amargo, raro. (1921)

la felicidad





A pesar de que Bertha Young tenía treinta años, todavía pasaba por momentos como éste en los que quería correr en vez de caminar, dar pasos de baile entre la vereda y la calle, hacer girar un aro, arrojar algo al aire para luego atajarlo, o permanecer de pie y reírse de nada, simplemente, de nada.
¿Qué se pude hacer cuando se tienen treinta años y, a la vuelta de la esquina, nos sobresalta un sentimiento de felicidad -felicidad absoluta- como si nos hubiésemos tragado una porción brillante de aquella tarde de sol y ardiese en el pecho, distribuyendo un tenue rocío de chispas a cada partícula del cuerpo, a cada dedo de los pies y de las manos? ¿No hay manera de expresarlo sin estar ebria o descontrolada? ¡Qué civilización tan idiota! ¿Para qué el cuerpo si hay que tenerlo encerrado en una caja como un viejo violín inútil?
"No, lo del violín no es exactamente lo que quiero decir", pensó mientras subía de prisa las escaleras, tanteaba las llaves dentro del bolso -las había olvidado como de costumbre- y traqueteaba el buzón. "No es lo que quería decir porque..."
-Gracias, Mary -entró al hall.
-¿Regresó la niñera?.
-Sí, sí.
-¿Y llegó la fruta?.
-Sí, sí. Llegó todo.
-Trae la fruta al comedor, ¿sí? Voy a acomodarla antes de subir.
El comedor estaba lúgubre y bastante frío. Sin embargo, Bertha se quitó el tapado; no podía soportar ni un minuto más el cierre tan ceñido, y sintió el frío helado sobre los brazos. Pero aún permanecía en su pecho ese intenso espacio brillante de donde venía el tenue rocío de chispas. Era casi insoportable. Apenas si se animaba a respirar por miedo a acrecentar el sentimiento, pero tomó un respiro muy profundo. Apenas se si animaba a mirar el frío espejo, pero lo hizo y le devolvió una mujer radiante de labios sonrientes y temblorosos, de ojos grandes y negros, y una actitud atenta como esperando que sucediera algo: algo divino, algo que, sabía, sucedería infaliblemente.
Mary trajo la fruta en una bandeja, un recipiente de vidrio y un hermoso plato azul de extraño brillo, como si hubiese sido sumergido en leche.
-¿Enciendo la luz, señora?
-No, gracias. Puedo ver bastante bien.
Había mandarinas y manzanas manchadas de carmín fresa; algunas peras amarillas, suaves como seda, algunas uvas verdes empañadas de plata y un gran racimo de uvas negras. Estas últimas las había elegido para combinarlas con el tono de la alfombra nueva del comedor. Quizá sonaba exagerado y absurdo, pero era la razón por la que las había comprado; en la tienda pensó: "debo comprar uvas negras para hacer resaltar la alfombra", y fue tan sensato en ese entonces.
Una vez que terminó con la fruta y de haber hecho dos pirámides circulares, observó la mesa desde lejos para captar el efecto de los colores, y fue mucho más curioso porque la mesa de madera oscura parecía derretirse en la luz del ocaso y, el recipiente de vidrio y el plato azul, parecían haber quedado suspendidos en el aire. Obviamente que, por su estado de ánimo, le pareció ésto de una belleza increíble. Comenzó a reír.
"No, no. Me estoy volviendo histérica". Cargó el bolso, el tapado y corrió escaleras arriba hasta el cuarto del bebé. La niñera estaba sentada junto a una mesita baja, dándole la cena a la pequeña B tras haberla bañado. Llevaba puesto un babero blanco, un saquito azul y, en su cabello negro y fino, le habían peinado un gracioso rulito. Alzó la vista cuando vio a su madre, y comenzó a saltar.
-Ahora, bebé, a comer como una buena niñita -dijo la niñera haciéndole a Bertha una mueca que ésta conocía, y significaba que había llegado en otro mal momento.
-¿Se comportó bien hoy?
-Una dulzura toda la tarde -suspiró la niñera- Fuimos al parque, me senté en un banco y la saqué del cochecito, entonces vino un perro grande, puso su cabeza sobre mi falda y la pequeña B se colgó y tironeó de sus orejas... debió haberla vista.
Bertha quiso preguntar si no era peligroso dejar que un bebé se colgara de las orejas del perro de un extraño, pero no se atrevió. Se quedó mirándolas, con las manos a los costados del cuerpo, como una niña pobre frente a una niña rica que juega con una muñeca. El bebé volvió a alzar la vista, asombrado, y sonrió con un encanto tal que Bertha no pudo evitar el llanto.
-Ah... déjame que termine de darle su cena mientras acomodas las cosas del baño.
-Bueno. No debería andar de mano en mano cuando come, -suspiró la niñera- la inquieta; es muy probable que la moleste.
Qué absurdo era eso. ¿Para qué tener un bebé si duerme, no en un cofre como un violín preciado, sino en los brazos de otra mujer?
-¡Qué importa! -exclamó Bertha. La niñera le entregó el bebé muy ofendida.
-No la excite después de la comida. Sabe que siempre lo hace y soy yo quien tiene que pasar la tarde con ella después.
Por suerte, la niñera desapareció del cuarto con las toallas.
-Ahora te tengo sólo para mí, cosita preciosa.- dijo Bertha al momento que el bebé se recostaba sobre ella. Era tan linda cuando comía, mantenía los labios hacia arriba a la espera de la cuchara y agitaba las manitos. A veces, no dejaba retirar la cuchara de la boca y, otras, cuando Bertha acababa de llenarla, la pequeña B la apartaba con las manos, blandiéndola a los cuatro vientos.
Una vez terminada la papilla, Bertha se volvió hacia la chimenea. "Eres hermosa, muy hermosa...", dijo y besó a su bebé tibio, "te quiero muchísimo". Y quería tanto a su hija -con el cuello inclinado hacia atrás, la exquisitez de los pequeños pies brillando a la luz del fuego- que sintió el retorno de esa felicidad, la misma sensación de no saber cómo expresarla, o qué hacer con ella.
-Tiene teléfono -dijo la niñera y fue triunfante a recuperar a su pequeña B. Bertha bajó volando hasta el teléfono. Era Harry.
-¿Bertha? Mira, llegaré tarde. Voy a tomar un taxi y trataré de estar cuanto antes, pero retrasa la cena diez minutos, sí?
-Sí, de acuerdo... ¡Ah, Harry!
-¿Sí?...
¿Qué tenía para decirle? Nada, solamente quería retenerlo un momento más, era estúpido pero no podía sino llorar.
-¿No ha sido un día divino hoy?
-¿Qué significa eso? -contestó con la voz seca.
-Nada. Entendu -dijo ella, colgó el teléfono y pensó que la civilización era más que idiota.
Venía gente a cenar a casa. Los Norman Knights -una pareja muy rica-, él estaba por inaugurar un teatro y ella estaba terriblemente obsesionada con la decoración de interiores; el joven Eddie Warren, quien recientemente había publicado su libro de poemas y a quien todos invitaban a cenar y un "hallazgo" de Bertha: la señorita Perla Fulton. Bertha no sabía a qué se dedicaba su nueva amiga. Se habían conocido en el club social y Bertha se había enamorado de ella, como solía enamorarse de ciertas mujeres en las que veía algo especial.
Lo intrigante era eso, porque, pese a que se habían visto un par de veces y habían estado hablando, aún Bertha no podía descifrar a Perla. Hasta cierto punto, Perla, era con frecuencia extremadamente franca, pero el punto estaba allí, y más allá de eso no iría ¿ Había algo más allá de eso? No, decía Harry sugiriendo que Perla era aburrida, fría como todas las rubias, con ese toque de anemia cerebral. Sin embargo, Bertha no estaba de acuerdo con él en absoluto, no aún.
"No, la manera que tiene de sentarse, con la cabeza levemente inclinada hacia un costado y sonriendo, Harry, y quisiera saber qué hay detrás de ese gesto". "Probablemente tenga un buen estómago", contestaba Harry y tenía razón al advertir a Bertha con comentarios de ese tipo: "hígado congelado, querida" o "pura flatulencia" o "deficiencia renal". Por algún motivo Bertha disfrutaba oír a Harry hablar así, admiraba esa actitud.
Entró en la sala y avivó el fuego; luego, recogiendo uno por uno los almohadones que Mary había puesto con cuidado, los arrojó sobre el sillón y el diván. Lucía entonces diferente, la habitación cobró vida al instante. Estaba por arrojar el último y la sorprendió el verse abrazada al almohadón apasionadamente. Pero esto no le quitó el calor del pecho sino todo lo contrario.
Las ventanas de la sala se abrían a un balcón con vista al jardín. Al final del terreno, contra la pared, había un peral florecido, alto, erguido, perfectamente de pie contra el jade apacible del cielo. Bertha sintió, pese a la distancia, que no tenía ni un solo parásito ni un pétalo marchito. Debajo, en el césped, los tulipanes rojos y amarillos, cargados de flores, parecían descansar sobre el ocaso. Un gato gris se rascaba la panza recostado sobre el césped, y otro negro -su sombra- lo seguía detrás. El verlos tan atentos y sigilosos le transmitió a Bertha un curioso temblor. "¡Qué cosa más escalofriante son los gatos!"; tartamudeó, se alejó de la ventana y comenzó a caminar yendo y viniendo.
Los junquillos emanaban un aroma fuerte en la habitación cálida. ¿Demasiado fuerte?. No. Y aún, al advertir el retorno de ese sentimiento, se desplomó en el diván y presionó las manos contra los ojos. "Soy tan increíblemente feliz", murmuró. Y le parecía ver aún, sobre sus párpados, el peral de capullos abiertos: símbolo de su propia vida.
La verdad es que lo tenía todo: era joven; Harry y ella estaban tan enamorados como el primer día, seguían juntos de manera espléndida y eran buenos compañeros; tenía un bebé hermoso; no tenían preocupaciones económicas; una casa y un jardín amplios y confortables; y mantenían amistades con el tipo de gente que les agradaba: amigos modernos, personas emocionantes, escritores, pintores, poetas y gente interesada en cuestiones sociales. Después estaban los libros, la música; hasta había encontrado una maravillosa modista; viajaban al extranjero en verano y la cocinera nueva hacía los mejores omelettes.
"Soy ridícula ¡Absurda!". Se sentó; estaba un tanto mareada, como ebria; debió haber sido el sobresalto. Ahora, estaba tan cansada que no tenía fuerzas para subir a vestirse.
Un vestido blanco, un largo collar de cuentas verdes, zapatos también verdes y medias. Nada era casual; lo había pensado durante horas parada delante de la ventana en la sala. Sus pétalos crujieron delicadamente en el hall; saludó a la Sra. Norman Knight, quien estaba quitándose el más extravagante tapado naranja con una procesión de monos alrededor del dobladillo y en el frente.
"¿Por qué, por qué, por qué la clase media es tan densa? ¡Faltos de un total sentido del humor!"
-Querida, no sé cómo llegué aquí.
-Mis simpáticos monitos detestan el tren y se subieron a un hombre que casi me come con la mirada. -dijo la Sra. Norman Knight. "No fue gracioso ni grandioso", pensó Bertha, "me hubiese gustado que lo fuera", sólo observó fijamente, "me aburro infinitas veces".
-Pero lo gracioso de todo fue -dijo Norman colocándose el monóculo -¿no te molesta que lo cuente, Face? -se hacían llamar Face y Mug en la intimidad y con amigos -Lo gracioso fue que una vez satisfecha, se dio vuelta hacia la mujer que tenía al lado, y dijo "¿nunca ha visto un mono?" -La Sra. Norman Knight se unió en carcajada con su marido -¿No fue gracioso, en realidad?
Y lo más cómico era que, ahora, tras haberse quitado el tapado, aún parecía un mono inteligente; incluso con su vestido de seda amarilla como cáscara de banana, y los aros color de ámbar que parecían diminutas nueces colgando.
-Esto es muy triste -dijo Mug al pasar frente al cochecito de la pequeña B -Cuando el cochecito entra en la sala... -y saludó al resto de los comensales.
Tocaron el timbre. Era Eddie Warren, pálido y delgado, como siempre, en un estado de estrés agudo.
-¿Es aquí, verdad? -preguntó.
-Creo que sí, eso espero... -respondió Bertha cálidamente.
-Tuve una experiencia horrorosa en el taxi; el conductor era un cínico. No podía hacer que se detuviera; cuanto más golpeaba y le gritaba, más rápido iba. Y bajo la luz de la luna, la figura difusa de su cabeza aplastada, agazapada al volante... -se estremeció al momento que se quitaba una interminable bufanda blanca. Bertha se percató de que también las medias eran blancas, lo que le daba un toque encantador.
-Pero qué horror -exclamó ella.
-Sí, así fue -contestó Eddie y la siguió a la sala -De pronto, me vi conduciendo a través de la Eternidad en un taxi sin tiempos.
Eddie conocía a los Norman Knight. De hecho, estaba por escribir una obra para cuando ellos inauguraran el teatro.
-Bueno, Warren, ¿cómo marcha la obra? -preguntó Norman Knight dejando caer el monóculo para darle un minuto de respiro a su ojo antes de volver a atornillarlo.
-Pero, Warren, ¡qué medias tan divertidas! -exclamó la señora Norman Knight
-Me alegra que le gusten -dijo Eddie mirándose los pies. -Parecen haberse vuelto mucho más blancas con la llegada de la luna. -volvió su rostro joven, con un dejo de lamento, hacia Bertha -Hay una luna, sabías...
-Estoy segura de que la hay muy a menudo.- Bertha quería llorar.
Eddie era una de las personas más atractivas; pero también lo era Face, de cuchillas al lado del fuego con su vestido piel de banana, al igual que Mug que fumaba un cigarro y decía, sacudiendo las cenizas:
-¿Por qué la novia manchada de alquitrán?
-Y aquí vamos, otra vez... -La puerta de entrada se abrío de un portazo y se cerró de otro.
-Hullo, gente -gritó Harry al entrar -Bajo en cinco minutos -y lo oyeron salir disparando hacia arriba. Bertha no pudo evitar una sonrisa; sabía cuánto disfrutaba Harry vivir bajo presiones. Después de todo, qué eran cinco minutos más. Pero les haría creer a todos que se preocupaban más de la cuenta. Entonces, los sorprendería cuando entrara en la sala fresco y repuesto. Harry tenía tanto deleite para la vida. Ella apreciaba su manera de ser, su pasión por luchar: trataba de obtener todo lo que se le cruzaba en el camino y eso era otra prueba más de su poder y su valentía. Bertha lo entendía, aún cuando actuaba de esa forma y se tornaba ridículo frente a gente que no lo conocía bien, porque siempre iba al choque aunque no hubiese motivos para pelear. Bertha hablaba y reía, y olvidó, hasta que Harry entró en la sala -justo como lo imaginó-, que aún Perla Fulton no había llegado.
-Me pregunto si la señorita Fulton lo habrá olvidado...
-Eso espero -dijo Harry -¿Está en el teléfono?
-¡Ah! Llegó un taxi - Bertha sonrió con ese aire de propietaria que solía asumir cuando sus hallazgos femeninos eran nuevos y misteriosos. -Vive en taxi.
-Va a engordar, entonces. -dijo Harry con frialdad mientras llamaba a cenar con una campanita -Y eso sería terrible para una dama rubia.
-Harry, basta -advirtió Bertha riéndose de él. Vino otro momento breve, mientras esperaban, en el que charlaron, rieron, fue un poquito de distensión para todos, pero pasó rápido. Y luego apareció la señorita Fulton sonriendo, vestida de plata, y una cinta plateada sujetándole el cabello rubio. Y después apareció la señorita Fulton, toda de plata, con una cinta plateada sujetándole el cabello rubio y la cabeza un poco inclinada hacia un costado.
-¿Llego tarde?
-No todavía. Por acá, por favor -dijo Bertha, la tomó del brazo y se dirigieron al comedor.
¿Qué había en el frío contacto de ese brazo que, a su vez, podía avivar todo el fuego de la dicha que Bertha sentía y con la que no sabía qué hacer? Perla Fulton no la miraba; luego, rara vez, dirigía la mirada directamente a los invitados. Las pestañas caían pesadas sobre sus ojos, y la extraña media sonrisa iba y venía en sus labios, como si viviera más oyendo que observando. De repente, Bertha presintió que esa mirada tan personal, privada, ya había pasado entre ambas, como si se hubiesen comunicado con un "Tú, también". Vio a Perla Fulton revolver la sopa de tomate servida en un plato gris, y creyó sentir lo mismo que ella. Los otros, Face y Mug, Eddie y Harry hacían subir y bajar las cucharas, se secaban los labios en las servilletas, pellizcaban algo de pan, jugaban con el tenedor y las copas, charlaban.
-La conocí en un espectáculo en Alpha -la personita más rara de todas. No sólo se había cortado el cabello sino que también parecía haberse recortado un poco las piernas, los brazos, el cuello y esa pobre naricita.
-¿No es demasiado liée con Michael Oat?
-¿El tipo que escribió El amor en dientes falsos?
-Quiere escribir una obra para mí. Un solo acto. Un solo hombre. Decide suicidarse. Da todas las razones por las que debe hacerlo y por las que no debe. Y cuando acaba de tomar una decisión por sí o por no, entonces se corre el telón. No es una mala idea.
-¿Cómo la va a llamar: Complicación estomacal?
-Me parece haber leído la misma idea en una crítica francesa, bastante desconocida en Inglaterra.
No se entendían en absoluto; eran simplemente ellos, pero a Bertha le gustaba tenerlos a todos allí, sentados a su mesa para darles una cena y vino deliciosos. De hecho, estaba deseosa de decirles qué hermoso grupo hacían, tan decorativo, cómo se resaltaban mutuamente y le recordaban a una obra de Tchekof.
Harry disfrutaba la cena. No estaba siendo natural pero tampoco era una postura; era un algo que lo caracterizaba. Hablaba de la comida y se vanagloriaba de su tímida pasión por la carne blanca de la langosta y el verde del helado de pistacho -verde y frío como ojos de bailarinas egipcias. Cuando él levantó la vista y comentó "Bertha, este souffle es admirable", ella contuvo un lloriqueo infantil. Pero, qué era lo que la hacía sensibilizarse con el mundo entero esa noche... Todo estaba muy bien. Todo lo que sucedía parecía colmar la copa de la felicidad. Y aún llevaba la imagen del peral en el fondo de su mente. Debía estar plateado en este instante bajo la luz de la luna del pobre Eddie, plateado como Perla Fulton que sostenía, ahora, una mandarina entre los dedos estilizados, tan pálidos que una luz parecía venir de ellos.
Lo que no lograba descifrar -que era un milagro- era cómo podría adivinar el ánimo de Perla, tan exacto e instantáneo; porque no dudó ni un segundo que Perla se sintiera bien ni, menos que menos, con qué podía salirse. "Creo que estas cosas suelen pasar muy rara vez entre mujeres pero nunca entre los hombres", pensó Berta: " y, tal vez, mientras preparo café en la sala, ella dé una señal".
Ni siquiera Bertha sabía a qué se refería con esto ni se imaginaba lo que pasaría después. Se encontró hablando y riendo al tiempo que pensaba así. Hablaba para no dejar escapar la risa, "reír o morir", pensaba. Pero cuando vio que Face tenía el curioso hábito de meter algo dentro del canesú, como si ocultara un secreto allí -un tesoro de nueces- Bertha tuvo que enterrarse la uñas en la palma de la mano para no estallar en carcajada.
Había pasado finalmente.
-Vengan conmigo, les enseñaré la cafetera nueva -dijo Berta.
-Sólo una vez cada quince días tenemos una cafetera nueva -comentó Harry. Esta vez Face la tomó del brazo; Perla sacudió la cabeza y la siguió.
El fuego había muerto en la sala, algunas brazas aún rojas daban chasquidos como una criatura fastidiosa. En la sala el fuego se había reducido a un incandescente nido de pichones de ave fénix.
-Por un momento, no enciendas la luz. Es tan hermoso. Se agazapó junto al fuego. Siempre sentía frío... "sin su tapado rojo, claro", pensó. Y en ese momento, Perla, dio la señal:
-¿Tienes jardín? -pronunció con su voz fría y adormecida. Fue tan exquisito de su parte que Berta sólo pudo obedecer. Cruzó la habitación, apartó las cortinas y abrió las amplias hojas del ventanal. "¡Allí!", exhaló .
Las dos mujeres quedaron juntas, de pie, observando el esbelto árbol florecido. A pesar de que estaba allí quieto, parecía estirarse como la llama de una vela, apuntando, temblando en el aire brillante, haciéndose cada vez más alta a medida que lo observaban, casi a punto de tocar el borde redondo de la luna de plata. ¿Cuánto tiempo estuvieron allí paradas? Ambas, como sea, atrapadas por la luz exótica de ese círculo, entendiéndose la una con la otra perfectamente, criaturas de otro mundo, y preguntándose qué habrían de hacer con el tesoro de la dicha que les ardía en el pecho y les bañaba el cabello y las manos en flores plateadas.
¿Para siempre; o fue un momento? Y Perla dijo: "Sólo eso". ¿O lo había soñado todo? Luego la luz cesó, Face preparó café y Harry dijo:
-Mi querida señora Knight, ni me pregunte por la bebé porque nunca la veo. No sentiré ningún interés por ella hasta tanto no tenga novio.
Mug se sacó el monóculo por un momento pero lo volvió a colocar pronto, Eddie Warren bebía el café con cara de angustia, dejando descansar el pocillo, como si al beberlo viera una araña.
-Lo único que quiero es darles un espectáculo a los muchachos. Creo que Londres está colmado de fracasos, faltan obras. Lo que quiero decirles es "Acá tienen el teatro" ¡Avance el fuego!
-¿Sabías que voy a decorar un cuarto para Jacob Nathans? Estoy tentada de hacer algo con un toque de pescado frito, respaldos de butacas imitando sartenes, y papitas haciendo de borlas en todas las cortinas.
-El problema con nuestros jóvenes que escriben es que aún son muy románticos. No puede uno despedirse del mar sin dejar de descomponerse y necesitar un balde para vomitar ¿Por qué no habrían de tener el coraje de esos baldes?
-Un horroroso poema sobre una joven que fue violada por un ladrón sin nariz en el bosque pequeño...
Perla Fulton se hundió en el sillón más bajo y profundo y Harry convidaba cigarros. Por la manera en la que se detuvo frente a ella agitando la cajita plateada, y deciendo: "Egipcios, turcos, de Virginia... están todos mezclados" , Bertha se dio cuenta de que Perla no sólo lo aburría sino que en verdad le disgustaba. Y por la manera en la que Perla respondió "No, gracias, no fumo", Bertha supo que ella había captado ese mal ánimo de Harry y estaba dolida.
-Harry, no demuestres tu disgusto hacia ella. Estás bastante equivocado con respecto a ella. Perla es maravillosa; además, cómo puedes sentir algo tan diferente por alguien que significa tanto para mí. Trataré de contarte esta noche, ya en la cama, lo que ha estado ocurriendonos. Te contaré qué cosas compartimos...
Ante esas palabras finales, algo extraño y tétrico se precipitó sobre su mente; un algo morboso le susurraba: "pronto partirá toda esta gente. La casa estará en silencio. Las luces se apagarán. Y ambos estarán solos en la oscuridad del cuarto, en la cama cálida..." Saltó de la silla y corrió al piano.
-Es una pena que nadie toque algo...
Por primera vez en su vida, Bertha Young deseó a su marido. Lo amaba, había estado enamorada de él, por supuesto, en todo sentido, pero nunca de esta manera. Y, por supuesto que entendía también que él era diferente de ella. Solían discutir sobre eso. Le había preocupado terriblemente al principio encontrarse tan fría, pero con el tiempo eso dejó de ser un problema. Eran tan sinceros, tan compinches, y eso era lo mejor de ser una pareja moderna. Ahora, las palabras le dolían en el cuerpo, ardían fervientes. ¿A esto la había llevado el sentimiento de felicidad? Pero, luego:
-Querida, lamentablemente, somos víctimas del tiempo y del tren. Tenemos que llegar a Hampstead. Todo estuvo muy lindo -saludó la señora Norman Knight.
-Te acompaño al hall. Me encantó tenerte hoy. Pero no quiero que pierdan el tren, debe ser muy desagradable, no?
-Tomemos un whisky, Knight, antes de que te vayas -ofreció Harry.
-No, gracias, muchacho. -Bertha le apretó la mano a Harry por esto mientras la sacudía.
-Adiós, buenas noches. -saludó desde el último escalón, pero sintió que algo de sí se alejaban con ellos para siempre. Cuando regresó a la sala, el resto estaba por irse.
-Entonces podemos compartir el taxi...
-Estaría muy agradecido de no tener que enfrentarme solo a otro viaje después de la horrorosa experiencia que tuve.
-Lo pueden tomar en la parada, justo al final de la calle. No tendrán que caminar más que unos metros.
-Eso es cómodo. Voy por mi tapado. -Perla se dirigió hacia el hall y Bertha la seguía cuando Harry casi se le adelantó:
-Déjame ayudarte. -Bertha sabía que él estaba compensando su actitud agresiva, así que, lo dejó. A veces, se comportaba como un niño, impulsivo, simple. Eddie y ella quedaron junto a la chimenea.
-Me pregunto si has visto del nuevo poema de Bilks : Table d´Hôte . -dijo Eddie suavemente -Es maravilloso. Al final, una antología. ¿No tienes una copia? Tengo tantas ganas de mostrártelo. Comienza con una frase increíblemente hermosa: "¿Por qué siempre debe haber sopa de tomate?".
-Sí. -contestó Bertha. Sin hacer ruido caminó hasta una mesita en el comedor; Eddie fue tras ella en igual silencio. Bertha tomó el libro y se lo entregó; no hicieron el mínimo ruido.
Mientras Eddie lo hojeaba, ella volvió la vista el hall y vio a Harry sosteniéndole el tapado a Perla, quien le daba la espalda y tenía la cabeza levemente inclinada a un costado. Hizo a un lado el tapado, la tomó de los hombros y la giró violentamente hacia él. Sus labios dijeron: " te adoro", Perla acarició las mejillas de Harry con sus dedos finos y pálidos, y le sonrió dulcemente. Harry infló las fosas nasales y le devolvió una sonrisa brillante, y murmuró: "Mañana"; y con un parpadeo Perla dijo: "Sí".
-Aquí está -dijo Eddie -"¿Por qué siempre debe haber sopa de tomate?". Es absolutamente cierto, no crees. La sopa de tomate es eternamente horrorosa.
-Si prefieren puedo llamar un taxi y hacer que pare en la puerta -dijo Harry en voz alta, desde el hall.
-No, no es necesario -contestó la señorita Fulton, se acercó a Bertha y le ofreció la mano de dedos finos.
-Buenas noches. Y muchas gracias.
-Buenas noches -dijo Bertha. La señorita Fulton sostuvo su mano un momento más.
-Ese hermoso peral... -murmuró; y después desapareció con Eddie detrás de ella siguiéndola como el gato negro al gris.
-Cerraré la puerta -dijo Harry con frialdad, pero relajado.
"Ese hermoso peral... peral... peral".
Bertha se limitó a correr hasta el ventanal. "Qué irá a pasar ahora...", se dijo angustiada. Sin embargo, el peral estaba hermoso como siempre, lleno de flores como siempre y siempre inmutable.